Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Evaristo agarró a Claudia del brazo para ayudarla a sostenerse, abrió la puerta del departamento y ambos salieron tambaleándose hacia los elevadores. La puerta se cerró con un clic metálico.

Me quedé de pie junto al sofá. Todo había pasado tan rápido que apenas pude procesarlo. Y entonces, me di cuenta de lo evidente.

El accidente de Claudia les había caído como anillo al dedo, y al irse con el novio, les había despejado el camino por completo. Rubí no corrió al baño a cuidar a Maca; caminó lentamente hacia la cocina y se sirvió otro trago de tequila, mirándome con una sonrisa cargada de veneno.

¿Y Rodrigo?

Rodrigo ya no estaba en la sala.

El instinto me gritó con la fuerza de una alarma de incendios.

El plan no era emborracharla en la sala.

El plan era sacar a Evaristo del departamento, mandarlo a caminar media hora a la avenida.

Le acababan de regalar a Rodrigo treinta minutos libres, sin interrupciones, con la mujer de sus sueños encerrada en una habitación.

—Voy... voy al baño también, a lavarme la cara —le dije a Rubí, intentando sonar casual, y caminé rápido hacia el pasillo.

El departamento estaba a media luz. Al fondo del pasillo, la puerta del baño de visitas estaba abierta de par en par, con la luz encendida, pero no había nadie adentro. El sonido de sollozos y balbuceos no venía de ahí; venía de la puerta contigua.

La recámara principal de Rodrigo.

Me acerqué de puntitas. La puerta de madera estaba entreabierta apenas un par de centímetros.

Mi corazón me bombeaba sangre a los oídos a un ritmo brutal.

Sabía que debía entrar, sabía que debía gritar, pero mi maldito morbo, esa misma enfermedad que me hacía leer relatos en la oficina, me clavó los pies al piso.

Empujé la madera lentamente con la yema de los dedos y asomé un ojo por la rendija.

Maca no estaba vomitando. Estaba sentada al borde de la inmensa cama king size de Rodrigo.

Se había quitado los lentes y los tenía en la mano.

Su vestido de flores estaba empujado hasta arriba de las rodillas.

Estaba llorando, pero no de asco por el alcohol, sino de una histeria emocional profunda, el tipo de llanto de una mujer confundida que siente que su vida se le está yendo de las manos.

Frente a ella, arrodillado en el piso para quedar a su altura, estaba Rodrigo, luciendo como el típico modelo rubio que cualquier mujer desearía.

—No llores, princesita —le decía Rodrigo, con una voz suave, de cabrón seductor, mientras le acariciaba las pantorrillas desnudas con ambas manos—. No tienes por qué llorar.

—Es que... me siento muy mal, Rodri... no deberíamos de estar aquí... —balbuceaba ella, cerrando los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas le escurrieran por las mejillas.

—No pasa nada, Maca, yo te gusto, ¿no?, me lo dijiste hace ratote, en el bar.

—Eso no tiene nada que ver… yo… me voy a casar.

—Ese es el problema, Maca. Tienes pánico y es normal —Rodrigo subió sus manos lentamente por debajo de las rodillas de ella, acariciándole los muslos—.

Evaristo es un buen niño. Es un güey noble.

Pero tú y yo sabemos que es un aburrido.

No es un hombre de verdad. Te la vas a pasar el resto de tu vida cocinándole y planchándole sus camisas de cuadros, sin sentir pasión nunca más.

Maca sollozaba, pero, para mi terror, no cerraba las piernas.

No le quitaba las manos de encima. La manipulación sutil de Rubí, sumada al alcohol y a las palabras venenosas del apuesto de sistemas, habían encontrado su herida más profunda: el pánico a encerrarse en una rutina mortal a sus veintiséis años.

—Mírate nada más —susurró Rodrigo, acercando su rostro al de ella—. Eres un pinche ángel. Pero tienes un cuerpo de diosa que se está desperdiciando. Evaristo no sabe ni qué hacer contigo cuando te tiene desnuda. No sabe hacerte sentir mujer.

—No se trata... de eso —gimió Maca débilmente, pero su voz no tenía fuerza.

—Esta podría ser tu última noche de libertad, hermosa. Tu última oportunidad de que un hombre te haga vibrar de verdad antes de que te pongan la correa. Déjate llevar. Evaristo está caminando en la calle, nadie tiene por qué saberlo. Esto será un secreto entre tú y yo.

Rodrigo deslizó sus manos por debajo de la tela del vestido, subiendo descaradamente por los muslos pálidos de Maca.

El terror me golpeó con fuerza. ¡La iba a follar!

La estaba desarmando psicológicamente y la iba a hacer pedazos ahí mismo.

Tenía media hora antes de que Evaristo regresara con los electrolitos.

Tenía que abrir la puerta. Tenía que entrar, agarrar a Rodrigo del cuello y sacar a la pobre chica de ahí.

Llevé la mano al pomo dorado, tensando los músculos de mi brazo, dispuesto a hacer un escándalo.

Pero de pronto, sentí una presión fría y afilada en mi espalda, y un aliento cálido con olor a tequila directamente en mi nuca.

—¿Qué te parece esto, Marco?

Di un brinco ahogando un grito en mi propia garganta y me giré de golpe.

Ahí estaba Rubí. Estaba parada a centímetros de mí en la penumbra del pasillo, cruzada de brazos. Sus ojos me miraban con una malicia tan oscura y sádica que me heló la sangre.

—¿Qué... qué haces aquí? —susurré, aterrado de que Rodrigo nos escuchara.

Rubí dio un paso hacia mí, acorralándome contra el marco de la puerta.

—La pregunta es qué haces tú aquí, pinche mirón de mierda —me susurró ella, clavándome una uña en el pecho de mi camisa—. Creíste que eras muy listo, ¿verdad? Creíste que bloqueando a Rodri en el sofá ibas a salvar a la princesita de nóminas. Eres patético.

—Déjala en paz, Rubí... no voy a permitir que le hagan esto, ella no quiere —la amenacé, con la voz temblorosa—. Le voy a gritar a Rodrigo que la suelte. Y le voy a decir a Evaristo todo lo que planearon en cuanto pise este departamento.

Rubí soltó una risita seca, llena de desprecio. Se acercó tanto a mi cara que pude sentir su respiración en mi mejilla.

—Hazlo. Grita. Entra a esa recámara y hazla de superhéroe. Arruina la fiesta. Pídele a Evaristo que cancele su boda porque su noviecita le estaba abriendo las piernas a Rodrigo. Ándale, sé el buen samaritano.

Tragué saliva. Mi amenaza sonaba ridícula incluso para mí.

—Pero si gritas... —continuó Rubí, bajando su mano lentamente y rozando con el dorso de sus uñas la entrepierna de mi pantalón—.

Yo les voy a decir a todos que llevas un buen rato aquí parado, escondido en la oscuridad, excitándote mientras espiabas por la rendija.

Además, ¿te imaginas que todo el edificio del trabajo se entere que ves porno en horario de trabajo, pedazo de pervertido?

Abrí los ojos de par en par, sintiendo que el corazón se me detenía.

—¿Qué? ¡Estás loca!

—Mírate el pantalón, Marco —siseó ella, disfrutando mi terror al máximo—.

Incluso ahora te veo el puto bulto. Te encanta andar de mirón.

Tienes una erección que casi rompe el cierre.

Eres un enfermo mental. A ti no te interesa salvar a Maca.

Te excita ver esto. Te excita ver cómo le quitan la mujer a otro pendejo frente a tus narices.

Mi mente colapsó. Me había atrapado. Me había leído el alma con una facilidad aterradora.

—Crees que eres mejor que nosotros, pero eres peor —me susurró Rubí al oído, dándome el tiro de gracia—.

Tú eres un voyerista asqueroso. Solo viniste a esta casa para pajearte mentalmente viéndola caer.

Por eso te abrí la puerta, Marquito. Por eso mandamos al idiota a caminar media hora.

La trampa no era solo para la princesita... era para ti.

Sentí que las rodillas me temblaban. Rubí no sabía nada de David ni de mi esposa, pero no lo necesitaba.

Había olido mi perversión de cuckold desde lejos.

Me habían dejado jugar al héroe toda la noche solo para traerme hasta esta puerta y obligarme a enfrentar mi verdadera naturaleza de cornudo observador.

Rubí me soltó el pecho. Agarró el pomo de la puerta de la recámara y la empujó de par en par.

La luz escasa de la habitación nos bañó por completo.

Maca dio un pequeño respingo al escuchar la puerta abrirse de golpe, intentando cubrirse el rostro con los brazos, pero Rodrigo ni siquiera volteó hacia atrás.

Sus hombros atléticos se mantuvieron firmes.

Sabía perfectamente que éramos nosotros.

Sabía que el espectáculo privado que Marco el analista había venido a buscar, acababa de empezar.

Rubí me agarró del brazo, clavándome las uñas, y me jaló hacia el interior de la recámara. Empujó la puerta detrás de nosotros, pero la dejó entreabierta apenas unos centímetros.

Me empujó hacia una silla acolchada en la esquina más oscura del cuarto. Me senté como un autómata. El pecho me subía y bajaba con violencia.

Maca estaba sentada en la orilla del colchón. Su vestido de flores estaba arrugado y subido hasta la cintura. No traía sostén. Sus pechos pequeños, blancos y firmes, adornados con pezones rosados que apuntaban al frente por el frío de la habitación y su propia excitación, quedaban expuestos.

Maca respiraba por la boca, mareada, con la cabeza dándole vueltas, mirando al apuesto chico rubio de sistemas con una mezcla de pánico y sumisión inducida por el alcohol.

—No... Rodrigo, por favor... ¿por qué están ellos aquí? —gimió Maca débilmente, intentando bajar la tela de su vestido para cubrirse, pero sus manos no tenían fuerza—, ¿qué van a pensar de mí?

—Que eres una mujer que sabe disfrutar de la vida antes de que tenga su vida aburrida de casada —le respondió Rodrigo con voz grave.

Agarró las muñecas de Maca con una sola mano y se las apartó del vestido. Con la otra mano, le acarició el cuello, bajando lentamente por su clavícula hasta acariciar uno de sus pechos expuestos.

—¿La ves, Marco? —me susurró Rubí, de pie a mi lado, recargando una mano en mi hombro—. Mírala abrirse como una puta cualquiera. ¿Te gusta? ¿Te imaginas que fuera tu mujer? Porque dices que tienes mujer, ¿verdad?