Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 10
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Capítulo 10

El viaje en taxi hasta mi casa fue un tránsito por el purgatorio. Quise dejarle el coche a mi mujer para que pudiera volver sin necesidad de pedirle favores a David. Confié en su buen juicio.

El chofer, un hombre mayor con los ojos cansados, me miró un par de veces por el espejo retrovisor pero no dijo nada.

Yo iba encogido en el asiento trasero, con la mirada clavada en la ventanilla, viendo pasar las calles de una ciudad que apenas empezaba a despertar.

El sol del domingo ya había salido por completo, pero la luz me parecía enferma, deslavada.

Yo apestaba. Mi propio olor me revolvía el estómago: una mezcla rara de sudor frío, alcohol metabolizado, saliva seca y, por debajo de todo eso, el hedor persistente del semen de David y de Rodrigo que se me había quedado pegado en los poros de la cara y en la memoria de la lengua.

Cuando el taxi se detuvo frente a la reja de mi casa, pagué con un billete arrugado y me bajé sin esperar el cambio.

Metí la llave en la cerradura de la puerta principal. El metal raspó contra los pistones con un chirrido agudo. Al abrir, los recuerdos de nuestra historia de matrimonio me llegó al alma. Recuerdos de nosotros. De nuestra vida, de cuando éramos felices.

Cerré la puerta a mis espaldas y pasé el seguro.

La casa estaba sumida en ese silencio denso y pesado de los domingos por la mañana.

Caminé hasta la sala, arrastrando los zapatos sobre la duela.

Todo estaba intacto, exactamente igual que como lo dejamos la noche anterior.

La taza de café a medio terminar de Regina seguía sobre la mesa de centro, con la marca de su labial rojo en el borde de cerámica.

Un suéter suyo de punto gris descansaba en el respaldo de su sillón favorito.

Me dejé caer en el sofá de tres plazas. No encendí las luces. No me quité el traje arrugado. Me quedé ahí, sentado en la penumbra de la sala con las persianas cerradas, mirando el reloj de pared de la cocina.

Eran las 7:42 AM.

Mi ultimátum todavía resonaba en mi propia cabeza, sonando cada vez más ridículo, más hueco. «Si no regresas a casa, da por terminada nuestra relación». Había gritado esas palabras con la garganta en carne viva, sintiendo por un microsegundo una fuerza artificial, un espejismo de dignidad.

Pero en el fondo, mientras veía la aguja del segundero avanzar, sabía la verdad.

Las amenazas solo funcionan cuando tienes algo que el otro teme perder.

Y Regina ya no temía perderme. Regina me había rebasado por completo; me había dejado atrás, convertido en una anécdota patética, en el conserje de su nueva vida.

Las 8:00 AM.

El silencio de la casa empezó a volverse asfixiante.

El zumbido del refrigerador parecía taladrarme los tímpanos.

Mi respiración era corta, superficial. Tenía la vista fija en la manija de la puerta principal, esperando el milagro absurdo de escuchar su llave girando, de verla entrar con la cara lavada, llorando, pidiéndome perdón, jurándome que todo había sido un error inducido por el alcohol y la manipulación de nuestro jefe.

Las 8:30 AM.

Mi mente enferma, adicta a su propio dolor, empezó a proyectar imágenes en la pared blanca de la sala.

La veía a ella en el penthouse. La veía metiéndose a la regadera inmensa de cristal templado de David.

Veía las manos grandes y morenas de mi jefe enjabonándole la espalda, lavándole los restos del orgasmo salvaje de la madrugada.

La imaginaba poniéndose ropa limpia, tal vez una camisa de vestir de David que le quedara enorme, cubriéndole apenas las nalgas, mientras tomaban café en la barra de granito, riéndose de mí.

Riéndose del pendejo que se había ido a encerrar a su casa hipotecada a esperar a una mujer que ya no era suya.

Las 9:00 AM.

La hora de la junta. La hora en que David le ordenó que estuviera lista.

El reloj marcó las nueve en punto con un clic seco. Y entonces lo supe, con una certeza fría y absoluta que me congeló las entrañas.

Cuando dieron casi las 12 de la noche… supe la verdad

No iba a venir.

No iba a cruzar esa puerta. Nunca más iba a ser mi esposa.

El ultimátum se había cumplido y ella había tomado su decisión sin siquiera dudarlo.

Había elegido el poder. Había elegido sexo y lujos, las humillaciones corporativas, el dinero y la brutalidad de un hombre que la fornicaba sobre los muebles de la oficina.

-

Los primeros cinco días, nuestro departamento se convirtió en una tumba.

No hubo gritos, ni portazos, ni discusiones a las tres de la mañana.

Solo hubo un silencio absoluto, denso, un silencio que se me metía por los oídos y me aplastaba el pecho contra el colchón frío.

Regina no llegó el lunes. No llegó el martes.

Para el miércoles, la mitad de la cama seguía intacta, estirada, sin el olor de su perfume ni el calor de su cuerpo.

Yo no fui a trabajar. Mandé un correo genérico a Recursos Humanos el lunes por la mañana, inventando una infección estomacal severa.

La verdad era que no podía sostenerme en pie.

Me la pasé encerrado, arrastrándome del sillón a la cocina, alimentándome de los restos de una pizza fría y botellas de tequila barato que tenía arrumbadas en la alacena.

El orgullo es una cosa extraña cuando ya no te queda dignidad. Una voz en mi cabeza me gritaba que le marcara, que le rogara, que le preguntara dónde estaba durmiendo (aunque yo sabía perfectamente en qué cama de la zona corporativa estaba abriendo las piernas).

Pero otra voz, la única parte de mí que todavía se sentía como un hombre, me impedía tocar el teléfono. Que me llame ella, me repetía, borracho, tirado en la alfombra de la sala. Que se dé cuenta de que me perdió. Que me pida perdón.

Pero el teléfono jamás sonó. Ni un mensaje. Ni un WhatsApp. Nada. Para ella, yo había dejado de existir en el momento en que salí por la puerta del penthouse de David.

Para el viernes por la noche, el aislamiento me había vuelto loco. La resaca me taladraba las sienes y la paranoia me carcomía las entrañas. Me senté en el borde de la cama, con la habitación a oscuras, iluminado solo por el resplandor azul de la pantalla de mi celular.

Mis dedos temblaban. Sabía que no debía hacerlo. Sabía que era como meter la mano desnuda en una trituradora de carne, pero la adicción a mi propio dolor era más fuerte. Abrí Instagram.

El círculo verde de "Mejores Amigos" brillaba en la foto de perfil de Regina.

Tragué saliva, sintiendo el ácido de los días anteriores en la garganta, y pulsé la pantalla.

La primera historia era un video corto. La cámara enfocaba una mesa de caoba en un restaurante de ultra lujo, de esos a los que yo jamás podría llevarla con mi sueldo.

Había dos copas de champaña, ostras, y la luz tenue de unas velas.

Pero lo que me destrozó no fue el lujo; fue la mano izquierda de Regina, que descansaba sobre el mantel.

Su mano entrelazada con la mano grande y morena de David.

Hice pausa en el video. Hice un acercamiento. El dedo anular de mi esposa estaba desnudo. Se había quitado mi anillo. La argolla que me costó un año de ahorros ya no estaba. En su lugar, en la muñeca, llevaba una pulsera Cartier de oro.

Pasé a la siguiente historia.

Era el perfil de Rubí.

Un club nocturno, luces de neón moradas, música electrónica ensordecedora.

La cámara giraba rápidamente y captaba a Rodrigo, con la camisa abierta, bailando por detrás de una mujer que estaba de espaldas, restregándole el culo contra la entrepierna.

La mujer giró un poco la cara. Era Maca.

Tenía los ojos desorbitados, perdidos, la boca abierta en una sonrisa estúpida, completamente drogada o borracha, entregada a la obscenidad pública.

Mi respiración se agitó. Pasé al perfil de Rodrigo.

Una sola foto, sin filtros, cruda. Una cama de hotel, sábanas blancas revueltas.

Sobre la cama, la espalda desnuda de una mujer, de rodillas, con marcas rojas de nalgadas que casi llegaban a ser moretones.

No se le veía la cara, pero reconocí el tatuaje diminuto de Maca en la nuca.

El texto abajo decía: "Domando a la princesita para que aguante el fin de semana".

Un sudor frío me recorrió la cabeza. Y entonces, como si el destino quisiera rematarme, regresé al inicio y vi una historia nueva de Regina. Acababa de subirla.

Era una selfie en un espejo. Reconocí los azulejos de mármol negro del baño principal del penthouse de David. Regina estaba parada frente al espejo, usando una camisa de vestir blanca para hombre.

La camisa le quedaba enorme; era de David.

Estaba desabotonada hasta el ombligo, revelando el nacimiento de sus tetas colosales y la falta absoluta de sostén.

Su cabello estaba revuelto, húmedo por el sudor o la ducha, y en el lado derecho de su cuello pálido resaltaba un chupetón oscuro, violáceo, una marca de propiedad brutal y descarada.

Pero lo peor era el texto. Lo había escrito con letras pequeñas, en la esquina inferior:

"Comenzando una nueva vida..."

El celular se me resbaló de las manos y cayó a la alfombra.

Lloré. Lloré como un niño, con sollozos roncos que me desgarraban la garganta. Pero lo más grotesco, lo que me confirmaba que mi mente estaba irremediablemente podrida, fue la respuesta de mi cuerpo.

Mientras las lágrimas me escurrían por las mejillas y la humillación me ahogaba, mi miembro cobró vida. Se endureció contra la tela de mi pijama, palpitando con una erección dolorosa, ardiente, alimentada por la imagen de mi esposa marcada, follada y reclamada por un hombre superior.

Me odié. Me maldije a mí mismo mientras mi mano bajaba automáticamente hacia mi entrepierna, masturbándome en la oscuridad, llorando y gimiendo el nombre del jefe que me había robado la vida.

El domingo a las cuatro de la tarde, el timbre del interfón me sacó de un letargo turbio.