Capítulo 7
El trayecto desde el bar "El Rincón" hasta la casa de Rodrigo fue un viaje asfixiante a través de las tinieblas de la ciudad. Iba en el asiento trasero del Uber, apretado contra la puerta izquierda, mirando por la ventana mientras las luces de las calles pasaban como ráfagas borrosas.
En mi cabeza se libraba una batalla campal de paranoia y humillación.
Mi teléfono seguía mudo en mi bolsillo. Regina lo tenía apagado. David me la había arrebatado, me había ganado la partida en menos de cuatro días y me acababa de condenar a pasar el fin de semana entero imaginándome cómo la destrozaba en su penthouse.
Pero lo que más me taladraba el cerebro en ese instante no era solo la imagen de mi esposa con otro hombre, sino la escalofriante advertencia de David en el bar. ¿Cómo carajos supo que yo estaba rastreando el GPS de mi mujer?
Apreté los puños sobre mis rodillas, sintiendo un sudor frío en la nuca.
En el bar, Rubí y Rodrigo habían estado sentados muy cerca de mí.
Demasiado cerca. Alguno de esos dos tuvo que haber estirado el cuello, visto la pantalla de mi celular con el mapa brillando en la oscuridad, y haberle mandado un mensaje de texto al jefe.
Eran sus espías. Sus perros falderos.
La idea me revolvió el estómago. ¿Qué tanto sabían?
¿David les habría contado sobre la apuesta?
¿Les habría dicho que el analista "serio" del departamento en realidad era un pusilánime que le había pasado el número de su propia esposa a cambio de cinco mil dólares?
Pensar que la zorra de Rubí o el patán de sistemas podían saber que yo era un cornudo consentido, un perdedor que se masturbaba en los baños mientras a su mujer se la cogían, me llenó de una vergüenza tan profunda que me dieron ganas de abrir la puerta del Uber y tirarme al asfalto.
Pero frente a mí, en el mismo carro, iba la otra tragedia.
Maca iba sentada en el medio, con la cabeza recargada pesadamente en el hombro de Evaristo.
Estaba perdidísima. El tequila le había aflojado el cuerpo entero, despojándola de cualquier filtro.
Su vestido de flores estaba arrugado, y cada vez que el carro daba vuelta, ella soltaba una risita tonta, balbuceando sílabas sin sentido.
Evaristo le acariciaba el cabello con esa devoción de mártir, sonriéndome a través del espejo retrovisor como diciendo "mira qué tierna se ve cuando toma".
"Eres un maldito ciego, Evaristo", pensé, apretando los dientes. "Te la van a hacer pedazos en tu cara y tú les vas a dar las gracias".
Llegamos al edificio de Rodrigo cerca de la medianoche.
Era un departamento amplio en una zona de solteros con algo de dinero.
Tenía luces led de colores bajo los muebles, una barra de granito en la cocina que separaba la sala, y un sofá enorme de piel negra en el centro. Un auténtico nido de depredador.
Apenas cruzamos la puerta, Rodrigo encendió una bocina Bluetooth y la música electrónica empezó a retumbar en las paredes.
Claudia se tiró en un sillón individual, quejándose de los tacones y arrastrando ya un poco las palabras, mientras Rubí se fue directo a la alacena, sacó una botella de tequila oscuro y empezó a servir vasos cargadísimos con hielos.
—¡A seguirla, cumpleañera! —gritó Rubí, acercándose con un vaso de tequila y poniéndoselo directo en la mano a Maca, que apenas podía sostenerse en pie apoyada en la barra de la cocina.
—Rubí, creo que Maca ya tomó suficiente por hoy —intervino Evaristo, intentando quitarle el vaso a su prometida con voz amable—. Mañana nos toca ir a ver lo de los arreglos florales temprano.
Rubí rodó los ojos y se cruzó de brazos, empujando sus tetones operados hacia adelante con una actitud desafiante.
—Ay, Evaristo, no seas un puto aguafiestas. Es su cumpleaños, güey. Ya la vas a tener encerrada cocinando y planchando camisas el resto de su vida, déjala que disfrute su última noche de libertad. ¡Pruébalo, Maca, está dulcecito!
Para mi horror, Maca, la dulce y recatada chica de nóminas, ignoró la mano de su futuro esposo.
Se llevó el vaso a los labios y se tomó la mitad del tequila de un trago.
Se manchó la barbilla, soltó un gemido de asco por lo fuerte del alcohol, pero sonrió.
La semilla de rebeldía y empoderamiento barato que Rubí le había estado plantando en el cerebro toda la noche en el bar, estaba germinando.
Rodrigo apareció del pasillo con una sonrisa de lobo y se sentó en el sofá grande.
Era un muchacho rubio, innegablemente guapo, de facciones masculinas y con un cuerpo atlético que se marcaba bajo la camisa ajustada, aunque sin llegar a ser el mastodonte inmenso e imponente que era David. Palmeó el lugar a su lado.
—Ven, cumpleañera, siéntate aquí para que descanses los pies —dijo, con esa voz diseñada para seducir.
Maca dio un paso tambaleante hacia él. Evaristo hizo el amago de seguirla, pero yo me adelanté.
Esta era mi misión. Mi puta redención. Yo no había podido salvar a Regina de David porque fui un cobarde, pero aquí, en esta sala, yo no iba a dejar que a Evaristo le pusieran los cuernos en sus narices. No iba a permitir que Rodrigo se saliera con la suya.
Caminé rápido y me dejé caer pesadamente en el sofá, exactamente en el lugar que Rodrigo había señalado, quedando como un muro de contención de carne y hueso entre él y el resto de la sala.
—¡Uf! Qué cansancio, cabrón —dije, estirando las piernas y ocupando todo el espacio posible en la piel negra del sofá—. Ya no tengo edad para estas desveladas. Ven, Maca, siéntate aquí de este lado, junto a Evaristo.
Maca, confundida y mareada, se dejó caer en el otro extremo del sofá. Evaristo se sentó a su lado, pasándole el brazo por los hombros, y me lanzó una mirada de agradecimiento sincero.
Rodrigo me fulminó con la mirada. Sus ojos claros destilaban un odio puro. Le acababa de bloquear el pase directo a la chica.
Me sentí invencible. Sentí una descarga de adrenalina limpia corriendo por mis venas. ¡Le estaba ganando la partida! Me tomé mi vaso de tequila de un solo trago, sosteniéndole la mirada a Rodrigo, retándolo en silencio. "Hoy no, cabrón", pensé. "Hoy no te coges a la novia de este pobre chico".
Los siguientes veinte minutos fueron una guerra fría insoportable.
Yo no me moví del sofá por nada del mundo.
Cada vez que Rodrigo intentaba asomarse o hablarle a Maca, yo lo interrumpía preguntándole cualquier pendejada sobre los servidores de la oficina.
Cada vez que Rubí intentaba acercarle otro trago, yo le decía a Evaristo que mejor le pasara un vaso de agua.
Maca empezó a cabecear. El sueño y la borrachera la estaban venciendo por completo.
—Amor... ya me quiero ir —balbuceó Maca, recargando la cara pálida en el pecho de Evaristo—. Me da vueltas todo. Siento que me voy a caer.
Evaristo asintió, aliviado de escuchar esas palabras.
—Claro que sí, mi princesa. Ya nos vamos. Muchachos, muchas gracias por todo, de verdad. Voy a pedir el Uber desde mi aplicación.
Saqué el celular para ver la hora. Casi la una de la madrugada. Lo había logrado. Había salvado a la presa de las garras del depredador. El orgullo me infló el pecho. "Al menos tú no serás un cornudo esta noche, hermano", pensé, mirando a Evaristo con un cariño genuino.
Pero en este ecosistema, los lobos nunca se rinden. Su malicia siempre encuentra una grieta, y si no, la suerte se las regala.
De pronto, Maca se tapó la boca con las dos manos. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de sus lentes redondos. Se puso blanca como el papel.
—Voy a vomitar... —gimió, ahogada.
Se levantó de golpe, tambaleándose peligrosamente, y caminó rápido hacia el pasillo.
—¡Ay, no, no, no! —gritó Rubí, saltando de su asiento en la barra con una actuación digna de un Oscar—. ¡Se nos va a congestionar! ¡El baño está al fondo a la derecha, Maca, corre!
Evaristo intentó correr tras ella para sostenerle el cabello, pero Rubí se le cruzó en el camino, poniéndole ambas manos en el pecho para detenerlo.
En ese mismo instante, Claudia, que venía de la cocina tambaleándose por lo borracha que estaba, tropezó torpemente de verdad y le derramó un vaso entero de agua mineral y hielos directamente en el pantalón y los zapatos de Evaristo.
—¡Ay, no, perdóname Evaristo, qué pendeja soy!
—exclamó Claudia, agarrando servilletas a lo loco, muerta de la pena y arrastrando las palabras—.
Te mojé todo el pantalón, que pena... ay, no.
Saben qué, yo ya me voy. Te acompaño, Evaristo, sirve que me da el aire y ya pido mi Uber desde allá abajo porque ya no puedo con mi alma y nada más estoy haciendo estorbos.
—Evaristo, escúchame —le dijo Rubí, ignorando a la borracha de Claudia y usando un tono de angustia, agarrándolo de los hombros—.
Maca está muy mal. Si solo vomita se nos va a deshidratar y mañana no se va a poder ni parar de la cama para lo de tu boda.
Necesita electrolitos y un Pepto-Bismol urgentemente.
—Yo... puedo cuidarla mientras nos vamos, nada más le daré agua... —tartamudeó Evaristo, intentando sacudirse el pantalón mojado mientras Claudia trataba inútilmente de secarlo con una servilleta de papel.
—¡El agua no sirve de nada con tanto tequila, güey!
—lo regañó Rubí, empujándolo sutilmente hacia la puerta principal—.
Hazme caso. Hay una Farmacia del Ahorro abierta veinticuatro horas pero está a varias cuadras de aquí, bajando la avenida principal.
Te vas a echar por lo menos media hora caminando entre ir y venir.
Yo me meteré con ella al baño para agarrarle el vestido y limpiarla en lo que regresas, a nosotras nos da menos asco.
¡Ándale, córrele porque tu novia que se nos ahoga!
Evaristo, estúpido, confiado, preocupado por la salud de su princesa e ingenuo hasta la médula, asintió vigorosamente.
—Tienen razón. Ahorita vengo. Me voy corriendo para no tardar más de media hora. Vamos, Clau, yo te ayudo a pedir tu carro abajo. Cuídenmela mucho, por favor, en serio.