Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

¿Por qué estaba tan caliente? Sí, andaba ovulando, y sí, el imbécil de su marido acababa de rechazarla.

Pero el veneno de David estaba ahí presente.

David la había calentado en ese restaurante.

El cabrón la había desnudado con la mirada, se había burlado de su vida de oficina y le había dicho que se dejara llevar, que buscara a un hombre que tomara el control absoluto.

Mientras mi mano subía y bajaba frenéticamente por el tronco de mi polla, el morbo me taladró el cerebro.

¿En quién estaba pensando mi mujer mientras se metía ese vibrador con tanta fuerza?

¿Estaba pensando en mí, el marido cobarde que le dio la espalda y se excusó con dolor de cabeza?

¿O estaba cerrando los ojos imaginando que era la inmensa verga de David la que le estaba abriendo esas piernas anchas y sometiéndola en esa alfombra?

—¡Ahhh... sí... mierda...! —jadeó Regina, apretando los muslos y arqueando la espalda, levantando las nalgas del suelo—. ¡Ahhh…! ¡Hummm!

El zumbido del juguete se perdió entre sus quejidos. Sus tetazas enormes temblaron con la fuerza del orgasmo que la sacudió entera. La vi retorcerse de placer, abriendo la boca, respirando por la boca abierta, totalmente entregada a sus propias sensaciones.

Yo no aguanté más. Viéndola correrse así, con la mente llena de la imagen de David encima de ella, me corrí en silencio. Solté chorros de leche caliente directamente en la palma de mi mano, apretando los dientes y mordiéndome el labio inferior hasta sacarme sangre para no hacer un solo ruido.

Me quedé ahí, jadeando en la oscuridad, mirando a escondidas a la mujer con la que me había casado. Me sentí el hombre más patético y pervertido del maldito planeta. El juego del cabrón de mi jefe ya nos estaba devorando, y yo acababa de empujar a mi esposa a dar el primer paso.

A la mañana siguiente, mi mujer siguió seria conmigo, apenas si me dirigió la palabra mientras se arreglaba o durante el desayuno. La cocina estaba sumida en un silencio espeso, cortante.

Yo estaba sentado a la mesa con una taza de café en las manos, observándola moverse de un lado a otro.

Llevaba una blusa de seda blanca muy ajustada y una falda de tubo gris oscuro.

El cierre trasero de la falda parecía a punto de reventar sobre la redondez inmensa de sus nalgas.

Se movía con brusquedad, dejando las tazas en el fregadero con más fuerza de la necesaria.

Estaba claro que el rechazo de la noche anterior todavía le quemaba en el orgullo, pero yo sabía el secreto. Yo sabía cómo se le había bajado el coraje de madrugada.

Y entonces, no sé por qué lo hice, el morbo me ganó la partida por completo y se lo dije directo, a quemarropa.

—Anoche te vi masturbándote con un consolador.

Regina se quedó congelada de espaldas a mí.

Su mano derecha se detuvo a medio camino de agarrar su bolso negro del desayunador.

El silencio en la cocina se volvió absoluto, ensordecedor.

Vi cómo su espalda se tensaba bajo la seda blanca y cómo, muy lentamente, el color rojo intenso de la vergüenza le subió por el cuello, alcanzando la base de sus orejas.

Se giró despacio para mirarme. Sus ojos grises estaban muy abiertos.

—¿Qué... qué estupideces estás diciendo? —soltó, con un hilo de voz que intentaba sonar indignado, pero que le temblaba de forma evidente.

—No son estupideces, Regi. Te vi. Me desperté de madrugada y no estabas en la cama —dije, recargándome en la silla, sosteniéndole la mirada con una confianza perversa que ni yo sabía que tenía—.

Te vi en la sala. Estabas tirada en la alfombra, con la playera recogida hasta el cuello, con las tetas completamente al aire.

Te estabas metiendo un puto juguete morado hasta el fondo.

El rubor en sus mejillas chapeadas se encendió aún más. Sus labios, gruesos y pintados de rosa pálido, se separaron levemente.

Quiso negarlo, vi en sus ojos el impulso automático de llamarme mentiroso, pero las descripciones eran demasiado exactas. El color morado del juguete la delató. Se dio cuenta de que la había visto frotarse como una guarra en la sala de nuestra propia casa.

—Eres un asqueroso... —siseó ella, apretando los puños a los costados de la falda—. ¿Me estabas espiando a escondidas? ¿Y te atreves a decírmelo en la cara, pedazo de cabrón?

—Soy tu esposo, no un extraño. Estaba en mi propia casa —me defendí, sintiendo cómo mi pene se me empezaba a hinchar dentro del pantalón de vestir—. La pregunta no es por qué miraba. La pregunta es por qué tenías que estar metiéndote un pedazo de plástico sola a las tres de la mañana.

Regina dio un paso hacia la mesa, apoyando ambas manos sobre la madera. Sus enormes pechos se sacudieron bajo la blusa con su respiración entrecortada. El enojo en sus ojos era brutal, fiero, la actitud de una leona acorralada.

—¿Y todavía tienes los huevos de preguntarlo?

¡Te pedí que lo hiciéramos, y la señorita se negó porque le dolía la cabeza!

—gritó en un susurro violento para no alertar a los vecinos—.

Me dejaste humillada en la cama diciendo que te dolía la puta cabeza.

Te busqué, Marco. Me puse caliente por tu culpa, por ese maldito restaurante y por la tensión de toda la noche.

¡Traigo las hormonas a tope por la ovulación!

Y tú te portaste como un perrito asustado y te hiciste el enfermo.

¿Qué querías que hiciera? Tengo necesidades. Soy una mujer, no un puto mueble.

Escucharla decir "tengo necesidades" y verla tan alterada, tan carnal, tan lejos de la contadora aburrida y estricta, me reventaba la mente de excitación.

—No te estoy reclamando nada, Regi. Al contrario.

Me alegra que lo hicieras. Gemías muy fuerte, mi amor —le dije, bajando el tono de voz a casi un susurro, arrastrando las palabras para que sonaran pesadas, morbosas—.

Gemías como nunca te he escuchado gemir conmigo.

Estabas empapada. Rebotabas el culo contra la alfombra con una desesperación increíble.

—¡Cállate la boca! —me cortó ella, cerrando los ojos un segundo por la pura humillación de escuchar lo que yo había presenciado.

—Y me quedé pensando, viéndote correrte así... —continué, lanzando el veneno final, la semilla de la apuesta—. ¿En quién te estabas imaginando, Regi?

Ella abrió los ojos de golpe. Su mirada se volvió gélida.

—¿De qué carajos hablas?

—Ese juguete... es bastante grueso. Más grueso y grande de lo que yo tengo el pene, de hecho —tragué saliva, sintiendo que me estaba jugando la vida con esa frase—. ¿En quién pensabas mientras cerrabas los ojos? ¿Pensabas en mi jefe? ¿Te estabas imaginando a David cogiéndote ahí en la alfombra?

El impacto de mis palabras le pegó de lleno en la cara. Regina se puso pálida por un microsegundo antes de que la rabia pura se apoderara de ella.

Agarró su bolso de cuero negro con un movimiento brusco y lo azotó contra su costado.

—¡Estás enfermo del cerebro, Marco! ¡Eres un puto imbécil!

—escupió ella, caminando hacia la puerta con los tacones resonando violentamente contra el suelo—.

¿Cómo te atreves a decirme una perversión de ese tamaño?

Tu jefe me da un profundo asco, es un arrogante asqueroso.

Y tú... tú eres un pusilánime que en lugar de cogerse a su mujer prefiere inventarse pendejadas en su cabeza.

—No lo negaste con mucha seguridad... —alcancé a decirle antes de que saliera.

Regina se detuvo en el marco de la puerta.

Me lanzó una última mirada de desprecio absoluto, pero noté algo más en su expresión.

Un ligero temblor en la mandíbula. Las puntas de sus pezones, endurecidas por el coraje y la alteración de la charla, se marcaban brutalmente contra la seda de la blusa.

El simple hecho de que yo la hubiera conectado mentalmente con la verga de David le había tocado un nervio.

—En serio me estresas, Marco. No voy a escuchar tus porquerías —sentenció.

Salió de la casa y cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar las ventanas.

Me quedé solo en el comedor. Metí la mano por debajo de la mesa y me agarré la verga a través de la tela. Estaba durísima, como un fierro hirviendo. Había cruzado la línea.

Había plantado a David directamente en su cabeza de la forma más cruda posible. La primera mañana de los quince días acababa de terminar, y yo era el cómplice perfecto para la destrucción de mi propio matrimonio.

Y entonces… de pronto, mientras me preparaba para irme a trabajar, recibí un mensaje directo de un número que ni siquiera yo tenía agregado.

Hola Marquito, qué onda, soy David.

Pásame el numero de tu mujer.