Capítulo 9
En la sala no quedaba rastro de fiesta; solo un desastre de botellas vacías, vasos volcados sobre la duela y un hedor denso a sudor, tabaco y sexo enfriándose.
Rodrigo seguía tirado en una orilla del sillón con los pantalones abajo de las rodillas, roncando con la boca abierta. A su lado, Maca estaba sentada en la alfombra, con la falda rota hecha un trapo en la cadera, temblando por el aire acondicionado.
Tenía el teléfono encendido entre las manos y la pantalla le iluminaba los ojos enrojecidos; le vi los dedos vacilar antes de borrar las notificaciones de Evaristo. Rubí dormía en el otro extremo, echa una bola, con el vestido encogido hasta el vientre y las piernas manchadas de secreciones secas.
Me levanté del taburete. Tenía las piernas engarrotadas y la cabeza me palpitaba con un latido sordo. Caminé hacia el pasillo que llevaba a la recámara principal. La puerta estaba entornada, dejando salir una rendija de luz tenue.
Empujé la madera pesada con la palma abierta.
El calor de la habitación me llegó de lleno. Pude reconocer el aroma sexual cerrado y la loción amaderada de David y a fluidos corporales fermentados en todo el lugar. David estaba bocarriba, con el torso moreno descubierto, roncando con un brazo pesado caído sobre la cadera de Regina.
Mi esposa dormía de lado, encogida contra las costillas de él.
Tenía la cara hundida en el vello de su pecho, la pierna izquierda montada sobre los muslos de David y el camisón negro arrugado en la cintura, dejando al descubierto sus nalgas grandes y carnosas.
En la piel pálida de sus muslos se notaban los rastros blanquecinos del semen de mi jefe, secándose como barniz agrietado sobre las sábanas de seda.
Me acerqué al borde del colchón. Mis pasos apenas sonaban en la alfombra.
—Regina —solté en un susurro áspero.
No se movió. El brazo de David se apretó un poco más alrededor de su cintura, en un reflejo dormido.
Me incliné, apoyando una mano sobre la colcha.
Podía oler el aliento de mi esposa: vino agrio y semen.
La cercanía me revolvió el estómago. Sentí un temblor ridículo en la barbilla, esa debilidad infantil que siempre me daba cuando discutíamos en casa por el pago de las tarjetas o por las visitas a su familia.
—Regina, despierta. Por favor.
Parpadeó dos veces. Tardó unos segundos en enfocarme, con los ojos vidriosos y el rímel corrido formándole manchas oscuras debajo de los párpados.
Al reconocerme, no hubo susto ni pudor; solo un gesto de cansancio pesado, de fastidio en general, como quien atiende a un cobrador que llama a deshoras.
—Marco, no empieces —murmuró, con la voz ronca, raspada por los gritos de la noche—. Vete a la sala.
—Vámonos a la casa los dos, Regina. Levántate. Pide un taxi si no quieres que maneje, pero vámonos ya.
—¿A qué? —Se acomodó mejor contra el pecho de David, sin soltarlo—. Son las tres de la mañana. Mañana, aunque es domingo, tenemos junta de balance a las nueve y David necesita descansar. No hagas ruido, carajo.
—Me vale madres tu junta —le dije, bajando la voz hasta casi ahogarme—. Mírate, Regina. Mírate dónde estás metida. Hasta dónde hemos llegado. Agarra tus cosas. No me voy a quedar aquí a esperar que amanezca como si fuéramos una bola de animales.
Regina soltó un bufido perezoso. Se frotó los ojos con el dorso de la mano y me miró con una fijeza que me heló la sangre.
—¿Y a dónde quieres que vaya, Marco? ¿A encerrarme contigo a la casa a que me hagas un interrogatorio hasta las seis de la mañana? ¿A que te pongas a llorar en la orilla de la cama como siempre?
—¡Es nuestra casa, Regina! —le siseé, sintiendo que la garganta se me cerraba—. ¡Somos esposos! Llevamos cinco años casados. Me juraste en la iglesia que estarías conmigo, me mandaste un mensaje diciendo que me amabas... ¿Qué chingados significa ese mensaje si estás aquí acostada con él?
En cuanto solté la frase me sentí la criatura más patética del planeta.
La escena era una burla grotesca: yo, de pie, vestido con un traje arrugado y manchado de alcohol, intentando apelar a la moral conyugal, al sacramento del matrimonio y a las promesas de amor de hace cinco años, mientras mi esposa estaba completamente desnuda en la cama king size de mi jefe, con el muslo encajado entre las piernas de él y el cuerpo cubierto de la leche de otro hombre.
Me parecía una estupidez monumental pretender tener una plática seria de pareja en esa recámara, con el olor a sexo ajeno subiéndome a la nariz y David roncando a treinta centímetros de su boca.
Regina ni siquiera se inmutó. No desvió la mirada. Esbozó una sonrisa diminuta, amarga, sin pizca de arrepentimiento.
—Ese mensaje te lo mandé porque te quiero, Marco.
Y te amo. Ya te lo dije mil veces. Pero deja de actuar como si tuvieras doce años.
Si te pones en este plan de drama conyugal a mitad de la noche, lo único que vas a lograr es que David se harte y nos mande al carajo a los dos.
¿Eso quieres? ¿Quieres quedarte sin trabajo y que a mí me quiten la dirección?
—¡Me importa un carajo la dirección! ¡Te estás acostando con él frente a mis ojos! ¡Estás cogiendo con él y con no sé quién más, y nosotros estamos actuando como si esto fuera normal!
David gruñó en sueños. Se movió un poco sobre la almohada y deslizó la mano grande y pesada desde la cadera de Regina hasta la parte baja de su vientre, apretándole la carne tibia con posesión absoluta.
Regina no hizo el menor intento por quitarlo; al contrario, entrelazó sus dedos con los de él sobre su propio pubis, manteniéndolo ahí.
—Bájale de huevos, Marco —me advirtió ella, en un susurro cortante como navaja—.
No me hagas levantarme a ponerte en tu lugar.
Si Rodrigo me cogió o si David me tiene aquí es porque yo quise.
Porque aquí me siento a gusto, contenta…
satisfecha. En esa casa contigo me estaba pudriendo de aburrimiento y de deudas.
Ya te lo dije: si quieres seguir en mi vida, te aguantas.
Y si no puedes con esto, agarra tus llaves, salte de este departamento y no me vuelvas a buscar.
Pero no me vengas a hacer escenitas de marido ofendido a la cama de mi jefe.
Me quedé congelado. La frialdad de sus palabras me vació por completo.
No había discusión posible; no había rastro de culpa ni una rendija de debilidad a la que pudiera aferrarme.
Mi presencia ahí no le provocaba celos, ni remordimiento, ni temor: le provocaba lástima y flojera.
La conversación de pareja que yo intentaba forzar se deshizo en el aire como una necedad infantil.
Me redujo a un empleado que interrumpía las horas de sueño de la gerencia con quejas irrelevantes.
David entreabrió un ojo verde, pesado de alcohol y sueño. Me miró desde el fondo de la cama, sonrió sin mostrar los dientes y le dio una palmada perezosa a la nalga desnuda de Regina.
—Ya oíste a tu mujer, Marquito... vete a dormir y déjanos descansar —murmuró David antes de volver a cerrar los ojos y girarse de espaldas, llevándose a Regina pegada a su cuerpo.
—Váyanse a la mierda, los dos —dije.
Pero mi esposa no volvió a voltear. Se acurrucó contra el cuerpo de mi patrón, respiró hondo y cerró los párpados.
Salí de la recámara arrastrando los zapatos. Cerré la puerta despacio, escuchando el clic del pestillo como un tiro en la nuca.
No me fui del departamento. No pude. La cobardía y esa adicción enferma a mi propia destrucción me mantuvieron clavado al piso 32. Regresé a la barra de granito, me serví otro vaso de whisky hasta el tope y me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra el mueble de la cocina.
Las siguientes tres horas fueron un calvario de vigilia miserable.
No me dormí. El alcohol no me apagó la mente; me la dejó en carne viva, ardiendo. Me quedé ahí, escuchando el rugido lejano de la ciudad que nunca se detiene, el chasquido de los refrigeradores industriales y los quejidos apagados que salían de los cuartos.
A las cuatro y veinte, Maca se levantó del suelo de la sala.
La vi caminar descalza hacia la cocina con las piernas temblorosas y la falda echa girones.
Se sirvió un vaso de agua de la llave con la mano sacudiéndose por los nervios.
Tenía el pecho cubierto de marcas moradas y la cara lavada por el llanto.
—Marco... —susurró al verme en el piso, encogiéndose de hombros para cubrirse los senos pequeños—. Evaristo me mandó siete mensajes. Cree que me quedé a dormir en casa de mi hermana.
—Dile la verdad —le respondí con voz muerta.
Maca soltó una risa seca, rota.
—¿La verdad? Si le digo la verdad, me quedo sin boda, sin trabajo y en la calle. Creo que… esto ha llegado demasiado lejos y no sé cómo pararlo —Apretó el vaso de cristal—. Aquí nadie dice la verdad, Marco. Ni tú.
Se dio media vuelta y regresó al sillón, acurrucándose en una esquina lejos de Rodrigo, mordiéndose las uñas en la penumbra.
A las cinco y diez, Rubí se despertó con náuseas. Pasó junto a mí sin mirarme, tambaleándose sobre sus tacones rotos hasta el medio baño del pasillo. Escuché cómo vomitaba la bilis y el alcohol. Cuando salió, se echó agua en la cara y me pateó la punta del zapato con desdén.
—Quita tus patas, Marco. Todavía sigues aquí como idiota... qué asco me das.
Se tiró en el sillón grande, cruzó los brazos debajo de sus senos operados y se puso a revisar su celular con la mandíbula tensa, masticando la rabia de haber sido relegada al sofá mientras Regina dormía en la suite principal.
El amanecer llegó a las 6:10 de la mañana.
Ni siquiera apareció el sol; solo una luz cenicienta, gris y fría que entró por los ventanales inmensos, desnudando la podredumbre del penthouse.
La claridad expuso las manchas amarillentas de semen seco sobre la tapicería de piel, el maquillaje batido en las caras hinchadas y el desorden de prendas íntimas tiradas como basura sobre la alfombra.
La puerta de la recámara se abrió.