Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 1
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Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife)

Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife)

Por Reina de Picas

© inepub.com

Capítulo 1

—Me veo gorda, Marco. Te juro que estos días retengo tanto líquido que los muslos me rozan al caminar —dijo Regina, mirándose con disgusto en el espejo de cuerpo entero.

Yo la observaba desde la orilla de la cama. Estaba de espaldas, subiéndose un cachetero de encaje oscuro por las piernas. La tela del calzón se estiró al máximo y apenas logró cubrir la mitad de su culazo, perdiéndose entre la abundancia de sus nalgas blancas y apretadas.

—Te ves preciosa, Regina, no sé de qué gordura hablas.

Mi esposa siempre tenía ese complejo de gordura metido en la cabeza. Se martirizaba pensando que estaba pasada de peso, pero la verdad era muy distinta. Regina no estaba gorda; era una hembra de caderas anchísimas, piernuda, de carnes pesadas y firmes. Una gordibuena en toda la regla.

Su piel era de un blanco lechoso, impecable, un lienzo que siempre me recordaba lo increíblemente rosados que eran sus pezones inmensos y los labios de su vagina cuando se abría de piernas para mí en la cama.

—Eso dices porque me quieres, mi amor.

—Es en serio, mujer, estás preciosa así como estás.

Tomó unas medias transparentes de la silla y comenzó a desenrollarlas por sus pantorrillas, subiendo el nylon oscuro por esos muslos gruesos que tanto me calentaban. Se calzó unos tacones ejecutivos negros, altos, de los que hacían sonar el piso.

Al ponerse de pie, sus piernas cobraron una tensión espectacular. Se giró a mirarme un segundo. Tenía un rostro ovalado precioso, con las mejillas naturalmente chapeadas y unos ojos grises que siempre te escrutaban con severidad, evaluándote de arriba abajo.

Agarró su brasier oscuro del tocador, se lo acomodó por el frente recogiendo sus pesados pechos y se dio la vuelta otra vez, dándome la espalda.

—Jálame los tirantes un poco más arriba, Marco, por favor —me pidió.

Yo pasé mis dedos por su piel tibia y tiré de las tiras elásticas. Ella echó los hombros hacia atrás, con esa postura estricta que siempre tenía.

—Apriétalo en el último ganchito —añadió, soltando un sonido impaciente—. Ando ovulando y traigo los pezones hipersensibles. Te juro que hasta el roce del algodón de la blusa me duele hoy.

Hice lo que me pidió. Al abrochar la tira de encaje, la tela recogió la pesadez inmensa de sus pechos.

A esa actitud suya, de contadora pública responsable y seria, siempre creí que le hubiera correspondido un cuerpo plano, aburrido.

Pero la naturaleza se había empeñado en ponerle a mi esposa una figura espectacular.

Treinta y tres años, curvas por todos lados, y unas tetazas inmensas que en ese momento se desbordaban por los bordes de las copas del sostén, apretadas, formando un escote profundo.

Se giró hacia mí. Su cara guapísima mantenía la mirada dura de quien lleva los problemas de la casa en la cabeza.

—No te quedes ahí viéndome las tetas, Marco. Tenemos que hablar de la casa —dijo ella, tomando su blusa de la cama—. El contador del banco me llamó ayer a mi celular. Nos faltan quince mil pesos para la hipoteca de este mes. Y tú apagaste el teléfono.

—Estaba en cierre de mes, no me dejaban salir del sistema —me excusé, ajustándome los lentes.

Yo era un tipo normal, tirándole a delgado, de un metro setenta y tres.

Frente a semejante hembra con tacones, a veces me sentía un adolescente—.

El depósito de mi quincena cae el jueves.

Con eso y lo tuyo cubrimos casi todo, y podemos pagar los recargos después.

Regina metió los brazos por la blusa y empezó a abotonarla. La tela se estiró al máximo sobre sus senos, amenazando con botar los botones.

—Eso no me sirve, corazón —dijo. Su enojo no era por pelear, sino por puro estrés—.

Lidio con las cuentas de gente forrada de dinero todo el maldito día en el despacho.

Gente que se gastan quince mil pesos en una cena de fin de semana.

Y llego aquí a hacer cuentas para saber si libramos la casa.

Necesito certezas, Marco. Eres mi esposo, somos un equipo, ayúdame a resolver esto.

—Voy a hablar con el jefe de proyectos llegando a la oficina —le aseguré, tratando de sonar firme—. Voy a pedirle que me asigne las horas extras de los recursos que van a bajar del gobierno. Seguro me da el proyecto.

Regina suspiró, acercándose a mí. Me acomodó el cuello de la camisa azul y me dio un beso rápido en los labios. Suavizó un poco la mirada.

Nos amábamos muchísimo. Compartíamos los gastos, nos preocupábamos el uno por el otro. Era una mujer severa en sus formas, sí, pero sumamente cariñosa, fiel, decente, de valores muy fuertes.

—Hazlo, mi amor. Te lo ruego. Consigue ese dinero —dijo, tomando su bolso—. Ya me voy, el camión pasa en diez minutos.

—Te llevo en el carro.

—No, la ruta me deja a media cuadra. Gastaríamos gasolina a lo tonto yendo hasta el centro. Guárdate ese viaje. Nos vemos en la noche.

—Te amo, Regi.

—Yo te amo más, cielo.

Salió del cuarto. Me quedé viendo cómo se alejaba por el pasillo de nuestra casa.

Su caminar hacía sonar los tacones contra el piso.

Llevaba una falda de tubo gris que parecía a punto de reventar con la redondez de su culazo.

Cada paso que daba era un rebote pesado, carnoso, hipnótico.

La reja de la entrada sonó y me quedé solo en la casa.

Solté el aire. Noté que la verga se me había empezado a poner dura.

Acomodé mis cosas, agarré mi portafolio y me subí a mi carro. El tráfico rumbo al centro era una pesadilla, como siempre. Mantuve las manos en el volante, frenando y acelerando a vuelta de rueda.

Y ahí, atrapado entre los cláxones y el humo del escape, mi cabeza empezó a carburar. Me puse a pensar en nosotros. En cómo habíamos llegado a este punto de estrés constante por el puto dinero.

Conocí a Regina hacía ocho años, en un curso de actualización fiscal, de esas pláticas aburridísimas. Yo la vi entrar al salón y me quedé como pendejo.

Llevaba un pantalón de vestir negro muy ajustado y una blusa blanca. Desde entonces ya tenía esa cara estricta, de estar siempre evaluando a todos, pero lo que me voló la cabeza fue su cuerpo.

Cuando caminaba buscando asiento, ese culazo redondo y compacto rebotaba llamando la atención de todos los contadores del lugar.

Fui el único que se atrevió a hablarle. Le invité un café en el receso.

Yo era un tipo callado, discreto, y creo que eso fue exactamente lo que le gustó.

Me confesó tiempo después que estaba harta de los machos arrogantes y aventados que se la querían coger a la primera de cambio tratándola como un trozo de carne.

Conmigo se sintió segura. Yo le parecí un tipo estable, que la respetaba, que no le iba a dar problemas.

Nos enamoramos rápido. Descubrí que debajo de esa coraza de mujer estricta y calculadora había alguien muy apasionada, pero súper decente.

Nos casamos hace cinco años. Compramos la casa pequeña pero bonita con un crédito a veinte años y, sin darnos cuenta, la vida de adultos nos fue tragando.

Las deudas, los pagos del carro, el cansancio crónico.

El sexo seguía siendo rico, pero tradicional.

Cualquiera pensaría que tener a una mujer así en casa, de ojos grises, tan guapa, tan fiel y con semejante cuerpo, me haría el hombre más seguro del mundo. Pero no. Yo tenía una puta fijación en la cabeza desde hacía tres años.

Leía relatos de cornudos en internet. Historias de cuckold.

Mientras esperaba el verde del semáforo, mi mente imaginó a Regina.

A mi esposa estricta y recta. La imaginé en un cuarto de hotel caro, de esos que cuestan nuestros quince mil pesos la noche.

La imaginé desnuda, abierta de piernas, con sus muslos gruesos temblando mientras un cabrón de verdad, un tipo grande, de brazos anchos y mucho dinero, se ponía encima de ella.

Imaginé a ese macho aplastando esas tetazas enormes con el pecho, agarrándola del pelo, destrozando toda esa decencia mujer casada, metiéndosela hasta el fondo de su coño mientras ella rogaba que se la cogieran más duro.

Y en mi fantasía, yo estaba ahí. Sentadito en una silla en la esquina. Callado. Viendo cómo un hombre superior se follaba a mi mujer, y ella jadeando, a cuatro patas, con las tetas enormes botando de un lado a otro.

Y me masturbaba.

Ese puto contraste, esa idea de verla perdiendo el pudor con alguien mejor que yo, me volvía loco.

Llegué al edificio. Trabajábamos bajando recursos del gobierno. Éramos una empresa consultora privada pequeña, apenas veinte empleados repartidos en el piso. Me senté en mi módulo, encendí la computadora y empecé a cruzar las malditas hojas de cálculo del día.

A las nueve con cuarto, la oficina entera se quedó muda. El ruido de los teclados de Claudia, de Rodrigo, de todos los analistas, se apagó.

David acababa de entrar.

Era el jefe de proyectos. Tenía treinta y ocho años y unos ojos verdes clarísimos. El tipo medía más de uno noventa metros. Estaba rapado, fuerte, más de cien kilos de puro músculo bien acomodado en un traje a la medida, siempre con los primeros botones de la camisa abiertos.

Caminaba poderoso, seguro de sí mismo. Era el típico macho alfa cabrón. Tenía pasta, un penthouse a las afueras de la ciudad, carros de lujo y tres hijos con ex esposas diferentes. Era un mujeriego empedernido que se cogía a quien quería en la oficina y las botaba después.

Su actual adquisición era Rubí, la silicona de la oficina.

David pasó caminando por el pasillo central, se detuvo a ver mal a un empleado nuevo, se burló de él en silencio y se encerró en su oficina privada de cristales templados.

A las once y media, la mayoría se paró al descanso. Yo me quedé en mi silla. Me sentía aburrido, tenso por lo del dinero. Me acomodé los lentes, asegurándome de que nadie estuviera cerca, y abrí una pestaña de incógnito. Me metí a un foro que ya me sabía de memoria. "todorelatos.com".

Busqué la sección de cornudos. Encontré una historia nueva: "La contadora sometida por tres sementales".