Capítulo 5 #2
Pero lo que me destrozó los nervios fue su celular.
Regina, la mujer que siempre lo dejaba en la bolsa hasta salir de casa, lo tenía sobre la barra de la cocina.
Cada quince segundos, bajaba la mirada a la pantalla oscura.
Lo revisaba. Lo tocaba. Estaba esperando un mensaje.
Estaba esperando que el macho que la había dejado a medias la noche anterior le diera una orden, le mandara un saludo, le mostrara un mínimo de atención.
Era la imagen viva de la adicción.
—¿Todo bien en el despacho, mi amor? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara, apuñalándola con la mentira que ella misma había creado.
Regina dio un respingo. Casi tira el vaso de jugo. Se giró hacia mí, fingiendo una sonrisa que no le llegó a los ojos grises.
—Sí... todo bien, Marco. Mucho trabajo, ya sabes. Las cuentas no cuadran solas.
—Ayer llegaste muy tarde. Supongo que hoy saldrás temprano para compensar, ¿no? Podríamos ver una película juntos.
El pánico cruzó fugazmente por su mirada. Bajó los ojos hacia su taza de café.
—No sé, corazón. Hoy tengo junta de cierre con los socios. Creo que... voy a estar ocupada hasta tarde otra vez. No me esperes despierto.
Mentira. Otra maldita mentira en mi cara. Mi pecho se oprimió con fuerza. Ya estaba planeando verlo de nuevo. Ya estaba abriendo huecos en su agenda, preparándose para cuando David tronara los dedos.
—Entiendo. Que te vaya bien, Regi —le dije, levantándome de la mesa y dándole un beso en la mejilla que ella aceptó con rigidez.
Llegué a la oficina a las ocho en punto. El ambiente laboral, que antes me parecía monótono y aburrido, ahora se sentía como un campo de minas psicológico.
Pasé caminando frente al cubículo de Rubí. Ella estaba recargada en su silla, revisándose las uñas de acrílico. Me lanzó una mirada llena de veneno, pero no dijo una sola palabra. Estaba claro que David la había puesto en su lugar.
Yo sentí un destello enfermo de superioridad. Rubí se creía la dueña de la oficina por acostarse con el jefe, pero yo sabía el secreto: el jefe estaba perdiendo la cabeza por mi esposa, por la "gordibuena" que se la había puesto dura. Yo era el dueño del juguete nuevo del rey.
A las nueve de la mañana, las puertas de cristal se abrieron.
David entró. El aire del piso entero pareció enfriarse. Llevaba un traje gris oxford, impecable, sin corbata. Caminó por el pasillo central destilando esa arrogancia brutal. A diferencia del día anterior, esta vez sí giró la cabeza cuando pasó frente a mi módulo.
Me miró fijamente a los ojos. Me lanzó una sonrisa de lado, depredadora, burlona, y me guiñó un ojo de forma casi imperceptible antes de seguir su camino hacia su oficina.
Ese simple guiño me revolvió las entrañas. Era un pacto tácito. Una confirmación de que me tenía comiendo de su mano.
Quince minutos después, mi teléfono de extensión sonó. Contesté con las manos sudadas.
—Marco. A mi oficina. Ahora —fue la voz grave de David. Colgó antes de que yo pudiera responder.
Me levanté como un autómata. Sentía las miradas curiosas de Claudia y de Rodrigo en la espalda. Seguramente se preguntaban por qué el jefe llamaba tanto al analista más gris del departamento. Caminé hacia las puertas de cristal, toqué suavemente y entré.
La oficina privada de David estaba aislada acústicamente. Cerré la puerta detrás de mí. Él estaba sentado en su sillón ejecutivo de piel negra, echado hacia atrás, con las manos entrelazadas sobre el estómago.
—Siéntate, Marco —ordenó, señalando la silla de visitas frente a su escritorio de caoba.
Obedecí, sentándome al borde del asiento, manteniendo el portafolio apretado sobre mis rodillas.
David me observó en silencio durante unos segundos, disfrutando de mi terror.
—¿Recibiste mis mensajes anoche? —preguntó, con un tono tan casual como si me estuviera preguntando por el reporte del clima.
Tragué saliva. La boca me sabía a arena.
—Sí. Los recibí.
—Me imagino que te lo pasaste muy bien. Te apuesto a que corriste a jalártela pensando en cómo mi mano le estaba escarbando las entrañas a tu mujercita —se burló, sin la más mínima pizca de pudor.
No contesté. Mi silencio era mi confesión más rotunda.
David soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza.
—Eres fascinante, Marco. Tienes a una hembra de primera categoría en tu casa, una mujer que cualquier cabrón mataría por cogerse a diario, y tú prefieres que otro le haga el trabajo pesado para poder mirar. Tienes el alma de un siervo.
—David... no me humilles más, por favor. Ya ganaste —logré decir, sintiendo que me quebraba—. Ya me demostraste que puede caer. Detén esto aquí. No llegues al final.
David apoyó los codos en el escritorio, acercándose a mí, borrando cualquier rastro de burla en su rostro. Su mirada se volvió oscura, implacable.
—¿Detenerlo? Apenas vamos en el día dos, Marco. La apuesta es de quince días. Y te voy a decir algo: Regina es deliciosa. Tienes razón, es estricta, ladra mucho. Pero cuando le tocas el punto débil, se derrite como mantequilla. Sus jugos tienen un sabor dulzón, exquisito.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños. Me estaba detallando el sabor de los fluidos de mi esposa. Estaba marcando su territorio en mi propia mente.
—Pero no te llamé para contarte la historia repetida —continuó David, abriendo el cajón superior de su escritorio—. Te llamé porque soy un hombre de palabra, y en todo trato de negocios, debe haber pruebas de avance.
David sacó la mano del cajón. Sostenía algo pequeño, de tela oscura.
Con un movimiento displicente, lo lanzó sobre el escritorio de madera pulida. El objeto aterrizó justo frente a mí, a escasos centímetros de mis manos.
Me quedé mirando el trozo de tela, sin poder respirar.
Era una tanga negra, minúscula, de encaje fino.
Reconocí el patrón del encaje al instante.
O al menos eso creyó mi paranoia inicial.
Era idéntica a la tanga negra que Regina tenía puesta ayer en la tarde.
Pero de pronto, el instinto de supervivencia de mi cerebro de cornudo gritó en silencio.
¡No! ¡Las tangas negras se venden por millones en cualquier puta tienda!
Cualquier mujer tiene una tanga así.
Y entonces recordé lo que Rodrigo había contado ayer en el baño.
Rubí. «Le hizo a un lado la tanga y se la estaba metiendo hasta el puto fondo».
¡Claro! ¡Esa tanga no era de mi esposa! Era de la zorra de Rubí.
David seguramente la había guardado después de cogérsela sobre este mismo escritorio y ahora la estaba usando para torturarme, para hacerme creer que había ganado terreno con Regina.
—Se la quité en la camioneta —dijo David, reclinándose en su sillón, cruzando los brazos—.
Como te dije, no me la cogí. Pero cuando le metí la mano debajo de esa falda, la tanga me estorbaba para hacerle el trabajo.
Así que se la bajé por los muslos, se la arranqué de los tacones y la guardé en mi saco.
A ella ni le importó. Estaba demasiado ocupada jadeando y retorciéndose en el asiento.
El aire acondicionado de la oficina se sentía helado, pero yo estaba ardiendo por dentro. Mi negación chocaba brutalmente contra la confianza aplastante de mi jefe.
—Tómala —ordenó David.
—No... no puedo.
—Dije que la tomes, Marco —su voz retumbó en la oficina cerrada, exigiendo sumisión absoluta.
Extendí la mano derecha, temblando incontrolablemente. Mis dedos rozaron el encaje negro. Levanté la tela. Pesaba menos que una pluma, pero en mi mente sentía que cargaba el peso de un cadáver.
—Huélela —susurró David, con una sonrisa torcida, sádica.
Me quedé paralizado, con la tanga suspendida en el aire.
—Hazlo. Quiero la huelas e identifiques el aroma de tu mujer. Quiero que huelas lo mojada que te la dejé.
La obediencia me superó. Mi voluntad estaba quebrada. Llevé la tela negra lentamente hacia mi rostro. Hundí la nariz en el puente de algodón de la tanga, cerrando los ojos con fuerza.
Esperaba oler un perfume barato de mujerzuela, esperaba oler el sudor de la puta de Rubí para restregarle en la cara a David que su farsa no había funcionado. Que mi mujer seguía invicta.
Inhalé profundamente.
Y me destrocé.
El olor me golpeó el cerebro con la fuerza de un tren de carga.
No podía asegurar si era el aroma de Rubí o de mi Regina.
Sólo podía pensar en que era el olor íntimo y profundo de una mujer cachonda, a pesar de que hubieran pasado tantas horas.
Ese aroma a fluidos vaginales seco, mezclado con la humedad inconfundible del placer.
Pero no era solo eso. Mezclado con los jugos de mi esposa, impregnado en la tela, estaba el olor penetrante y amaderado de la loción de David. El rastro del macho alfa.
Las lágrimas casi se me escurren por las mejillas. Solté un sollozo ahogado, mudo, escondiendo la cara detrás del encaje negro. Quería llorar de dolor, de vergüenza, de sentirme la basura más grande del planeta. Pero no le daría esa satisfacción a este hijo de puta.
Pero, asquerosamente, mi cuerpo reaccionó. Mi verga se endureció al instante, palpitando violentamente al inhalar la prueba física irrefutable de que otro hombre había destrozado la decencia de mi mujer. El morbo me había devorado el alma.
—Buen chico —dijo David, observándome con satisfacción pura—. Guárdala en tu bolsillo. Llévala contigo todo el día. Que sea tu recordatorio de quién manda aquí, y de quién será el verdadero dueño de esa vaquita, ¿la puedo llamar vaquita? Mira que lo parece. Tremendas ubres se carga la puta.
—¡Hey, hey, que tampoco tienes que hablarle así!
Pero David apenas si me escuchó.
—Y acuérdate de la regla de oro: no la toques. Déjala que se siga cocinando en sus propias ganas. Hoy en la tarde, voy a dar el siguiente paso.
—Ella no irá a ningún lado contigo, ni hoy ni nunca más —dije furioso.
—¿En serio me estás poniendo a prueba otra vez? —se echó a reír, disfrutando de su vileza.
—Si es todo, David, con permiso, tengo pendientes que atender.
—Adelante, Marquito.