Capítulo 6 #4
Un escalofrío helado, seguido de una llamarada de excitación hirviente, me atravesó el cuerpo entero. Era ella. Era mi Regina. Su voz sonaba ronca, ahogada, desprovista de toda esa dureza y arrogancia de contadora. Sonaba vulnerable, desesperada.
“Es muy grande”, “no me va a caber”. Sentí una humillación que casi me destrozó por dentro.
Y entonces, se escuchó un golpe seco en el audio. El sonido de una nalgada brutal sobre piel desnuda, seguido de la voz ronca e imperiosa de David.
—No te pongas a la defensiva, preciosa. Te dije que si venías aquí, sería a obedecer. Así que empínate bien, abre esas piernotas y chúpalo. Chúpalo como la puta hambrienta que eres.
—¡Hijo de puta! —dijo ella.
Y luego se escuchó un quejido húmedo de Regina, y luego el sonido inequívoco de succión.
Mi mujer. Mi esposa intachable. Debía de estar arrodillada en un penthouse a kilómetros de distancia, ahogándose con la inmensa verga de mi jefe, obedeciendo sus órdenes más humillantes sin decir una sola palabra de reclamo.
El audio se cortó.
El silencio del cubículo me cayó encima como una losa de cemento.
Ya no había dudas. No había tangas de Rubí, ni escorts contratadas, ni trucos de GPS. Todo era real.
La mujer que tanto amaba, se había convertido voluntariamente en la ramera personal de David Montenegro, y yo, su esposo pusilánime, lo acababa de confirmar escondido en el puto baño de un bar de mala muerte.
Un sollozo ahogado salió de mi garganta.
Empecé a llorar. Lloraba de dolor, de impotencia, de una humillación tan profunda que sentía que el alma se me desgarraba.
Me imaginé a Regina, con ese conjunto de encaje color vino rasgado, humillada a cuatro patas sobre una cama king size, con David jalándole el cabello, demostrándole quién era el macho alfa.
Pero la otra cara de mi enfermedad mental me dominó.
Mientras las lágrimas me escurrían por las mejillas y mojaban mis lentes, mi mano derecha buscó el cierre de mi pantalón. Lo bajé frenéticamente. Saqué mi verga, que estaba dura, palpitante, casi a punto de estallar, y empecé a masturbarme ahí mismo, sentado en la taza del inodoro.
Volví a darle play al audio.
—Dios... ahhh... David, espera, por favor...
Me la jalé con furia, escuchando el sonido de la nalgada. Me imaginé el culazo blanco de mi esposa enrojecido por el golpe de esa mano enorme.
— No te pongas a la defensiva, preciosa
—¡Sí, que te la chupe toda, cabrón, y luego cógetela! —susurré en la soledad del cubículo, llorando y frotándome a una velocidad brutal.
El sonido de Regina chupando la verga enorme de otro hombre “que no le cabía en la boca” me destrozó el orgullo y me llevó al límite de la excitación.
Me corrí con una fuerza animal, manchando la puerta del cubículo con mis fluidos, jadeando, temblando, completamente arruinado y sometido a mi nueva realidad.
Era un cornudo. Un maldito y perverso cornudo en toda la extensión de la palabra.
Me quedé un par de minutos ahí dentro, limpiando el desastre con papel higiénico y lavándome la cara con agua fría en el lavabo hasta que los ojos dejaron de verse tan rojos.
El estómago todavía me daba vueltas. Había perdido a Regina.
De alguna forma enferma, siempre creí que si esto pasaba, ella me odiaría o se sentiría culpable, pero escucharla tan entregada, tan necesitada de que la sobajaran, me hizo darme cuenta de que David le había dado algo que yo nunca pude: la libertad de ser una zorra sin sentirse juzgada.
Salí del baño como un zombi.
Caminé de regreso a la mesa. La fiesta estaba en su punto máximo.
Me acerqué a mi asiento y la escena que presencié terminó de aplastar cualquier esperanza que tuviera sobre la lealtad y el amor en este mundo.
Maca, la dulce e inocente Maca, estaba recargada completamente contra el pecho de Rodrigo.
Se reía tontamente. Su vestido de flores estaba ligeramente remangado, y la mano de Rodrigo ya no estaba sobre la tela; estaba metida bajo el vestido, acariciándole el muslo desnudo.
Rubí los miraba con una sonrisa sádica, victoriosa.
Evaristo estaba de pie, al otro lado de la mesa, esperando a que el mesero le cobrara unas alitas que había pedido para su novia. Me miró a los ojos cuando regresé, con su cara de tipo bueno, completamente ciego a lo que estaba ocurriendo a dos metros de su espalda.
Lo miré a él, y luego miré a Maca frotándose contra el patán de sistemas. Y pensé en Regina arrodillada frente a David.
—¿Todo bien, Marco? —me preguntó Evaristo, alzando la voz por la música.
—Todo bien, Evaristo —le respondí, sintiendo que me moría por dentro—. Todo está perfecto.
Me senté en mi silla, agarré mi vaso de cerveza y le di un trago largo.
Mi celular volvió a vibrar sobre la mesa.
Lo miré de reojo, aterrado de lo que pudiera seguir.
David (11:10 pm): ¿Ya te corriste en el baño del bar, Marquito? Supongo que sí. Te voy a desconectar de la red. Ahora me toca disfrutar a mí de lo que tú no supiste manejar. Te la regreso el domingo por la noche. O tal vez el lunes, si es que me da la gana. Disfruta tu fin de semana de soltero.
Apreté el teléfono hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
¿Qué mierda? ¿Cómo que me la regresaba el domingo?, ¿Cómo que me la regresaba el lunes? ¡No! ¡No! ¡Esto no podía estar pasándome!
Se la iba a quedar todo el fin de semana. No solo me había ganado la apuesta en un tiempo récord, destrozando la decencia de mi mujer en apenas unos días, sino que ahora me castigaba dejándome solo en mi casa vacía para que yo me ahogara en mi propia mierda.
Miré hacia la pista de baile. Rodrigo había levantado a Maca.
La tenía agarrada por la cintura, bailando una canción de banda pegados cuerpo a cuerpo.
Maca cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Rodrigo, dejándose llevar por el alcohol y el deseo prohibido que Rubí le había inyectado en el cerebro.
Evaristo se sentó en la silla, sosteniendo el plato de alitas, mirando a su prometida con una sonrisa confusa, tratando de convencerse a sí mismo de que solo estaban bailando, de que Rodrigo era solo un buen amigo de la oficina.
"Eres un cornudo, Evaristo", pensé, mirándolo con lástima. "Igual que yo. Somos los bufones en el castillo de los depredadores".
Terminé mi cerveza. Busqué mi teléfono y comencé a marcarle a mi esposa.
Nada. Timbraba pero no me contestaba.
Luego, dejó de darme tono. ¿Lo había apagado? ¡¿En verdad lo había apagado?!
Entonces le mandé un mensaje de voz, en algún momento tendría que encender el teléfono y escucharme.
“Regina, ¿dónde carajos estás? ¡Dime dónde carajos estás!”
Estaba desesperado, enojado, los celos al límite. Entonces busqué el contacto de David y le marqué, pero tampoco me contestó. Tenía el teléfono apagado.
“¡Hijo de puta, Devuélveme a mi mujer!” le escribí con cólera, hundido en la impotencia de no poder hacer absolutamente nada.
La desesperación y la rabia me nublaban el juicio, a tal punto que apenas pude escuchar las palabras de Claudia, cuando me dijo:
—Marco, ¿todo bien?
—¿Eh? Hola… Clau… yo… todo bien…
—Me alegra, porque entonces podrás acompañarnos a la casa de Rodri, a seguir la fiesta.
—¿Qué? —todavía me sentía confundido por todo lo que estaba pasando.
Me fijé en el reloj y ya casi eran las once y media de la noche.
—Por si quieres venir, a no ser que tengas que volver a casa.
¿Volver a casa? Me dije a mí mismo. ¡Si mi mujer no estaría todo el puto fin de semana! El eco de las paredes vacías de mi casa me iba a volver loco. Me iba a pasar las siguientes cuarenta y ocho horas imaginándome a David abriéndole las piernas a Regina en ese penthouse.
Quise gritar, pero me contuve, y mi instinto de supervivencia buscó desesperadamente un clavo ardiendo, una distracción para no sentirme tan miserable.
—¿Quiénes irán a casa de Rodri? —pregunté.
—Todo el grupito —contestó sonriente.
—¿Evaristo y Maca también? —me horroricé.
—Maca es la más entusiasmada, mírala… Evaristo se negó al principio, pero quiere cumplirle el capricho a su novia.
—¡Mierda! —exclamé en voz baja.
—¿Entonces te vienes con nosotros?
—Sí, claro, voy.
Apreté los puños bajo la mesa. Mi matrimonio ya estaba hecho pedazos, se lo habían robado frente a mis propias narices porque fui un cobarde pusilánime que ni siquiera pudo defender a su mujer.
Pero aquí, frente a mí, había otra tragedia a punto de ocurrir. Evaristo iba ciego al matadero.
Si iba a esa casa y lograba arruinarle la noche a Rodrigo y a la perra de Rubí, si lograba interponerme en su cacería para salvar a la prometida de Evaristo, tal vez podría encontrar una especie de retorcida redención.
Una forma de demostrarme a mí mismo que, aunque perdí a mi mujer, todavía me quedaban un par de huevos para arruinarle el juego a los depredadores de la oficina.
—Entonces vámonos, pues —dijo Claudia con una sonrisa.