Capítulo 4 #4
—Estoy bien, Marco. Solo estoy agotada del trabajo y... mira, la verdad sigo un poco sacada de onda y enojada por las pendejadas que me dijiste en la mañana, es todo. No quiero pelear ahorita. Necesito una ducha caliente. Urgente.
Se dio la media vuelta y caminó rápido hacia el pasillo de la recámara. Me quedé observando cómo ese culazo inmenso y redondo rebotaba bajo la falda gris con cada paso apresurado que daba, perdiéndose en la oscuridad del pasillo.
Me quedé solo en la sala, con las manos temblando de pura adrenalina.
La había visto. Le había olido el perfume. David la había sacado del despacho. Y ella, la mujer que juzgaba la moralidad de toda nuestra familia, me lo acababa de ocultar usando una excusa de librito.
Fui a la cocina, serví un vaso de agua y caminé hacia el cuarto de puntitas.
La puerta de la recámara estaba abierta, pero la del baño estaba emparejada.
Escuché el chorro fuerte de la regadera.
Normalmente, Regina ponía el seguro a la puerta cuando estaba enojada conmigo.
Hoy no lo hizo. Estaba tan descolocada que lo olvidó.
Empujé la puerta de madera despacio, apenas unos centímetros.
El baño pequeño estaba lleno de vapor. La luz blanca iluminaba la cancelería empañada de la regadera. Regina estaba de espaldas a mí, bajo el agua caliente. No me había escuchado entrar por el ruido del chorro. Tenía el cabello mojado, pegado a la espalda.
Se estaba tallando el cuello y los hombros con una esponja, pero no era su baño relajante de todos los días. Sus movimientos eran frenéticos, rápidos, casi agresivos.
Y entonces, a través del cristal, noté el cambio.
Su mano soltó la esponja, dejándola caer al piso de cerámica con un golpe sordo.
Vi cómo sus dos manos envolvieron sus propias tetazas pesadas.
Las empezó a apretar con fuerza, amasando su propia carne blanca, pellizcándose los pezones endurecidos.
Echó la cabeza hacia atrás, recibiendo el agua directo en la cara, y soltó un gemido bajo, ronco, ahogado por el ruido de la regadera pero perfectamente audible para mí.
—¡Hummm!
Su mano derecha bajó por su vientre y se metió directo entre sus muslos gruesos.
Empezó a frotarse la panocha bajo el chorro de agua, metiéndose los dedos rápida y desesperadamente, como si necesitara sacarse de encima una tensión insoportable, como si la piel le quemara y la única forma de apagar el fuego fuera darse placer.
Me quedé petrificado en el marco de la puerta, con el vaso de agua en la mano, sintiendo que me faltaba el oxígeno.
Esto no podía estar pasando.
Mi mujer se estaba masturbando a escondidas en la regadera a las nueve de la noche, restregándose el clítoris para liberar la excitación pura que le había provocado tomarse un café con un macho alfa agresivo.
Di un paso atrás, cerrando la puerta del baño en absoluto silencio para no alertarla. Me recargué contra la pared fría del pasillo. Sentía que las rodillas me iban a ceder en cualquier momento. La verga se me puso tan dura contra la tela del pantalón que sentí punzadas dolorosas en el bajo vientre.
Caminé de regreso a la sala, huyendo del ruido del agua y de sus gemidos ahogados. Me dejé caer en el sofá. Estaba sudando frío.
El cabrón de mi jefe la había encendido de una forma que yo jamás pude. No sabía a dónde la había llevado exactamente, ni si se había atrevido a ponerle las manos encima, pero el recuerdo de David ya corría furiosamente por las venas de mi mujer.
Y mi Regina, acorralada entre su decencia aburrida y su excitación animal, estaba cediendo a la perversión.
El juego apenas llevaba treinta y seis horas, y yo ya estaba perdiendo a mi esposa.
Metí la mano temblorosa en el bolsillo del pantalón y saqué mi celular. Desbloqueé la pantalla, cegándome con la luz blanca en la oscuridad de la sala.
La duda me estaba comiendo vivo. Necesitaba saber qué había pasado.
Necesitaba saber cómo carajos un hombre lograba doblegar la moral de mi mujer en un par de horas, con todo y que la había ofendido diciéndole sus verdades.
El orgullo de marido me decía que tirara el teléfono, pero el morbo era cien veces más fuerte.
Estaba asumiendo mi papel de perdedor, de espectador, de cornudo miserable.
Así que abrí el chat de David. Mis pulgares temblaban tanto que me costaba atinarle a las letras. Sentía una vergüenza asfixiante, pero no podía detenerme.
Marco (9:15 pm): David... por favor.
Marco (9:16 pm): No puedo más con esto.
Apreté los dientes. Tragué saliva, saboreando mi propia derrota.
¿Pero y si estaba pensando mal de Regina? ¿Y si sí me estaba diciendo la verdad y había salido tarde del despacho por culpa de su puto jefe?
¿A caso si en verdad David hubiera logrado salirse con la suya, no me lo habría restregado en la cara desde el principio? Lo tenía que averiguar.
Tecleé el último mensaje, dándole el triunfo absoluto al macho alfa.
Marco (9:16 pm): Dime la verdad. ¿Regi salió contigo? Y de ser así, ¿qué le hiciste? ¿A dónde se fueron? Te lo ruego, dime cómo lo lograste.