Capítulo 10 #2
Me levanté del sillón, apestando a sudor y alcohol, con la ropa arrugada y una barba de cinco días. Caminé arrastrando los pies hacia el auricular de la pared. Mi corazón dio un vuelco ridículo. Es ella, pensé. Se dio cuenta. Vino a buscar sus cosas. Vino a hablar.
Descolgué el teléfono.
—¿Bueno? —dije, con la voz rasposa.
—Marco... soy Evaristo. Abre, por favor. Necesito hablar contigo.
El golpe de decepción me mareó. Apreté el botón de la puerta principal y dejé el auricular colgado. Minutos después, escuché los nudillos de Evaristo golpear la puerta de mi departamento.
Cuando abrí, casi no lo reconozco. Si yo estaba mal, Evaristo parecía un fantasma. Tenía ojeras oscuras que le llegaban casi a los pómulos, la piel ceniza, y los ojos inyectados en sangre. Llevaba una chaqueta arrugada y temblaba un poco.
—Pasa —le dije, haciéndome a un lado.
Entró despacio, mirando el desastre de mi sala: botellas vacías, cajas de comida, ropa tirada. Se quedó de pie en medio del pasillo, frotándose las manos sudorosas.
—¿Dónde te habías metido, Marco? Llevo días marcándote. El celular manda a buzón.
—Se quedó sin batería. No quería hablar con nadie. ¿Qué quieres, Evaristo? No estoy para visitas.
Evaristo me miró fijamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, pero las retuvo con rabia.
—Todo el puto edificio lo sabe, Marco —soltó de golpe.
El estómago se me encogió.
—¿Saber qué? —balbuceé, haciéndome el desentendido.
—¡No te hagas pendejo conmigo! —gritó, su voz quebrando el silencio del departamento—. Lo de Regina. Resulta que es tu esposa, ¿por qué nunca lo dijiste?
—¿Entonces ya todos lo saben? —pregunté con un espasmo en el pecho.
—¡Obviamente sí! Y casi entiendo la razón por la que no te has parado ahí. ¡Todos en la empresa saben que es tu mujer, y que además es la perra personal de David! Y perdón que use la palabra perra… pero… ufff..
Me apoyé contra la pared para no caerme. El secreto, la burbuja perversa en la que habíamos vivido nuestra miseria, acababa de reventar frente al mundo real.
—¿Y… entonces? —insistí, con una debilidad que me daba asco.
—Y entonces nada. ¡Están en los grupos de WhatsApp, Marco!
¡Los de sistemas hackearon unas cámaras de seguridad del estacionamiento, o yo qué sé!
Hay fotos. Hay memes. Todo el mundo sabe que el director se la coge en la oficina.
Dicen... —Evaristo tragó aire, como si le doliera hablar—.
Dicen que tú sabes. Que se la ofreces para que no te corran.
En la cafetería se burlan de ti. Dicen que eres el cornudo oficial del edificio, que tú les vas a traer el café después de que se la tiran.
Cada palabra era un clavo en el ataúd de mi dignidad. No era solo la humillación privada; era la aniquilación pública. Era el hazmerreír de cientos de empleados. El cornudo. El eunuco de la oficina.
—Evaristo, por favor... no es así. Tú no entiendes cómo empezó esto, yo traté de...
—¡Me vale madres cómo empezó! —me interrumpió, dando un paso hacia mí, agarrándome por las solapas de la camisa arrugada—. ¡Si a ti no te importa, cómo quieres que a mí qué me importe tu pinche matrimonio! ¡Yo lo que quiero es saber cómo puedo ayudarte!
—¿Ayudarme, Evaristo…?
—¡A pesar de cómo me siento… con lo de Maca!
—¿Qué pasa con ella?
—Pues lo de siempre, pero ahora más… Maca está rara.
Fría. Se desapareció todo el fin de semana.
Me dijo que iba a ver a su tía a Cuernavaca, pero su hermana me marcó hoy preguntando por ella.
Me mintió, Marco. Y los rumores... en la oficina dicen que ella también está metida en esa porquería de las fiestas de los jefes.
¿Tú… sabes algo de eso? Dime que no es cierto.
Dime que mi Maca no tiene nada que ver con esto.
Lo miré a los ojos. Vi su desesperación, la misma desesperación que yo sentí la primera vez que vi a Regina mensajeándose con David. Vi al hombre bueno, al prometido ilusionado que ya tenía pagado el salón de bodas.
Y en un arranque de crueldad, de envidia pura, de esa necesidad enferma de arrastrar a alguien más al mismo infierno en el que yo me estaba quemando, solté la verdad.
—Tu Maca nos superó a todos, Evaristo.
—¿Qué? —Susurró.
—Que seguramente Maca no fue a Cuernavaca… porque ella estaba con Rodrigo.
—¿Qué? ¿De qué mierdas hablas?
—Que así como dices que Regina, mi esposa, es la “perra de David”, así también Maca es la perra de Rodrigo. Es su juguete.
A Evaristo por poco le explotan los ojos.
—¡Cállate, hijo de puta! ¡No hables así de ella!
—¡Es la verdad! —grité, sintiendo que la bilis me subía por la garganta—.
¡La vi con mis propios ojos, Evaristo! ¡La he visto arrodillada tragándose la verga de Rodrigo frente a todos, llorando al principio y luego rogándole por más!
¡El día del bar… aquella vez… cuando por la noche nos fuimos a la casa de Rodrigo…
desde entonces… y no sé si desde antes! ¡Tu prometida es una puta igual que mi esposa!
Evaristo se quedó congelado. El color abandonó su rostro por completo. Abrió la boca pero no salió ningún sonido. Retrocedió un paso, chocando contra el respaldo del sofá.
Negó con la cabeza, una, dos, tres veces.
—No... no, no, no... Maca no. Ella es buena. Ella me ama.
—Despierta, Evaristo. Nos usaron a los dos. Somos los pendejos de la historia.
De repente, la confusión en la cara de Evaristo se transformó en una furia ciega, quizás legítima.
No arremetió contra la pared ni contra el sofá; arremetió contra mí.
Me soltó un puñetazo directo al pómulo que me mandó al suelo.
El impacto me hizo ver estrellas, y el sabor a sangre inundó mi boca de inmediato.
—¡Eres un enfermo! —me gritó desde arriba, con lágrimas de pura rabia escurriéndole por la cara—. ¡Eres un maldito psicópata! ¡Viste todo eso y no hiciste nada! ¡Te quedaste ahí mirando cómo la usaban, mirando cómo destruían a tu propia mujer, y luego a la mía, y te quedaste callado!
Se limpió la nariz con el dorso de la mano, mirándome como si yo fuera una cucaracha aplastada en su zapato.
—Ellos son unos monstruos... pero tú, Marco... tú eres algo peor. Eres cómplice. Me das asco. ¡Se supone que yo era tu amigo!
—¡Lo siento… Evaristooo, por favor perdóname!
Pero él se dio la vuelta y salió del departamento, tirando la puerta con un golpe que hizo temblar los marcos de las ventanas.
Me quedé en el suelo, escupiendo sangre sobre el suelo. El silencio regresó, pero esta vez era más pesado. Las palabras de Evaristo resonaban en mi cabeza.
Me das asco. Cómplice.
Tenía razón. Había tocado el fondo más absoluto. No podía hundirme más.
Con un esfuerzo que me dolió hasta en los huesos, me levanté. Fui al baño, abrí la llave del agua fría y me lavé la cara. Me miré en el espejo. Tenía el ojo hinchado, un corte en el labio y la mirada de un hombre muerto.
Pero algo hizo clic. Una chispa minúscula de rabia fría, de supervivencia, se encendió en el vacío de mi pecho. Caminé hacia el estudio, encendí mi laptop y abrí un documento de Word.
Mis dedos volaron sobre el teclado, impulsados por una determinación que no sentía desde hacía años. Redacté el texto en menos de cinco minutos. Corto. Directo. Sin rodeos.
A quien corresponda: Por medio de la presente, presento mi renuncia irrevocable al puesto de Analista Senior...
La imprimí. La firmé con tinta negra. La metí en un sobre blanco.
No iba a regresar a ese matadero como el cornudo de la oficina. Iba a cumplir mi palabra, iba a ir, iba a entregar el papel, iba a vaciar mi escritorio frente a todos y me iba a largar.
Si Regina quería quedarse revolcándose en ese chiquero, que se quedara. Si el precio era perder el departamento, el coche y el matrimonio, lo pagaría. Pero iba a recuperar el control de mi vida.
Me pasé la noche entera sin dormir. Planché mi traje gris oscuro, lustré mis zapatos, preparé una caja de cartón pequeña para mis cosas.
En mi mente, ensayé el discurso cien veces.
Ensayé la mirada altiva que le daría a David, el desprecio silencioso que le lanzaría a Regina, la indiferencia con la que ignoraría los murmullos de los pasillos.
Iba a salir por la puerta grande. Con dignidad.
Lunes. 8:30 a.m.
Atravesar el lobby del edificio corporativo fue como caminar hacia la horca.
Todo estaba en mi cabeza, y a la vez, todo era real.
El guardia de seguridad de la entrada me pidió mi gafete.
Nunca me lo pedía. Mientras lo pasaba por el escáner, vi cómo se le escapaba una sonrisita torcida por la comisura de los labios.
—Adelante, licenciado —dijo, con un tono burlón que me quemó la sangre.
Entré al ascensor. Dos analistas de contabilidad subieron detrás de mí. Cuando se cerraron las puertas, el silencio fue sepulcral, interrumpido solo por el carraspeo de uno de ellos y un codazo discreto que creyeron que no vi a través del espejo del elevador.
Llegamos a mi piso. Mi área de trabajo.
Las puertas se abrieron. Agarré mi portafolio con fuerza, sintiendo el sobre blanco quemándome los dedos en el interior, y caminé por el pasillo principal.
Era cierto. Todo era cierto. El ambiente era distinto. Las miradas ya no eran de reojo; eran descaradas. Una asistente de dirección se tapó la boca para susurrarle algo a la recepcionista mientras yo pasaba.
El silencio que se hacía a mi paso era ensordecedor.
Firme, me dije a mí mismo. Solo vas a entregar la carta, agarras tus cosas y te largas.
Al doblar la esquina hacia el área de cubículos, me detuve en seco.
El escritorio de Maca estaba hecho un desastre. Papeles tirados por todos lados, cajones abiertos, una planta artificial volcada sobre el teclado. Y ahí estaba ella.
Llevaba unos lentes de sol enormes, oscuros, que le cubrían media cara, pero ni siquiera eso ocultaba la hinchazón de sus pómulos y la palidez mortuoria de su piel.
Tenía el cabello grasiento, recogido en un moño descuidado.
Estaba aventando sus cosas personales dentro de una bolsa de plástico transparente, sollozando con una respiración rota, asmática.