Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 3 #2
15%

Capítulo 3 #2

Pero mientras decía que le daba asco, Regina agarró la copa de vino Amarone y le dio un sorbo larguísimo.

Agarró un pedazo del jamón ibérico carísimo que David había ordenado y se lo metió a la boca.

Estaba criticándolo, sí, pero estaba consumiendo lo que él le había dado.

El veneno ya estaba adentro. David había logrado en diez minutos lo que yo no había logrado en años: sacarla de sus casillas, alterarle el pulso y dejarla pensando en él.

Pagamos cincuenta pesos de propina y nos fuimos. El trayecto en el carro estuvo cargado de una tensión pesadísima.

—Sigo sin creer la actitud de tu jefe —dijo Regina, mirando por la ventana del copiloto—. Llega y se sienta como si fuera el puto rey de Inglaterra.

—Ya te dije que es su forma de ser. Está acostumbrado a mandar.

—Pues conmigo se topó con pared —replicó ella, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus pechos se apretaran aún más hacia arriba—. Yo no soy una de sus empleaditas muertas de hambre para que me venga a hablar de "soltar las riendas". Qué se cree ese pendejo.

—No le hagas caso, Regi. Ya pasó.

—Es que me da coraje que no me hayas defendido, Marco. Parecías un perrito asustado a su lado.

Me quedé callado. No tenía cómo defenderme de eso, porque era la puta verdad. Conduje en silencio el resto del camino, con la verga a medio endurecer, sintiendo cómo el ambiente dentro del carro estaba saturado por la adrenalina de ella.

Llegamos a la casa. Entré detrás de ella y cerré la puerta con doble llave.

El silencio de la casa pequeña nos envolvió.

Regina caminó directo a la recámara. Yo fui a la cocina a servirme un vaso de agua, tratando de calmar los latidos de mi corazón.

Había pasado la primera prueba. La exhibí y David mordió el anzuelo. O quizá la que lo mordió fue mi esposa.

El caso es que me alegraba, en el fondo, que David hubiera quedado tan complacido con la belleza de mi mujer. Él podía tener a la modelo que quisiera. Sin embargo, mi esposa le había llamado la atención, y no podía sino estar orgulloso. Y también asustado.

Entré al cuarto. Regina estaba de espaldas, frente al espejo.

Se había quitado los tacones. Bajó el cierre del vestido negro hasta la cadera.

Empujó la tela oscura por sus hombros, dejándola caer al piso de cemento pulido.

Se quedó en ropa interior. Llevaba una tanga negra minúscula que se perdía entre la inmensidad de su culazo blanco, redondo y apretado.

Su cintura se curvaba abriéndose paso a esas caderas gigantescas, y el sostén de encaje rojo le levantaba las tetazas de una forma vulgar y divina al mismo tiempo.

Tragué saliva. Era un puto buque de guerra. Una hembra en toda la extensión de la palabra.

Se giró para mirarme. Tenía las mejillas chapeadas. Respiraba un poco más rápido de lo normal.

—Marco... —murmuró. Su voz ya no tenía la dureza de la contadora enojada. Sonaba ronca.

Se acercó a mí. Caminó descalza sobre el piso. El culazo pesado le rebotó con cada paso que daba, temblando con una consistencia carnosa que me volvió loco. Se paró frente a mí y me puso las dos manos en el pecho.

—Me dejaste sola hoy —dijo ella, bajando la vista hacia los botones de mi camisa—. Permitiste que ese imbécil me acorralara y no metiste las manos. Eres mi esposo. Me dio mucho coraje.

—Lo siento. Te juro que fue por la chamba.

Ella levantó el rostro. Su mirada era intensa, húmeda.

—Estoy muy alterada, Marco. Tengo coraje, tengo... no sé. Estoy caliente. Traigo las hormonas a reventar.

Regina deslizó sus manos por mi pecho, bajando lentamente hacia mi abdomen, buscando la hebilla de mi cinturón.

Su aliento con olor al vino de David me pegó en la cara.

Se apretó contra mí. Sentí la pesadez abrumadora de sus tetas calientes bajo el encaje de su lencería, aplastándose contra mi camisa.

Su pelvis chocó contra mi entrepierna, buscando la fricción, buscando que yo la agarrara del cabello y me la cogiera ahí mismo para sacarle la tensión del cuerpo.

Mi verga era una piedra. Quería aventarla a la cama. Quería abrirle esas piernas anchas, enterrar la cara en sus pechos y meterle la verga hasta el fondo.

Y entonces, las palabras de David resonaron en mi cerebro.

Segunda regla, la más importante: no quiero que la toques en estos quince días. Nada de sexo. Déjamela hambrienta.

Si la tocaba, la apuesta terminaba. Si me la cogía, perdía los cinco mil dólares y perdía la fantasía. Tenía que negárselo. Tenía que empujar a mi propia esposa al borde de la desesperación sexual para que estuviera lista para él.

Era el movimiento más cobarde y retorcido que un hombre podía hacer.

Agarré las muñecas de Regina y detuve sus manos antes de que lograra desabrochar mi pantalón.

—Regi... no —dije. La voz me tembló de verdad.

Ella se quedó congelada. Levantó la cara y parpadeó, mirándome con confusión.

—¿Qué?

—No puedo, mi amor. De verdad.

—¿Me estás rechazando otra vez? —Su voz subió de tono. La confusión se transformó en incredulidad—. Estoy aquí, en ropa interior, pidiéndotelo, ¿y me rechazas? ¿Después de la mierda de cena que me hiciste pasar con tu pinche jefe?

Di un paso hacia atrás, separándome de su cuerpo caliente.

—No es eso. Es que... me cayó de peso la comida. El vino ese estaba muy fuerte, me duele la cabeza horrores, Regi. Además, mañana tengo que llegar temprano para cerrar lo de los subsidios. Estoy reventado. Te lo juro.

Regina se quedó parada en medio del cuarto. El encaje del sostén resaltaba la furia que se le empezó a marcar en la piel blanca del pecho. Respiraba con una fuerza violenta.

—Eres increíble, Marco —dijo ella, escupiendo las palabras—. Primero dejas que un cabrón arrogante me falte al respeto en mis narices, y ahora te haces el enfermo cuando tu mujer te busca en la cama. Eres un cobarde.

Se dio la vuelta, agarró una playera de algodón vieja de la silla y se la puso por la cabeza, cubriendo sus tetazas de golpe. Se metió debajo de las sábanas y se giró dándome la espalda, pegándose hasta la orilla del colchón.

—Apaga la maldita luz —gruñó hacia la pared.

Apagué el apagador. La recámara se quedó a oscuras.

Me quité la ropa en silencio, temblando de pies a cabeza.

Me metí en la cama por mi lado, cuidando de no rozar ni un centímetro de su cuerpo.

La habitación estaba sumida en un silencio asfixiante, pero yo podía escuchar la respiración acelerada de Regina.

Estaba frustrada. Estaba enojada. Estaba en celo, y su propio marido le acababa de dar la espalda.

Me quedé mirando el techo en la oscuridad, con la verga durísima dentro del bóxer, dándome cuenta de que la trampa de David ya estaba funcionando, y yo mismo la había empujado a ella a caer adentro.

Me desperté de golpe varias horas después, con la boca completamente seca. Miré el reloj digital del buró, los números rojos marcaban las tres y media de la madrugada. Estiré la mano por instinto hacia el lado de Regina buscando su calor.

Las sábanas estaban frías. La cama estaba vacía.

Un hueco helado en el estómago me hizo sentarme de inmediato. ¿Se había ido? Con lo enojada que estaba conmigo, pensé que a lo mejor había agarrado sus cosas y se había ido a dormir al cuarto de visitas, o incluso se había salido de la casa.

Me levanté despacio, con el corazón acelerado. El piso estaba helado contra las plantas de mis pies descalzos.

Salí de la recámara en completo silencio, caminando a oscuras por el pasillo estrecho de nuestra casa.

Y entonces lo escuché.

Era un zumbido. Un ruido eléctrico, bajo, constante, acompañado de una respiración húmeda y entrecortada que venía desde la sala. Y luego, un quejido. Un gemido ahogado, casi gutural, de esos que te salen del fondo de la garganta cuando el placer te está reventando la cabeza.

Me pegué a la pared que dividía la cocina del pequeño pasillo, asomando apenas la mitad de la cara, conteniendo la respiración. La luz amarillenta de un poste de la calle entraba por la persiana a medio cerrar de la ventana, iluminando el espacio en penumbras.

Me quedé paralizado.

Ahí estaba mi esposa. Estaba tirada de espaldas sobre la alfombra de la sala.

Llevaba la misma playera vieja de algodón que se había puesto para dormir, pero la tenía recogida hasta la altura de la clavícula, dejando sus inmensas tetazas blancas completamente al aire.

Las puntas de sus pezones estaban durísimas, apuntando hacia el techo, contraídas por la excitación.

Tenía las rodillas flexionadas y las piernas, gruesas y lechosas, abiertas de par en par.

La tanga negra que traía bajo la playera estaba tirada a un lado sobre el piso.

Y en su mano derecha... tenía un consolador vibrador morado, bastante grueso, que se estaba metiendo y sacando de la panocha encharcada.

Me quedé de piedra, sintiendo que me asfixiaba.

¿De dónde carajos había sacado ese puto juguete?

Regina, mi mujer de valores intachables, la contadora estricta que me reclamaba los quince mil pesos, escondía un pinche vibrador en la casa y yo ni siquiera lo sabía.

Nuestro sexo siempre era tradicional, ella nunca me había pedido usar juguetes ni nada fuera de lo común.

Pero ahí estaba, frotándose el clítoris y metiéndose esa cosa con una furia desesperada, con los ojos cerrados de fuerza y el cuello estirado hacia atrás.

Mi verga reaccionó al instante. Era un fierro latiendo dolorosamente contra mi vientre.

Metí la mano por la abertura del bóxer y la agarré, sacándola.

Empecé a masturbarme ahí mismo, escondido en la oscuridad detrás de la pared, viendo cómo mi propia mujer se daba placer sola como una ramera en medio de la madrugada.

Sus gemidos se hacían cada vez más audibles. Su culazo pesado rebotaba levemente contra la alfombra con cada embestida que se daba ella misma, haciendo que la piel le temblara de una forma que me volvió loco.

Y entonces, mi mente enferma empezó a torturarme.

—Carajo, Regina —susurré.