Capítulo 8 #3
—¡Ahhh…! —David echó la cabeza hacia atrás—. Así, cabrona… dale.
Mi esposa se la metía con una devoción salvaje.
La cabeza le subía y le bajaba con un compás firme.
Las mejillas se le hundían con cada succión, sacando la lengua para pasarla por las venas hinchadas, bañándolo en saliva espesa antes de volvérsela a meter hasta el fondo de la garganta. Se estaba ahogando a propósito.
Un hilo de baba gruesa le escurría por la comisura de los labios, goteándole directo sobre el pecho desnudo. Los ojos se le pusieron rojos por la falta de aire, pero no se detenía.
—Mmmh… mmmh… —gemía ella con la boca atascada de carne.
—Puta madre… qué bien tragas —gruñía David, metiéndole los dedos en el cabello para empujarle la cara contra la pelvis.
Regina soltó el miembro con un chasquido húmedo, dejando un puente de saliva estirándose entre sus labios y el glande.
—Me fascina tenerla aquí adentro —dijo ella, relamiéndose—. Sentir cómo late dentro de mi boca.
—¿Te gusta más que la de tu marido?
—¡Ufff! ¡Sí, sí!
Lo gritó hacia la puerta, con la intención clara de que yo la escuchara. David soltó una carcajada limpia. Yo me encogí en el sillón de piel, sintiéndome la basura más insignificante del mundo.
David la levantó de los brazos como si no pesara nada y la aventó de espaldas sobre las sábanas negras.
Se le subió encima, pero no la penetró. Empezó a devorarla a mordiscos.
Le chupó el cuello, le mordió la clavícula, le bajó el sostén con los dientes y liberó sus enormes tetontes, que botaron hacia los lados.
David le atoró un pezón entre los labios y se lo chupó con fuerza.
—¡Sí… chúpamelos, David… ahhh! —aullaba mi mujer, clavándole las uñas en la espalda.
David fue bajando la boca. Le besó el vientre, le arrancó la tanga de un tirón y la tiró al piso. Se acomodó entre sus muslos carnosos.
—Ábrete bien, perra. Déjame probarte.
Regina abrió las piernas de par en par. Desde la sala le vi el sexo hinchado, húmedo, chorreando lubricación hacia el ano. David hundió la cara entera en su entrepierna, pasándole la lengua a lo largo de los labios carnosos.
—¡Aaaahhh…! —gritó ella, jalando las sábanas—. ¡Puta madre!
David se la comía como un animal rabioso. Metía la lengua, le succionaba el clítoris y le metió dos dedos juntos de golpe. Regina soltó un espasmo violento y un chorro de flujo caliente le escurrió por la barbilla a David.
—Sabes delicioso —dijo él con la cara empapada—. ¡Me encanta cómo te mojas, putita!
—¡Me vengo, David…! —chillaba ella, retorciéndose—. ¡Me voy a venir!
—¡Te aguantas! —le ordenó él, sacándole los dedos de golpe para cortar el orgasmo.
Mientras tanto, en la sala, la realidad me cayó encima como un balde de agua helada.
Rodrigo ya tenía a Maca montada en su regazo sobre el otro sillón.
Le había levantado el vestido hasta la cintura.
La muchacha ya no lloraba; se restregaba contra el bulto del pantalón de Rodrigo con los ojos apretados, gimiendo bajito.
Rodrigo le metió una mano por debajo del escote, sacándole un pecho firme y chupándole el pezón con fruición.
—¿A poco Evaristo te calienta así, princesita? —se burlaba Rodrigo entre besos.
Maca negó con la cabeza, respirando entrecortadamente, buscando la boca del tipo con desesperación.
Y frente a mí, parada a un metro de distancia, estaba Rubí. Tenía los brazos cruzados debajo de sus senos operados y una cara de tedio absoluto.
—¿Y bien? —me soltó con voz de hielo—. ¿Te vas a quedar ahí babeando como idiota o qué chingados vas a hacer?
Me puse de pie con las rodillas flojas, sintiendo que el piso se me movía.
—Rubí… yo no sé qué quieres que haga —balbuceé, bajando la vista.
—¡A mí no me hables! —me cortó con desprecio—. Voltea a ver al cuarto, pendejo. Mírala.
Giré la cabeza. Por la rendija vi a David ensartando a mi esposa.
Regina estaba en cuatro patas sobre el colchón, quebrando la cintura con las nalgas levantadas, y David la penetraba por detrás con embestidas duras, pesadas, haciéndola temblar entera.
Con cada golpe de cadera, las nalgas de Regina vibraban y sus pechos colgaban rebotando con violencia.
El pene de mi jefe le entraba completamente, dilatando las paredes de su coño al máximo, y al salir, la abertura se quedaba rosada y dilatada por un segundo antes de volver a tragar la carne gruesa.
—¡Así, papi… rómpeme toda… ahhh! —gritaba mi esposa con la cara contra la almohada.
—Mírala bien —me siseó Rubí al oído, escupiendo ponzoña—. Mira cómo le gusta que le den duro a la muy hija de puta. ¿Cuándo en tu perra vida la hiciste gritar así? Nunca, cornudo de mierda. Porque eres un inútil. David se la coge porque él sí tiene con qué. Tú eres una basura.
Me tragué la saliva amarga y una lágrima se me escurrió por la mejilla. Rubí la vio y soltó una carcajada seca.
—¿Vas a metérmela o te vas a seguir haciendo pendejo? Apúrate, que no pienso perder la noche contigo. Y grábate esto: no me mires a la cara mientras me la metes.
Me desabroché el cinturón con manos torpes y me bajé el pantalón.
Mi verga estaba dura, pero era una erección triste, nacida del pánico y la vergüenza.
Rubí se bajó la tanga rota, se recostó de espaldas en el brazo del sillón y abrió las piernas con un fastidio evidente.
Su sexo estaba cerrado, seco, sin una sola gota de lubricación.
Mi presencia no le provocaba ni el menor cosquilleo.
—¡Vamos! —me ordenó, mirando hacia las lámparas del techo—. Meteme tu miseria y acaba de una vez.
Me arrodillé sobre la alfombra, en medio de sus piernas abiertas. Parecía un trámite burocrático, una ejecución pactada. Rubí no hizo ni el más mínimo intento por tocarme; estaba tiesa, como quien espera que le saquen una muela.
Me escupí en la palma de la mano para humedecerme el glande y me empujé hacia su interior.
Apenas entró la cabeza. Estaba tan seca que la fricción me quemó. Se sintió rasposo, caliente y áspero.
—Puta madre, cómo arde de lo seca que estoy —se quejó Rubí, arrugando la nariz—. Échale más saliva, no mames. Haz algo bien por una vez.
Me retiré, me llené la mano de saliva otra vez y volví a empujar. Entró completa, pero fue un movimiento torpe, sin gracia.
—¿Eso es todo lo que traes? —se burló ella, mirando de reojo hacia mi entrepierna—. Qué pinche lástima. Apenas siento que tienes algo adentro. Pareces de hule.
Empecé a bombear hacia adelante y hacia atrás. Mis caderas se movían con un compás mecánico, muerto. No había sonido de fluidos ni roce agradable; era como frotar dos pedazos de cuero seco.
Rubí estiró el brazo, agarró su celular de la mesita lateral, desbloqueó la pantalla y se puso a revisar sus mensajes mientras yo seguía montado sobre ella.
—¿De verdad no sientes nada? —le pregunté, con la dignidad arrastrando por los suelos.
—¿Qué quieres que sienta con esa porquería? —me soltó sin despegar los ojos del teléfono—. Apenas me haces cosquillas en la entrada. No llegas a ningún lado, Marco.
La poca firmeza que me quedaba empezó a derrumbarse. El contraste era una pesadilla. Desde la recámara, los alaridos de Regina inundaban cada rincón del departamento.
—¡Sí, David…! ¡Métemela toda, carajo…! ¡Aaaahhh!
—¿Oyes eso? —Rubí dejó caer el celular sobre su vientre y me clavó la mirada, saboreando mi ruina—. Así aúlla una mujer cuando le meten una verga de verdad. Y tú ni siquiera puedes mantenerla dura para terminar rápido. Eres patético, cabrón.