Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Epílogo
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Epílogo

Las semanas que siguieron a mi renuncia no fueron una liberación.

Quien diga que tocar fondo te da un impulso automático para salir a la superficie, miente.

Tocar fondo es solo el principio del ahogo, el momento en que el agua entra por la nariz y los pulmones se llenan de desesperación mientras el cuerpo se debate entre la resistencia y la rendición.

Me fui a vivir a un cuarto que renté por tres mil pesos al mes cerca del metro Observatorio.

Era un cajón de bloques de cemento sin pintar, con una cama individual cuyo colchón olía a humedad y a polvo acumulado durante años.

No tenía trabajo, me quedaba muy poco dinero en la cuenta y el banco ya había empezado a llamarme por los atrasos en las tarjetas de crédito y la hipoteca.

Pero el verdadero infierno no era financiero.

Estaba en mi bolsillo. En la pantalla del celular, que se había convertido en mi verdugo personal.

David no iba a soltarme tan fácil. Al tercer día de haberme largado de la oficina, la pantalla de mi teléfono se encendió con una notificación de WhatsApp. David había activado el antiguo grupo que había llamado "Dueño de tu mujer".

Lo leí dos veces, sintiendo cómo el estómago se me retorcía como si me hubieran dado un puñetazo en el plexo solar.

El primer mensaje fue una foto. Regina, tirada bocarriba en la alfombra de la oficina de David, con la falda de tubo subida hasta la cintura, las piernas abiertas de par en par, los muslos temblorosos y la verga de mi exjefe enterrada hasta el fondo en su coño.

Ella miraba a la cámara sacando la lengua, con el maquillaje corrido por el sudor y las lágrimas, y un collar de perlas que David le había puesto en el cuello como si fuera un trofeo.

Sus ubres, grandes y pesadas, se movían con cada embestida, y sus manos, con las uñas pintadas de rojo, se aferraban a los brazos del sillón de cuero negro.

El texto abajo decía: "Tu lugar en la empresa ya lo ocupa mi verga, cornudo. ¿O creías que te ibas a escapar así nomás?".

No bloqueé el número. No me salí del grupo. Mi mente, podrida por meses de sumisión, me obligó a quedarme. Quería ver. Necesitaba ver. Era una adicción enferma, como si mi propia miseria fuera la única cosa que me mantuviera con vida.

Cada notificación resultó un dolor en mi pecho, pero también una confirmación de que, de alguna manera, aún existía en el mundo de ellos. Y eso, aunque me destruyera, era preferible a la nada.

Durante las siguientes cuatro semanas, el grupo se convirtió en la bitácora gráfica de la degradación absoluta de mi esposa. Todos los días, a veces a media tarde, a veces en la madrugada, el celular vibraba sobre la mesa de madera de mi cuarto.

Yo me sentaba en la orilla de mi cama individual, en ese espacio asfixiante donde el calor del día se mezclaba con el frío de la noche, y abría los videos. No podía evitarlo. Era como si mis dedos tuvieran voluntad propia.

El primer video fue de Regina arrodillada frente a Rodrigo en los baños del corporativo. Ella le tenía la verga en la mano, lamiendo la punta con la lengua, mientras él le agarraba el cabello con fuerza, obligándola a profundizar.

Se le veían las lágrimas en los ojos, pero no se quejaba. Al contrario, gemía como si disfrutara cada segundo de humillación.

Rodrigo, con los pantalones bajados hasta los tobillos y la camisa blanca arremangada, le azotaba la cara con su miembro antes de empujarle la cabeza hacia adelante.

“Trágatelo todo, perra. No dejes ni una gota", le decía, mientras ella obedecía, con la garganta hinchada y los labios brillantes de saliva.

Al final, cuando él se corrió, ella se quedó con la boca abierta, dejando que el semen le escurriera por la barbilla y el cuello, sin atreverse a limpiarse.

El video terminaba con Rodrigo dándole una palmada en la mejilla.

"Buena perra", le decía, antes de subirse el zipper y salir del baño, dejando a Regina en el piso, tosiendo y escupiendo los restos de su orgasmo.

Pero eso fue solo el principio.

Poco después, David empezó a mandar material más elaborado. Videos de ella participando en tríos con gerentes de otras áreas, dejándose usar como una puta por hombres que ni siquiera conocía.

En uno, Regina estaba sentada en una mesa de juntas, completamente desnuda, con las piernas abiertas y un tipo de Recursos Humanos follándola por el culo mientras otro, de Finanzas, le metía los dedos en la boca.

David, sentado en la cabecera de la mesa con una copa de whisky en la mano, observaba la escena con una sonrisa de satisfacción.

"A ver, Regina, demuéstrales a estos cabrones cómo se trabaja en equipo", decía, mientras ella gemía, con los ojos vidriosos y la piel brillante de sudor.

El video duraba casi cinco minutos, y en él se veía cómo los hombres la pasaban de uno a otro, penetrándola por todos lados, mientras David se masturbaba lentamente, sin prisa, como si el espectáculo fuera solo para él.

Otra vez, el mensaje que acompañaba el video era claro: "Tu esposa es una puta, Marco. Y lo peor es que le encanta".

Pero el golpe más fuerte llegó una noche, cuando David mandó un video de casi diez minutos. Era una orgía en un motel de paso por la salida de la ciudad. La habitación tenía paredes con espejos y una cama redonda cubierta con sábanas de satín negro.

Regina estaba en el centro, rodeada por cinco hombres.

Se la turnaban. Le escupían en la cara. La penetraban por todos los agujeros mientras ella gemía con una voz ronca, ronca por el alcohol, el cansancio y el exceso.

En un momento, uno de los tipos le agarraba las ubres con fuerza, apretando los pezones entre sus dedos, mientras otro le azotaba el culo con la mano abierta, dejando marcas rojas en su piel blanca.

Regina gritaba. Gemía. Y no parecía asustada.

Al contrario, parecía disfrutarlo, como si el dolor fuera parte del juego.

David, que estaba filmando, se acercaba a veces para hablarle al oído.

"Eres mi putita, Regina. Mi putita personal", le susurraba, mientras ella asintió con la cabeza, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.

En otro fragmento del video, Regina estaba de rodillas, con la espalda arqueada y las manos apoyadas en el colchón, mientras dos hombres la penetraban al mismo tiempo: uno por el coño y otro por el culo.

Sus gemidos eran guturales, animales, como si ya no fuera una persona, sino un objeto de placer.

"¡Más fuerte, cabrones! ¡Quiero sentir cómo me rompen!

", gritaba, mientras los hombres la embestían con una brutalidad que hacía temblar la cama.

David, que seguía filmando, se acercaba para mostrar en primer plano cómo el coño de Regina se dilataba con cada embestida, cómo el lubricante y el sudor se mezclaban en su piel.

"Mira esto, Marco. Mira cómo tu esposa se deja usar como la zorra que es", decía su voz en off, mientras la cámara se detenía en los detalles más crudos: los labios vaginales hinchados, el ano rojizo y dilatado, el sudor que le caía por la espalda.

Y yo, en la oscuridad de mi cuarto, con el celular en una mano y mi verga en la otra, me masturbaba.

Lloraba mientras lo hacía. Lloraba de asco, de impotencia, de odio hacia mí mismo.

Mi mano se movía mecánicamente sobre mi entrepierna, con una lujuria que no podía controlar, mientras mis ojos se clavaban en la pantalla, viendo cómo la mujer con la que me casé por la iglesia era reducida a un pedazo de carne pública.

Terminaba manchando las sábanas de mi cama, con la respiración rota y el pecho doliéndome como si me hubieran pateado las costillas. Después, me quedaba allí, tendido, con el semen frío en el estómago y las lágrimas secas en las mejillas, preguntándome cómo había llegado a ese punto.

Pero al día siguiente, cuando el celular vibraba de nuevo, repetía el ritual. Era una espiral de la que no podía escapar.

En otra ocasión, David mandó una serie de fotos. En una, Regina estaba atada a una silla de oficina, con las piernas abiertas y los brazos amarrados detrás del respaldo. Tenía los ojos vendados y la boca amordazada con una corbata de seda.

Dos hombres, uno a cada lado, le metían los dedos en el coño y en el culo al mismo tiempo, mientras un tercero le azotaba los ubres con un cinturón.

En otra foto, estaba colgada de una barra en el techo, con las manos atadas y el cuerpo suspendido en el aire, mientras un tipo le follaba la boca desde abajo. Su cara estaba roja por el esfuerzo de mantener el equilibrio, y el semen le goteaba por la barbilla.

La última foto de la serie era la más humillante: Regina, arrodillada en el piso de la oficina de David, con la cabeza agachada y el culo en alto, mientras él le escupía en el culo antes de penetrarla. El texto que acompañaba las imágenes decía: "Tu esposa sabe cuál es su lugar, Marco. ¿Y tú?".

Pero en la quinta semana, el ritmo de los mensajes bajó.

Los videos dejaron de llegar a diario. Pasaron tres días de silencio absoluto.

Tres días en los que me sentí como un adicto en abstinencia, revisando el celular cada cinco minutos, esperando que vibrara.

Cuando no lo hacía, me sumía en una ansiedad peor que la humillación misma.

El jueves por la noche, el celular vibró con un mensaje de texto de David. Solo texto.

"Marco. Tienes que venir a la oficina. O a mi casa. Donde quieras."

No respondí. A los diez minutos, entró otro.

"Contesta, imbécil. Te estoy hablando en serio. Necesito que regreses, aunque sea solo a mirar. A sentarte en la silla. Te pago el doble de tu sueldo de analista. Pero vuelve. Sin ti, esto no tiene gracia."

El tercer mensaje, que llegó a las tres de la mañana, me dio la respuesta a su desesperación.