Capítulo 5 #4
—Evaristo... te considero un buen amigo. Y justo por eso quiero decirte algo. Esta oficina... este ambiente en el que trabajamos, no siempre es tan amable como parece.
Evaristo frunció un poco el ceño, masticando un pedazo de enchilada, confundido por mi repentino cambio de tono.
—¿A qué te refieres, Marco? Si aquí todos nos llevamos a toda madre.
—No todos, Evaristo. Hay gente... hay personas en la oficina que tienen una forma de pensar muy retorcida. Gente que envidia la felicidad ajena. Gente a la que no le gusta ver que una pareja se ama y tiene planes tan puros como ustedes.
—Ay, Marco, no seas pesimista —Evaristo soltó una risita nerviosa, dándole un trago a su agua de horchata—. Yo sé que hay estrés, pero de ahí a que la gente sea mala nada más porque sí, pues no. Maca y yo no nos metemos con nadie. ¿Por qué alguien querría hacernos daño?
Lo miré con una mezcla de frustración y una inmensa lástima. Yo mismo había pensado así alguna vez. Pensaba que mi matrimonio era intocable solo porque no nos metíamos con nadie. Qué ciego estaba Evaristo ante los verdaderos depredadores que lo rodeaban.
—Solo te digo que tengas cuidado, Evaristo. Especialmente mañana en la fiesta. No dejes a Maca sola. Hay ciertos grupitos en la oficina... gente de sistemas, gente de verificación... que podrían querer pasarse de listos o meter cizaña. No confíes en nadie.
Evaristo dejó su tenedor sobre el plato. Su sonrisa desapareció por completo, pero no parecía asustado. Me miró fijamente, con una expresión evaluadora que no le conocía.
—¿De verificación y de sistemas? —repitió Evaristo en voz baja—. Te refieres a Rubí y a Rodrigo, ¿verdad?
Me quedé helado. No esperaba que él diera los nombres de forma tan directa.
—No quiero decir nombres, pero...
—Mira, Marco... —Evaristo se inclinó hacia mí, y de pronto, el muchacho inocente pareció adquirir un aura de advertencia muy seria—.
Te agradezco el consejo. De verdad. Cuidaré a Maca.
Pero ya que estamos hablando de tener cuidado, déjame decirte algo a ti.
Porque nosotros, los de abajo, vemos cosas que a veces los analistas no notan.
—¿Qué cosas?
—Hablas de que yo me cuide de Rubí y de Rodrigo. Y tienes razón, sé que a Rubí le cae pesada Maca por pura envidia —Evaristo bajó la voz a un susurro casi inaudible—. Pero a los que verdaderamente traen atravesados esos dos es a ti y al licenciado David.
Mi corazón dio un salto en el pecho.
—¿A mí? ¿Por qué a mí?
—Ayer en la tarde, fui a dejar unas requisiciones al área de impresión —explicó Evaristo, mirando a los lados como si temiera que alguien nos escuchara—.
Y escuché a Rubí hablando con Rodrigo. Estaban emputadísimos.
Rubí decía que no entendía por qué, de la noche a la mañana, el jefe te estaba dando tanta confianza.
Que tú eras un inútil, perdón, así lo dijo ella, y que no entendía cómo es que no te corrieron el lunes por no sé qué cosa.
Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me cerraba.
—¿Y qué más decían?
—Rodri le dijo a Rubí que tuvieran paciencia.
Que seguro tú le estabas haciendo algún trabajito sucio al jefe por debajo de la mesa, o que le habías servido de chivo expiatorio para algo, y que tarde o temprano David te iba a desechar y ellos te iban a caer encima.
A ellos no les gusta que nadie más se acerque al poder del quinto piso, Marco.
Así que sí, yo cuidaré a mi prometida mañana, pero tú cuídate las espaldas en esa oficina. Porque te están vigilando.
Me quedé sin palabras. El terror me inundó. Yo creía que el único monstruo en mi vida era David, y que mi pacto enfermo con él estaba aislado en una burbuja. Pero Evaristo, en su aparente inocencia, acababa de recordarme que estaba en un tanque de tiburones.
Mi extraña cercanía con el depredador alfa había despertado a los demás. Rubí y Rodrigo me tenían en la mira.
Terminamos de comer en un silencio denso. Pagamos la cuenta y regresamos al edificio.
Al sentarme de nuevo en mi cubículo, sentía una paranoia asfixiante. Miraba de reojo a mis espaldas, esperando ver a Rubí o a Rodrigo cuchicheando, planeando mi caída, justo mientras yo planeaba la caída de la pobre Maca en mi mente.
Me la pasé toda la tarde reflexionando. De pronto, la pantalla de mi celular, que descansaba junto al teclado, se iluminó.
Era un mensaje de Regina.
Regi ❤️ (4:15 pm): Mi amor, ¿cómo va tu día? Te escribo rápido. Te confirmo que hoy sí saldré tarde del despacho. Los socios me pidieron revisar la cartera de clientes VIP. Yo creo que llego a la casa pasadas las diez de la noche. Cenas sin mí, porfa. Te amo.
Leí el mensaje tres veces. "Cartera de clientes VIP". "Pasadas las diez de la noche".
Me llevé la mano al bolsillo, apretando la tela negra de la tanga de mi esposa. Ya no era una sospecha. Era una certeza absoluta. Regina había encontrado la forma de limpiar su agenda de contadora estricta para ir a buscar al hombre que la había humillado y excitado en la camioneta.
El viernes, el de sistemas iba a intentar destruir a Maca. Pero hoy, esta misma noche, David iba a destruir a Regina. Y yo solo iba a sentarme a esperar que me contara cómo lo hizo.