Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Yo no sabía de qué manera la zorra de Rubí y el cabrón de Rodri se las iban a arreglar para hacer caer a la pobre Maca estando Evaristo allí mismo en el bar.

Las tácticas de esa gente eran venenosas y precisas, justo como las de David.

Pero en el fondo de mi alma, una parte desesperada de mí confiaba en que Maca fuera inteligente y se resistiera.

Necesitaba verla resistir. Necesitaba comprobar que el amor y los valores de una mujer buena eran más fuertes que la labia de un cabrón con intenciones de coger.

Si Maca lograba rechazar a Rodrigo y mantenerse fiel a Evaristo, tal vez, solo tal vez, mi propia esposa, mi imponente y severa Regina, también encontraría la forma de mandarle a la mierda a David Montenegro esta misma noche.

El resto de la tarde fue un calvario. A las seis en punto agarré mi portafolio y salí volando de la oficina.

El trayecto en mi carro hasta la casa se me hizo eterno. El tráfico estaba pesado. Mi mente era un torbellino de imágenes asquerosas y prohibidas.

Las siete de la noche. ¿Habría bajado Regina con él? ¿Se habría atrevido a salir de su despacho para subirse a la camioneta negra y polarizada de David? ¿O se habría quedado en su oficina temblando de coraje?

Llegué a la casa a las seis y cuarenta. Metí la llave en la cerradura y abrí. Estaba vacía. Todo en silencio.

Me senté en el sofá de la sala, frente a la televisión apagada. Las siete de la noche. La hora pactada en el mensaje.

Me imaginé la pesada camioneta de David estacionándose frente al edificio gris del despacho.

Me imaginé a mi esposa, con su blusa de seda blanca estirada por las tetazas y su falda de tubo, mirando por el ventanal del segundo piso, mordiéndose el labio inferior, debatiéndose entre la decencia de la mujer casada y la adrenalina brutal de bajar a enfrentarse con el hombre que la deseaba a la fuerza.

Las siete y media. El viaje desde su trabajo en camión tomaba cuarenta minutos. Regina ya debería estar abriendo la puerta de la casa. Pero la casa seguía en silencio.

Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro por la sala, pisando la alfombra. Las ocho de la noche.

Mi mujer nunca llegaba tarde sin avisarme.

¿Seguiría molesta conmigo por lo de ayer? ¿Molesta por haberle dado el número a David?

Las ocho y cuarto.

Mierda. Puta madre. Se había ido con él.

Mi mujer intachable, que se había puesto furiosa ayer por todo lo acontecido, y que a su vez odiaba a los primos por "degenerados y promiscuos", la que me dijo en la mañana que yo era un asqueroso, estaba en este preciso momento sentada en algún lugar con mi puto jefe.

Tomando un café... o metida en su camioneta... o algo peor.

¿Era posible cosa semejante?

No, no. ¡No!

El pecho me empezó a temblar con pánico.

A las ocho y cuarenta y cinco, el ruido metálico de la reja principal me sacó de mi trance.

Corrí a sentarme al sofá, agarré el control remoto y prendí la tele en cualquier canal de noticias, intentando calmar mi respiración agitada y borrar la erección que llevaba molestándome dos horas.

La puerta principal se abrió. Entró Regina.

Llevaba el bolso negro colgado del antebrazo.

A simple vista, se veía exactamente igual que en la mañana, pero había algo profundamente alterado en su lenguaje corporal.

Estaba tensa. Caminaba un poco más rápido de lo normal.

El sonido de sus tacones contra el piso de cemento pulido sonó desacompasado.

—Hola... —dijo ella, cerrando la puerta y pasándole doble llave, dándome la espalda unos segundos de más, como si necesitara tiempo para componer el rostro.

—Hola, mi amor —dije yo, usando todo mi autocontrol para que mi voz sonara casual, de marido aburrido frente a la tele—. Qué tarde llegaste. Me tenías preocupado. Te iba a marcar.

Regina se giró. Sus mejillas, normalmente chapeadas, estaban inusualmente rojas, como si hubiera estado corriendo o sometida a un calor extremo. Evitó mi mirada por un segundo antes de clavar sus ojos grises en los míos.

—Sí, perdóname... se me olvidó avisarte —dijo, acercándose al comedor y soltando el bolso sobre la silla con un movimiento brusco, pesado—.

El cierre de nóminas en el despacho fue un infierno hoy.

Mi jefe nos hizo quedarnos casi dos horas más cuadrando unas facturas de un cliente pesadísimo.

Vengo muerta, Marco, me duele la cabeza horrores.

Mentira.

Una maldita mentira enorme, cínica, contada en mi propia cara. El corazón me empezó a latir con una fuerza que me retumbaba en las costillas. Regina nunca me mentía. Nunca. Y menos usando su sagrado trabajo como excusa.

Me levanté del sofá y caminé hacia ella.

Acorté la distancia entre los dos. Al estar a menos de un metro, sentí el golpe de un olor diferente.

No era solo su perfume floral habitual mezclado con el sudor del día.

Había un rastro sutil, casi imperceptible pero inconfundible para mí. Madera intensa y cuero.

El puto perfume de David estaba impregnado en la ropa de mi mujer.

—Qué cabrón tu jefe, mi amor. Te explota demasiado —dije, acercándome un paso más y poniéndole mis manos en la cintura, sintiendo la carne firme bajo la falda—. ¿Al menos les invitó un café o algo por quedarse hasta tarde y obligarlas a trabajar de gratis?

Sentí cómo el cuerpo de Regina se ponía rígido bajo mis manos, como si mis palabras hubieran sido descargas eléctricas.

—Eh... sí. Mandó pedir unos cafés a la plaza de enfrente. Nada del otro mundo —respondió, zafándose sutilmente de mi agarre, dando un paso hacia atrás—. Me voy a meter a bañar, cariño. Me siento pegajosa, vengo sudando por el tráfico, el calor en el camión estaba insoportable.

—Yo te llevo agua al cuarto, mi amor. Oye... —la detuve suavemente tomándola del antebrazo.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, a la defensiva, con los ojos grises bien abiertos, asustada de que la descubriera.

—¿Estás bien? Te noto rara. Como alterada, no sé. Como si vinieras temblando.

Regina soltó un suspiro cortante. Llevó su mano libre al nacimiento de sus senos, acomodándose el escote de la blusa de seda blanca. Fue un movimiento nervioso, inconsciente, un gesto de acomodarse la ropa que no le conocía.