Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 2
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Capítulo 2

El trayecto de regreso a casa fue una neblina de pensamientos enfermos.

Mantuve las manos apretadas contra el volante, sintiendo que me faltaba el aire.

Acababa de apostar la fidelidad de mi esposa con mi jefe.

Parecía un puto chiste, una película barata, pero la verga me palpitaba contra la tela del pantalón con una dureza que no dejaba lugar a dudas. Era real.

Mientras esperaba que el portón eléctrico de la casa se abriera, mi mente empezó a maquinar.

¿Qué carajos le iba a decir a Regina? Ella me estaba esperando con la cena, convencida de que yo había ido a pelear por unas horas extras para pagar la hipoteca.

Apagué el motor y me quedé a oscuras en la cochera.

«El dinero», pensé, soltando el aire.

Si David perdía la apuesta y Regina demostraba ser la mujer de moral intachable que yo conocía, esos cinco mil dólares que me transferiría justificarían perfectamente la mentira.

Le diría a Regina que ese era el pago del proyecto de los subsidios, que me habían dado un bono por adelantado.

Con eso cubriríamos la casa, pagaríamos las tarjetas y la mentira quedaría enterrada para siempre.

Era la mentira perfecta. El problema era el otro escenario: el escenario donde David lograba abrirle las piernas.

No. NO. Me dije que eso era imposible.

Tragué saliva, sintiendo un escalofrío de terror y excitación recorriéndome la espalda, y bajé del carro.

Abrí la puerta de la casa. Olía a pollo asado y a sopa de pasta.

Regina estaba en la cocina. Se había quitado la ropa del despacho y llevaba puestos unos shorts de algodón gris muy cortos y una camiseta de tirantes blanca.

Estaba de espaldas a mí, moviendo algo en la estufa.

El short se le metía un poco por la raya de su culazo inmenso.

Sus piernas gruesas, de piel blanca y lechosa, se veían espectaculares bajo la luz de la cocina.

Era una mujer preciosa, una mujer que cualquier cabrón mataría por tener en su cama todas las noches.

—Hola, mi amor —dijo ella, girando la cabeza. Tenía el cabello oscuro recogido en una pinza—. Llegas a buena hora. ¿Cómo te fue?

Dejé mi portafolio en la silla del comedor. Me acerqué a ella. Me recibió con un beso en la boca. Sentí la humedad de sus labios, esos mismos labios que hacía apenas una hora David se había imaginado chupándole los huevos. El contraste me produjo una punzada en el estómago.

—Me fue bien —mentí, sintiendo que me hundía en arenas movedizas—. Muy bien, de hecho.

Regina apagó la estufa y se secó las manos con un trapo. Sus ojos grises, siempre tan analíticos, me escanearon la cara.

—¿Te dio el proyecto? Dime que sí, Marco, por favor.

—Sí, me lo dio —dije, tratando de sonar seguro, fingiendo una sonrisa de alivio—.

David es un tipo bastante exigente, tuvimos que revisar números un buen rato en el bar, pero al final accedió.

Me va a asignar al paquete de subsidios especiales.

Va a haber un bono bueno, lo suficiente para librar la hipoteca y ponernos al corriente.

Regina soltó un suspiro larguísimo, de esos que te quitan un peso de cien kilos de encima. Su rostro duro se relajó por completo. Se acercó y me abrazó por el cuello, apretando sus tetazas pesadas contra mi pecho.

—Ay, mi amor, no sabes el respiro que me das. Te juro que venía en el metro con un nudo en la garganta haciendo cuentas. Eres fantástico, Marco. Sabía que podías hacerlo.

Me sentí como la peor mierda del mundo. Ella estaba ahí, agradecida, creyendo que su esposo era un proveedor responsable, y yo acababa de pactar que no la tocaría en quince días para dejársela hambrienta a otro macho.

—Vamos a cenar, ando muerta de hambre —dijo ella, separándose de mí y dándome una nalgada suave.

Nos sentamos a la mesa pequeña de nuestro comedor.

Regina sirvió la comida. Mientras masticaba, yo no podía dejar de mirarla.

Miraba la línea de su escote bajo la camiseta de tirantes, sus senos pesados rebotando un poco cada vez que se estiraba para alcanzar las tortillas.

Y entonces, la ansiedad me ganó. Necesitaba tantear el terreno.

Necesitaba saber qué tan infranqueable era realmente la moral de mi mujer antes de que el cronómetro de David empezara a correr mañana.

Tomé un trago de agua, me limpié la boca con la servilleta y la miré fijo.

—Oye, Regi... —empecé, tratando de que mi voz sonara casual—. Hoy en la oficina, no sé por qué, me quedé pensando en una plática que tuvieron los de sistemas. Y me acordé de tus primos.

—¿Cuáles primos?

—De Agustín y Berenice.

—Ah, okey, ¿y qué pasa con ellos? —preguntó ella, frunciendo un poco el ceño mientras cortaba un pedazo de pollo—. ¿Qué tienen ellos? Ni nos hablamos casi.

—Ya sé, pero me acordé de su rollo. De lo que hicieron el año pasado. De buenas a primeras, tú... ¿qué opinas de abrir la relación? Como lo hicieron ellos.

—¿De qué estás hablando, Marco? —Dejó el tenedor sobre el plato—. ¿De dónde sacas ese tema justo ahora?

—De la oficina, te digo. Rodrigo el de sistemas sacó el tema y me quedé pensando. Solo es curiosidad.

—Pues tu amigo Rodrigo es un urgido y un vulgar. Y mis primos son un desastre. Agustín es un cornudo consentido y Berenice es una cualquiera que no sabe ni lo que quiere. Qué asco vivir así.

—Pero, ¿no crees que a veces la rutina cansa? Digo, llevamos cinco años. ¿Nunca te ha dado curiosidad... estar con otro?

—Por supuesto que no —dijo ella con una firmeza que me heló la sangre—. Eres mi esposo. Yo me casé para estar contigo, Marco, no para andar repartiendo las nalgas por ahí como si estuviera soltera.

Sentí una punzada en la entrepierna. Escucharla decir "repartiendo las nalgas" con esa cara de seriedad me puso la verga durísima.

—Ya, ya sé, mi amor. Eres una mujer de valores.

—Más te vale que lo sepas —me apuntó con el cuchillo de mesa, medio en broma, medio en serio—. ¿A qué viene tanta preguntadera? ¿Me estás queriendo decir que tú quieres estar con otras viejas?

—¡No! Para nada, te lo juro por Dios. Yo solo tengo ojos para ti. Mírate nada más, estás preciosa.

—Pues entonces deja de pensar tonterías —sonrió levemente, suavizando el gesto, y le dio un sorbo a su agua—. Aunque... estás muy raro hoy, Marco. Llegas tarde, me vienes con pláticas de parejas abiertas...

—Fue solo una plática de sobremesa, Regi, no te esponjes.

—¿Estás caliente? —preguntó de pronto.

Bajó la voz y me miró directo a los ojos, con esa intensidad suya que siempre me doblegaba.

Tragué saliva, sintiendo que me acorralaban.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste. Sé que andamos estresados por lo del dinero de la casa, pero si te dieron el proyecto de los subsidios, hay que celebrar, ¿no? Aparte te dije en la mañana que ando ovulando y traigo las hormonas alborotadas.

Mierda. La regla de David cruzó por mi mente como un letrero de neón.

Segunda regla: no quiero que la toques en estos quince días. Nada de sexo. Déjamela hambrienta.

—Terminamos de cenar, nos metemos a bañar juntos y te dejo que me hagas lo que quieras —dijo Regina. Se acomodó en la silla, echando los hombros hacia atrás. Sus tetazas marcaron los pezones endurecidos contra la tela delgada de la camiseta.

Me estaban sudando las manos. Quería tirarla ahí mismo sobre la mesa del comedor, pero si la tocaba, la apuesta se iba a la basura. Aunque… ¿cómo iba a saber David que me había acostado con mi esposa?

—Regi... la verdad es que vengo muerto de cansancio —mentí, sintiendo cómo se me revolvía el estómago de cobardía.

A Regina se le borró la sonrisa de golpe.

—¿Me estás rechazando?

—No, no es eso, mi amor. Es que David me trajo en chinga revisando números, me duele la cabeza horrores. Quiero dormir para estar fresco mañana.

Me miró con esa frialdad que me asustaba, evaluándome, buscando alguna grieta en mi mentira. Suspiró, visiblemente fastidiada.

—Como quieras, Marco. Luego no te andes quejando que no te busco.

—Te lo compenso el fin de semana, te lo prometo.

—Apúrate a cenar para que recojas los platos —sentenció, volviendo a su comida en completo silencio, con la mandíbula tensa.

La había dejado insatisfecha y enojada. El plan de David ya estaba funcionando sin que él hubiera movido un solo dedo todavía.

El silencio pesado me asfixiaba, así que me apresuré a romperlo.

—Es más, Regi, ¿qué tal si mañana te invito a cenar?

—¿A cenar, entre semana? —me miró con el ceño fruncido.

—Sí, ¿qué importa?

—¿Y a dónde?

—¿Viste que abrieron un restaurante Italiano que está por la plaza de mi trabajo?

—Ah, sí, sí, pero… querido rey, ¿con qué ojos vamos a pagar, divino tuerto? Si apenas si estamos reuniendo lo de la hipoteca.

—Ah, es que… —tragué saliva, improvisando a toda velocidad—. Es que no te he terminado de contar la sorpresa que me dio hoy David.

—¿Sorpresa? ¿Qué sorpresa?

—Me dio un vale… para cenar… allí, para dos personas.

—¿En serio?

—Ajá.

—¿Y desde cuándo ese tipo es tan… dadivoso? Que ahora hasta les da vales a sus empleados.

—No es tan malo como parece.

—Pues por lo poco que me has contado del fulano, me parece que no tengo la mejor opinión de él.

—Ni siquiera lo conoces, mujer —dije.

Por dentro, sentí morbo puro. Si ella supiera la clase de bestia que era ese "fulano". Si supiera cómo ese mismo hombre se había saboreado sus tetas y su boca viéndola en mi celular hacía menos de dos horas.

—Por eso te digo, mi opinión se basa en lo que tú me has dicho del viejo ese. Mejor nos hubiera dado ese bono en efectivo en lugar de andar regalando vales para cenar —se quejó ella, pragmática como siempre—. Pero bueno, algo es algo.

—¿Entonces vamos a cenar mañana?

—¿Y tiene que ser mañana a fuerza?

—Creo que el vale tiene vigencia de unos días. Y ya sabes cómo son los jefes, seguro me pregunta el miércoles qué tal estuvo la comida.

—Hmmm. Ya me lo imaginaba. Vales condicionados —suspiró, pero vi que la idea de salir y no cocinar le agradaba—. Okey, okey. Por esta vez. Pero de todos modos ayúdame a lavar lo de la cena de hoy.