Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Esa noche casi no dormí. Amanecí con la verga dura como una piedra, rozando contra la pijama, viendo a Regina cambiarse frente al clóset.

Se puso un sostén de encaje rojo que hacía resaltar la inmensidad de sus pechos y una falda entallada oscura.

Las ganas de agarrarla por la cintura y enterrar mi cara entre esas tetotas me estaban volviendo loco, pero el pacto con David resonaba en mi cabeza.

Ella seguía un poco seca por mi rechazo de la noche anterior. Se despidió con un beso rápido en la mejilla y se fue al despacho.

Llegué a la oficina a las ocho en punto, sudando frío. Tenía la mente hecha un nudo. Entré al área de los cubículos esperando encontrarme con algún ambiente tenso, pero todo parecía ridículamente normal.

Fui a la cafetera de la esquina. Ahí estaban Rodrigo y Rubí.

Rubí llevaba un vestido azul marino ajustadísimo que le apretaba los tetones falsos. Al verme acercarme con mi taza, dejó de reírse de algo que Rodrigo le estaba diciendo y me cruzó con una mirada llena de puro asco.

—Milagro que sigues aquí —soltó Rubí, cruzándose de brazos—. Qué estómago tan fuerte tiene David para no haberte corrido a patadas ayer mismo. Eres como las cucarachas, Marco.

Tragué saliva, deteniéndome en seco con la taza a medio llenar.

—Rubí, ya te expliqué que...

—Ahórrate tus excusas de pervertido salvado por el jefe —me cortó ella, dando un paso al frente con esa actitud de zorra agresiva que la caracterizaba—.

Me sorprende que te atrevas a respirar el mismo aire que nosotros.

Un asqueroso que se la pasa viendo putas en la computadora de la oficina no merece más.

Rodrigo soltó una carcajada burlona, recargándose en el garrafón de agua.

—Déjalo, Rubí. A lo mejor le lloró al jefe y le rogó por su chambita. Ya ves que los güeyes así son re buenos para dar lástima.

Así que Rodrigo lo sabía. Lo que me faltaba.

Bajé la mirada, sintiendo la cara hirviendo de humillación, y regresé rápido a mi lugar. Me senté frente al monitor, odiándome por no tener los huevos para contestarles, pero mi cabeza estaba en otro lado. Estaba esperando a David.

A las nueve y cuarto, se abrieron las puertas de cristal del piso.

Era él. Llevaba un traje negro impecable, caminando con esa seguridad aplastante de macho alfa de siempre.

Sentí un vuelco en el estómago. Esperaba que al pasar cerca de mi módulo me lanzara una mirada cómplice, una sonrisita de lado, algún gesto que confirmara el pacto enfermo que habíamos cerrado anoche entre los whiskys del bar.

Pero nada.

David pasó directo junto a mí. Levanté la vista, casi buscándolo, pero él tenía la mirada fija al frente. Su rostro era una máscara de hielo. No me determinó. Ni siquiera giró la cabeza un milímetro. Actuó como si yo fuera un puto archivero más en el pasillo, un mueble sin importancia.

Me quedé helado en la silla.

Las horas de la mañana se arrastraron. Yo no podía concentrarme en las pinches hojas de cálculo.

La actitud de David me estaba carcomiendo el cerebro.

¿Y si todo había sido una broma pesada? ¿Y si solo me lo había dicho para burlarse de mis fantasías y humillarme en el bar?

¿Qué tal si la apuesta no existía, se le había olvidado por el alcohol, y yo estaba haciendo el ridículo invitando a mi esposa a un restaurante caro que no podíamos pagar?

A la hora de la comida, David salió de su oficina. Pasó de nuevo frente a mí. Me aclaré la garganta.

—David... licenciado... —murmuré.

Pasó de largo. Simplemente me ignoró. Ni un puto parpadeo.

La ansiedad me devoraba. Si la apuesta era falsa y yo llevaba a Regina al italiano, iba a tener que reventar la tarjeta de crédito a lo pendejo y además soportar el enojo de mi mujer.

Pero... ¿y si la apuesta seguía en pie? Si la apuesta era real y yo no llevaba a Regina al restaurante a exhibirla como él me ordenó, la furia de David iba a caer sobre mí.

Podía correrme mañana mismo. Estaba atrapado en su juego mental.

A las cinco y media de la tarde, mi paranoia estaba al límite.

Decidí que no podía jugarle al vivo con un tipo como él.

Tenía que cumplir. Pero de pronto, una idea cruzó por mi cabeza.

Si la apuesta era real, si David iba a aparecerse en ese restaurante para evaluarla en persona, yo no quería que la viera con su ropa de contadora aburrida.

Quería que la viera en todo su esplendor.

El morbo me carcomió por dentro. Quería presumirla.

Quería que David viera las tremendas tetazas y el culazo que yo me comía todos los días.

Agarré el celular y le marqué a Regina.

—Hola mi amor, ando ocupadita —contestó ella.

—Sí, sí, perdón, perdón. Mi amor, oye... ¿puedes salir a las seis en punto?

—¿A las seis? Quedamos que nos veíamos a las siete directo allá, ¿no?

—Sí, pero cambié de opinión. Sal a las seis, paso por ti al despacho y nos vamos a la casa primero.

—¿A la casa a qué, Marco? Me vas a hacer dar puras vueltas.

—A que te cambies —dije, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso al atreverme a pedirle eso—. Quiero verte preciosa hoy, Regi. Es una cena especial. Arréglate para mí. Ponte algo muy sexy, ese vestido ajustado negro o lo que tú quieras, pero que te veas espectacular.

Se hizo un silencio del otro lado de la línea. Pude imaginarla sonriendo, un poco extrañada por mi actitud, pero halagada.

—Uy, qué exigente andas hoy... y tú que me rechazaste anoche —soltó una risita suave—. Está bien, corazón. Me apuro a cerrar unas cuentas y salgo puntual para irnos a la casa a cambiarme. Te amo.

—Te amo —respondí.

Colgué. Me quedé mirando la pantalla negra del teléfono en mi mano. Acababa de pedirle a mi propia mujer que se pusiera buena para exhibirla frente al depredador que me había prometido cogérsela. Estaba enfermo de la cabeza, pero la excitación ya no me dejaba pensar con claridad.

Pedí uno de los tres pases de salida a los que tenía derecho por mes, y salí volando de la oficina.

Llegué a la casa a las seis de la tarde, me di un regaderazo rapidísimo y me puse un pantalón de vestir limpio y una camisa de manga larga.

Quince minutos después, escuché la reja del portón. Era ella.

Regina entró directo a la recámara. Venía cansada, soltando el bolso en la cama y quitándose los tacones.

Se desabotonó la blusa y se bajó la falda del traje sastre ahí mismo frente a mí, quedándose solo en el sostén de encaje rojo y en una tanga negra que se perdía entre la abundancia de sus nalgas.

—Me daré un baño rápido, cariño. Huelo a puro archivo y a estrés —dijo, dándose la vuelta.

Me quedé sin aliento. Verla caminar hacia el baño en esa diminuta tanga negra fue una tortura. Sus nalgas inmensas y pálidas se tragaban el hilito de tela con cada paso que daba, rebotando con una cadencia que me nublaba la razón.

—Sí, Regi... aquí te espero —logré responder, con la voz carrasposa.

Escuché el sonido del agua de la regadera golpeando los azulejos. El ruido se escuchaba en la recámara, llegándome a la cabeza. Podía imaginarla ahí adentro, frotando el jabón sobre la pesadez de sus pechos, bajando por su vientre y metiendo las manos entre sus muslos.

El falo me palpitaba, exigiéndome que entrara al baño, que la acorralara bajo el chorro de agua caliente y me la cogiera ahí mismo.

Quería abrirle las piernas y metersela. Pero la advertencia de David me paralizaba: Nada de sexo.

Déjamela hambrienta. Tragué saliva, obligándome a quedarme sentado en el colchón, apretando los puños, debatiéndome entre el instinto de marido y mi perversión de cornudo.

Mi mujer se bañó muy rápido. Unos diez minutos después, la puerta se abrió y una nube de vapor con olor a jabón floral inundó el cuarto.

Regina volvió a salir, envuelta apenas en una toalla blanca que amenazaba con resbalarse de sus tetazas.

Caminó hasta el clóset, dejó caer la toalla al piso y se quedó completamente desnuda frente a mí por unos segundos para ponerse unas bragas limpias y un brasier negro que levantó su escote al máximo.

Me quedé sentado en la orilla de la cama, mirándola con la boca seca. La piel lechosa, las caderas anchas, el peso de sus pechos. Sus nalgas deliciosa. Todo en ella exudaba sexo.

—¿Este vestido está bien? —preguntó, sacando del clóset un vestido negro de tela stretch.