Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Sí, bueno, con mi junta de hoy, imposible.

—¿Y cuando salgas, Regi?

—Es que ni siquiera sé a qué hora voy a salir.

—¿Quieres que pase por ti al despacho?

—No, no, no es necesario, de hecho, la junta será en un restaurante.

—¿En cuál?

—No sé, cuando lo sepa te lo digo, ¿va?

Regina se terminó de arreglar, se echó perfume en el cuello, me dio un beso rápido en la boca que me supo a traición, y salió de la casa.

Apenas escuché el portón cerrarse, me levanté de la cama como un resorte. Tenía que saberlo. Ya no podía vivir con esta duda asfixiante, con mis falsas esperanzas chocando contra sus mentiras.

Mi orgullo necesitaba descubrir que David estaba mintiendo, pero mi morbo exigía a gritos confirmar que mi mujer se iba a dejar coger por mi jefe.

Fui al clóset y busqué en el cajón de los documentos.

Ahí estaba la vieja iPad que Regina usaba a veces para leer en las noches.

La encendí. Hacía años, cuando la compramos, configuramos nuestras cuentas de Google Maps para compartir ubicación por si alguno tenía un accidente.

Ella probablemente ni se acordaba de que esa función seguía activa.

Revisé la aplicación. El punto azul con la foto de perfil de Regina parpadeaba, moviéndose lentamente por las calles de la ciudad en la ruta de su camión.

Hoy iba a rastrearla. A las seis de la tarde, cuando se supone que ella iba a estar en su junta y yo en la fiesta, iba a ver exactamente dónde estaba mi esposa.

El día en la oficina fue una tortura psicológica de proporciones épicas.

Llegué y me senté en mi módulo. David ni siquiera se apareció por el piso en toda la mañana. Estaba gestionando su trampa, preparando el terreno para cobrar el premio que tanto me había presumido.

Cogérsela, y la peor humillación, ni siquiera en quince día, sino en menos…¡Qué puta vergüenza!

Las horas se fueron como agua. A las cinco de la tarde, el ambiente en el piso cambió.

Se respiraba esa euforia de viernes. Claudia andaba de módulo en módulo recordando lo del bar "El Rincón".

Rubí se retocaba el labial rojo en su espejo de mano, sonriendo con malicia mientras miraba de reojo hacia donde estaban Maca y Evaristo.

Maca estaba apagando su computadora, acomodándose los lentes redondos, luciendo un vestido floreado que le llegaba debajo de la rodilla. Evaristo le sostenía el suéter, mirándola con esa devoción de perro fiel que me daba una lástima infinita.

A las seis en punto, bajamos todos. Evaristo y Maca se fueron en el carro de él. Claudia, Rubí y Rodrigo se fueron juntos. Yo caminé solo las cuatro cuadras hasta el bar. Dejé mi carro con don Carmelo.

El clima estaba fresco. Saqué mi celular del bolsillo. Abrí la aplicación de Google Maps y busqué la ubicación de Regina.

El punto azul estaba estático. Localizado exactamente en el edificio gris de su despacho contable.

Solté un suspiro de alivio genuino. Eran las seis y diez. Seguía ahí. Tal vez de verdad tenía trabajo. Tal vez mi paranoia estaba alimentando la mentira de David, y mi mujer seguía siendo la contadora aburrida y decente que yo creía.

Llegué a "El Rincón". Era un bar espacioso, con mesas de madera rústica, música de banda a un volumen moderado y olor a alitas fritas y cerveza. Claudia había reservado un par de mesas juntas en una esquina un poco más privada.

Nos sentamos. Maca estaba en el centro, sonrojada por las felicitaciones. Evaristo estaba a su derecha, pidiendo limonadas y cervezas para todos. Yo me senté en un extremo, desde donde podía ver toda la mesa. Y justo enfrente de Maca, se sentaron los depredadores: Rubí y Rodrigo.

Rubí pidió de inmediato una botella de tequila.

—¡Hoy se festeja en serio, Maca! —gritó Rubí, sirviendo el primer caballito—. ¡A punto de casarte, mi reina! Tienes que despedir tu soltería como Dios manda.

Maca sonrió con timidez, negando con las manos.

—No, gracias Rubí. Yo casi no tomo. Con una cerveza estoy bien.

—¡Ay, no seas aburrida! —intervino Rodrigo, con esa sonrisa de patán, acercándole el vaso de tequila hasta los labios—. Es tu cumpleaños. Evaristo, dile a tu futura esposa que se relaje, no la traigas tan cortita.

Evaristo, en su infinita inocencia y queriendo quedar bien con todos, asintió, riendo.

—Ándale, mi amor, tómate uno. Es tu cumpleaños, no pasa nada. Yo te cuido.

Maca miró a Evaristo y luego el vaso. Suspiró, cerró los ojos y se tomó el tequila de un solo trago. Hizo una mueca de asco, tosiendo un poco mientras Rubí y Rodrigo le aplaudían.

Yo miré la escena con el estómago revuelto. Ahí estaba. El primer paso hacia la perdición. Evaristo acababa de darle luz verde a los buitres para que emborracharan a su prometida. Era el mismo nivel de ceguera que yo había tenido cuando le mandé el número de mi esposa a David.

Las horas se fueron pasando en medio del ruido y la música de banda. Las nueve de la noche.

La música subió de volumen. En la mesa, ya iban por la segunda botella de tequila. Rubí ya le había servido muchísimos caballitos más a Maca, quien ahora se reía con demasiada soltura, quitándose los lentes y apoyándose pesadamente en la mesa.

Evaristo había sido marginado de la conversación por completo; Claudia lo tenía acorralado hablando de unas pólizas de seguros en la otra esquina de la mesa, dejándolo de espaldas a su prometida.

¿Cómo se atrevían a hablar de trabajo en una puta celebración?

Saqué mi celular por debajo de la mesa. El sudor me resbalaba por la frente.

Abrí la aplicación de rastreo.

La aplicación tardó tres segundos en actualizarse. El círculo giró. Y entonces, la imagen del mapa cargó.

El punto azul de Regina ya no estaba en el despacho contable.

Se había movido. Di a repetir una ruta, para ver cuál había tomado, y constaté que se había ido hacia el sur. Hacia la zona financiera y de hoteles de lujo.

Se me cortó la respiración. Mis dedos temblaban tanto que casi dejo caer el teléfono.

—¡No puede ser! —susurré, ahogado por el ruido del bar.

Me quedé mirando la pantalla como si fuera una bomba a punto de estallar.

El GPS marcó la ubicación exacta: "Torre Adamant - Residencial y Suites".

El edificio donde estaba el penthouse de David Montenegro.

Sentí que el mundo se me caía encima. El corazón me bombeaba sangre a los oídos con tanta fuerza que me mareé. ¡Era verdad! Todo era verdad.

La junta de socios VIP no existía. La lencería de encaje color vino no era para empoderarse en la oficina. Regina, mi esposa estricta, la leona que no se dejaba sobajar por nadie, acababa de meterse al departamento de soltero del hombre que la había acorralado y besado el día anterior.

Me llevé la mano a la boca, intentando contener un sollozo de desesperación.

En la mesa, Rubí soltó una carcajada estridente. Rodrigo se había acercado a Maca. Estaba sentado casi pegado a ella. Aprovechando que la chica estaba mareada y que Evaristo seguía distraído, Rodrigo le había pasado un brazo por detrás de los hombros, hablándole muy de cerca al oído.

Maca tenía los ojos entrecerrados, riéndose de lo que el patán le decía, sin hacer el menor intento por apartarlo.

Su inocencia se estaba derritiendo en alcohol y manipulación.

Igual que mi matrimonio.

De pronto, mi celular vibró en mi mano.

El nombre "David" apareció en la pantalla bloqueada, con una notificación de WhatsApp.

Desbloqueé el teléfono casi rompiendo el cristal.

David (10:15 pm): ¿Viendo el GPS de tu mujercita en el bar, Marco? Qué predecible eres.

Casi escupo la cerveza. ¡El muy cabrón sabía que la estaba rastreando! Sabía perfectamente que yo era un miserable cobarde mirando una pantalla mientras él abría la puerta de su departamento para recibir a mi mujer.

¿Cómo lo sabía? ¿Quién más… me estaba vigilando? ¿Rodrigo? ¿Rubí?

Sentí pánico al verme vulnerable.

Mis pulgares volaron sobre el teclado, impulsados por la rabia, el dolor de la traición y la negación que todavía se negaba a morir.

Marco (10:16 pm): ¿De qué hablas? Eres un hijo de puta manipulador. Seguramente le robaste el teléfono cuando la dejaste anoche y te lo llevaste a tu departamento para que yo crea que está ahí contigo. ¡Es una farsa! ¡Ella jamás se acostaría con un asqueroso arrogante como tú!

Mandé el mensaje sintiendo que me faltaba el oxígeno. Estaba exigiendo pruebas. Estaba exigiéndole al verdugo que dejara caer el hacha sobre mi cuello.

David se tomó su tiempo. Quería que yo hirviera en mi propio jugo.

Yo miraba a Evaristo. El pobre "Nerd" se había levantado para ir al baño, dejando a Maca completamente sola con Rodrigo y Rubí.

Vi cómo Rodrigo deslizó su mano discretamente por debajo de la mesa y la apoyó en el muslo de Maca.

La chica dio un saltito, pero Rubí le sirvió otro trago rápido, distrayéndola, normalizando el contacto.

Rodrigo le estaba tocando la pierna a la prometida de su compañero, en su cara, en su fiesta.

La podredumbre estaba en todos lados. La decencia era una ilusión estúpida.

Mi teléfono vibró dos veces seguidas.

David (10:20 pm): ¿Que le robé el teléfono? Me ofendes, Marquito. Tienes muy poca fe en el poder de una buena verga para ablandar el carácter de una mujer insatisfecha.

Y el siguiente mensaje... era un archivo de audio. Una nota de voz de catorce segundos.

Me quedé mirando el botón de "reproducir". Mis manos temblaban violentamente. Sabía que si le daba play, mi vida entera, mis cinco años de matrimonio y mi visión sobre la mujer que amaba, se iban a ir al carajo para siempre.

Me levanté de la silla de golpe.

—Ahorita vengo, voy al baño —le dije a Claudia, que ni me hizo caso.

Caminé casi corriendo hacia los sanitarios del bar. El olor a orina me llegó a la nariz de golpe. Me metí en el último cubículo y cerré el pestillo. Me senté sobre la tapa del inodoro, bajé el volumen del teléfono a la mitad y me pegué la bocina del celular al oído, pegando la cara a mis rodillas.

Le di play.

El audio tenía un poco de ruido de fondo, como de música suave tipo lounge. Y luego, escuché la voz.

—Dios... ahhh... David, espera, por favor... no me va a caber... es muy grande... —