Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Me levanté de la silla tropezando, metiéndome la tanga en el bolsillo del pantalón como si fuera un ladrón asustado. Asentí con la cabeza, incapaz de decir una sola palabra adicional, y salí corriendo de la oficina de cristal.

Caminé directamente hacia los baños, ignorando a cualquiera que se cruzara en mi camino.

Me encerré en el último cubículo. Saqué la tanga negra de mi bolsillo y volví a hundir la nariz en ella.

Me masturbé con furia, llorando, ahogando mis gemidos en el puente de algodón impregnado con los olores de la traición.

El resto del jueves fue una bruma irreal. Estaba sentado en mi escritorio, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia. Sentía el bulto de la tanga en mi bolsillo, quemándome la piel de la pierna a través de la tela del pantalón.

Cerca de la una de la tarde, mi concentración se vio interrumpida por una voz dulce y animada en el pasillo.

—¡Hola, Marco! ¿Cómo estás? —era Claudia, acercándose a mi módulo con un papel en la mano.

Detrás de ella venía Maca, la chica de nóminas.

Macarena Fuentes. Llevaba un vestido largo con estampado de flores y el cabello recogido.

Tenía esa sonrisa tierna e inocente que la caracterizaba.

Y a su lado, caminando con pasos cortos y actitud servicial, estaba Evaristo, el de logística. El "Nerd".

Evaristo traía un vaso de café en la mano, obviamente comprado para ella. La miraba con una adoración que daba ternura, pero que a mí, con la mente podrida que ahora tenía, me dio una punzada de lástima atroz.

—Todo bien, Claudia. ¿Qué pasa? —pregunté, intentando actuar normal.

—Solo paso a recordarles lo de la fiesta del viernes —dijo Claudia, sonriente—. ¡Es el cumpleaños de Maca! Ya reservé las mesas en "El Rincón". A partir de las siete de la noche, saliendo de aquí, nos vamos todos para allá.

Maca se sonrojó un poco, acomodándose los lentes redondos.

—No tenían que molestarse, de verdad. Pero me dará mucho gusto que vayas, Marco. Evaristo y yo queremos invitar a todos a la boda, así que esta es como una pequeña pre-celebración.

Evaristo asintió, orgulloso, poniéndole una mano protectora en la cintura a Maca.

—Claro que sí, Marco. Tienes que ir. Será una velada muy tranquila, puros amigos de la oficina.

Miré a la pareja. Se veían tan felices. Tan puros.

Evaristo pensaba que tenía la vida resuelta, que su prometida era un ángel intocable.

Yo no pude evitar recordar la conversación sórdida que había escuchado el día anterior en el baño, cuando la zorra de Rubí y el patán de Rodrigo planearon cómo emborrachar a Maca para que Rodrigo se la cogiera ahí mismo en la fiesta, bajo las narices de su futuro esposo.

Y nuevamente me vi reflejado en Evaristo. Evaristo era el cornudo inconsciente, el tipo bueno y aburrido al que los depredadores le iban a destrozar la vida por puro deporte.

—Ahí estaré, Evaristo. Cuenta con ello, Maca —dije, sintiendo un peso enorme en el pecho.

Claudia y la pareja se alejaron por el pasillo, platicando animadamente. Yo me quedé mirando la pantalla de mi computadora.

La fiesta era este viernes. Mañana en la noche.

Si el plan de Rubí y Rodrigo funcionaba, Maca perdería su inocencia de la peor manera posible. Y mientras tanto, mi propio matrimonio se estaba desmoronando a pedazos bajo el control absoluto de David.

Dieron las dos de la tarde. La hora de la comida. Vi cómo la mayoría de la oficina comenzaba a levantarse. Maca sacó un tope de ensalada de su bolsa y se acomodó los lentes, encendiendo de nuevo su monitor.

—Me voy a quedar adelantando lo de las conciliaciones bancarias, mi amor —escuché que le decía Maca a Evaristo desde lejos—. Tú ve a comer, no me esperes.

Evaristo asintió, le dio un beso en la frente y caminó hacia los elevadores, solo, sacando su cartera del pantalón.

Mi mente, enferma de paranoia y de una extraña necesidad de redimirme salvando a alguien más, me impulsó a levantarme.

Agarré mi saco y lo alcancé justo antes de que las puertas de metal se cerraran.

—¿Vas a comer, Evaristo? —le pregunté, forzando una sonrisa amable.

—¡Qué onda, Marco! Sí, voy aquí a la fondita de Doña Mary, a unas cuadras. Maca se quedó atorada.

—Te acompaño, si no te molesta. Traigo un hambre que no me aguanto y no quiero comer solo.

—¡Claro que no me molesta, bro! Vamos.

Caminamos un par de cuadras bajo el sol picante del mediodía. La fonda estaba llena del ruido de platos chocando y olor a aceite quemado y guisados.

Nos sentamos en una mesita de plástico arrinconada. Evaristo pidió unas enchiladas; yo, un caldo de pollo que la verdad ni siquiera se me antojaba. El bulto de la supuesta tanga de mi esposa me quemaba en el bolsillo con cada movimiento.

Mientras comíamos, me dediqué a observarlo.

Evaristo era un buen tipo. Demasiado bueno.

Llevaba una camisa a cuadros perfectamente planchada, el cabello peinado de raya a un lado.

No tenía malicia en la mirada. Era exactamente como yo era hace un mes, antes de que el veneno de David entrara en mi sistema.

—Y dime, Evaristo... —empecé, jugando con la cuchara en el plato—. ¿Cómo conociste a Maca? Ustedes dos siempre se ven tan, no sé, unidos. Radiantes.

Evaristo se limpió la boca con una servilleta de papel, sonriendo de oreja a oreja. Se le iluminaba la cara solo de mencionarla.

—Fue hace tres años, hermano. Estábamos en un retiro de la parroquia de por mi casa.

Yo estaba encargado de la logística, ya sabes, lo mío.

Y ella llegó a ayudar con las inscripciones.

Desde que la vi, con sus lentecitos y su vestido largo, me quedé atontado.

Es un ángel, Marco. Te lo juro. Es la mujer más buena y decente que he conocido en toda mi vida.

La palabra "decente" me pegó como una bofetada. Así describía yo a Regina.

—Y se van a casar ya en dos meses, ¿no?

—¡Sí! Ya tenemos todo listo. El salón, las invitaciones. Es un sueño hecho realidad. Por fin vamos a empezar nuestra vida juntos, bien, como debe ser.

Dejé la cuchara en el plato. Me incliné un poco hacia adelante, bajando la voz para que el ruido de la fonda apagara mis palabras.