Capítulo 6 #2
Su blusa azul cielo, que en la mañana estaba perfectamente fajada, ahora tenía arrugas extrañas a la altura de la cintura.
Su cabello oscuro estaba recogido, pero había mechones sueltos, desordenados.
Y lo peor de todo: su maquillaje. Regina nunca se despintaba los labios hasta llegar al baño de la casa, pero hoy, sus labios gruesos estaban limpios, ligeramente hinchados y enrojecidos.
—Hola, mi amor —dijo ella, cerrando la puerta y soltando el bolso en la silla del comedor con un suspiro pesado que sonaba más a culpa que a cansancio.
—Hola, Regi. Qué tarde... —murmuré, levantándome del sofá.
Caminé hacia ella. Me acerqué para darle el beso de siempre, pero Regina giró el rostro de forma casi imperceptible, ofreciéndome la mejilla. El roce de sus labios me fue negado.
Y entonces, al estar a unos centímetros de su cuello, el golpe olfativo me destrozó las defensas.
No olía a café de oficina. No olía a documentos viejos ni al encierro del despacho. Debajo de su perfume floral, incrustado en las fibras de su blusa y en su propia piel, estaba el aroma penetrante a madera, tabaco y cuero. El puto perfume de David Montenegro.
Sentí que las rodillas me temblaban. Tragué saliva, clavando las uñas en mis propias palmas.
—Qué paliza de día, ¿verdad? —le dije, forzando una sonrisa de marido comprensivo—. ¿Cómo les fue con los clientes VIP?
Regina evitó mi mirada. Se agachó a quitarse los tacones, usando ese movimiento para esconder su rostro.
—Bien... pesadísimo. Cuadrar esos números es un infierno. El socio principal nos trajo en friega revisando pólizas hasta ahorita —mintió.
Su voz sonaba un poco ronca, desgastada.
Mintió mirándole los zapatos. Mi esposa, la mujer de moral intachable que odiaba las mentiras, me estaba diciendo una farsa en la cara mientras olía al macho que me la estaba robando.
—Debes venir muerta de hambre. Te calentaré un poco de la cena de ayer —ofrecí, sintiendo cómo mi verga empezaba a hincharse en el pantalón.
La humillación de saber la verdad y escucharla mentir era un afrodisíaco venenoso.
—No, gracias, corazón. Comimos... pedimos algo de cenar en la sala de juntas. Solo quiero meterme a bañar y dormir. Me duele todo el cuerpo.
Se enderezó, agarró su bolso y caminó rápido hacia el pasillo de la recámara. Yo me quedé clavado en el comedor.
"Me duele todo el cuerpo".
La frase resonó en mi cabeza. ¿Qué tanto le había hecho David como para dejarla así de adolorida?
Fui tras ella en silencio. Me quedé en el marco de la puerta de la recámara. Regina abrió el clóset y sacó su pijama. Se desabotonó la blusa dándome la espalda. Vi cómo su piel blanca se erizaba. Se quitó el sostén y lo dejó caer sobre la cama.
—Oye, Regi... —la llamé en voz baja.
Ella dio un salto, asustada. Se giró rápidamente, cubriéndose los pechos inmensos con la blusa arrugada, mirándome con ojos muy abiertos.
—¡Marco! Me asustaste. ¿Qué pasa?
—Nada. Es que desde ayer te noto rara. Tensa. ¿Segura que todo está bien en el despacho?
Regina apretó los labios. Un destello de furia nerviosa cruzó su mirada.
—Estoy agotada, Marco, es todo. No empieces con tus interrogatorios, por favor. Ya te dije que tuvimos junta. Necesito bañarme.
Se metió al baño y cerró la puerta de un portazo. Segundos después, escuché el pestillo y el ruido del agua de la regadera.
Caminé lentamente hacia la cama. Ahí estaba la ropa que se acababa de quitar. La falda negra, la blusa y sus bragas de algodón blanco. Mis manos temblaban mientras me acercaba. El morbo me exigía investigar. Levanté sus pantaletas. Me las llevé al rostro, cerrando los ojos.
Estaban empapadas.
Olían a ese mismo aroma dulzón y profundo que tenía la tanga que David me había aventado en el escritorio. Fluido vaginal denso, puro rastro de una mujer que había estado excitada a niveles brutales durante horas.
De pronto, mi celular vibró en mi bolsillo.
Lo saqué con urgencia. Era un mensaje de WhatsApp.
David (10:45 pm): ¿A qué huele tu mujer esta noche, Marco? ¿Ya la oliste? ¿Ya notaste cómo le tiemblan las piernas?
Ahogué un sollozo seco. El hijo de puta sabía exactamente lo que yo estaba haciendo. Me estaba monitoreando psicológicamente.
Marco (10:46 pm): Dime qué le hiciste. Huele a ti. Huele a tu puta loción.
La respuesta tardó un minuto en llegar. Un minuto que me pareció una hora.
David (10:47 pm): Solo la estoy aflojando, Marquito.
Fui a buscarla al despacho en mi carro nuevo.
La llevé a cenar a un lugar que no te alcanzaría ni con tres de tus sueldos.
Hablamos de algunos acuerdos que teníamos que tomar ella y yo…
muy interesantes. Se tomó tres copas de vino.
Le besé esa boquita estricta que tiene, en el estacionamiento, y la pegué contra mi puerta.
Me intentó dar una bofetada, pero le agarré las manos y me la froté en la verga.
Apreté los dientes. Mi imaginación me proyectaba la escena con una claridad enloquecedora. ¿Qué putos acuerdos?
David (10:48 pm): La dejé tan caliente que apenas y podía caminar. No me la cogí, tranquilo. Eso es para mañana. Mañana le quito lo santurrona por completo. Que pases buena noche con las sobras que te dejé.
Tiré el celular sobre el colchón y me agarré la cabeza.
¿De qué acuerdos hablaron? ¿De verdad era cierto todo lo que me decía? ¿En verdad se la cogería al día siguiente?
Ya sería mucho cinismo si Regina me decía que tenía que llegar tarde otra vez.
El viernes amaneció con un cielo gris y plomizo, exactamente igual que mi estado mental.
No había pegado un ojo en toda la noche.
Tenía los ojos inyectados en sangre. La tanga negra que David me había lanzado al escritorio seguía escondida en el fondo de mi maletín, quemando como un trozo de uranio radiactivo.
Me quedé acostado boca arriba, escuchando el sonido de la regadera. Regina se estaba bañando otra vez.
Mi mente, enferma de paranoia y desesperación, no había dejado de dar vueltas intentando encontrar una grieta en la historia de mi jefe, en encontrar alguna excusa para justificar por qué ella olía a su loción la noche anterior.
Y reflexioné sobre lo mismo, sobre los mismos acontecimientos de los últimos días.
«Tiene que ser mentira», me repetía a mí mismo, aferrándome a las sábanas.
«David tiene muchísimo dinero. Podría haber contratado a una puta de escorts de lujo, una de esas viejas de caderas anchas y piernas gruesas, para subirla a su camioneta y tomar la foto de antier.
Y la tanga… claro, la tanga seguramente se la robó a Rubí o la compró nueva, la roció con algún químico y su propia loción para volverme loco.
Regina es mi esposa. Es una mujer de valores. No caería tan rápido.»
El ruido del agua se detuvo. Unos minutos después, Regina salió del baño envuelta en su toalla blanca, frotándose el cabello húmedo.
La observé desde la cama, fingiendo estar medio dormido. Abrió el cajón de su ropa interior. Vi cómo sus manos pasaron por encima de los sostenes lisos y aburridos que usaba todos los días para la oficina, y se detuvieron en el fondo.
Sacó un conjunto de lencería de encaje color vino.
Un brasier de media copa que apenas y lograba sostenerle los pezones, y un cachetero ajustadísimo.
Era un conjunto que yo le había regalado en nuestro aniversario hacía dos años y que casi nunca se ponía porque decía que "no era práctico para estar sentada ocho horas".
Se dejó caer la toalla. Se quedó completamente desnuda frente al espejo.
Su cuerpo blanco, pesado y lechoso era un monumento a la fertilidad.
Se abrochó el sostén. Sus inmensas tetazas se alzaron, desbordándose por encima de la tela color vino, con los pezones rosados, duros, empujando el encaje.
Se subió el cachetero por los muslos, haciendo que su culazo se tragara la mitad de la tela, resaltando la inmensidad de sus caderas.
El corazón me empezó a latir con una violencia que me ahogaba.
—¿Te vas a poner eso para ir a la oficina? —pregunté, con la voz ronca.
Regina dio un respingo, sorprendida de que estuviera despierto y mirándola. Se giró hacia mí, cubriéndose el pecho instintivamente con los brazos, aunque un segundo después los bajó, intentando actuar natural. Sus mejillas se tiñeron de un rojo muy tenue.
—Buenos días, amor. Me asustaste —dijo, forzando una sonrisa—. Y sí... me voy a poner esto. Como te dije anoche, hoy tengo la junta de cierre con los socios y los clientes VIP.
—De hecho, no recuerdo que me hayas dicho nada ayer… sobre esto. Se supone que ayer te quedaste cuadrando los balances.
—Sí, bueno, y hoy es la junta.
—¿Y por eso te vistes así?
—¿Qué tiene de malo, Marco? Es simplemente para sentirme empoderada. Da una sensación mental de poder y… esta noche… estaré muy nerviosa por lo que viene… y necesito de fuerza.
Me negué a entender lo que me decía sobre “esta noche” porque no quería trastornarme más.
—¿Nerviosa tú…? —me sorprendí—, tú siempre has sido una mujer… demasiado valiente, y fuerte para este tipo de cosas.
—Es gente muy pesada. Necesito sentirme... no sé, empoderada. Segura de mí misma desde adentro.
Mentira.
Otra maldita mentira envuelta en psicología barata.
Nadie se pone encaje color vino y media copa para sentirse "segura" cuadrando números en una sala de juntas. Se estaba preparando. Se estaba arreglando la ropa interior porque sabía que un hombre se la iba a arrancar esta noche.
—Pues te ves preciosa, Regi —dije, tragándome el orgullo, sintiendo cómo la verga se me endurecía de puro coraje y excitación—. Seguro que esos clientes van a quedar encantados contigo.
Ella me lanzó una mirada fugaz, un poco culpable, y rápidamente agarró su blusa de seda y se la puso, cubriendo el encaje.
—No seas tonto, a los clientes no les importa eso. Solo quiero cerrar bien el mes. Recuerda que llego tarde hoy otra vez. Tú te vas a la fiesta esa del de logística, ¿no? A la de la parejita feliz.
—Sí. A celebrar a Maca.
—Pásenla bien, entonces. No tomes mucho, Marco.
—De hecho tenía pensando que… fuéramos juntos…