Capítulo 9 #3
Metí la lengua más adentro, buscando en cada pliegue, lamiendo los grumos lechosos que le escurrían desde el cuello de la matriz.
El sabor se me pegaba a la garganta, espeso, como si me estuviera tragando un puré de sal y metal. Cada vez que pasaba la lengua por su clítoris, Regina se estremecía y me apretaba más fuerte contra ella.
Rubí se arrastró por la alfombra hasta quedar junto a mi hombro. Sentí su aliento caliente en la oreja, y al voltear, vi que su boca brillaba por los fluidos de Maca, que le resbalaban por la barbilla.
—¿A qué sabe la leche de tu patrón, cornudo?
—me susurró, con un desprecio que me quemó más que el semen en la boca—.
¿A poder? ¿A hombre de verdad? Supongo que sabe deliciosa, porque te la estás tragando toda como un perro en celo.
—Hizo una pausa, y sentí cómo su dedo me rozaba la oreja, húmedo—.
Pues sigue tragando leche desde el coño de la puta de tu mujer, que al parecer, sólo para eso sirves.
Para limpiar lo que los hombres de verdad dejan en su agujero.
—Déjalo en paz… —le dijo mi mujer entre jadeos.
Y yo no respondí. No podía.
Seguí moviendo la lengua mecánicamente, como si mi cuerpo ya no me perteneciera, tragándome el semen de David, sintiendo cómo las lágrimas de auténtica humillación me caían por las mejillas y se mezclaban con los fluidos de mi esposa.
Mi propia verga palpitaba, dura como una barra de hierro, y cada gota que salía de la punta caía sobre la alfombra, manchándola con un ritmo constante, como un reloj que marcara cada trago que daba.
Rubí no se conformó con burlarse. Se acercó más, hasta que su pecho desnudó rozó mi espalda, y me escupió en la cara.
—Cornudo trata leche —murmuró, antes de alejarse gateando, dejando un rastro de saliva que se me enfrió en la piel.
Regina me soltó el cabello de golpe, como si ya no necesitara controlarme. Dio un paso atrás, separándose de mi cara con un sonido húmedo, y se pasó el dorso de la mano por la entrepierna, limpiándose los restos de fluidos que le quedaban.
—Suficiente —dijo, con la misma frialdad con la que pedía un café en la mañana—. Ahora vuélvete a sentar en el sofá, David.
La dinámica final se armó en menos de un minuto, con la eficiencia de un proceso automatizado. David se recostó en el sofá grande, estirando los brazos sobre el respaldo como si fuera el rey de la sala.
Regina no perdió tiempo: se subió sobre él, lo montó, pero esta vez se giró de espaldas a su pecho, ofreciéndole su enorme culazo, que brillaba por el sudor y los fluidos que le resbalaban por el coño.
Las nalgas de mi mujer le temblaban ligeramente al acomodarse, y el hoyo de su ano, oscuro y húmedo, se contrajo al sentir el aire fresco de la sala.
David no esperó más. Le abrió las nalgas a mi esposa con sus manos grandes, los dedos hundiéndose en su carnosidad, y escupió un chorro espeso de saliva que le cayó directo al ano.
El líquido brilló un segundo bajo la luz antes de que David tomara su verga, ya semidura de nuevo, y apuntara la cabeza gruesa, morena y brillante directo a la entrada trasera.
—¡Ahí va la segunda culeada, mi putita! —anunció, con una risa que más bien sonó como un gruñido.
Empujó en seco. Regina gritó, un sonido agudo que se le escapó antes de que pudiera contenerlo. Los talones se le clavaron en los cojines del sofá, y sus dedos se aferraron a los brazos de David, las uñas dejándole marcas rojas en la piel.
—¡Aaaahhh, cabrón! —aulló, con la voz quebrada—. ¡Más despacio, papiii!
Pero David no le hizo caso. Siguió embistiendo, centímetro a centímetro, hasta que su cadera chocó contra las nalgas de Regina. El grosor de su verga comenzó a dilatar su esfínter, milímetro a milímetro, hasta que el ano de mi mujer se tragó la cabeza por completo, como si fuera un guante ajustado.
—¡Ahh síii…! —gruñó David, con los dientes apretados—. Qué rico aprieta, esta perra.
Mi sorpresa y horror fueron mayúsculos cuando, al mismo tiempo, vi que Rodrigo se arrodilló frente a Regina sobre el sillón. No perdió tiempo: le metió su verga erecta, gruesa y con las venas marcadas, directo al orificio vaginal que yo acababa de limpiar con la lengua.
Se la clavó de golpe, lubricado por el flujo residual que aún le escurría a mi mujer. Regina gritó de nuevo, pero esta vez el sonido fue más un gemido de placer que de dolor.
—¡Dios… me van a partir… me parten en dos! —chilló, con las tetas colosales sacudiéndose en el aire, como si fueran dos globos llenos de agua.
El peso de sus ubres la hacía balancearse hacia adelante cada vez que Rodrigo la embestía, mientras David la sujetaba por las caderas, clavándole los dedos en la carne para mantenerla en su lugar.
—¡AAahh! ¡Aaaahhh! ¡Así! ¡Asíii!
Yo seguía arrodillado en el suelo, con la cara empapada de semen y saliva, los labios hinchados por el roce, mirando fijamente la conjunción de las carnes.
Veía cómo el falo de Rodrigo lograba dilatar los labios vaginales de Regina, entrando y saliendo con un ruido mojado de chapoteo, como si estuviera revolviendo una sopa espesa.
—¡AAahh! ¡Aaaahhh! ¡Así! ¡Asíii! ¡Más!¡Máaas!
El sonido era obsceno, húmedo, y cada embestida hacía que los fluidos salpicaran hacia afuera, manchando los muslos de mi mujer y el sofá debajo de ellos.
Un centímetro más atrás, el pene moreno de David desaparecía dentro de su ano, haciéndola vibrar a cada embestida doble. Los músculos de su espalda se tensaban y relajaban, como si estuviera luchando contra algo que la superaba.
Sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados, y su cabeza se ladeó hacia un lado, con la boca entreabierta y la lengua asomándose, como si necesitara aire pero no pudiera conseguirlo.
—¡AAahh! ¡Aaaahhh!
—¡Ohhh, qué rico aprieta el culo tu mujer, Marco! —bramó David desde abajo, clavándole los dedos en las caderas a mi esposa para subir el ritmo—. ¡Esta es la hermosa mujer que duerme en tu cama! ¡Mírala cómo se traga dos vergas al mismo tiempo! ¡Mírala bien, cornudito!
Rodrigo no se quedó atrás. Le agarró una teta con la mano libre y se la apretó con fuerza, como si quisiera reventársela.
—¡Puta sucia! —le escupió, mientras le azotaba la nalga con la otra mano, dejando una marca roja que se inflamó al instante—. ¡Así se hace, perra! ¡Aguanta como una campeona!
—¡Sí… sí, cabrones! —chillaba Regina, babeando sobre el hombro de Rodrigo, con los ojos entrecerrados y la cara contraída por el placer—. ¡Rómpanme toda! ¡Llénenme otra vez! ¡Marco, mírame… mírame ser una puta!
No podía apartar la vista. Veía cómo los dos hombres la penetraban al mismo tiempo, sus vergas desapareciendo y apareciendo en un ritmo sincronizado, como si fueran dos pistones de una máquina bien aceitada.
El coño de Regina estaba tan dilatado que podía ver el interior, rosado y brillante, cada vez que Rodrigo se retiraba. Y el ano… Dios, el ano de mi mujer se había abierto como una flor obscena, tragándose la verga de David hasta la base, con un sonido de succión que me ponía la piel de gallina.
—¡Sólo le falta una verga más! —dijo Rubí, riéndose desde el suelo, donde seguía arrodillada, con las piernas abiertas y los dedos jugando con su propio coño—.
Para que tenga todos sus agujeros ocupados…
—Hizo una pausa dramática, lamiéndose los labios—.
Lástima que la tuya no le daría ninguna satisfacción, cornudito.
Ni aunque se la metieras hasta el fondo.
Y tenía razón. Mi verga seguía dura, palpitando, pero era como si estuviera desconectada de mi cuerpo. Cada gota que caía sobre la alfombra era una burla más, una prueba de que, a pesar de todo, mi cuerpo aún respondía a la humillación.
Pero no importaba. Porque en ese momento, Regina era de ellos. Y yo solo era el espectador. El sirviente. El cornudo que limpiaba lo que los amantes de mi mujer le dejaban.
Por su parte, Maca miraba la escena desde la alfombra con los ojos desorbitados, apretándose el vientre, mientras Rubí le pasaba una mano por la entrepierna para mantenerla quieta.
El ritmo se volvió salvaje. Rodrigo embestía el coño de mi mujer con golpes secos y violentos, mientras David la levantaba de las nalgas para ensartarla en su culo con una fuerza demoledora.
—¡Me vengo... me vengo, David! —aulló Regina con un grito ronco que rebotó en los cristales de la sala—. ¡Me vengo con los dos adentro!
El orgasmo de mi esposa fue un espasmo brutal.
Su cuerpo entero se engarrotó, los muslos le temblaron como si recibiera descargas eléctricas y un chorro de fluidos transparentes salió disparado de su coño alrededor de la verga de Rodrigo, empapando el abdomen del rubio y cayendo sobre la alfombra a centímetros de mis rodillas.
David no aguantó más. Con un rugido grave, se estiró hacia arriba, hundiéndose hasta el tope del ano de Regina, y se vació en sus entrañas con chorros calientes que le abultaban la piel del vientre.
Rodrigo soltó un gruñido sordo, se sacó la verga del coño de mi mujer en el último segundo y se masturbó con tres sacudidas violentas, disparando su semen blanco y denso directamente sobre la cara de Regina, manchándole los ojos, la nariz y la boca abierta.