Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

El silencio que cayó después fue absoluto, roto únicamente por los jadeos roncos de los hombres y la respiración rota de mi esposa.

David se apartó despacio. Su miembro salió del ano de Regina con un sonido hueco. Una mezcla lechosa comenzó a escurrirle del esfínter dilatado, goteando pesadamente sobre los cojines de piel.

Regina se quedó tirada de costado en el sofá, bañada en sudor, con la cara batida de semen ajeno y el cuerpo temblando por el clímax.

David se levantó, se amarró la bata de seda con calma y miró su reloj de pulsera en la mesa lateral.

—Son las 7:15 —dijo con voz autoritaria—. Tienen cuarenta minutos para bañarse y vestirse. Tenemos trabajo que hacer… para que mañana esté todo en orden.

David, entonces, se giró hacia mí, que seguía hincado en el suelo, con el semen seco pegado a los labios y la verga muerta entre los muslos.

—Y tú, Marco... limpia ese desastre de la alfombra con las toallas del baño. Luego vete a tu casa, báñate, ponte un traje limpio y te presentas en mi oficina a las diez con el reporte de riesgos. No quiero pretextos por llegar tarde.

Regina abrió los ojos entre las manchas de semen de Rodrigo. Me miró desde el sofá. Esbozó una sonrisa minúscula, sucia, sin culpa, y me susurró con la voz rota:

—Apúrate con las toallas, mi amor... no hagas esperar al licenciado.

Y entonces, al mirar a mi alrededor, al sentir que todo el mundo se burlaba de mí, al entender que esto ya no podía seguir así… que mi matrimonio ya no era un matrimonio, sino que había sido profanado, me hizo clic… y fue como si algo dentro de mí me hubiera hecho tomar una determinación.

Y entonces entendí… que había tocado fondo.

La mezcla amarga en la boca, como si hubiera vomitado ácido. Todo esto… los meses, las noches, las humillaciones… no podía seguir así. Ser el cornudo que toleraba todo, el payaso que los divertía, el puto que limpiaba el semen de una alfombra, ya no.

No podía seguir siendo la burla de todos, ni el juguete de Regina.

Entonces, el grito se me atragantó en la garganta y salió como un aullido. Un nudo se me hizo en el pecho que me encogió el aire. Las lágrimas, calientes, me quemaban las mejillas.

—¡Basta! —grité, la voz quebrada, pero firme.

Regina, desde el sofá, me observó con sus ojos desorbitados, manchados de blanco. Una sonrisa, esa maldita sonrisa sucia, se dibujó en sus labios.

—¿Qué te pasa ahora, mi amor? ¿Te ofendiste? —dijo con una calma que me revolvió el estómago.

—¿Ofenderme? —la voz me temblaba, pero me obligue a mantener la mirada. —¡Por favor! Llevo meses aguantando sus putadas, limpiando sus porquerías y escuchando sus órdenes. Pensé que podría, que era fuerte, que te aguantaba por amor… pero me equivoqué. ¡No puedo más!

Un silencio tenso se apoderó del salón. David, con su maldita bata de seda, frunció el ceño.

—¿Qué se supone que estás tratando de decir, Marco?

—¡Que no voy a tolera ni una sola falta de respeto más! —respondí, levantándome lentamente, sintiendo el suelo inestable bajo mis pies. —Solo digo la verdad. Me voy a casa. Y ahí te esperaré, Regina, pero si por alguna razón no llegas a casa, a nuestro hogar… da por terminada nuestra relación.

La respiración se me entrecortó, y me dirigí a David.

—Y a ti —dije, confrontándolo con la mirada—. Renuncio. No voy a seguir siendo tu títere, tu perro faldero.

—¿Renuncias? —David soltó una carcajada incrédula.

—Sí, renuncio. Y por el bien de nuestro matrimonio, sugiero que Regina haga lo mismo. Quiero que renuncie a ti y a la empresa, y deje de seguir lamiéndote las botas, a cambio de joyas y lujos.

Rubí, hasta entonces callada, se levantó de un sillón y se acercó, el rostro encendido de ira.

—¡Cómo te atreves a hablarle así, asqueroso!

La miré a los ojos, sin pestañear. Sentí una fuerza extraña recorriéndome las venas, una valentía que hacía tiempo había perdido.

—¿Cómo me atrevo? ¿Qué te crees, Rubí? ¡Eres una puta! ¡Tú y Maca, las dos! Putas con sus respectivas parejas, y tú Maca, seguramente pensando en el anillo, en la boda… en estafar a un buen hombre.

Maca soltó un gemido desgarrador, las manos cubriéndole la boca.

—¡Por favor, no le digas nada a Evaristo! ¡Estamos a punto de casarnos!

—¡Ah, sí, Evaristo! El pobre ingenuo —respondí, sin rastro de compasión—. ¿Quieres que le cuente lo divertido que es compartir a tu prometida?

David se interpuso entre nosotras, el rostro sombrío, la mandíbula tensa.

—¡Ya fue suficiente! —rugió. —Vas a pedir perdón ahora mismo, o te aseguro que te vas a arrepentir.

Levanté la barbilla, sintiendo que el miedo se desvanecía.

—No voy a pedir perdón a nadie. No seré más tu pendejo. No seré más el juguete de nadie.

La silencio volvió a caer, esta vez, más pesado, más ominoso. Rodrigo, en la esquina, me miraba con los ojos muy abiertos, genuinamente sorprendido.

Me giré, listo para salir de ese infierno. Pero antes, miré a Regina una última vez.

—Te lo advierto por última vez, si no regresas a casa, Regina —le dije con voz grave, sin apartar la mirada—. Da por terminada nuestra relación.

Y sin decir una palabra más, salí, dejando tras de mí la tensión palpable, la vergüenza y la rabia contenida.