Capítulo 3
Sentí la mano de David apoyarse sobre mi hombro. Era una mano pesada, firme. Me apretó apenas un poco, lo suficiente para dejarme claro quién mandaba ahí, como si me estuviera clavando a la silla de madera.
Regina levantó la vista de su copa de vino. Sus ojos grises y severos chocaron de frente con los ojos verdes de mi jefe.
Vi perfectamente lo que pasó. Vi cómo la mirada de David, sin ningún disimulo, bajó instantáneamente por el cuello de mi mujer.
Se detuvo un microsegundo en el nacimiento de sus pechos, en esas tetazas que se apretaban bajo la tela negra del vestido, y luego volvió a mirarla a los ojos.
Todo en una fracción de segundo. Una escaneada de depredador.
—Tú debes ser Regina —dijo David.
Su voz sonaba profunda, tranquila, casi un ronroneo de animal grande.
Extendió su mano libre hacia ella.
Regina parpadeó, un poco descolocada. Supongo que esperaba a un burócrata gordo y calvo de cincuenta años, y de pronto tenía enfrente a este gigante musculoso. Se limpió discretamente la comisura de la boca con la servilleta de tela y le tendió la mano.
—Sí. Mucho gusto —dijo ella, usando su tono duro de oficina—. Regina de la Torre. Esposa de Marco.
David le tomó la mano. No fue un saludo rápido de negocios. Sus dedos grandes y gruesos envolvieron la mano blanca y rellenita de mi mujer, sosteniéndola un segundo más de lo normal.
—David Montenegro —se presentó él, soltándole la mano despacio—. Jefe de Marco. Aunque prefiero pensar que somos colegas tratando de sobrevivir a los números. Es un verdadero placer, Regina. Marco se quedó muy corto en sus descripciones.
Regina cruzó las piernas bajo la mesa. El movimiento hizo que sus tetas rebotaran levemente y se apretaran más bajo el escote en "V".
Un rubor muy ligero le subió por las mejillas chapeadas.
Esa frase, ese "te quedaste corto", había sido un dardo directo al centro de su ego, a esas inseguridades de mujer que se cree gorda.
—Marco casi no habla del trabajo en casa —dijo ella, enderezando la espalda—. Nos dijo que nos regaló un vale para cenar hoy. Le agradezco el gesto.
David soltó una carcajada ronca. Retiró la mano de mi hombro, jaló la silla vacía que estaba en la cabecera de nuestra mesa y se sentó. Así nomás. Sin pedir permiso.
—¿Vale? Sí,sí, claro. Y por favor, Regina, llámame David —dijo, acomodándose y cruzando la pierna—.
A mí no me gustan las formalidades de las empresas.
Le dije a Marco que los invitaba a cenar a mi cuenta.
Ha estado bajo mucha presión en la oficina y...
bueno, a veces hay que soltar un poco de tensión. ¿Verdad, Marco?
Me miró de reojo. Sus ojos brillaban con total morbo. Me estaba humillando, recordándome la apuesta en mis propias narices.
—Sí... mucho trabajo —logré decir.
Mi voz sonó delgada, patética comparada con la de él. Le di un trago grande a mi copa de vino para no tener que hablar.
Un mesero apareció de la nada, casi corriendo. Al ver a David, su actitud cambió, se volvió servil por completo. Era obvio que David venía seguido y dejaba propinas fastuosas.
—Señor Montenegro, buenas noches. ¿Lo de siempre? —dijo el mesero.
—Tráenos una botella del Amarone de la casa, por favor. Y la tabla de quesos que pidieron estos señores, cámbiala por la grande, la que trae jamón ibérico. Todo va a mi cuenta.
—En seguida, señor.
La contadora que Regina llevaba dentro se encendió de inmediato. Frunció el ceño.
—David, no es necesario —dijo ella, con ese tono de mujer que no le gusta deberle favores a nadie—. Ya ordenamos, no queremos abusar. Sabemos que esos vinos son muy caros.
David apoyó los codos en la mesa. Juntó las yemas de sus dedos y la miró fijamente.
—El dinero es papel, Regina. Está hecho para gastarse en los placeres que lo valen —dijo él, bajando el tono de voz—. Y una mujer hermosa como tú no debería estar haciendo matemáticas un martes por la noche. Debería estar disfrutando. Déjame consentirlos hoy.
El silencio en la mesa fue denso. Regina tragó saliva.
Yo estaba sentado a la derecha de David, observando la escena como un pinche espectador.
Vi cómo la mirada de mi jefe bajó descaradamente hacia el canalillo blanco que se formaba entre los enormes pechos de mi esposa.
El encaje de su brasier se asomaba apenas un milímetro.
Regina lo notó. Claro que se dio cuenta. Pero en lugar de llevarse la mano al escote para cubrirse, como lo haría si la mirara un albañil en la calle, tensó la mandíbula y le sostuvo la mirada a David.
Estaba midiendo fuerzas con él. Pero el cabrón no apartó la vista. La sostuvo, desnudándola con los ojos, diciéndole sin palabras que sabía exactamente lo buena que estaba.
Mi verga empezó a endurecerse violentamente bajo la mesa. La apuesta acababa de iniciar y yo estaba ahí, paralizado, permitiendo que otro hombre se saboreara el escote de mi mujer enfrente de mí.
—Eres muy directo, David —dijo Regina, sonriendo de lado, a la defensiva—. Marco es más... prudente.
—Marco es un hombre de números. Le gusta el orden.
Le gusta mirar los problemas desde la seguridad de su silla —replicó David, dándole un sorbo a su copa de agua—.
Yo soy un hombre de campo. Yo veo lo que quiero, calculo el riesgo y voy a tomarlo.
Supongo que por eso hacemos buen equipo. ¿Tú a qué te dedicas, Regina?
—Soy contadora. Trabajo en un despacho fiscal.
—Contadora —David sonrió, como si la idea le pareciera excitante—. Cuadrar cifras, buscar el equilibrio, seguir las reglas. Es un trabajo duro. Seguro lidias con mucho cabrón arrogante que cree que por tener lana puede hacer lo que quiera.
Regina soltó una risita genuina, sorprendida.
—No tienes idea. Lidio con idiotas forrados de billetes todos los días. A veces provoca mandar todo al diablo.
—Ese es el problema de tener el control todo el tiempo, Regina.
Cansa —dijo David, su voz se volvió casi un susurro—.
Las mujeres con responsabilidades pesadas son las que más necesitan soltar las riendas de vez en cuando.
Dejar que alguien más tome el control. Alguien que tenga la fuerza suficiente para cargar con todo y decirles: "No pienses. Solo déjate llevar".
La frase quedó suspendida en el aire, pesadísima, cargada de una connotación sexual que casi se podía cortar con un cuchillo.
Regina se quedó quieta. Vi cómo su pecho se infló con una inhalación profunda.
Imaginé que las puntas de sus pezones, que me había dicho que le dolían por la ovulación, se marcaron dentro de su bra.
Ella desvió la mirada hacia mí por un segundo, buscando que yo marcara territorio, que le pusiera un alto al jefe atrevido. Pero yo agarré mi copa de vino y miré el mantel blanco.
No la iba a defender. La estaba entregando en bandeja de plata. Era un cobarde, un pervertido de lo peor, y la erección me dolía contra la tela del pantalón de la excitación que me daba verla tan acorralada.
El mesero llegó con la botella de Amarone y sirvió tres copas. David levantó la suya.
—Por Marco —dijo, mirándome con esa sonrisa de depredador—. Por tener la inteligencia de saber cuándo ceder el paso, y por tener a una mujer que es un auténtico monumento.
Chocamos los cristales. Regina bebió y pude notar que sus mejillas estaban completamente rojas.
David no se quedó mucho tiempo. Un maestro sabe cuándo retirarse para dejar a la presa con la duda. Unos minutos después, miró su reloj caro.
—Tengo que dejarlos. Tengo una cena de negocios en el privado del fondo —dijo, poniéndose de pie. Su estatura volvió a empequeñecer nuestra mesa—. La cuenta ya está arreglada. Pidan lo que quieran, postre, más vino, no se limiten. Marco, te veo a las ocho en la oficina.
—Sí, gracias David —dije.
David se giró hacia ella.
—Regina.
Ella levantó la vista.
—Gracias por el vino —dijo ella.
—El placer fue enteramente mío. Tienes una elegancia que ya no se ve seguido. Buenas noches.
David dio media vuelta y caminó hacia el fondo del restaurante. El cabrón ni siquiera volteó hacia atrás.
Regina soltó el aire de golpe, como si hubiera estado aguantando la respiración. Dejó la copa en la mesa con un golpe seco.
—Mierda, Marco. ¿Qué carajos fue eso? —susurró ella, inclinándose hacia adelante, visiblemente alterada.
—¿Qué fue qué, mi amor?
—¡Ese tipo! Tu jefe. Es un arrogante de primera. ¿Viste cómo llegó y se sentó sin que nadie lo invitara? ¿Y las cosas que decía? Casi me estaba desnudando con los ojos, Marco.
—Exageras, Regi. Es su personalidad, es el jefe de proyectos, es muy aventado, nada más. Además, nos pagó la cena.
Regina me miró como si no me reconociera. Sus ojos estaban llenos de indignación, pero había algo más oscuro ahí, una chispa de adrenalina que no le veía desde hacía años.
—¿Y a ti no te importa que un cabrón venga y le hable así a tu esposa enfrente de ti?
Me miró el escote como si fuera un pedazo de carne.
Y tú... tú te quedaste callado como si fueras su empleado hasta en tu tiempo libre.
Te recuerdo que el tal David, aquí no es tu jefe, aunque nos haya pagado la cena.
El golpe dolió en el ego, pero alimentó mi morbo de una forma brutal.
—No quería hacer una escena. De él depende lo de los subsidios. Además, el tipo solo te hizo un par de cumplidos. Estás preciosa hoy, es normal que te miren, mi amor.
Regina negó con la cabeza, frustrada. Se llevó las manos al cuello, tocándose la piel que estaba inusualmente roja y caliente.
—Es un imbécil prepotente, creyendo que con su pinche vino caro puede comprar a la gente —dijo ella, apretando la mandíbula—. Qué asco de hombre.