Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Volteé la cabeza hacia la rendija de la puerta.

David había sacado el falo del coño de mi mujer.

Regina estaba aplastada contra las sábanas oscuras, jadeando como si le faltara el aire.

David se escupió en la mano, se untó la saliva espesa en la cabeza del miembro y apuntó directo al ano de mi esposa.

Le recargó el glande con fuerza. El esfínter se resistió un instante, tenso, pero la presión de la carne fue cediendo; vi con una claridad que me heló los huesos cómo su ano se iba dilatando centímetro a centímetro, tragándose el grosor monstruoso de David mientras él empujaba sin piedad.

Regina soltó un quejido agudo, desgarrador, mitad dolor y mitad delirio.

—¡Aaaahhh… me quema… no pares, David… rómpemelo todo!

—Trágatela toda, perra —le gruñía él, hundiéndose hasta las bolas.

Rubí se rio con ganas al ver mi cara de espanto.

—¿Ya viste? Le fascina que se la dejen ir por el culo. Y a ti se te murió el pito adentro de mí. Quítate ya, que me estás dando un chingo de asco.

Mi miembro se resbaló hacia afuera. Quedó completamente flácido, doblado sobre mi muslo, chorreado de mi propia saliva. Rubí se sentó de golpe, se acomodó la falda del vestido y me miró desde arriba con un desprecio absoluto.

—Eres un mueble, Marco. Un pinche adorno que estorba.

Se dio la media vuelta y miró hacia el otro lado de la sala, donde Rodrigo tenía a Maca doblada sobre la orilla del sofá, dándole por detrás con fuerza.

—Oye, Rodrigo —le gritó Rubí, caminando hacia ellos—. ¿Tienes un espacio para mí? Este pendejo no sirve ni para estorbar.

Rodrigo levantó la cara sudada, vio mi estampa arrodillado en el piso con el pantalón en los tobillos y soltó una carcajada estrepitosa.

—Cae acá, pelirroja. Aquí sí hay modod. Y tú, cornudo, quédate viendo para que aprendas cómo se atiende a las mujeres.

Rubí se hincó frente a Rodrigo sin pensarlo dos veces y empezó a mamarle los testículos con fruición mientras él seguía embistiendo a Maca.

Maca, desatada por el alcohol y la lujuria, estiró el brazo, le agarró el cabello a Rubí y le acercó uno de sus senos para que se lo chupara.

Las dos mujeres se enredaron en un intercambio de lenguas y quejidos mientras Rodrigo las gobernaba a las dos.

—¡Así, Rodrigo… dale! —gemía Maca, mirándome con una sonrisa sucia—. ¿Ya viste, Marco? Así se coge de verdad.

Yo estaba acabado. Me subí el calzón y el pantalón con dedos que no me respondían, abrochándome el cinturón como pude. Me senté en el sillón vacío, en medio de la sala, convertido en un estorbo que nadie volteaba a ver.

En el dormitorio, la tremenda follada de David estaba llegando al final. Tenía a Regina agarrada de las caderas, clavándola contra el colchón con una violencia tremenda.

—¡Me vengo, David… lléname toda, cabrón…!

—¡Toma tu pinche leche, perra! —bramó mi jefe.

Se hundió hasta el tope y se quedó rígido.

Regina arqueó la columna, con los muslos sacudiéndose en espasmos incontrolables, soltando un grito ronco que le desgarró la garganta.

David se vació por completo en sus entrañas.

Cuando se salió despacio, un río espeso de semen blanco y denso comenzó a escurrirle por la entrepierna, manchando la tela oscura de la cama.

David se desplomó sobre la espalda de ella, bañado en sudor. Mi esposa se giró con dificultad, le echó los brazos al cuello y le besó la mejilla con una ternura que a mí no me daba desde hacía años.

—Te amo, David —le susurró ella con una voz dulce—. Te amo con toda mi alma.

Esas palabras me mataron por dentro. El sexo ya no era el problema; era la devoción. David la había cogido, se había adueñado de ella y me la había quitado para siempre. Me cubrí la cara con las manos, sintiendo que me faltaba el oxígeno.

En ese segundo exacto, el teléfono me vibró en el bolsillo del saco.

Lo saqué maquinalmente. La pantalla se encendió con una notificación de WhatsApp.

Era un mensaje de Regina:

«Te amo, Marco. No olvides eso.»

Fruncí el ceño. Me limpié el sudor frío de la frente y levanté la vista hacia el cuarto.

Regina seguía acostada, abrazada al pecho de David, con los ojos cerrados y la respiración pesada. Miré la mesita de noche junto a la cabecera: el celular de mi esposa estaba ahí. Boca abajo. A dos metros de distancia de sus manos. Ni siquiera lo había tocado.

Un terror helado me recorrió la espalda.

El mensaje estaba programado. O peor: David lo había redactado desde el teléfono de ella antes de empezar la fiesta, calculando el minuto exacto en que yo estaría destruido para soltarme el golpe de gracia. Todo estaba medido. Toda mi humillación formaba parte de una agenda corporativa.

Miré la pantalla iluminada. Ya no sabía qué parte de mi vida era real y qué parte era una farsa orquestada por mi jefe. Escribí tres respuestas y las borré todas. Al final, completamente quebrado, tecleé: «Yo también».

Guardé el aparato. En la sala nadie me pelaba.

Rubí y Maca se turnaban la verga de Rodrigo, gimiendo como desquiciadas sobre la alfombra.

Regina dormía plácidamente entre los brazos del dueño de la empresa.

Y yo me quedé clavado en ese sillón de piel, tragándome la hiel, esperando que amaneciera para volver a la oficina a servirles.