Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—Lo entiendes perfectamente. Sólo te estoy dando la oportunidad de que te conviertas en el protagonista de los putos relatos de cornudos que lees en la red.

El corazón me latía a mil por hora.

—Te estás pasando —dije, tratando de sonar firme—. Regina es decente. Jamás te haría caso.

—Todas las mujeres tienen un punto débil, Marco.

Absolutamente todas —replicó David, sirviéndose de la botella de whisky que el mesero había dejado en la mesa—.

Y tú como hombre lo sabes. Te lo digo yo, que me tirado mujeres de todo tipo, modelos, casadas, ejecutivas, santurronas así como la tuya.

Y todas caen. A todas les gusta el dinero, el buen sexo, una buena verga que las haga bramar de placer.

—¡David, en serio, te estás pasando!

—¿Te asusta mi propuesta?

—Es que ni siquiera sé a ciencia cierta de qué propuesta me hablas.

Se recargó en la silla y me clavó la mirada.

—Nada del otro mundo, solo una inocente apuesta. Dame quince días, para seducir a tu esposa, y te aseguro, que me la cogeré, haré que abra las piernas para mí, y le haré sacar los mejores orgasmos de su vida.

Ni siquiera pude responder nada. Me quedé helado completamente.

—¡NO! —logré decir al final.

—¿Te da miedo que caiga en mis garras? Si tan decente es, ganarías la apuesta sin sudar. Si confías en ella, dirías que sí ahorita mismo.

—¡No es desconfianza! Es mi mujer, maldita sea. Me da miedo lo que puedas hacerle.

—¿Hacerle qué, Marquito? No le pasará nada malo. Lo único que le va a pasar es que su panocha va a ser penetrada por la mejor verga que haya sentido en su vida, y va a gritar con los mejores orgasmos de su existencia.

—¡Creo que aquí terminamos la conversación, David! —rogué, sudando frío.

—O dime la verdad: “No quiero hacer la apuesta porque sé que mi mujer es igual de puta a todas y se va a abrir de piernas ante ti”.

—¡Yo confío en ella!

—Entonces que se haga.

—¿Y en qué posición quedo yo, David? ¡Es una perrada!

—Como un marido amoroso y sin complejos que disfruta que su mujer disfrute a su vez con un macho de verdad.

Y, en el mejor de los casos, quedarás como un cornudo completo, tal cual el protagonista de uno de los relatos que lees.

Hasta podrías escribir tu propio relato, ¿cómo le pondrías? “Mi jefe emputece a mi mujer”.

David se echó a reír, y yo estaba clavado en la silla, mirándolo con terror.

—Si resulta que sus valores son tan incorruptibles como dices —siguió David—, te voy a transferir cinco mil dólares libres a tu cuenta.

Con eso pagas la bronca de tu casa y hasta te sobra para invitarla a cenar.

Es un ganar-ganar para ti. ¿A qué le tienes miedo?

¿A ganarte cinco mil dólares gratis o a descubrir que tu mujer sí tiene ganas de que se la cojan duro?

—Es que es mi esposa. No puedo... no puedo negociar con ella como si fuera un pedazo de carne. ¡Es una locura!

—No te hagas el santo ahora —David sonrió, una sonrisa fría y depredadora—.

Me enseñaste la foto. Te vi la cara de pervertido cuando hablaba de sus tetas y su culo.

Tú y yo sabemos que darías lo que fuera por verla en cuatro patas gritando mi nombre.

Te estoy ofreciendo hacer realidad tus chaquetas mentales sin que tengas que ensuciarte las manos.

—Estás enfermo... —murmuré.

—El enfermo eres tú, que lees esas mamadas en el trabajo. Yo solo soy un cabrón pragmático. Piénsalo, Marco. Si es la mujer perfecta de valores intachables, te ganas la lotería y yo me quedo con las ganas. Pero si gano...

David se inclinó hacia mí, y sus ojos brillaron con malicia pura.

—Si ella me lo pide, si logro cogérmela por las buenas, de todos modos te daré un chequecito, como premio de consolación. Y, lo mejor, tu mujer se convertirá en mi puta exclusiva por seis meses.

—¿Qué? ¡NOOO!

—Seis meses donde la voy a usar como yo quiera, la voy a humillar y haré que caiga lo más bajo que te puedas imaginar. Y tú cuando se pueda, tú vas a tener asiento de primera fila para mirar todo. Vas a probar lo que es la verdadera adrenalina.

Me quedé mudo. Estaba loco. Eso no iba a pasar nunca. Regina jamás cedería ante un tipo así. Pero... ¿y si sí?

—¿Y cómo se supone que te vas a acercar a ella? Ni siquiera la conoces. Ya viste, ni siquiera sabías que estaba casado. Además, Regina trabaja todo el puto día en el despacho —dije.

Ni yo mismo me di cuenta de que, al preguntar eso, ya estaba aceptando la apuesta.

David sonrió ampliamente, triunfante.

—Ese es mi problema. Tú solo tienes que callarte el hocico y seguir dos reglas muy simples.

Primera: mañana la llevas a cenar al restaurante italiano que está frente a la plaza.

No te preocupes por el dinero de la cena, yo la pagaré.

Segunda regla, la más importante: no quiero que la toques en estos quince días. Nada de sexo. Déjamela hambrienta.

—Esto es una locura, David.

—Tú quieres verla así, Marquitos, no lo niegues, emputecida —susurró David, dándole el último trago a su vaso, sabiendo que ya me tenía en la bolsa—. Tu fantasía es ver cómo emputezco a tu mujer, ¿verdad? Entonces ese resultado será.

Estaba al borde de un abismo, y lo peor de todo, es que quería saltar.