Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 4
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Capítulo 4

Ahí estaba. El mensaje directo, crudo, sin ninguna puta cortesía, brillando en la pantalla de mi celular.

Hola Marquito, qué onda, soy David. Pásame el numero de tu mujer.

Me quedé mirando el aparato con la respiración entrecortada, sentado en la silla de mi propio comedor.

Mi esposa acababa de salir dando un portazo, furiosa porque le había insinuado que se estaba masturbando pensando en mi jefe, y ni siquiera tres minutos después, el cabrón de David me estaba cobrando la factura de la apuesta.

Tenía la mano izquierda todavía metida en el pantalón de vestir, aferrando mi verga, latiendo con una fuerza que me dolía. Estaba en la encrucijada exacta de mi vida.

Si bloqueaba el número en ese instante, el juego se acababa. David me despediría, perderíamos la casa, Regina probablemente me dejaría por inútil y mi vida volvería a ser la misma rutina miserable de siempre, pero mantendría mi "dignidad".

Pero si lo enviaba... si le mandaba esos diez malditos dígitos, le estaba abriendo la puerta de mi casa al mismísimo diablo.

Tragué saliva. La boca me sabía a metal.

Sentía el corazón retumbándome en los oídos.

Una parte de mí, la parte del marido responsable, me gritaba que aventara el teléfono por la ventana.

Pero la otra parte, esa parte enferma, oscura y sumisa que había estado alimentando con relatos de cornudos durante tres años, me suplicaba que lo hiciera.

Quería ver qué pasaba. Necesitaba saber si el macho alfa gigante del quinto piso era capaz de doblegar a la contadora intachable que dormía en mi cama.

Abrí la libreta de contactos. Busqué "Regi ❤️".

La foto de perfil que tenía era ella en su oficina, con una blusa de cuello alto, viéndose hermosa y severa.

Presioné el botón de compartir contacto. El dedo pulgar me temblaba tanto que casi le doy a cancelar. Cerré los ojos un segundo. Me imaginé a David, recién bañado en su penthouse millonario, sonriendo con arrogancia al recibir la notificación.

Le di a enviar.

La tarjeta de contacto de Regina apareció en el chat de David. Un segundo después, se marcaron las dos palomitas azules. Eran las siete y media de la mañana.

El estómago se me revolvió. Acababa de entregarla.

Unos segundos después, aparecieron los tres puntos suspensivos de que David estaba escribiendo. Fueron los diez segundos más largos de mi existencia.

David (7:32 am): Buen chico, Marquito, lo que pase a partir de ahora, yo no me hago responsable.

Bloqueé la pantalla y dejé caer el teléfono sobre la mesa como si fuera un pedazo de carbón ardiendo. Me llevé ambas manos a la cabeza, tirando de mi propio cabello.

Sentí unas ganas inmensas de vomitar, una náusea pura por la bajeza que acababa de cometer, mezclada con una excitación tan perversa que me tuve que quedar sentado para no caerme. El veneno ya estaba en el sistema. Ya no había vuelta atrás.

Llegué a la oficina a las ocho en punto, sudando frío. Me senté en mi cubículo, encendí la computadora y me puse a mirar las hojas de cálculo del presupuesto de subsidios sin entender ni un solo puto número.

Eran las nueve de la mañana. ¿David ya le habría escrito? ¿Qué carajos le pondría? Regina estaba fúrica conmigo por la discusión de la mañana. Era el peor momento para que un cabrón prepotente se le acercara, o quizá, para el plan de David, era el mejor momento de todos.

Esta vez, la llegada de David no fue igual.

No pasó caminando por el pasillo central ignorando a todos como solía hacerlo. A las diez de la mañana, sonó la extensión de mi teléfono de escritorio. Era Claudia, la asistente.

—Marco, el licenciado Montenegro quiere que le lleves las carpetas del cierre de mes a su oficina. Ahora.

Se me heló la sangre. Agarré los fólders manila y caminé hacia las puertas de cristal templado. Cada paso me pesaba una tonelada. Toqué suavemente el cristal.

—Pasa —se escuchó la voz grave desde adentro.

Empujé la puerta. La oficina de David era poderosa. Él no estaba revisando correos ni firmando papeles. Estaba recargado hacia atrás en su sillón ejecutivo de piel negra, con los pies subidos sobre el borde del escritorio de caoba. Y en sus manos enormes, sostenía su celular.

Me quedé de pie frente al escritorio. David ni siquiera levantó la vista. Estaba tecleando rápidamente con los pulgares. Una sonrisa de medio lado, torcida y depredadora, se dibujaba en su rostro.

El morbo me taladró la mente. Yo sabía a quién le estaba escribiendo. Lo sabía perfectamente.

—Aquí están las carpetas del cierre, David —dije, tratando de que la voz no me temblara.

Él dejó de teclear. Bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre el escritorio. Bajó los pies lentamente y se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos. Me miró con esos ojos verdes fieros, escaneando el miedo en mi cara, saboreando mi paranoia.

—Déjalas ahí —dijo, sin dejar de mirarme a los ojos—. Y ve a prepararme un café.

¿Ahora sería un mesero para él?

—Sí. ¿Cómo lo quieres?

—Negro. Sin azúcar. Sin estupideces —David hizo una pausa, y su sonrisa se ensanchó apenas un milímetro—. Por cierto, Marco... tienes que aprender a relajarte. El estrés te va a matar. Deja que los que sabemos hacer el trabajo pesado, nos encarguemos de las cosas difíciles.

El doble sentido fue un balazo directo a la cabeza. Asentí como un idiota, dejé las carpetas y salí de su oficina casi corriendo. Preparé el maldito café con las manos temblando, se lo entregué a su asistente y me refugié en mi cubículo.

Las horas siguientes fueron una puta tortura psicológica.

Abrí WhatsApp Web en mi computadora del trabajo y anclé el chat de Regina a la esquina del monitor. Yo sabía que ella no me iba a escribir, estaba enojadísima. Pero yo la estaba monitoreando.

A las once y media, debajo del nombre de mi esposa, apareció la palabra "en línea".

El corazón me dio un vuelco. Se quedó "en línea" durante dos minutos completos. Luego ya no estaba en línea. Y luego a "en línea" otra vez. No me estaba escribiendo a mí. Mi mujer, que odiaba perder el tiempo en el celular durante horas de oficina, estaba enganchada en una conversación por mensaje.

A la una de la tarde, la ansiedad me estaba comiendo vivo. No aguanté más. Me paré, caminé rápido hacia los baños de hombres, me metí en el último cubículo, cerré el pestillo y me senté sobre la tapa del inodoro.

Abrí el chat de David.

Marco (1:15 pm): ¿Ya le escribiste? ¿Qué te dijo? Por favor dime algo.

Me quedé mirando la pantalla, sudando, mordiéndome las uñas. Tardó diez minutos en contestar. Cuando lo hizo, el cabrón no mandó un texto de respuesta. Mandó una imagen. Una captura de pantalla.

Sentí que el aire me faltaba. Descargué la imagen. Era una captura de su conversación de WhatsApp. No tenía el nombre de ella guardado, solo aparecía el número de teléfono, pero yo me sabía esos diez dígitos de memoria.

Hice zoom en la imagen y leí la conversación con los ojos muy abiertos:

David (11:30 am): Qué tal amaneció la mujer más hermosa y seria del restaurante italiano. Soy David Montenegro. Ojalá el idiota de tu marido no te haya hecho enojar hoy.

Regina (11:45 am): ¿De dónde sacaste mi número? Mi esposo te lo dio, ¿verdad? No puedo creer su atrevimiento.

David (11:48 am): Yo tomo la información que necesito, Regina, nadie me da nada. Y tu esposo es mi empleado, un tipo que hace lo que yo le ordeno. Pero hoy no te escribo por él, ni me interesa hablar de él. Necesito verte.

Regina (11:55 am): Eres un prepotente y un arrogante. Te pido de favor que borres mi contacto y no me vuelvas a escribir. Soy una mujer casada, compórtate.

David (12:00 pm): Eres una mujer aburrida de la rutina, ahogada en el estrés de las cuentas y peleada con un marido pusilánime que no sabe complacerte ni defenderte.

No mereces esa mediocridad. A las 7:00 pm paso por tu despacho fiscal en la camioneta.

Pásame la ubicación. Baja a tomar un café conmigo, o subo yo a buscarte frente a todos tus colegas contadores y te saco de ahí a la fuerza.

Tú decides si lo hacemos por las buenas o a mi manera.

Y ahí terminaba la captura.

Me quedé sin aire. Solté un gemido ahogado en el baño.

¡Hijo de la gran puta! Era un agresivo, un maldito animal depredador. La estaba acosando, ofendiéndome a mí en el proceso, tratándome de pusilánime frente a ella.

En eso no quedamos. Eso no era parte del plan.

Pero lo que más me carcomía el cerebro, lo que me hacía sentir una punzada de dolor y excitación directa en los testículos, no era la amenaza de David, era la actitud de mi mujer.

Regina era una leona. Si un tipo cualquiera en la calle le decía un piropo ofensivo, ella se volteaba y le mentaba la madre. Si alguien le mandaba un mensaje de ese calibre, lo normal era bloquearlo al instante, marcarme a mí hecha una furia y exigirme que yo le rompiera la cara a mi jefe.

Pero no lo había bloqueado.

La captura demostraba que el último mensaje de las 12:00 pm tenía la doble palomita azul. Regina lo había leído. Y en la captura no había ningún mensaje suyo diciéndole "estás loco, no voy a ir".

El silencio de mi mujer era abrumador. Su indignación moral estaba peleando directamente con el magnetismo del macho que le hablaba sin filtros.

Estaba asimilando el peso de ese silencio, cuando la puerta principal del baño se abrió de golpe. Escuché risas ahogadas y pasos pesados. Instintivamente, encogí las piernas y subí los pies sobre la taza del inodoro para que no vieran mis zapatos por debajo de la puerta del cubículo.

Eran Rodrigo y Beto, el auxiliar de sistemas.

—Güey, te lo juro por mi madre —decía la voz de Rodrigo, resonando contra los azulejos—.

Anoche me tuve que quedar tarde porque se cayó el servidor principal.

Fui a la oficina de David para revisar unos cables, y cuando iba por el pasillo...

escuché unos ruidos pasadísimos de lanza.

Me quedé escondido detrás de las mamparas.

—No mames, ¿qué era? —preguntó Beto, mientras se escuchaba el ruido del urinario.