Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 6
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Capítulo 6

El mensaje de Regina confirmando que llegaría "pasadas las diez de la noche" se quedó grabado en mi retina como una marca de fuego.

Eran las cuatro y cuarto de la tarde del jueves.

Mi mente era un torbellino de paranoia, celos y una necesidad enfermiza de descubrir la verdad.

Necesitaba aferrarme a cualquier clavo ardiendo que me demostrara que David solo estaba jugando con mi mente, que esa tanga que me había dado en la mañana era de Rubí o de cualquier otra, y que mi esposa seguía siendo la mujer intachable que yo conocía.

Se me ocurrió un plan.

Un plan desesperado, pero lógico.

A las seis en punto de la tarde, cuando terminó mi horario de oficina, no salí del edificio. En lugar de eso, bajé por las escaleras de servicio hasta el tercer nivel del estacionamiento subterráneo, la zona reservada para los directivos.

Ahí estaba. La enorme camioneta negra y polarizada de David. El mismo vehículo donde supuestamente le había metido los dedos al coño de mi mujer el día anterior.

Caminé de puntitas y me subí a mi propio carro, un sedán modesto que había estacionado un par de niveles más arriba en la mañana, pero que ahora moví estratégicamente detrás de una columna de concreto desde donde tenía una vista perfecta de la camioneta de mi jefe.

Apagué el motor, bajé un poco la ventana para que no se empañaran los vidrios y me dispuse a esperar.

Mi lógica era simple: Regina salía de su despacho a las siete de la noche.

Si David planeaba ir a verla para cumplir su amenaza, tendría que bajar, subirse a su camioneta y arrancar antes de esa hora.

Si la camioneta seguía ahí pasadas las siete y media, significaba que David seguía trabajando y se iría a su casa.

Significaba que todo lo que me había contado era una farsa psicológica para torturarme, y que Regina de verdad estaba revisando la cartera de clientes VIP como decía su mensaje.

Las seis y media. El estacionamiento empezó a vaciarse.

Las siete de la noche. Mi corazón latía con fuerza. Miraba fijamente los elevadores, esperando ver salir al mastodonte de traje gris. Pero las puertas de metal no se abrieron.

Las siete y media. Las ocho de la noche.

El nivel de los directivos estaba en penumbras, silencioso. La camioneta negra de David no se había movido ni un centímetro.

Solté el aire retenido en mis pulmones y dejé caer la cabeza contra el respaldo del asiento.

—¡Así que eres un vil mentiroso, pinche hijo de puta!

Una sonrisa nerviosa, eufórica, se dibujó en mi rostro. ¡Era mentira! ¡Todo era una puta farsa! El muy cabrón seguía metido en su oficina del quinto piso, probablemente riéndose de mí, mientras mi esposa, la mujer de mi vida, estaba partiéndose el lomo en su despacho de contabilidad.

Me sentí un genio. Sentí que había descubierto el truco del mago y había ganado la partida mental.

Encendí el motor de mi carro, sintiéndome aliviado por primera vez en dos días, y conduje hacia la rampa de salida.

Al llegar a la caseta de control, bajé la ventana para pasar mi tarjeta de empleado. Ahí estaba Don Carmelo, el conserje y velador del edificio, un señor mayor que siempre estaba escuchando la radio.

—Saliendo bien tarde hoy, mi estimado Marco —me dijo Don Carmelo, asomándose por la ventanilla de su caseta con una sonrisa amable—. Qué cosas, ¿no? Qué injusta es la vida. Los asalariados rompiéndose la espalda horas extras y los jefes pelándose bien temprano para irse a disfrutar de la vida.

Frené el carro de golpe.

La sonrisa se me borró de la cara.

—¿Temprano? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿A qué se refiere?

—Pues justito eso, muchacho. Tú apenas vienes saliendo de la oficina, y don David hace ratísimo que se fue.

Sentí que me caía un ladrillo en la cabeza.

—Pero si el licenciado Montenegro sigue allá arriba, don Carmelo. Su camioneta negra sigue estacionada en el lugar de siempre, la acabo de ver.

Don Carmelo soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza.

—No, mi buen Marco. El licenciado Montenegro se fue desde las cinco de la tarde. Hoy en la mañana trajo el Audi deportivo plateado, el que casi no saca. La camioneta negra la dejó ahí arrumbada en su cajón desde ayer en la noche. Él salió volando hace tres horas. Se veía que llevaba prisa.

Sentí que el mundo se me caía encima. El estómago se me revolvió con una violencia que me dio náuseas. Un zumbido agudo me inundó los oídos.

—¿Se... se fue a las cinco? —balbuceé.

—Sí, echando llanta el cabrón. Que descanse, joven Marco.

La pluma del estacionamiento se levantó. Arranqué el carro mecánicamente y salí a la avenida. El aire fresco de la noche me golpeó la cara, pero yo estaba sudando frío.

¡Qué imbécil! ¡Qué soberano y estúpido imbécil era! Me había quedado dos horas escondido en la oscuridad, vigilando un pedazo de metal vacío, creyéndome un genio, mientras David tenía todo el tiempo del mundo para ir por mi esposa.

Apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

"Tuve que haber ido a su despacho", pensé, dándome golpes mentales.

"En lugar de perder el tiempo aquí, debí manejar directo al edificio de Regina.

Pude haberme estacionado enfrente. Pude haberla visto salir.

Pude haber comprobado si se subía a ese maldito Audi plateado".

Pero ya era tarde. Eran pasadas las ocho de la noche. El mal ya estaba hecho. El depredador iba tres pasos por delante de mí, y yo solo era un ratón cayendo en todas y cada una de sus trampas.

Llegué a mi casa ahogado en desesperación. El tiempo se pasaba con una lentitud enfermiza. El silencio de nuestra pequeña casa me estaba volviendo loco, asfixiándome con su eco vacío.

Caminaba de un lado a otro en la sala, del comedor a la ventana, mirando el reloj de la pared que parecía avanzar en cámara lenta.

Las nueve. Las nueve y media. Las diez de la noche.

Mi mente era una trituradora de imágenes asquerosas, dolorosas y, para mi absoluta vergüenza, brutalmente excitantes.

¿Dónde carajos estaba mi esposa? Intentaba aferrarme a la imagen de Regina en su despacho, sentada frente a una computadora, revisando esa maldita cartera de clientes VIP con su ceño fruncido de concentración.

Pero esa imagen se derretía casi de inmediato, reemplazada por la visión de mi mujer metida en el asiento del copiloto del Audi plateado de David, con el vestido arremangado hasta los muslos.

Me dejé caer en el sofá, sacando mi celular con las manos sudorosas. Abrí WhatsApp. Fui directo al chat de Regina.

Última vez hoy a las 6:12 p.m.

El corazón me dio un vuelco. Salí de su chat y, sintiendo que me faltaba el aire, busqué el contacto de David.

Última vez hoy a las 6:14 p.m.

Sentí un escalofrío helado que me recorrió toda la espina dorsal. Dos minutos de diferencia. ¡Dos putos minutos! Mi paranoia explotó como una granada dentro de mi cabeza.

Ya no estaban chateando. Se habían desconectado casi al mismo tiempo porque ya no necesitaban escribirse. Se acababan de encontrar. Me imaginé la secuencia exacta en mi mente enferma:

David mandándole un mensaje: "Baja, estoy afuera. No me hagas subir por ti y armar un escándalo".

Regina leyendo el mensaje a las 6:12, con el pulso acelerado, apagando la pantalla para recoger sus cosas a toda prisa, despidiéndose de sus colegas con cualquier excusa.

Y David, guardando su teléfono a las 6:14 mientras la observaba acercarse al coche deportivo, viendo cómo ese culazo inmenso se movía de un lado a otro con cada paso tembloroso.

¿Qué plan maquiavélico estaría ejecutando ese cabrón esta noche? ¿A dónde la habría llevado? La duda me quemaba las entrañas. Ya eran suficientes horas juntos, solos. Dios mío.

Ayer la había dejado a medias, la había dejado ardiendo de ganas, escurriendo sus jugos en la camioneta para que ella misma se tuviera que terminar el trabajo de madrugada.

¿Acaso hoy aplicaría la misma técnica retorcida?

¿La tocaría, la sobajaría y le restregaría la verga por encima de la falda solo para dejarla hirviendo otra vez?

¿O esta vez, en la intimidad de ese Audi o en algún rincón oscuro, por fin cruzaría la línea?

¿Acaso en este preciso instante David ya le habría arrancado la ropa y se la estaría cogiendo sin piedad, destrozando su moral frente al volante?

Tragué saliva, sintiendo una erección dolorosa e incontrolable contra el cierre del pantalón. Los celos me partían el alma, pero el morbo era cien veces más fuerte.

Mi mano derecha viajaba instintivamente a mi bolsillo cada diez minutos, apretando los dedos, buscando rozar el encaje de la tanga negra que David me había lanzado al escritorio esa misma mañana.

Era la prueba física de mi propia ruina.

Esa telita empapada, mezclada con la loción maderada de mi jefe, parecía latir en mi bolsillo.

Y aun así, mientras me ahogaba en este pantano de lujuria y humillación, mi mente de marido pusilánime seguía construyendo castillos en el aire.

«Tiene que ser una coincidencia», me mentía a mí mismo, arañando la tela del sofá.

«Mucha gente se desconecta a la misma hora.

A lo mejor ella sí está cuadrando facturas y David simplemente llegó a su departamento y apagó el celular.

Todo esto es un juego psicológico de ese hijo de puta, nada más me quiere ver sufrir.

Mi Regina todavía es mía. Seguro no lo vio. No se fue con él a ningún lado.»

Y entonces dieron las diez y media de la noche.

El sonido metálico de la cerradura me hizo dar un respingo. Me dejé caer en el sofá y agarré el control de la televisión, fingiendo que veía las noticias nocturnas, con el corazón bombeándome sangre a los oídos a un ritmo brutal.

La puerta se abrió. Regina entró.

A simple vista, parecía la misma contadora cansada de siempre, pero yo, que llevaba cinco años conociendo cada milímetro de ella, noté las grietas de inmediato. Venía arrastrando los pies.