Capítulo 7 #3
Maca soltó un quejido ahogado cuando Rodrigo le apretó el pezón entre el pulgar y el índice. Cerró los ojos con fuerza, dejando caer la cabeza hacia atrás. Su pureza se estaba agrietando.
—Me voy a casar...Rodri, no, no Evaristo me ama... no me hagas esto —lloriqueó Maca, pero su cuerpo no luchaba.
Al contrario, cuando Rodrigo deslizó su mano libre hacia abajo, metiéndose por la pretina de las braguitas blancas de algodón de la chica, ella separó ligeramente las piernas.
—Evaristo es un pendejo que te va a matar de aburrimiento —le siseó Rodrigo, acercando su rostro al de ella, besándole el cuello, mordiéndole la piel pálida—. ¿Te gusta preciosa? ¿Te gusta mi lengua en tu piel?
Rodrigo hundió los dedos en la entrepierna de Maca. Pude escuchar el sonido húmedo, inequívoco, del coño velludo mojado.
—¡Ahhh...! —Maca dio un respingo, arqueando la espalda, y se mordió el labio inferior.
—Estás empapada, princesita —se burló Rodrigo, moviendo los dedos dentro de sus bragas, mirándola a los ojos con superioridad—. Carajo. Lloras por tu novio, pero tu cuerpo me está suplicando que te la meta hasta el fondo. Estás ardiendo de caliente, Maquita.
—¡No...! Rodri, basta… Está mal... ahhh... —balbuceaba Maca, perdiendo la cordura con cada movimiento de la mano del rubio, que la estaba estimulando con una brutalidad que el pobre Evaristo probablemente jamás había usado.
Rodrigo le bajó las braguitas blancas de algodón hasta los tobillos, arrancándoselas por los zapatos de tacón con un tirón violento, y las tiró al piso de la recámara.
El terror me llegó de golpe. Tenía que hacer algo. Mi propio orgullo de hombre no podía permitir que yo me quedara sentado viendo esto. Me sacudí el agarre del hombro de Rubí y me medio levanté de la silla.
—¡Rodrigo, detente, maldita sea! —solté, con la voz quebrada por el miedo, pero intentando sonar firme en la penumbra del cuarto—. ¡Suéltala, cabrón! ¡Está ahogada en alcohol y no sabe lo que hace! ¡Lo que le estás haciendo es una puta violación!
Rodrigo detuvo sus dedos. Pero no parecía asustado. Al contrario, soltó una carcajada ronca, cínica, y se giró para mirarme por encima del hombro.
—A ver, princesita —le dijo Rodrigo a Maca, sin soltarla, agarrándola por la barbilla y obligándola a mirarme directamente a mí—. El superhéroe de logística dice que te estoy violando. Que te estoy obligando a la fuerza.
Maca abrió sus ojos, empañados por el alcohol y el deseo, y me miró desde la cama. Su respiración era agitada.
—Dile la verdad, Maca —continuó Rodrigo, frotando su pulgar cínicamente sobre los labios vaginales de la chica—.
Si tú me dices que pare, me levanto, te subo el vestido, te pongo tus calzones y nos sentamos en la sala a esperar a tu aburrido prometido la media hora que le falta.
Pero si de verdad quieres que un hombre te quite las ganas que traes...
dímelo. Si quieres que te cojan duro, dilo fuerte para que el mirón este escuche. ¿Te estoy violando o es consensuado?
El cuarto se quedó en un silencio sepulcral, solo interrumpido por las respiraciones pesadas de la chica de nóminas. Yo esperaba que Maca gritara, que me pidiera ayuda, que aprovechara la oportunidad para salir corriendo.
Sin embargo, Maca tragó saliva. Sus muslos blancos temblaron. Miró a Rodrigo, luego miró su propia entrepierna desnuda y empapada, derrotada por su propio cuerpo.
—No... —balbuceó Maca, bajando la mirada y cerrando los ojos, vencida entre la resignación, la vergüenza y el morbo de la situación—. No me está obligando... es... es consensuado... lo quiero... hazlo, Rodri...
—¡Maca, no! —exclamé horrorizado—. ¡Te vas a casar! ¡Ni siquiera estás en tus cinco sentidos!
—¡Basta, Marco! —lloriqueó Maca.
Sentí que el alma se me salía del cuerpo. Me dejé caer de nuevo en la silla, completamente destrozado. Ella lo había elegido. No había a quién salvar, porque la princesa quería tirarse al abismo.
—Ya escuchaste, tontito —se burló Rubí, parada junto a mí—, nuestra adoraba Macarena quiere verga de hombre de verdad.
Y entonces, su mano bajó como una serpiente en la oscuridad. Pese a mi intento inútil por apartarme, me agarró el bulto por encima de la tela del pantalón. Clavó sus uñas en mi muslo a través de la tela, inmovilizándome, y apretó mi erección a través del cierre.
—Por Dios... —se rio ella, palpándome la entrepierna con asco fingido y asombro sádico, rematando mi ego—. ¿Y este clítoris qué es? ¿En serio es tu pitito, tu penecito? Qué cosa tan patética y minúscula. Era obvio que lo tuyo solo es mirar.
La humillación me partió el alma. Que Rubí me sobajara agarrándome mi pequeñez y comparándola con un clítoris me redujo a cenizas. Quise apartarla, quise levantarme y huir, pero la humillación me paralizó por completo.
—¿Te imaginas que Maca fuera tu esposa, y tú estuvieras aquí, viendo cómo se está dejando emputecer por otro hombre, mientras se la coge? —me dijo Rubí con risitas.
Entonces mi mente enferma reemplazó instantáneamente el rostro de Maca por el de Regina.
Me imaginé que la mujer que estaba en esa cama, dando su consentimiento empapada, era mi esposa.
Me imaginé que el hombre apuesto y rubio arrodillado frente a ella, bajándose el cierre del pantalón, era David Montenegro.
—¡Rodri, para, paraaa! —gimió Macarena.
Me volví hasta esos dos, en la cama. Vi que los jugos vaginales de Maca chorreaban audiblemente alrededor de los dedos de Rodrigo, empapándole la mano hasta la muñeca.
El olor a coño excitado se volvió denso, invadiendo mis poros nasales mientras yo, temblando en la silla, fijaba los ojos clavados en la degradación de la dulce Maca.
Rodrigo pareó curvar sus dedos gruesos dentro de la rajita de Maca, con más fuerza, tal vez frotando insistentemente ese punto esponjoso en la pared superior de su coño mientras su pulgar trazaba círculos rápidos y brutales sobre el clítoris hinchado.
El sonido húmedo, chapoteante, era obsceno y constante.
—Escucha eso, princesita —gruñó Rodrigo con voz ronca y burlona, sin dejar de bombear sus dedos—. ¿Oyes cómo chapotea tu coñito caliente? Estás empapando toda mi mano, Maca. Se nota que tú Evaristo, además de tener un nombre de abuelo, nunca te había puesto así de mojada, ¿verdad? Dilo.
Maca soltó un gemido largo y entrecortado, su cabeza cayendo hacia atrás mientras sus caderas se movían involuntariamente contra la mano invasora. Sus pechos subían y bajaban con respiraciones agitadas, los pezones erectos temblando.
—N-no... por favor, Rodri... ahhh... no digas eso... —balbuceó ella, la voz rota por el llanto y el placer forzado—. Es... es el alcohol... yo no... ¡Ahhh, Dios!
Rodrigo soltó una risa baja y cruel, acelerando el movimiento de sus dedos, metiéndolos y sacándolos con golpes húmedos y profundos que hacían que los jugos de Maca salpicaran ligeramente contra sus muslos pálidos.
—¿El alcohol? No mientas, perra. Tu coño está chorreando como una puta barata. Dime la verdad. ¿El pendejo de Evaristo te ha hecho correrte alguna vez así? ¿Te ha metido los dedos hasta el fondo y te ha hecho mojar las sábanas como una perra en celo? ¡Responde!
Maca negó con la cabeza débilmente, sin importar que el “princesita” ahora haya cambiado a insultos hacia ella, pero sus piernas se abrieron aún más, los talones se calvaron con fuerza en el borde del colchón.
Su vientre plano se tensaba con cada embestida de los dedos, y el triángulo de vello púbico oscuro y recortado brillaba completamente empapado.
—No... él no... ahhh... ¡me duele de lo rico que se siente! ¡No pares, por favor! —gimió ella, avergonzada, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras su cuerpo la traicionaba por completo—. Evaristo... Evaristo es suave... nunca me toca así... ¡Joder, Rodri, qué rico!
Rubí, de pie a mi lado, soltó una risita sádica y bajó su mano para apretar mi verga dura nuevamente, por arriba de mi pantalón.
—¿Lo escuchas, Marquito de pitito pequeño? La santurrona de nóminas rogándole a Rodri que no pare. Escucha cómo le tiembla la voz de lo puta que se está poniendo. ¿Te excita, mirón? ¿Te gusta ver cómo le están rompiendo el coño a la prometida de tu amigo?
Rodrigo movía los dedos con brutalidad experta: entrando y saliendo, frotando el punto G, pellizcando el clítoris, extendiendo sus jugos por toda la vulva hinchada.
Maca temblaba entera, las piernas abiertas de par en par.
Su vestido estaba completamente subido, exponiendo su vientre plano y el triángulo de vello púbico oscuro y recortado.
Rodrigo sacó su miembro. Agarró a Maca por los muslos pálidos y se la jaló hacia la orilla de la cama con un tirón tan fuerte que la hizo rebotar en el colchón.
Entonces, el rubito hijo de puta dio el siguiente paso. Con una sonrisa arrogante y triunfante que le deformaba la cara, Rodrigo se incorporó entre las piernas abiertas de Maca.
Su verga gruesa, venosa y completamente erecta palpitaba obscenamente, el glande hinchado y morado brillaba.
Ni siquiera pensó en condón. Agarró su miembro con una mano, lo frotó con rudeza varias veces contra la vulva hinchada y empapada de Maca, untando su preseminal en los labios vaginales rojos e hinchados, rozando el clítoris sensible con cada pasada ascendente y descendente, torturándola.
Maca temblaba completamente, su coño contrayéndose visiblemente de calentura y miedo, el agujero, no sé realmente si virgen o no, palpitando y soltando hilos transparentes de lubricación que le bajaban por la raja hasta el culo.
—Rodri… espera… la tienes muy grande… —gimió ella con voz quebrada, los ojos muy abiertos detrás de sus lentes torcidos, pero sus caderas se levantaron ligeramente hacia él.
¡Por favor, no, Maca, no lo hagas, no lo hagas!