Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 5
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Capítulo 5

Mis ojos estaban clavados en la pantalla del celular, iluminando mi rostro sudado en la penumbra de la sala. Había cruzado la línea. Le había rogado a mi jefe que me contara cómo se había cogido, o al menos cómo había seducido, a mi propia esposa.

Mi corazón empezó a bombear sangre con tanta violencia que sentía las pulsaciones en el cuello. El estómago se me revolvía en una mezcla asquerosa de terror absoluto, celos enfermizos y una excitación tan perversa que me tenía la verga dura y dolorida contra el cierre del pantalón.

"escribiendo..." desapareció. Luego volvió a aparecer.

David se estaba tomando su tiempo. Sabía que yo estaba del otro lado de la pantalla, aguantando la respiración, tragándome mi propia dignidad. Estaba jugando conmigo, saboreando mi desesperación.

David (9:19 pm): Eres un enfermo de mierda, Marquito. Te encanta esta humillación, ¿verdad? Te excita saber que mientras tú estabas aquí sudando de miedo, yo tenía a tu mujer a mi merced.

Apreté los dientes. Quería contestarle, quería insultarlo, pero mis pulgares estaban paralizados.

David (9:20 pm): ¿Quieres saber la verdad? Te la voy a decir, porque un trato es un trato y tú te estás portando como un buen perrito.

David (9:20 pm): Tu mujer bajó del despacho a las siete en punto.

Salió caminando con esa faldita gris ajustada y esa actitud de perra inalcanzable.

Se acercó a mi camioneta y se subió al asiento del copiloto.

Estaba fúrica. Empezó a ladrar desde que cerró la puerta.

Me dijo que era un arrogante, que cómo me atrevía a amenazarla con subir a su oficina.

Me imaginé a Regina. Perfectamente la visualicé. Su ceño fruncido, su labio inferior apretado, sus tetazas subiendo y bajando por la respiración agitada del coraje.

David (9:22 pm): Yo no le contesté nada, Marco.

Simplemente arranqué la camioneta. Ella me empezó a gritar que la bajara, que la regresara al despacho.

La dejé gritar dos minutos. Cuando paré en un semáforo rojo, me giré hacia ella.

Le agarré la nuca con una mano, apretándole el cabello, y la jalé hacia mí.

Solté un gemido ahogado en la sala vacía. Le había puesto las manos encima. A mi esposa. A la mujer que no permitía que nadie le hablara fuerte.

David (9:24 pm): Le dije: "Cállate la puta boca, Regina. Si ladras tanto es porque estás muerta de hambre. Estás harta de ser la mamá de un pusilánime que te da asco en la cama y que ni siquiera puede pagar su casa. Necesitas que te dominen, que te callen el hocico con una buena verga, y lo sabes".

El dolor en mi pecho fue agudo, como si me hubieran clavado un picahielo.

¿Le había dicho eso? ¿La había humillado usando mis problemas económicos, mi propia debilidad, para excitarla?

Los celos me quemaban la garganta. Mi Regina, acababa de ser sobajada por un macho alfa que le estaba leyendo el alma.

¿Sería eso verdad? Claro que no. Y, aun así, seguí atento a lo que me escribía.

David (9:26 pm): Y adivina qué pasó, Marquito.

Tu leona de valores intachables no me dio una cachetada.

No se bajó de la camioneta. Se quedó callada.

Le temblaron los labios. Sus ojos de mosquita muerta se le humedecieron.

Le bajé la mirada hacia las tetas y vi cómo se le ponían duros los pezones a través de la seda de su blusa. Estaba respirando por la boca.

David (9:27 pm): La llevé al bar de mi hotel.

Le pedí un whisky doble. Se lo tomó casi de un trago, temblando.

Estuvimos media hora ahí. Yo le hablaba de cómo me gustaba su culo, de cómo la iba a poner a cuatro patas sobre el colchón de mi penthouse y le iba a desbaratar las entrañas.

La traté como a un pedazo de carne. ¿Y sabes qué hacía ella?

Cruzaba y descruzaba las piernas. Se mordía el labio. Te estaba olvidando, Marco.

"Te estaba olvidando". La frase resonó en mi cabeza como una campana fúnebre. Las lágrimas me nublaron la vista. Lloraba de impotencia, de ser un cero a la izquierda, un espectador patético de mi propia desgracia.

Pero la mano que tenía en mi entrepierna se movía sola, frotando la erección que amenazaba con rasgarme la ropa interior.

Me imaginé a mi mujer en ese bar oscuro, tomando whisky caro, derretida, ahogada en lujuria pura frente a un hombre que sí tenía el valor de someterla.

Marco (9:29 pm): ¿Se fueron al hotel? ¿Te la cogiste? Dímelo ya.

Mi respiración era errática. Necesitaba saber si el veneno había llegado hasta el final. Necesitaba saber si la boca de mi esposa ya había estado envuelta en la verga de mi jefe.

El celular vibró, pero no fue un texto.

Era una imagen.

Mis dedos temblaron al descargarla. La foto se abrió en la pantalla.

El oxígeno desapareció de mis pulmones. Era una foto tomada desde la perspectiva del asiento del conductor, dentro de la camioneta negra de David. En el encuadre se veía el asiento del copiloto. Y ahí estaban las piernas de mi esposa.

Reconocí sus zapatos de tacón y sus muslos gruesos, pesados, lechosos. La falda de tubo gris que llevaba puesta en la mañana estaba recorrida hacia arriba, arremangada casi hasta la ingle.

Pero mi mente desesperada buscó una salida de emergencia.

¡Esa no podía ser ella! La foto estaba muy oscura.

Solo eran unas piernas. ¡Podría ser cualquier mujer!

¿Y si el muy cabrón de mi jefe había subido a una puta a su camioneta y le había puesto una falda ejecutiva igual a la de Regina solo para jugar con mi cabeza?

Sí, eso tenía que ser. Regina jamás se dejaría tocar así en un par de horas.

Y sin embargo... descansando sobre ese muslo blanco y grueso que yo me sabía de memoria, estaba la mano inmensa de David.

Una mano pesada, dominante, con los dedos hundidos en la carne, dueña absoluta de la situación.

En el borde superior de la foto, apenas se alcanzaba a ver la mano de mujer apoyada sobre la consola central, sin hacer el mínimo intento por quitar la mano de él.

Me quedé mirando la foto, estupefacto. Esa era mi mujer. Tenía que serlo. Esa hembra carnosa con la falda levantada en la oscuridad de una camioneta cara con otro hombre, era la misma que me preparaba el desayuno y me exigía fidelidad.

David (9:33 pm): ¿Cogérmela? No, Marquito. Acuérdate de la regla. Dije que la dejaría hambrienta. La llevé al estacionamiento subterráneo de la plaza. Le subí esa falda apretada que me volvió loco desde que vi tu foto. Metí mi mano ahí.

David (9:34 pm): Tuviste razón en algo. Está gordibuena y carnosa.

Le metí los dedos, Marco. Le hice a un lado la tanga negra y le metí dos dedos hasta el puto fondo.

Estaba empapada. Escurriendo de ganas. Gimiendo como perra en celo dentro de mi camioneta.

Le acaricié el clítoris hasta que se le doblaron los ojos, le saqué varios chorritos y me limpié los dedos en su propio escote.

David (9:35 pm): Después de eso, la dejé en su despacho para que se viniera en camión a su casita, frustrada, hirviendo en hormonas, a que su marido el pusilánime le diera las buenas noches.

El teléfono se me resbaló de las manos y cayó sobre la alfombra de la sala.

¡Era mentira! ¡Era una puta vil mentira! Regina era incapaz de ser tan tan fácil para dejarse seducir por un hijo de puta como David en apenas unas horas de haberlo conocido.

Y aunque mi orgullo me exigía gritar que era mentira, ahogué un grito llevándome ambas manos a la cara. Mi mente explotó en mil pedazos. Todo cobró un sentido perturbador y asqueroso.

Ahora entendía todo. En caso de que fuera verdad lo que David decía, que a mí francamente me costaba creer, Regina no había llegado a la casa alterada solo por un "café" tenso. No se estaba masturbando en la regadera a escondidas porque yo la hubiera rechazado.

Se estaba masturbando porque David la había toqueteado en su camioneta.

Le había metido los dedos en la panocha, la había calentado hasta volverla loca, hasta dejarla ganosa, le había demostrado quién era el macho alfa y luego la había botado a la calle sin darle la verga que su cuerpo le estaba suplicando a gritos.

¡Había aplicado la misma técnica conmigo que con ella! Me la había dejado literalmente hambrienta, ardiendo en celo, para que yo viera cómo se retorcía por otro hombre en mi propia sala.

Los celos me atravesaron como un cuchillo. Celos de saber que en media hora, David había logrado que la vagina de mi mujer escurriera como una fuente, algo que a mí me costaba horas de juego previo y súplicas. Celos de su poder.

Pero el morbo, ese parásito maldito que vivía en mi cerebro, me dominó por completo.

Me bajé el cierre del pantalón, saqué mi verga dura como una piedra y me masturbé ahí mismo, tirado en la alfombra de la sala donde horas antes mi esposa se había penetrado con su juguete morado pensando en mi jefe. Me la jalé con una rabia y una desesperación animal.

Cerré los ojos e imaginé los dedos gruesos de David enterrándose en la carne húmeda y rosada de mi esposa.

Escuché en mi mente los jadeos de Regina en la oscuridad de la camioneta.

Me corrí violentamente, manchando mi propia camisa, sollozando en silencio por la muerte de mi matrimonio y el nacimiento de mi nueva y asquerosa realidad.

Más tarde la noche fue un infierno de insomnio.

Me quedé en la orilla de la cama, dándole la espalda a Regina.

Ella dormía profundamente, agotada por la masturbación intensa de la regadera y de la sala.

Podía oler su champú floral, pero debajo de eso, mi paranoia me hacía jurar que todavía olía a la loción de madera y cuero de David.

Al amanecer del jueves, el ambiente en la casa estaba pesado, denso.

Regina se levantó primero. Me senté en el comedor a tomar un café mientras la veía arreglarse.

Llevaba una blusa azul cielo y un pantalón de vestir negro que le apretaba el culazo a reventar.

Estaba inusualmente callada. No me miraba a los ojos.

Se movía por la cocina sirviéndose jugo con una lentitud mecánica.