Capítulo 10 #3
Me acerqué un par de pasos, instintivamente.
—Maca... —susurré.
Ella dio un respingo, tirando un portarretratos al suelo. El cristal se hizo añicos. Era una foto de ella con Evaristo en un parque.
Maca levantó la cabeza. Al ver que era yo, se quitó los lentes de sol de un tirón.
Me encogí al verla. Tenía un hematoma espantoso alrededor del ojo izquierdo, verde y amarillento, y el labio inferior partido, costroso.
Pero no era el golpe físico lo que aterraba; era el vacío en sus ojos. Había perdido el alma.
—¿Qué quieres, maldito chismoso? —escupió ella, con una voz ronca, raspada.
—¿Qué te pasó? ¿Fue Evaristo? —pregunté, horrorizado.
Maca soltó una carcajada seca, desquiciada, que hizo que varios compañeros de los cubículos vecinos se asomaran.
—¿A ti de verdad te importa, cabrón metiche y entrometido?
—se rió, pasándose la mano por el cabello—.
Evaristo me mandó a la mierda ayer en la noche.
Llegó a mi departamento, me tiró el anillo de compromiso en la cara, me escupió y me dijo que se cancelaba la boda.
Me dijo que sabía todo. Todo, Marco. Y sé que fuiste tú. Sé que tú abriste la maldita boca.
—Maca, la verdad… era justo que él lo pusiera… no lo merecía… no merecía casarse con una mujer como tú.
—¡Eres una mierda de persona, Marco!
—¡Lo soy a mi manera, por haberle ocultado algo tan horrible! Pero no me culpes de tus puterías. ¡No fui yo quien se estaba revolcando con Rodrigo a días de casarme!
—¡Tú me destruiste! —gritó ella, sin importarle que todo el piso estuviera escuchando—.
¡Yo solo quería sobrevivir aquí adentro!
¡Y ahora Evaristo me odia! ¡Y Rodrigo...
! —Maca se tragó un sollozo, apretando los puños—.
Fui a buscar a Rodrigo hoy en la mañana.
Fui a decirle que ya no tenía a nadie, que solo lo tenía a él. ¿Y sabes qué hizo tu amiguito?
Negué con la cabeza, paralizado por la exposición pública.
—¡Me dijo que me fuera, que él no quería nada conmigo, que sólo estaba para divertirlo!
¡Le pegué, pero él también me empujó! —dijo Maca, señalándose el ojo morado, con las lágrimas escurriéndole por las mejillas—.
Me dijo que yo era una perra aburrida, que el chiste era cogerme mientras fuera la prometida del imbécil de Evaristo.
Y que como ya estaba soltera, ya no le servía ni para limpiarse los zapatos.
Me transfirió a la sucursal de no sé dónde, fuera de esta oficina, Marco.
A bodega. Perdí todo. Por tu puta culpa.
La gente a nuestro alrededor murmuraba.
—¡La culpa es tuya, por ser una hija de puta! —le grité.
Maca agarró su bolsa de plástico, llena de plumas y cosméticos, y me empujó con el hombro al pasar junto a mí.
—Ojalá te pudras, cornudo de mierda. Tú y tu esposa la ramera.
El insulto quedó ahí. Nadie hizo ademán de trabajar. Todos me miraban.
El plan de la dignidad se me estaba escapando de las manos, pero me aferré a la rabia. Apretones de mandíbula. Espalda recta. Y entonces me dirigí a la oficina de David.
Las puertas de cristal de la oficina de David estaban cerradas.
La asistente de dirección no estaba en su lugar.
No me importó. No iba a esperar a que me anunciaran.
Empujé la puerta doble con las dos manos, entrando como una exhalación, listo para soltar la carta sobre el escritorio de cristal y largarme.
Pero la imagen que me recibió frenó mi impulso en seco, como chocar contra un muro de concreto.
La oficina era inmensa, bañada por la luz de la mañana que entraba por los ventanales panorámicos. David estaba sentado en su sillón ejecutivo de cuero negro, recargado hacia atrás, con las manos entrelazadas sobre su abdomen, fumando un cigarrillo electrónico.
Y sobre el borde del escritorio de cristal, sentada con las piernas cruzadas de manera espectacular, estaba Regina.
Mi esposa.
No era la Regina oficinista que yo conocía. Llevaba un traje sastre de falda de tubo color burdeos, de una tela carísima que se ajustaba a su cadera como una segunda piel.
La blusa era de seda negra, desabotonada estratégicamente para mostrar el nacimiento de sus senos y el collar de diamantes finos que descansaba en su clavícula.
Llevaba unos tacones Louboutin de suela roja, afilados, que jamás habíamos podido pagar con nuestras tarjetas. Estaba radiante. Poderosa. Intimidante.
Al abrirse la puerta, Regina detuvo la pluma estilográfica con la que estaba revisando unos documentos. Levantó la vista. Me miró de arriba abajo, escrutando mi traje de oferta, mi ojo morado y mi postura rígida.
Su rostro no mostró sorpresa, ni culpa, ni siquiera lástima. Solo mostró un profundo, absoluto y gélido aburrimiento.
—Al fin te apareces, Marco —dijo ella, con una autoridad corporativa que me heló la sangre—. Yo sabía que ibas a venir… arrepentido… y aquí estoy, mi amor…sólo que…
—Cállate, que no vine contigo —le dije mi aun esposa.
Ella cerró la boca asustada por mis palabras y abrió los ojos como plato.
David ni siquiera se movió. Sopló una nube de vapor y sonrió de lado.
—¿Qué has dicho, Marco?
—Déjalo, mi amor. Seguro viene a pedir disculpas por faltar cinco días sin justificante médico.
Tragué el nudo de arena que tenía en la garganta. Caminé los cinco metros que me separaban del escritorio. Abrí mi portafolio, saqué el sobre blanco y lo azoté sobre el cristal, justo a centímetros del muslo cruzado de Regina.
—No vengo a pedir disculpas —dije, tratando de que la voz no me temblara—. Vengo a entregar esto. Renuncio, como te dije el otro día. Me largo. Se acabó el juego.
David enarcó una ceja. Se inclinó hacia adelante y apagó el cigarrillo electrónico en un cenicero.
—¿Una renuncia? Qué dramático.
Regina bajó la pluma. Tomó el sobre blanco con sus dedos de uñas perfectamente manicuradas en rojo carmesí. Lo abrió despacio, sacó la hoja impresa y la leyó en silencio. Mientras leía, una sonrisa diminuta, casi imperceptible, se dibujó en la comisura de sus labios.
—"Renuncia irrevocable" —leyó en voz alta, con un tono burlón—. Qué bonito redactas, Marco. Siempre fuiste bueno para los formatos de Word.
—No permitiré que te sigas burlando de mí, Regina. Ya no. Firma de recibido o métetela por donde quieras, incluido tu culo, que tanto te gusta, pero yo me voy. Y el departamento... quédatelo. Vende mis cosas, tíralas a la basura, me da igual. Voy a pedir el divorcio esta misma semana.
La habitación quedó en silencio. Esperaba que David se pusiera furioso. Esperaba que Regina llorara o me rogara por el qué dirán (un divorcio siempre es un escándalo). Pero en lugar de eso, Regina y David intercambiaron una mirada de complicidad, y luego, mi esposa soltó una carcajada.
Una risa abierta, cristalina, cruel.
—Es otro de tus berrinches, mi amor… por favor, no seas tan… testarudo.
Regina se bajó del escritorio, alzándose en sus tacones de diez centímetros, y caminó lentamente hacia mí.
El perfume caro que emanaba de su cuello se mezclaba con el aroma a madera y poder de la oficina de David.
Se paró frente a mí, tan cerca que pude ver el chupetón oscuro en su cuello, apenas cubierto por el cuello de seda de la blusa.
—¿Tan poca cosa te parezco, Regina… que piensas que esto es sólo un puto berrinche?
Levantó mi carta de renuncia a la altura de mis ojos.
—Te explico cómo funciona el mundo real, mi amor —dijo, usando ese "mi amor" como un cuchillo—.
Si renuncias hoy, renuncias voluntariamente.
Eso significa cero liquidación. Tienes exactamente tres mil pesos en tu cuenta de nómina.
Las tarjetas de crédito, las cuales están a tu nombre, están al tope...
El departamento... tienes razón, me lo voy a quedar yo, pero la hipoteca la sacaste tú como titular solidario.
Si te sales y no pagas, el banco te va a embargar el sueldo del próximo trabajo miserable que consigas, si es que consigues uno con las referencias que David va a dar de ti.
El aire se me escapó de los pulmones. La realidad financiera me golpeó en la cara más fuerte que el puño de Evaristo. Era cierto. Ella lo sabía. Todo estaba a mi nombre. Yo era el escudo crediticio de nuestro estilo de vida.
—Te vas a quedar en la calle, Marco. Con una deuda de millones, vetado en el sector, y durmiendo en un cuarto de azotea. Todo por tu "dignidad".
Regina tomó la hoja por los bordes. Con un movimiento seco, la rompió por la mitad. Luego la juntó y la volvió a romper. Los pedazos cayeron como confeti sobre la alfombra gris de la oficina.
—Pero no te preocupes —continuó ella, con una voz suave, sádica—. David y yo no te vamos a dejar morir de hambre. Hemos pensado mucho en ti estos días.
Regina miró a David. El director asintió, abriendo una carpeta en su escritorio.
—Regina acaba de ser nombrada Vicepresidenta de Operaciones Comerciales, Marco —anunció David, con voz profunda—. Efectivo a partir de hoy. Y como Vicepresidenta, necesita un asistente ejecutivo de absoluta confianza. Alguien que conozca sus... necesidades.
Regina volvió a fijar sus ojos en mí. Eran dos pedazos de hielo negro.
—Te acabo de transferir a mi departamento.
Oficialmente, desde este momento, yo soy tu jefa directa.
Y vas a hacer exactamente lo que yo te ordene.
Vas a archivar mis papeles, vas a organizar mis juntas, y vas a limpiar esta oficina después de que David y yo terminemos de coger sobre este escritorio.
Vas a ir por mi café, por los condones, vas a lavar mi ropa interior cuando se manche, y te vas a tragar tu orgullo, porque es la única forma en que vas a sobrevivir.
Estaba paralizado. El horror de lo que proponía era de manual. Ser su empleado. Su esclavo corporativo y personal. Verla pasearse con el poder total sobre mi nómina y sobre mi vida. Era la destrucción definitiva de cualquier rastro de hombría.