Capítulo 10 #4
Regina me miró esperando que bajara la cabeza.
Esperando el temblor en mi barbilla, la rendición a la que la tenía acostumbrada.
Pero algo en mí, esa pequeña chispa que había nacido al ver el fondo del abismo, no se apagó.
Al contrario. Al escuchar su propuesta asquerosa, la chispa se convirtió en una risa.
Una risa seca, vacía. Negué con la cabeza lentamente.
La sonrisa de suficiencia de Regina titubeó por un milisegundo.
—¿De verdad crees que me importa tu puto dinero, Regina? —le dije, mirándola directo a los ojos con una calma que me sorprendió a mí mismo.
—Marco, no seas estúpido. Te estoy ofreciendo una salida, un sueldo...
—Me estás ofreciendo ser tu perro, y yo ya rompí la correa —la corté, dando un paso hacia ella, sin importarme invadir su espacio de vicepresidenta—. El divorcio es real, Regina. Quédate con las deudas. Quédate con la casa.
—¡Era broma lo que te dije, mi amor…! —dijo de pronto—. ¡Sería incapaz de dejarte en la calle, y lo de la hipoteca y eso…! ¡Pensé que si te lo decía así… tú… tú!
—Te repito que te quedes todo si quieres. Te lo regalo. Que el banco me embargue, que me quiten hasta la ropa que traigo puesta. Me voy a ir a dormir a la calle si es necesario... pero no voy a seguir casado con una puta.
La palabra cortó el aire de la oficina de cristal como un latigazo. Regina abrió los ojos desorbitados. El hielo negro de su mirada se resquebrajó de golpe.
—¿Pero qué dijiste? —susurró, perdiendo toda la postura corporativa.
—Que no quiero estar casado con una ramera —repetí, pronunciando cada sílaba con asco—. Que mis abogados te van a buscar mañana mismo. Eres libre. Ya no soy tu escudo. Ya no soy tu marido. Eres toda suya, para que te coja en los escritorios, en los baños, donde quiera. A mí me das asco.
Me di la media vuelta hacia la puerta. La vi tan rota, tan pequeña de repente, que la victoria me supo a hierro en la boca. Ella había pensado que siempre tendría el poder de retenerme, que siempre sería su puerto seguro al cual volver cuando la brutalidad de David se terminara.
—¡Marco, espera! —gritó ella.
El tono de su voz me detuvo a un metro de la salida. Ya no era la jefa dictando órdenes. Era un chillido desesperado.
David, desde su escritorio, se rio por lo bajo.
—Déjalo que se vaya, mi reina. Ya encontraremos otro asistente que limpie tu desastre.
Esa burla de David fue el detonante. Regina se giró hacia él, con el rostro desfigurado por el pánico, y le soltó un grito que hizo eco en los ventanales:
—¡Cállate, David! ¡Cállate y salte de aquí! ¡Déjame hablar a solas con mi marido!
David borró su sonrisa de golpe. Enarcó una ceja, visiblemente sorprendido de que su "perra" le estuviera ladrando, pero levantó las manos en señal de rendición, tomó su saco del respaldo y caminó hacia la puerta, pasando junto a mí con una mirada enigmática antes de cerrar el cristal a sus espaldas.
Nos quedamos solos.
Regina corrió hacia mí. Sus tacones de suela roja tropezaron torpemente en la alfombra. Me agarró por las solapas del saco con las manos temblorosas. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, arruinando el maquillaje impecable que se había hecho esa mañana.
—Marco... Marco, no... por favor. No me hagas esto —me rogó, con la voz ahogada en llanto—. Tú y yo prometimos...
—Tú rompiste todas las putas promesas, Regina. No me toques.
La empujé por los hombros, deshaciéndome de su agarre. Regina trastabilló hacia atrás. La desesperación le carcomió el orgullo por completo. La imponente Vicepresidenta de Operaciones, la mujer que acababa de ofrecerme lavar sus condones usados, se dejó caer.
Se arrodilló frente a mí. La falda de tubo burdeos se le subió torpemente por los muslos, su blusa de seda se arrugó, pero a ella no le importó. Me abrazó de las rodillas, enterrando la cara contra mis pantalones de oferta, llorando con sollozos roncos, miserables.
—¡Perdóname! ¡Por Dios, Marco, perdóname!
—berreaba desde el suelo, apretándome las piernas—.
¡No me dejes! ¡Yo te amo! ¡Todo esto fue un error, me dejé llevar, me cegó el dinero, el sexo…
me cegó él! ¡Pero tú eres mi esposo! ¡Tú eres el hombre de mi vida, no me puedes dejar sola con él! ¡Marco, reconsidéralo, te lo suplico!
Miré hacia abajo. Vi su cabello revuelto, vi el chupetón oscuro en su cuello asomándose por la seda. Vi a la mujer que había destrozado mi alma suplicando por las migajas de mi presencia. Era una imagen profundamente humillante para ella. Se estaba arrastrando.
Y no sentí compasión. Sentí asco.
—Mírate —le dije con frialdad—. Eres patética.
Junté saliva en la boca. Sentí el sabor agrio de los últimos días en la garganta. Regina levantó la cara hacia mí, con los ojos rojos, escurriendo lágrimas y rímel, esperando escuchar un perdón.
Le escupí.
El escupitajo le dio de lleno en la mejilla izquierda. El impacto húmedo la hizo parpadear, pasmada. La saliva escurrió despacio por su piel perfecta.
Regina se quedó congelada, de rodillas, con las manos sueltas a los costados.
El llanto se le cortó de tajo. Levantó una mano temblorosa y se limpió la mejilla con los dedos, mirando su propia piel como si no pudiera creer la humillación absoluta que acababa de recibir del hombre al que consideraba inferior.
Y entonces, el dolor en su rostro se transmutó en una furia pura, demoníaca.
Se puso de pie de un salto, respirando por la boca, temblando de rabia.
—¡Hijo de puta! —me escupió, señalándome con un dedo tembloroso, mientras las lágrimas de coraje le quemaban los ojos—. ¡Las vas a pagar, Marco! ¡Te juro por Dios que te vas a arrepentir de haberme tratado así!
—Haz lo que quieras, Regina. Ya no me puedes lastimar más.
—¡Claro que puedo! —gritó, con una sonrisa desquiciada, venenosa—.
¡Porque me amas! ¡Eres un idiota miserable que está enamorado de la puta de su mujer!
¡Ese va a ser tu castigo para toda la vida, Marco!
¡Te vas a ir, te vas a morir de hambre, pero nunca vas a dejar de amarme!
¡Vas a pensar en mí cada maldita noche cuando te vayas a dormir a tu cuarto de azotea, imaginando cómo me están follando aquí!
La miré sin expresión alguna. Su veneno ya no me inyectaba miedo. Solo me daba lástima.
—Espero no volver a verte en mi puta vida, Regina. Adiós.
—¡Marcoooo!
Me di la media vuelta, abrí las puertas de cristal de la oficina y salí al pasillo corporativo, dejando a mi esposa sola, gritando mi nombre entre lágrimas y maldiciones, atrapada en su jaula de oro y cristal.
Caminé por el pasillo con la frente en alto. Los murmullos a mi alrededor ya no importaban. El peso de mi pecho había desaparecido.
Al llegar a las puertas del ascensor, pulsé el botón de bajada. Las puertas se abrieron, pero antes de que pudiera entrar, una mano grande y pesada se apoyó en el marco de acero.
Era David.
Estaba parado ahí, con las manos en los bolsillos del pantalón, observándome con una mezcla extraña de respeto y diversión torcida.
—Te juro que no esperaba esto, Marco... —me dijo en voz baja, casi en un susurro íntimo—. Ni lo busqué de esta forma.
Lo miré a los ojos verdes. Ya no era mi jefe. Ya no era mi torturador. Solo era un hombre que se acababa de quedar con mi problema.
David esbozó una sonrisa lenta y ladeó la cabeza hacia el pasillo donde la oficina de Regina seguía cerrada.
—Pero después de todo... —añadió, encogiéndose de hombros con satisfacción pesada— al final sí terminé siendo el dueño de tu mujer.
—Toda tuya —le respondí—, como dicen por ahí… el que se la queda pierde…
Entré al elevador. Las puertas se cerraron frente a la cara de David, cortando su sonrisa, cortando a la empresa, y cortando los cinco años de matrimonio que me habían traído hasta aquí.
Por primera vez en meses, respiré.