Capítulo 8 #2
No fue un baile para la tribuna. Fue un acto de posesión descarado.
Regina se movía como si no hubiera nadie más en el mundo.
Se pegaba al cuerpo de David, rozaba sus muslos contra los de él y se apartaba apenas lo necesario para volver a estrellarse.
Sus caderas tenían un compás lento, denso, hipnótico.
David le clavó las dos manos en la cintura, jalándola de golpe contra su pelvis.
Regina soltó un quejido ronco y se dejó prensar.
Bailaron pegados de pies a cabeza. Los pechos enormes de mi esposa se aplastaban contra la camisa de David, deformándose contra su pecho con cada embestida simulada.
Las caderas de los dos chocaban con un ritmo que era prácticamente una cópula de pie.
A través de la tela del pantalón de vestir de David se dibujaba un bulto grueso, tieso como un madero contra el vientre de ella. Regina lo sintió de inmediato. Bajó la mano derecha sin el menor pudor, le agarró la entrepierna por encima de la tela y le sobó la verga con una lentitud descarada.
—La tienes durísima, papi —le susurró ella al oído, mordiéndose el labio.
—Así me la pones tú, perra —le contestó él con voz ronca.
Escuché cada maldita palabra. Se me formó un nudo de ácido en la garganta.
Maca los miraba desde un costado, con la boca entreabierta, como una alumna que toma notas de cómo se comporta una verdadera zorra de oficina. Rubí fingía bailar cerca de Rodrigo, pero no le quitaba los ojos de encima a David; tenía la mandíbula apretada y una rabia mal disimulada en los ojos.
Y yo… yo estaba clavado en el sillón de piel, con el trago tibio en la mano, viendo cómo la mujer con la que me casé por la iglesia se calentaba con el falo de mi patrón a tres metros de distancia.
Lo más asqueroso, lo que me hacía odiarme hasta las tripas, era la punzada en mi propia entrepierna.
Mi verga estaba dura, adolorida contra el cierre del pantalón.
Mi cuerpo traidor, alimentándose de mi propia miseria, respondía al espectáculo con una calentura sucia.
Me apreté disimuladamente a través del bolsillo y sentí cómo la tela del calzón se humedecía con líquido tibio.
Quería levantarme y largarme de ese edificio. Pero no podía apartar los ojos.
La música se cortó. Regina se separó de David jadeando despacio, con las mejillas encendidas y el cabello revuelto. Él la miró con una satisfacción pesada y le dio una palmada sonora en la cadera.
—Excelente —dijo David, carraspeando—. Ya calentamos. Ahora vamos a lo que sigue.
Caminó de vuelta hacia la sala y se dejó caer en el sofá. Regina se sentó a su derecha, muy junta, esperando instrucciones con las manos cruzadas.
—¿Y cuál es el siguiente paso, David? —preguntó Rubí, cruzándose de brazos contra la pared.
—El reparto —soltó David con naturalidad—. Cada quien agarra a su pareja para pasar la noche.
Rodrigo soltó una risita burlona.
—¿Intercambio de personal o qué?
—Algo parecido. —David le pasó la mano por el muslo a Regina—. Pero no tan así. Yo me quedo con mi reina.
Regina sonrió hacia él, con esa devoción que me partía el alma.
—Seré tuya esta noche, David —dijo ella, borrándome del mapa—. Para que me hagas lo que quieras.
Rodrigo aplaudió y me miró, mientras se reía.
—Rodrigo —ordenó David, señalando con la barbilla—, tú te quedas con Maca. Ya vi cómo la traes de la correa. Y ella ya sabe a qué vino.
Rodrigo asintió, pasándole el brazo por el cuello a la chica y jalándola hacia su pecho sin contemplaciones. Maca no metió las manos; agachó la cabeza y se dejó envolver.
—¿Y Evaristo? —alcanzó a balbucear ella con un hilo de voz temblorosa.
—Evaristo está en su casa rascándose los huevos viendo la tele —le escupió Rodrigo al oído—. Tú estás aquí conmigo. Así que te callas y aflojas.
—¿Y yo con quién carajos me quedo? —soltó Rubí de golpe. Ya no tenía sonrisa. La soberbia se le había quebrado por completo y se le notaba la desesperación en la cara.
David la miró despacio. Luego giró los ojos hacia mí. Una sonrisa pesada, burlona, se le dibujó en los labios.
—Tú te quedas con Marco.
El silencio que cayó en la sala fue tan aplastante que solo se escuchaba la vibración metálica del refrigerador de la barra. Rubí me clavó la mirada. Y en su rostro no vi sorpresa; vi asco. Un asco visceral, sin filtros.
—¿Con él? —escupió Rubí, apuntándome con el dedo índice—.
¿Con el pinche cornudo? No mames, David.
Yo vine aquí a estar contigo. O con Rodrigo, de perdida.
Yo no vine a servirle de premio de consolación al sirviente de tu puta.
—La voz le tembló de puro coraje—. No soy plato de segunda mesa de nadie.
—Es en serio, Rubí —respondió David, con un tono gélido que no admitía réplicas—. Marco es parte de la empresa y es parte de esto. Van a coger ustedes dos. Es la regla de la casa.
—¡Pero míralo! —gritó ella, dando un paso hacia el centro—.
¡Es un mediocre! ¡Es un pobre diablo que se sienta a ver cómo te tiras a su mujer enfrente de él!
¿Ya le viste el bulto en el pantalón? ¡El pendejo se excita de ver cómo te comes a su mujer!
Está enfermo, David. ¿Y quieres que yo me acueste con esa porquería? Ni de chiste.
—Por eso mismo —remató David, recargándose hacia adelante—. El muchacho necesita aprender cómo se trata a una mujer de verdad. Y tú le vas a enseñar.
Rubí abrió la boca para gritarle otra grosería, pero David le sostuvo la mirada con una frialdad que la frenó en seco. Ella sabía perfectamente que si daba un paso en falso esa noche, posiblemente fuera corrida de su casa. Apretó los puños a los costados, respirando con dificultad.
Dio un paso hacia atrás, bufando con desprecio.
—Si intenta darme un beso en la boca, le parto la madre. Si me quiere tocar la cara, le meto un bofetón. Y si no se le para el pito, no es mi pinche problema.
David levantó su vaso de whisky en un brindis silencioso.
—Trato hecho.
—Que te quede bien claro, David —añadió Rubí, mirándome como a una cucaracha—. Me lo voy a tirar porque tú me lo ordenas. No por gusto.
—Con eso me basta.
Esto era lo más humillante que había sentido en toda mi vida. Que una mujer me dijera que le daba asco, que no se excitaba conmigo… tratarme como una porquería, que claro que lo era, frente a mi esposa…
David se puso de pie y le extendió la mano a Regina.
Mi mujer se levantó sin titubear, entrelazó sus dedos con los de él y se dejó guiar hacia el fondo del penthouse.
Había una puerta doble de madera maciza.
David la empujó hacia adentro, dejando ver una recámara inmensa con una cama king size tapizada en sábanas oscuras.
—Nosotros nos metemos aquí —dijo David, volteando a verme directamente—. Si ocupan algo, ya saben.
Se detuvo en el marco de la puerta. Me miró con una malicia que me revolvió el estómago y jaló la hoja de madera, dejándola abierta apenas una cuarta. La luz ámbar de la recámara cortaba la penumbra de la sala en una franja recta que apuntaba directo al centro del colchón.
—Te la dejo emparejada, Marco —soltó David con una sonrisa pesada—. Para que veas todo. Para que escuches cómo brama tu esposa. Y si cierras los ojos, cabrón, igual te van a zumbar los oídos toda la noche.
Regina miró la rendija abierta, me miró a mí desde el fondo del cuarto y no dijo una sola palabra.
El dormitorio de David parecía un altar montado para el exceso. Mi esposa se paró al pie de la cama con las manos en las caderas, esperando. David se le acercó por la espalda, pegando su pecho a los omóplatos de ella, y le bajó despacio las manos por los brazos hasta llegar al escote negro.
—¿Estás lista, mi reina? —le murmuró al oído.
Regina echó la cabeza hacia atrás, frotando su nuca contra la barba cerrada de él.
—Siempre estoy lista para que me folles, mi amor —respondió ella, con una voz ronca que me atravesó como una cuchilla—. Hazme todo lo que él nunca supo hacerme.
David le bajó el cierre metálico con un movimiento fluido.
La seda negra resbaló por sus hombros anchos y cayó hecha un charco en la alfombra.
Regina quedó parada en pura lencería: un conjunto de encaje negro minúsculo.
Sus pechos descomunales se salían por los costados de las copas, con los pezones hinchados empujando la tela fina.
—Hija de tu madre, qué pedazo de mujer eres —soltó David, apretándole la cintura.
—¿Te gusta, papi? —dijo ella, dándose la vuelta.
—Me encantas, ya me la pusiste tiesa… más tiesa.
Se besaron con una lujuria asquerosa. No fue un beso de cariño; fue un choque de bocas abiertas, lenguas buscándose a tirones y dientes chocando.
Las manos grandes de David bajaron a las nalgas de mi mujer, hundiéndole los dedos en la carne con fuerza.
El ruido mojado de sus labios, ese chasquido constante de saliva, atravesaba la rendija y rebotaba en la sala.
A mí se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no eran de llanto; eran de pura impotencia y ardor.
Regina empezó a desabotonarle la camisa a mi jefe con dedos ágiles.
Se la arrancó de los hombros y la aventó al suelo.
El torso de David era ancho, macizo, con los músculos marcados por el gimnasio.
Regina le pasó las uñas rojas por el pecho, arañándole la piel despacio hasta llegar a la hebilla del cinturón.
—Quiero verla —exigió ella, respirando con dificultad.
David se desabrochó el pantalón y lo dejó caer junto con el bóxer.
Su verga saltó hacia afuera, pesada, tiesa, apuntando hacia arriba.
Desde la rendija la vi a la perfección: era un tronco grueso, venoso, con la cabeza morada brillando bajo la luz tenue.
Una herramienta infinitamente superior a la mía.
Regina la agarró con las dos manos y la acarició de arriba abajo, sin que le cupiera en las palmas.
—Sigue igual de gorda —soltó ella con una risa cargada de morbo.
—Así me la pones tú, perra.
Regina se dejó caer de rodillas sobre la alfombra. Sin pensarlo medio segundo, abrió la boca y se tragó la cabeza de la verga de David, entera.