Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 2 #3
12%

Capítulo 2 #3

Era un vestido que casi nunca usaba porque decía que le apretaba demasiado.

—Póntelo —dije.

Se lo puso. La tela oscura se pegó a su cuerpo como una segunda piel.

Le apretaba el culazo de una forma vulgar y espectacular al mismo tiempo, y el escote en "V" le empujaba las tetotas hacia arriba y hacia el centro, dejando a la vista el nacimiento de sus senos y la tira de encaje rojo del brasier.

Se sentó frente al espejo del tocador, se soltó el cabello y se pintó los labios de un rojo intenso.

Esa misma boquita de la que David había hablado en el bar.

Carajo, qué buena estaba mi mujer. Me estaba volviendo loco.

Pero la iba a llevar directo al matadero.

Nos subimos al carro. El trayecto comenzó con el tráfico denso de la noche. Regina iba en el asiento del copiloto, revisándose el maquillaje en el espejo de la visera, ajena a todo, contenta de salir a cenar entre semana. Yo iba sudando frío, con las manos aferradas al volante de plástico.

—Por cierto, Marco —dijo ella de pronto, guardando su labial en el bolso—. Parece que anoche invocaste a mis primos los degenerados. Fíjate que hoy en la tarde me marcó Berenice. Me dijo que en unas semanas vendrían a la capital, y querían pasar a saludarnos.

Di un frenazo ligero, sorprendido por la casualidad.

—¿En serio? —dije, tratando de que la voz no me temblara—. Qué raro... ¿Y qué les dijiste?

—Pues qué les voy a decir. Que sí, por pura cortesía familiar.

Pero ya le dejé las cosas bien claras. Le dije que si vienen a nuestra casa, no quiero sus escenitas raras ni sus pláticas de mentes abiertas en mi sala.

Qué asco, Marco, de verdad. Saber que Agustín deja que otros cabrones se metan a la cama con su propia esposa...

hay que estar muy dañado de la cabeza. Aquí somos un matrimonio decente y no quiero que nos peguen sus mañas.

Sentí un escalofrío recorriéndome la nuca. Escucharla hablar con esa superioridad moral, con ese desprecio por los "cuernos consentidos", mientras iba enfundada en ese vestido negro ajustadísimo, a punto de ser exhibida ante el macho que apostó cogérsela, me provocó un morbo indescriptible.

—Hiciste bien, mi amor —mentí, sintiendo cómo se me endurecía el falo—. Mejor marcar los límites desde el principio.

—Exacto. Pero bueno, no hablemos de esa gente rara. Hoy vamos a celebrar tu vale de la oficina.

El restaurante italiano estaba en una plaza comercial cara. Era un lugar fino, de luces tenues, candelabros de herrería y mesas con manteles de lino blanco. El lugar olía a ajo asado, albahaca y dinero. La hostess nos recibió y nos guió a una mesa para dos cerca de un enorme ventanal de cristal.

Nos sentamos. Regina abrió la carta y sus ojos grises se abrieron de golpe.

—Mierda, Marco —susurró, inclinándose hacia mí por encima de la mesa—. Una puta pasta cuesta quinientos pesos. Una copa de vino cuesta doscientos. ¿Estás seguro de que tu vale cubre todo esto? Si nos pasamos, no traigo límite en la tarjeta.

—No te preocupes por el precio —le dije, sintiéndome como un completo farsante, sabiendo que la cuenta no existía y que yo no iba a pagar ni un peso… siempre y cuando David en verdad se apareciera y pagara todo—. Pide lo que se te antoje, mi amor. Celebremos.

Pedimos dos copas de vino tinto y una tabla de quesos para empezar.

Regina se veía radiante. Se acomodó en la silla, apoyando los antebrazos en la mesa, lo que hizo que sus tetazas se asomaran aún más por el escote del vestido negro.

Yo no podía dejar de mirar hacia la puerta.

Miraba la entrada, miraba a los meseros, miraba el reloj. Eran las ocho y media.

—Estás muy distraído, Marco. ¿A quién buscas? —me preguntó ella, frunciendo un poco el ceño.

—A nadie. Solo estaba viendo el lugar.

Y entonces, sentí una mano grande y pesada apoyarse con firmeza en mi hombro derecho.

Di un brinco en la silla. Mi corazón se detuvo de golpe.

—Marco. Buenas noches. ¿No interrumpo? —dijo esa voz grave, inconfundible.

Giré la cabeza hacia arriba. Era David.

Llevaba una camisa azul marino de lino finísimo, sin saco, con los primeros tres botones desabrochados, dejando ver el pecho fuerte. El reloj brillante y caro destacaba en su muñeca ancha. Olía a ese perfume de madera intensa y cara.

—Licenciado... David —tartamudeé, sintiendo que el estómago se me caía al piso.

Regina levantó la vista de su copa de vino. Sus ojos grises se clavaron en él.

Noté perfectamente cómo la mirada de David bajó instantáneamente, como un escáner depredador, por el cuello de mi esposa.

Se detuvo un microsegundo descarado en el escote desbordado y en las tetazas apretadas bajo el vestido negro, antes de subir y clavar sus ojos verdes y fieros directamente en los de ella, sonriendo con esa seguridad aplastante de macho alfa.

Al fin, mi amada esposa y mi prospecto de corneador se veían cara a cara.

Y yo sentí que mi pene se endurecía al mismo tiempo que sentía un miedo arrollador.

Un mal presentimiento que ya anticipaba lo que podría ocurrir.