Capítulo 9 #2
David salió en bata de seda azul oscuro, descalzo, rascándose la barba cerrada.
Regina venía detrás de él, desnuda por completo, estirando los brazos hacia el techo con un bostezo largo y sonoro.
Su cuerpo blanco se iluminó con la luz de la mañana: los senos colosales caídos pesadamente sobre el torso, los pezones oscuros todavía turgentes y las caderas anchas marcadas con las huellas rojas de los dedos de David.
—Buenos días a todos —dijo David con voz clara, fresca, como si estuviera entrando a una junta de accionistas—. Arriba, equipo. Hoy, domingo, como saben, algunos tenemos que ir a la oficina para terminar unos pendientes. Pero antes, vamos a cerrar la integración como se debe.
Rodrigo se despertó de golpe, tallándose los ojos. Al ver a Regina parada sin ropa en medio de la sala, su miembro se le empezó a levantar bajo el pantalón arrugado.
—Qué buen despertar, jefe —soltó el rubio, incorporándose con una sonrisa torcida.
David se sentó en el sofá individual de piel negra, abrió las piernas y se desató el cordón de la bata, dejando al descubierto su sexo grueso, matutino y pesado, apuntando hacia arriba.
—Regina. Ven acá.
Mi esposa no titubeó ni un segundo. Caminó hacia él con ese culazo temblando a cada paso sobre el suelo frío. Se paró frente a David, le puso las dos manos en los hombros anchos y se montó a horcajadas sobre sus muslos.
El choque de la carne fue inmediato. David le tomó las caderas con fuerza, apuntó su tronco hacia la entrada de mi mujer y ella se dejó caer con todo su peso.
—Aaaahh... carajo... —aulló Regina con la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos al sentir cómo el grosor del pene de David comenzaba a dilatar las paredes de su vagina hinchada, hundiéndose hasta el fondo con un golpe denso.
—Así, mi reina... muévete despacio —le ordenó David, clavándole los dedos en las nalgas blancas—. Despiértame bien.
Regina empezó a subir y bajar, dándose unos sentones vulgares.
El sonido era viscoso, húmedo, un chapoteo espeso que rebotaba en el silencio de los ventanales.
Las tetas enormes de mi mujer rebotaban contra el pecho de David, golpeándose de arriba hacia abajo con una cadencia pesada que me secó la boca de inmediato.
A pesar del asco, a pesar de las náuseas del whisky y la humillación de la madrugada, sentí el latido caliente y vergonzoso entre mis piernas; mi miembro despertó, rígido contra el pantalón de vestir.
—Maca, Rubí —llamó David sin perder el compás de las embestidas de Regina—. Acérquense al sofá.
Rubí se levantó de mala gana, pero al ver a David cogiendo con tanta autoridad, se mordió el labio inferior y se arrodilló a la derecha de él.
Maca dudó un segundo, mirando hacia la puerta como si buscara una salida que no existía, pero Rodrigo le dio una palmada en las nalgas que la empujó al frente.
—Ve a ganarte el sueldo, princesita —le siseó Rodrigo al oído.
Maca se hincó a la izquierda. Rubí le tomó la nuca a la chica de nóminas con descaro y le clavó un beso mojado en la boca, metiéndole la lengua para dominarla.
Maca soltó un quejido ahogado, pero abrió los labios y se dejó someter, mientras Rubí le bajaba el vestido hasta la cintura para amasarle los pechos pequeños.
Rodrigo se paró detrás de mi mujer, sacándose la verga dura.
—Jefe, ¿puedo meterle la polla a la boca?
—Sírvete, Rodrigo. La Directora tiene bastante para los dos.
Rodrigo le agarró el cabello a mi esposa por detrás, jalándole la cabeza para obligarla a mirar hacia el techo. Le puso el glande brillante en la comisura de los labios.
—Abre la boca, jefa. Desayúnate esto.
Regina no esperó una segunda orden. Con los ojos en blanco por la penetración que David le propinaba desde abajo, abrió sus labios carmesí y se tragó la polla de Rodrigo hasta la garganta con un sonido ahogado.
—¡Glup... glup!
—Eso es, traga... traga todo lo que traigo —gruñía Rodrigo, empujándole las caderas contra la cara.
David me buscó con la mirada. Me encontró encorvado junto a la barra, con la respiración entrecortada y las manos crispadas sobre las rodillas.
—Marco. Quítate la ropa.
La orden sonó seca, sin gritos.
—David... por favor... —supliqué con un hilo de voz.
—Marco, por favor… —dijo mi mujer—, sólo haz lo que David te pide… estamos tratando de integrarte, para que todo vaya mejor entre nosotros.
—Integrarme, claro —suspiré.
Y sin embargo me temblaban los dedos mientras me desabrochaba la camisa.
La tiré al suelo. Luego el cinturón, el pantalón manchado de alcohol y los calzoncillos.
Quedé parado en medio de la sala, blanco, flaco, desprotegido bajo la luz cenicienta del amanecer, con mi miembro ridículamente tieso, apuntando al aire como un insulto a mi propia dignidad.
Rubí soltó una carcajada burlona desde el suelo, sin soltar el pezón de Maca.
—Miren nada más al cornudito... se le para el pequeño pito que tiene viendo cómo le desbaratan el coño a la mujer, mientras otro se la folla con la boca... Eres un enfermo, Marco.
—De rodillas —ordenó David.
—No —dije suspirando.
Mi esposa me volteó a mirar, mientras se daba sentones en la verga de mi jefe, y todavía con la verga de Rodrigo metida en la boca. Y con un gesto me lo pidió… o no sé si me lo ordenó, el caso es que yo tragué saliva y luego asentí.
Caminé descalzo sobre el suelo y me hinqué a medio metro del sofá. El hedor a sexo concentrado me pegó de lleno en la nariz: el semen acumulado de la noche, el sudor agrio de Rodrigo y el jugo tibio que escurría de la entrepierna de mi esposa.
David detuvo las caderas. Tenía la verga enterrada hasta el fondo dentro de Regina. Le dio un apretón en las nalgas de mi mujer y le sacó la polla a Rodrigo de la boca con un tirón seco.
—Regina. Bájate un segundo.
Mi esposa se deslizó hacia afuera. La verga de David salió con un chasquido húmedo, dejando el orificio vaginal de Regina totalmente abierto, dilatado y goteando una mezcla blanca y densa que le resbalaba por el perineo hasta el asiento de piel del sillón.
Regina se enderezó frente a mí con un movimiento lento, como si cada músculo de sus piernas protestara.
Los muslos blancos le temblaban no solo por el esfuerzo, sino por la excitación que aún le recorría el cuerpo.
Se plantó con las piernas bien abiertas, el vello pubiano pegado a la piel por el sudor, y me apuntó con su sexo hinchado, de un carmesí oscuro, brillante por los fluidos que le escurrían entre los pliegues.
El olor llegó antes de que abriera la boca: una mezcla espesa de sudor, lubricación y el semen fresco de David, que le goteaba por los muslos hasta mancharle los talones.
—Límpiame mi chochito, amor —me ordenó Regina, con la voz cortante, sin rastro de la ternura que usaba en casa o de los jadeos rotos de sus orgasmos.
Era el tono que empleaba en la oficina cuando me mandaba a archivar facturas o a corregir informes: fría, directa, sin espacio para réplicas.
—Regi, por favor… —intenté, pero las palabras se me atascaron en la garganta al ver cómo el líquido le resbalaba por el interior de los muslos, formando hilos gruesos que caían sobre la alfombra.
—No me digas por favor —me cortó, bajando una mano para abrirse los labios vaginales con los dedos, exponiendo el interior rosado y brillante—. Saca la lengua, Marco. Deja a tu mujer limpia para la junta. Ahora.
David no perdió tiempo. Deslizó su pie desnudo, grande, desde mi hombro hasta la nuca, y me empujó hacia adelante. No fue un golpe, sino un peso constante, aplastante, como si su planta me marcara la piel.
—Haz lo que te dice tu esposa —murmuró, con la voz ronca por el esfuerzo de antes—. Cómete mi semen. Todo. Hasta la última gota.
Mi boca chocó contra el coño de Regina. El calor era abrumador, como si me hubieran apretado la cara contra una estufa húmeda. Aspiré de golpe y el olor me llenó la nariz: metálico, salado, con ese toque denso y amargo del semen de David mezclado con el flujo espeso de mi mujer.
El sabor me invadió la lengua antes de que pudiera reaccionar. Saqué la lengua, temblorosa, y di la primera pasada larga sobre sus labios mayores, que estaban hinchados como si los hubieran azotado.
—¡Aaahhh, sí! —jadeó Regina, echando la cabeza hacia atrás, con los dedos aún hundidos en su propia carne—. Así, mi amor… así.
El sabor era fuerte: amargo, como cerveza, pero con un dejo dulce que se pegaba al paladar.
El semen de David se había mezclado con el de ella, creando una pasta espesa que me cubrió la lengua al instante.
Sentí cómo un hilo grueso de semen le resbalaba desde la entrada hasta mi boca, y lo trague sin pensar, con un espasmo en la garganta.
—Mete tu lengua más adentro, mi amor —me pidió Regina, agarrándome del pelo con fuerza, como si quisiera arrancármelo de raíz para clavarme mejor—. Saca todo lo que David me dejó adentro. No dejes nada.
Sus muslos me apretaron la cabeza a los lados, como si temiera que me escapara. Oí las risas de Rubí desde algún punto detrás de mí, agudas, burlonas.
—¡No puedo creer lo que estoy viendo, puto! —exclamó, con la voz entrecortada por la risa—. ¡Marco, por Dios, no sé si eres un pendejo o un cornudo de mierda! ¡Te estás tragando la leche que David le dejó a tu vieja en la panocha! ¿O es que ya te gustó el sabor, cabrón?
Regina soltó un gemido grave, gutural, y arqueó la pelvis contra mi cara, como si quisiera ahogarme en su coño. Me usaba como una toalla, frotándose contra mi boca, meciéndose con lentitud, como si disfrutara cada segundo de mi sumisión.
—Eso es… mi amor —jadeaba, mientras Rodrigo se acercaba por detrás y le agarraba el culo con ambas manos, amasando la carne como si fuera masa de pan—. Qué buen sirviente eres, Marco… mi vida, qué rica lengua tienes.
David se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, y me miró con una sonrisa pesada, de satisfacción sucia.
—Mira nomás, Marco —dijo, con voz pausada—. Tu mujer sabe deliciosa, ¿verdad? Pero no es solo su coño… es mi semen el que le da ese toque especial.