Capítulo 4 #2
—Era David, cabrón. Se estaba dando una cogida monumental con la perra de Rubí en su propia oficina —Rodrigo soltó una carcajada morbosa—.
La tenía empinada sobre el escritorio de caoba.
Le levantó la falda entallada, le hizo a un lado la tanga y se la estaba metiendo hasta el puto fondo sin piedad.
La vieja gritaba como una ramera, güey, gemía durísimo y le rogaba que se la metiera más fuerte. Gritaba como vil puta.
Sentí un escalofrío helado. El corazón me retumbaba.
—¡A la verga! —exclamó Beto—. Pero oye, ¿Rubí no vive con su novio desde hace como un par de años?
—¡Eso es lo más cabrón del asunto! —Rodrigo se lavó las manos, riendo entre dientes—. Mientras esa cabrona estaba allá arriba rebotando como loca en el puto pito del jefe, ¿sabes quién estaba allá abajo en el estacionamiento de visitas?
—¡No me digas!
—Pues sí. ¡El pendejo de su novio! Llevaba media hora esperándola en su carro a que bajara su "princesita".
Yo lo vi desde el ventanal cuando me fui.
Estaba ahí estacionado el pobre idiota, viendo su celular, mientras David le desbarataba el culo a su vieja.
Beto, te lo juro, David es mi pinche ídolo. Es un puto dios.
—No mames, qué culero por el novio... —murmuró Beto con cierta lástima.
—Por pendejo, el cornudo. Eso les pasa a los mediocres. Las viejas saben cuando no sirves para satisfacerlas y solitas abren las piernas cuando llega un cabrón que sí sabe dominarlas. Qué puto asco me da ese cornudo.
El sonido del secador de manos ahogó cualquier otra palabra. Unos segundos después, la puerta del baño se cerró, dejándome nuevamente en un silencio sepulcral.
Bajé las piernas lentamente, temblando de pies a cabeza. Acababa de descubrir que Rubí era una zorra adúltera, y sentí una punzada de lástima por ese pobre infeliz que estaba en el carro esperando, un cornudo miserable que no tenía ni puta idea de lo que le hacían a su mujer.
Pero la lástima se desvaneció en un segundo, devorada por un miedo helado y atroz.
Si David era capaz de hacerle eso a Rubí, de tratarla como un vil pedazo de carne para descargar sus huevos mientras se burlaba del imbécil que la esperaba abajo, ¿qué carajos le iba a hacer a Regina y a mí? Mi esposa era mil veces más mujer que Rubí.
Si David la agarraba, la iba a destrozar.
El terror me asfixiaba, pero la excitación enferma que me recorrió las venas al imaginar a mi propia esposa en el lugar de Rubí fue aún más fuerte.
Me pude imaginar a Regina en la oficina de David.
Mi mente enferma reemplazó instantáneamente el cuerpo de plástico de Rubí por las carnes pesadas y lechosas de mi esposa.
La visualicé entrando a ese despacho poderoso con su blusa de seda impecable y su actitud petulante, creyéndose inalcanzable, dictando reglas como la mujer estricta que era, solo para que David le cerrara la puerta de cristal con seguro y le arrancara la dignidad de un solo tajo.
Me la imaginé sometida, empujada sin delicadeza y obligada a ponerse a cuatro patas sobre ese mismo escritorio de caoba fría.
Visualicé las manos enormes de David levantándole de un tirón esa falda de tubo gris que tanto le apretaba, dejando al aire su culazo inmenso, blanco y carnoso. En mi cabeza, el cabrón de mi jefe ni siquiera se molestaba en desnudarla por completo como a una amante; la trataba como a una perra.
Solo le hacía a un lado el hilo de la tanga negra y se la ensartaba de un solo golpe, brutal y en seco, partiéndola en dos hasta el fondo.
La imagen era tan cruda que me quitaba el oxígeno. Podía ver las tetazas de Regina, esas mismas que yo apenas me atrevía a besar con amor, colgando fuera del sostén, pesadas, rebotando violentamente y azotando contra la madera pulida del escritorio con cada embestida salvaje de David.
Podía escuchar el sonido de la piel chocando, los azotes húmedos de su pubis contra las nalgas de mi mujer resonando en la oficina vacía. Y lo peor, lo que más me excitaba hasta el punto de sentir punzadas de dolor en la entrepierna, era imaginar la cara de mi esposa.
Regina, la mujer de moral intachable, con el maquillaje corrido, el cuello estirado hacia atrás, los ojos en blanco y la boca muy abierta, babeando sobre los reportes financieros mientras gemía como una ramera, rogándole a gritos a ese macho alfa gigante que se la metiera más profundo y le destrozara las entrañas.
En mi mente, me sentí exactamente como el novio imbécil de Rubí. Un espectador patético. Un cornudo miserable e insignificante esperando abajo en el estacionamiento, mientras allá arriba el depredador le desbarataba por completo a la mujer que él creía suya.
De pronto mi celular vibró en mi mano y me sacó de mi fantasía perversa. Era el chat de David de nuevo. Pero no me había escrito nada. No aguanté más la presión y le dije.
Marco (1:26 pm): Te juro por Dios que ella no se irá contigo a ningún lado.
La respuesta llegó de inmediato, clavándose como una estaca en mi orgullo.
David (1:27 pm): Jajajajaja
David (1:28 pm): Tu mujercita ladra fuerte, Marquito, tira muchas mordidas. Pero le tiemblan las piernas cuando le hablas con autoridad. Vete a tu casa saliendo. Hoy te aseguro que tu esposa llegará tarde.
Mi cuerpo reaccionó violentamente, rompiendo la tensión del pantalón de vestir. Me froté sobre la tela por pura inercia, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
Marco (1:29 pm): Te quedarás con las ganas, David. Ya lo verás.
David me dejó en visto. El cabrón ni siquiera se dignó a replicar. ¿Regina saldría con él? No. Imposible.
Salí del baño hecho un manojo de nervios. Las manos me sudaban y la cabeza me daba vueltas. Apenas me senté frente a mi computadora, sentí el olor a perfume floral, dulce y empalagoso.
Era Claudia, la contadora senior, que acababa de recargarse en la mampara gris de mi cubículo con una sonrisa radiante que contrastaba brutalmente con el infierno psicológico en el que yo estaba ardiendo.
—Hola, Marco. Oye, te veo medio pálido, ¿todo bien? —preguntó ella, con su habitual tono amistoso, de esas mujeres que no pueden vivir sin organizar eventos.
—Sí, Claudia, todo bien. Es solo un dolor de cabeza por los reportes —mentí, tratando de forzar una sonrisa—. ¿Se te ofrece algo?
—Nada de trabajo, tranqui —soltó una risita suave—.
Solo venía a recordarte que este viernes saliendo nos vamos a reunir en el bar "El Rincón", aquí a un par de cuadras.
Vamos a celebrar el cumpleaños de Maca. Ya sabes que ella no es de mucha fiesta, pero queremos hacerle algo lindo antes de su boda.
Tienes que ir, ¿eh? No me vayas a salir con que estás ocupado.
Asentí mecánicamente mientras la imagen de Maca venía a mi mente. Macarena Fuentes. Era la chica que gestionaba las altas y la nómina hacia la empresa matriz para que los fondos nos cayeran a tiempo.
Maca era un pan de Dios. Una muchacha de unos veintiséis años, de una belleza muy natural, con unos lentecitos redondos que le daban un aire de inocencia pura. Siempre andaba con faldas largas o vestidos de flores, con una sonrisa dulce para todos.
Y estaba comprometida. Su prometido era Evaristo, un muchacho delgado, muy correcto y tranquilo, encargado del área de logística y compras. En la oficina todos le decían "el Nerd" a sus espaldas, pero la verdad es que era un buen tipo.
Evaristo era el clásico hombre decente que le llevaba un girasol o un café a Maca a su escritorio casi todos los días. Estaban a dos meses de casarse.
—Sí, claro, Claudia. Ahí estaré. Aparte me llevo muy bien con Evaristo —respondí.
—¡Perfecto! Evaristo obviamente también va a ir. Queremos que sea una noche de puros amigos.
Claudia se fue caminando por el pasillo, dejándome nuevamente solo con mis pensamientos. Pero la simple mención de esa fiesta de cumpleaños me revolvió las tripas de una manera distinta.
En esta maldita oficina, la decencia era como sangre fresca en un estanque lleno de tiburones.
Apenas la semana pasada, cuando fui a dejar unos oficios a la impresora principal, escuché sin querer una plática morbosa entre Rubí y Rodrigo.
Estaban escondidos detrás de los archiveros. A la zorra de Rubí le hervía la sangre ver a alguien tan feliz e intachable como Maca. No soportaba que existiera una relación "pura" cerca de ella.
«Esa mosquita muerta de la nómina me tiene harta con su cara de santurrona», le había dicho Rubí a Rodrigo, riéndose con veneno. «Te apuesto lo que quieras a que le encanta que la traten como a una ramera. Y tú le traes ganas, Rodri, no te hagas pendejo».
«Está bien buena, para qué te digo que no», le había respondido Rodrigo con esa voz de patán. «Pero siempre anda pegada al pendejo de Evaristo».
«Por eso mismo», insistió Rubí con una malicia sádica.
«El viernes en su cumpleaños yo la separo de él.
La emborracho, le meto un par de ideas en la cabeza, y tú haces el resto.
Le vas a abrir las piernas antes de que el imbécil de logística le ponga el anillo.
Será un favor, para que la princesita se vaya bien cogida al altar».
La perversión de esos dos cabrones no tenía límites. Pretendían hacer que Rodri se cogiera a la dulce Maca por el simple placer sádico de burlarse, de manchar algo limpio, de hacer cornudo a su futuro esposo bajo sus propias narices en la misma fiesta.
Me froté los ojos, sintiendo un peso tremendo en el pecho.
Evaristo era yo. Evaristo era el hombre decente, el "Nerd", el tipo aburrido que creía tener a la mujer perfecta, ignorante de que los depredadores alfa a su alrededor ya estaban tramando cómo desbaratarle la vida y hacer de su mujer una puta.
La única diferencia era que Evaristo no lo sabía.
Él no había apostado a su propia mujer por cinco mil dólares y sus propias chaquetas mentales.
Apreté los puños sobre el teclado. De alguna manera enferma, sentí que tenía que ir a esa reunión el viernes. Tenía que ir para cuidar a la chica. Quería ser el héroe de Maca y Evaristo porque sabía que yo ya había sido el cobarde de Regina.