Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Empecé a leer. La historia trataba sobre un oficinista que entregaba a su esposa —una mujer voluptuosa y muy seria— a unos tipos negros gigantes. Empecé a bajar la página con el ratón. Mi respiración se hizo corta.

Leía las descripciones de cómo la vieja gritaba de rabia al principio y luego terminaba abriéndose de nalgas rogando por la leche de esos tres machos.

Mi polla ya estaba durísima contra el pantalón.

Y entonces, todo se fue a la mierda.

La página falló. Saltó un maldito anuncio de spam, una ventana gigante en medio del monitor. Un video en colores chillones de una rubia completamente encuerada, abierta de piernas, enfocando la panocha en primer plano.

Unas letras rojas gigantes titilaban:

"¡ENTRA A MI CÁMARA EN VIVO AHORA!".

—Mierda... —susurré.

Intenté darle clic a la equis. La flecha del ratón se quedó congelada justo en la concha de la fulana. El equipo se pasmó. Empecé a teclear a lo loco, apretando los botones de escape. Nada. La rubia seguía ahí, inmensa en mi pantalla.

Entonces escuché unos tacones frenar en seco justo a mis espaldas. Me quedé helado. Con las manos todavía en el aire sobre el teclado, giré la cabeza despacio.

Ahí estaba Rubí.

Era analista de verificación. Treinta años, pelirroja teñida, con un vestido verde súper ajustado que le remarcaba los tetones operados que tenía.

Estaba cruzada de brazos, masticando un chicle.

Tenía una actitud insoportable, tipo Beth Dutton de Yellowstone, agresiva y sarcástica.

Todos sabíamos que era una de las zorras que se acostaba con David.

Rubí no me miraba a mí. Estaba viendo fijamente la pantalla de mi computadora. Vio a la rubia abierta de piernas. Dejó de masticar su chicle. Volteó a verme con los ojos entrecerrados. Yo estaba sudando como cerdo. Sentí que la cara me hervía. Las piernas me temblaban debajo del escritorio.

—Me tienes que estar jodiendo soberanamente —me dijo, con la voz ronca—. Eres un puto marrano, Marco. Un pinche degenerado de mierda.

—Rubí, espérate... te juro que es un error, un virus de internet, yo estaba leyendo y saltó esto —empecé a tartamudear, empujando mi silla hacia atrás, levantando las manos.

Ella descruzó los brazos. Sus tetas se desparramaron. Dio un paso hacia adelante, apoyándose en la mampara gris y acercándose demasiado a mí.

—¿Leyendo? —Soltó una risa seca, irónica, y apuntó con su uña acrílica al monitor—. ¿Eso es lo que lees, pendejo? ¿Putas virtuales en horario laboral? ¡Que puto pervertido eres, Marco! Y tan lerdo que te veías, pero esos son los peores.

—Cálmate, por favor. Tengo esposa, Rubí. Estoy casado, de verdad, yo no veo estas cosas aquí...

Rubí bajó la mirada, rápido, hacia mi entrepierna. Vio el bulto endurecido en mi pantalón. Sonrió de lado, con puro veneno.

—Tú no tienes esposa, cabrón. A ti las mujeres de verdad te dan terror —se acomodó el vestido, enderezándose—. Eres un perdedor que necesita ver putas en las compus para que se le pare.

—Rubí, no, espérate...

—Iré directo con David —sentenció, dándose la media vuelta—. Le voy a decir exactamente qué tipo de porquerías usas para entretenerte en tu cubículo en horario laboral.

—¡Rubí, por favor espera!

Pero no esperó a que yo dijera nada. Se fue caminando rápido, haciendo sonar sus tacones por el pasillo, directo hacia la oficina de cristales del jefe.

El silencio que siguió me dejó una incomodidad brutal. Me quedé mirando la espalda de Rubí mientras se alejaba, meneando su culo apretado.

Vi cómo entró sin tocar a la oficina de David.

Sentí que el estómago se me caía a los pies.

Me imaginé empacando mis cosas, llegando a casa para decirle a Regina que lejos de conseguir más dinero, me habían corrido por estar viendo viejas encueradas y que se nos complicaría aun más los pagos de la casa.

Desconecté el cable de la computadora de un tirón para apagar la pantalla y me pasé las manos por la cara, sudando a mares. Apenas pasaron dos minutos cuando la puerta de cristal se abrió.

David salió, enorme, decidido. Rubí no venía detrás de él. Sólo él. Y yo tuve ganas de llorar.

Caminó por el pasillo central, avanzando hacia mi zona con ese paso firme de mastodonte. Se detuvo a mi lado y me miró desde arriba con esos ojos verdes que parecían leerte la mente. No dijo buenas tardes ni nada.

—Enciende la máquina —me ordenó.

Su voz era profunda, controlada.

—David... le juro que lo que vio Rubí es un malentendido, solo fue un error de la página, un virus, yo estaba leyendo en mi descanso y...

—No te pedí que me cuentes tu vida. Enciéndela.

Conecté el cable con las manos temblando y prendí el equipo. David se quedó ahí parado, esperando. Cuando apareció el escritorio, dio un paso al frente.

—Abre el historial de navegación —dijo.

—Pero... licenciado…

—El historial, Marco.

Presioné las teclas. La lista apareció ahí, clara como el agua.

Yo había querido cerrar todo de golpe y el navegador restauró la sesión.

Ahí estaba el enlace en letras azules: "todorelatos.com/foro/la-contadora-sometida", y abajo de ese, decenas de enlaces parecidos de los últimos días.

"La esposa del oficinista", "Macho alfa domina a la casada", "Soy cornudo y entrego a mi mujer".

Me quise morir. ¡Era la peor humillación de mi vida!

David se inclinó, apoyando sus manos enormes en mi escritorio y leyó la lista en silencio. Esperaba que me levantara del cuello de la camisa y me sacara del cubículo a rastras, pero se enderezó. No había asco ni furia en su rostro. Se pasó la mano grande por la mandíbula firme.

—Vete al baño —me dijo, en voz baja—. Lávate la cara, pareces un muerto. Regresa en diez minutos.

Yo no estaba para discutir. Me levanté torpemente, golpeándome la rodilla, y pasé a escasos centímetros de su pecho ancho para salir al pasillo. Me eché agua fría en la cara en el baño. Me sentía patético, un pusilánime de primera.

Cuando regresé a mi lugar, diez minutos después, David seguía ahí, de pie, con los brazos cruzados. La pantalla estaba en el escritorio de Windows.

—El historial está limpio —dijo él, mirándome fijamente—. Borré todo el caché. A Rubí le pareció ver algo indebido desde un mal ángulo, eso fue todo. No voy a levantar ningún reporte con recursos humanos.

Solté el aire de golpe. La tensión se me aflojó.

—Gracias, de verdad... se lo agradezco en el alma, yo tengo muchos compromisos de dinero y le juro que no vuelve a pasar...

—Cierra la boca —me cortó él, en tono gélido—. Saliendo a las seis, te veo en la cervecería de la esquina. Vamos a tomar un trago. Habla a tu casa y avisa que vas a llegar tarde porque tenemos que hablar de negocios.

No me dejó responder. Se dio la media vuelta y regresó a su oficina.

Traté de fingir que trabajaba, pero mi mente daba vueltas.

A la media hora, escuché los tacones de Rubí.

Se detuvo en el pasillo, justo enfrente del escritorio de Claudia, la oficinista recatada que siempre andaba de faldas largas, y de Rodrigo, el tipo de sistemas.

Empezó a hablar fuerte, sabiendo perfectamente que yo la escuchaba a mis espaldas.

—Te lo juro, Claudia, a veces me pregunto qué tan patéticos pueden llegar a ser los hombres de hoy —decía Rubí—. Unos completos pusilánimes, que necesitan de putas para tener a una mujer a su lado, porque sin pagar, ni una mosca se les paraba.

—Ay Rubí, ya vas a empezar —dijo Claudia con su risita de siempre. Le encantaba el chisme—. ¿Ahora qué te hicieron? Seguro otro contador te invitó a salir.

—Ojalá fuera eso, Clau. Hablo de los urgidos. De esos putitos que son tan poca cosa que la única forma que tienen para hacerse pajas mentales es viendo putas virtuales en horas de chamba.

Rodrigo soltó una carcajada burlona desde su silla.

—No mames, Rubí. ¿A poco hay cabrones pagando por ver putas en internet? Hay que estar muy jodido. Teniendo viejas tan ricas aquí en el edificio para echar taco de ojo... —Rodrigo hizo una pausa, seguro mirándole los tetones operados a la pelirroja—. Yo sí le daba a una de verdad.

—¡Rodrigo, por Dios, qué vulgar eres! —Claudia soltó una risita nerviosa—. Pero Rubí tiene razón, qué asco. ¿Te imaginas estar casada con un perdedor de esos?

—Imagínate lo triste de su vida —siguió Rubí con saña—.

Seguro no cogen en sus casas. Tipos grises, que como no se les para con una mujer de verdad, andan babeando por una cámara.

Seguro viéndoles las tetotas de plástico porque en la vida real se mean de miedo si una vieja culona se les pone enfrente.

—Pura chaqueta mental, pobrecitos —remató Rodrigo.

Me hice chiquito en mi silla. Me estaban haciendo pedazos.

Me reducían a basura frente a todos y yo no podía decir ni pío.

Y lo peor, lo más enfermo de todo, es que sentirme así de sobajado, escuchar a Rubí hablar de mujeres culonas y tetotas, me estaba poniendo caliente de nuevo.

Mis propios compañeros me humillaban y a mí sin que supieran que aquellas habladurías de la pelirroja eran destinadas para mí.

A las cinco y media me fui a las escaleras de emergencia y llamé a Regina.

Contestó rápido.

—Hola, corazón —dijo.

Se escuchaban las sumadoras al fondo.

—Hola, mi amor. Oye, te llamo rapidísimo. Voy a llegar más tarde hoy. David, mi jefe directo, me invitó a tomar algo saliendo de aquí, me dijo que teníamos que hablar de unas cosas del área.

Hubo un silencio.

—¿A un bar? ¿Hoy lunes? —dijo ella, extrañada—. Tú nunca sales entre semana, Marco. ¿Pasó algo malo? ¿Va a haber recortes?

—No, no, todo bien —mentí, sintiendo un pinchazo de culpa atroz. Ella trabajando y yo mintiendo—. De hecho, creo que es para proponerme trabajo extra. Lo de los subsidios. Horas extras para acompletar lo de la casa.

Regina suspiró y su tono se volvió suave, lleno de ese amor y compañerismo que siempre me daba.

—Ojalá que sí sea eso, corazón. Nos caería del cielo. Pórtate bien, escúchalo, y si hay que quedarse un rato más, quédate. Confío en ti. Te dejo algo de cena. Te amo.

—También te amo —le dije.