Capítulo 1 #3
Colgué sintiéndome la peor escoria del mundo.
Mi mujer, tan decente, tan trabajadora, se rompía el lomo por nosotros y confiaba en mí, y yo iba a tomar con un tipo al que le tenía pavor porque había visto mis asquerosidades en internet.
Pero al mismo tiempo, mientras caminaba hacia el bar, una sensación enferma me revolvía las tripas.
Estaba sudando de miedo, sí, pero mi verga estaba a medio despertar.
Saber que David, el puto macho alfa del quinto piso, había entrado en mi mente y sabía exactamente lo que me excitaba, me ponía cachondo. Era patético.
A las seis cuarto crucé la puerta de la cervecería.
Era un lugar caro, de esos de madera oscura.
Ahí estaba David. Sentado en una mesa alta cerca de la barra, con un vaso de whisky.
Se había quitado el saco. Su camisa negra resaltaba esos brazos fuertes y anchos que tenía.
Me acerqué y me senté enfrente de él, yo con mi camisa azul arrugada, sintiéndome como un niño regañado.
Él le hizo una seña al mesero y pidió una cerveza oscura para mí, sin preguntarme.
—Te ves asustado, Marco —me dijo, dándole un trago a su whisky y clavándome esos ojos fieros—. Relájate.
—Es que no sé qué hago aquí, para serle sincero. Y le repito que le agradezco que no me haya corrido por lo del historial.
—Para empezar, relájate —me cortó David—. Y deja de hablarme de usted. Afuera de la oficina soy David. Tutéame. Somos dos colegas tomando un trago, nada más.
Tragué saliva. No quería parecer un idiota tembloroso frente a él. Quería salvar un poco de dignidad.
—Es difícil separar las cosas... David —dije, midiendo mis palabras para sonar seguro e inteligente—.
Al final del día, mi quincena y la hipoteca de mi casa dependen de tus decisiones.
Si tú haces un trámite de despido ante los altos mandos, pues yo me quedo sin chamba.
Es simple instinto de supervivencia mantener la distancia.
David soltó una carcajada corta.
—Buena respuesta. Tienes cerebro, Marco. Lástima que lo uses para ocultarte —David me miró fijamente—. Pero el respeto no tiene nada que ver con hablar de usted. Tiene que ver con no ser un hipócrita. Y tú eres un puto hipócrita.
Sentí un pinchazo de coraje.
—¿A qué te refieres con eso?
—A que en tu módulo te haces el analista responsable, el güey que se preocupa por su casa, pero en secreto...
—David se inclinó hacia adelante—. Yo no te corrí ni te puse ningún reporte porque me dio curiosidad tu historial.
Esos anuncios porno saltan porque te metes a foros muy específicos.
Vi lo que leías. "La contadora sometida", "Cediendo a mi mujer", "Macho alfa domina a la casada".
Sentí que me quedaba sin aire.
La sangre abandonó mi rostro.
—David, es solo morbo, son pendejadas que uno lee en internet por curiosidad, te lo juro. Todos alguna vez habrán leído relatos eróticos…
—¿De cornudos?
—Pues de lo que sea…
—Mira, Marco, yo lo que entiendo es que lo que uno lee, es lo que nos gusta.
Los temas que nos llaman la atención. Por ejemplo, de acuerdo a lo que vi en tu historial de navegación, a ti te pone duro imaginar que un macho de verdad agarre a tu esposa, novia, o lo que tengas, y la hace suya mientras tú miras.
Intenté negarlo, pero ni siquiera me salió la voz. El golpe había sido tan preciso que me quedé mudo.
—Tengo esposa, David, y en mi vida la he compartido con nadie.
—Pero te gustaría —no era una pregunta.
—No, o sea, como digo, lo que leí solo es por entretenimiento, no porque quiera que esto pase de verdad. Supongo que… tú… cuando lees, si es que lees en estas páginas, buscarás algo que te genere morbo, o no sé.
—Lo que me genera morbo es seducir a mujeres difíciles. Por ejemplo, a mí Me aburren las viejas fáciles de la oficina. Me aburren los tetones operados de Rubí. En cambio… dices que estás casado, ¿verdad?
—S…í, estoy casado… ella, se llama Regina.
—Regina. Vaya. No lo sabía.
—Sí, Rubí tampoco lo cree, o no lo creía… quizá porque… por mis formas, actitud y figura, tal vez cuesta creer que estoy casado.
—No me lo tomes a mal, Marco, pero sí me genera… dudas de saber si es verdad que tienes mujer. A ver, quiero ver a tu esposa. Enséñame una foto.
—¡No! —dije, casi por instinto, sintiendo un chispazo de dignidad masculina—. Ella no tiene nada que ver en esto, es una mujer seria, una contadora...
—Saca el puto teléfono, Marco —me ordenó, y su voz no dejó margen a dudas—. A Rubí le encanta hablar. Si mañana en la mañana no le pongo un alto, va a mandar un correo a recursos humanos y te quedas en la calle. ¿Qué le vas a decir cuando pase eso? Enséñame la foto.
Me temblaban las manos. Saqué el celular. Busqué en la galería una foto del mes pasado. Regina salía de cuerpo entero en el patio con una blusa oscura y una falda ajustada que le quedaba pintada.
Se le marcaban las caderas anchas, el pecho grande y pesado, y un culazo que casi ni cabía en la foto. Tenía esa cara tan suya, dura, responsable, guapísima con sus ojos grises. Una mujer de verdad.
Deslicé el teléfono por la mesa hasta él. David bajó la mirada. El bar entero pareció quedarse en silencio. Sus ojos escanearon la pantalla de arriba a abajo. Noté cómo se detenía en sus senos, en la abundancia de sus muslos gruesos. Un destello de lujuria cruzó su rostro.
—Vaya —dijo David, pasando el dedo pulgar por su barbilla—. Así que esta es la famosa Regina. Bueno... es una gordibuena.
—Es de complexión fuerte —respondí rápido, tratando de mantener mi dignidad y hablar con cierta lógica—. Ella hace ejercicio, tiene una estructura ancha.
—No me hables con tecnicismos, cabrón. No estamos en recursos humanos —se burló David, acercando la foto con sus dedos, haciendo zoom justo en el pecho de mi esposa—.
Está carnosa, tiene de dónde agarrar a manos llenas.
Ufff, tremendas tetotas se carga tu mujercita, ¿eh?
Mira nomás cómo se le salen por los lados de la blusa.
Me quedé callado, sintiendo que me ardía la cara.
—¿Qué copa es, Marco? ¿D? ¿Doble D? —insistió él, sin despegar los ojos de la pantalla—. Se ven pesadísimas. Me imagino que son de esas que te cubren toda la cara.
—Creo que ese no es un tema apropiado, David. Es mi esposa —dije, apretando los puños bajo la mesa, resistiendo las ganas de quitarle el teléfono.
—Es exactamente el tema apropiado. No te hagas el digno conmigo —David levantó la vista para clavarme sus ojos verdes—. Cuéntame. Con esas caderas, seguro es una culona de primera. Cuando la pones en cuatro, ¿le tiemblan mucho esas nalgotas?
—Nuestra intimidad es nuestra —le respondí, sosteniéndole la mirada por un segundo—. No necesito hablar de esas cosas con nadie.
—Contesta, cabrón. Estamos hablando entre hombres —David se inclinó hacia adelante—. Se ve que tiene un culo pesado, un buen culazo de esos que rebotan rico y hacen ruido cuando se la metes con fuerza. ¿Me equivoco?
El comentario fue tan directo, tan crudo, que sentí un golpe brutal en el estómago.
Pero al mismo tiempo, sentí cómo el falo se me empezaba a poner duro contra la tela del pantalón.
Ahí, en medio del bar. Me lo estaba imaginando a él, a este macho enorme, agarrándole esas nalgas a mi mujer, desnudando ese culazo blanco.
—Pues… sí, lo normal —dije, apenas en un hilo de voz, rindiéndome a la humillación—. Rebotan lo normal…
David soltó una carcajada por lo bajo, satisfecho.
—O más bien será que tú no sabes hacérselas rebotar.
Y volvió a mover la imagen, esta vez haciendo zoom en la cara de Regina, enfocándose en su boca.
—Se ve que es mandona. De moral intachable —murmuró David, arrastrando las palabras—. Pero esa boquita... con todo el respeto que me mereces, pero perdón, con esa boquita debe de hacer unas mamadas deliciosas, chupando hasta los huevos, ¿verdad Marquito?
Cerré los ojos. Puta madre. Ni en mis peores fantasías me imaginé estar hablando en estos términos con mi jefe directo, enfrente de mí, hablando así de mi esposa, imaginándose cómo mamaba mi mujer.
Quería pararme y romperle la cara, pero no lo hice. Estaba clavado en la silla, excitado como un animal, odiándome y disfrutándolo al mismo tiempo.
David me regresó el teléfono. Lo guardé rápido, como si quemara.
—Tienes una mujer que está buenísima. Me sorprende que un tipo como tú esté casado con semejante hembra, con ese nivel de tetas y culo —dijo, dándole el último trago a su whisky—.
Y, justamente, por lo que vi que te gusta leer, esos gustitos raritos pero normales, me gustaría proponerte algo divertido e interesante. Un trato entre hombres de negocios.
Tragué saliva.
—¿Un... trato?
—Una apuesta, pues, como mejor te parezca —corrigió David, bajando las manos—. Te voy a dar quince días. Quince días a partir de mañana para meterme en su vida, seducirla y cogérmela.
—¿Perdona? —la boca se me secó de golpe y no tuve otra cosa para decir.
—¿Te gustaría ponerla a prueba, Marco, a Regina?
—Te equivocas, David. Mi mujer no es así —balbuceé, sintiendo que me faltaba el aire.
—Y yo te estoy diciendo que una mujer, al conocer a un buen macho, guapo, poderoso, que la sepa seducir, por más santurrona que sea, termina abriendo las piernas.
—¡La mía no! ¡La conozco!
—No mames, Marco. Uno nunca termina de conocer a las personas.
—¿Qué buscas con esto, David? Ya me estás asustando.