Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 8
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Capítulo 8

En el penthouse de David se respiraba un calor espeso, sofocante, como si el aire viniera cargado de una corriente eléctrica que te erizaba los vellos de la nuca.

Me quedé sentado en la orilla de ese sillón de piel negra, con las dos manos agarrando el vaso de whisky para que nadie notara el temblor de mis dedos.

La escena se movía frente a mí con una sincronía enferma, como una obra de teatro donde todos los actores se sabían sus parlamentos de memoria y yo era el único imbécil que no había leído el libreto.

David caminaba de un lado a otro detrás de la barra de granito, sirviendo copas de cristal cortado con una calma que me reventaba el hígado.

Lo hacía ver ordinario, rutinario, como si juntar en su sala a su amante, a la esposa de su analista, a la prometida ingenua de otro empleado y al patán de sistemas fuera una reunión de trabajo cualquiera.

—A ver, señores, beban, relájense —dijo David, repartiendo los vasos sobre la mesa de centro—. Aquí adentro no hay jerarquías ni organigramas. Esta noche somos amigos con beneficios.

Rubí soltó una risita seca desde el brazo del sofá. Tenía las piernas cruzadas con el vestido rojo subido casi hasta las ingles, dejando ver el nacimiento de sus muslos pálidos. Sus ojos verdes tenían ese brillo filoso que siempre me ponía en guardia.

Pero la risita se le borró en un segundo. En cuanto escuchó la palabra «beneficios», barrió con la mirada a David, luego a Rodrigo, y a mí me brincó por completo, como si mi asiento estuviera vacío.

—Amigos con beneficios —repitió ella, saboreando el veneno—. Me late la idea, David. Siempre y cuando los beneficios no me los quieran repartir a mí con cualquiera. Ya me tocó bailar con la más fea una vez en esta oficina. No pienso repetir el chiste.

A su lado, en el extremo opuesto, Rodrigo tenía el brazo pasado sobre los hombros de Maca. La pobre muchacha parecía un animal acorralado en la carretera. Tenía los dedos entrelazados sobre la falda, apretando la tela con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos.

No volteaba a verme. Cada vez que mis ojos buscaban los suyos por accidente, desviaba la cabeza hacia la alfombra, como si mirarme le diera vergüenza o asco. O las dos cosas.

—Maca, mamacita —le soltó Rodrigo al oído, dándole un apretón en el hombro—. Tómate el vino. No viniste a rezar.

Maca no dijo ni media palabra. Levantó la copa con manos vacilantes, le dio un trago largo y terminó tosiendo cuando el alcohol le raspó la garganta. Rodrigo se rio y le dio dos palmadas pesadas en la espalda, con esa condescendencia que me revolvía el estómago.

—Trágatelo despacio, princesita. Ya te he dicho cómo se pasa lo espeso.

Maca se puso roja hasta las orejas.

—Rodrigo… por favor, aquí no digas esas cosas —alcanzó a susurrar.

—¿Y por qué no, preciosa? Si aquí nadie es santo. Todos en este departamento sabemos de qué pie cojeas.

Rubí soltó otra carcajada corta, mientras David negaba con la cabeza, sonriendo con desdén.

Regina, mi esposa, estaba sentada junto a David.

Tenía las piernas recogidas debajo del cuerpo sobre los cojines de piel, apoyando la espalda contra el costado de mi jefe, con una copa de vino blanco sostenida entre los dedos largos.

Se veía serena. Se veía radiante. Tenía esa expresión de mujer satisfecha que jamás, en cinco años de matrimonio, logré sacarle en nuestra propia cama.

Le miré la mano izquierda sobre la pierna de David. El anillo de matrimonio brillaba contra la tela del pantalón de vestir de él. Sentí un jalón seco en el pecho, una punzada amarga que me cortó la respiración.

—Marco —me habló David, sacándome del trance—. Te noto tieso, cabrón. ¿Quieres que te sirva algo con más lumbre?

—No, con esto estoy bien —respondí, aunque la voz me salió quebradiza, áspera.

—Mientes —dijo él, sonriendo de lado—. Pero te la paso. Es normal tener el culo en la mano la primera vez. Todos nos ponemos nerviosos al principio.

—¿La primera vez de qué exactamente? —solté, aunque la bilis en mi boca ya me estaba dando la respuesta. Necesitaba que alguien lo dijera con todas sus letras, sin disfraces, para terminar de romperme.

David no me contestó a mí. Bajó la vista hacia Regina y le puso la mano abierta sobre el muslo.

Mi esposa no hizo el menor intento por quitarlo; al contrario, se acomodó mejor contra su costado.

La mano de David avanzó despacio, metiéndose por debajo de la falda hasta tocar la piel tibia.

Regina entreabrió apenas los labios, soltando un suspiro tibio, y separó las rodillas un par de centímetros.

Ni siquiera parpadeó hacia donde yo estaba.

—David… —murmuró ella con un hilo de voz—. Todavía no. Espérate.

—Ya me esperé bastante —le respondió él, y le plantó un beso húmedo en la sien.

David levantó la vista hacia mí.

—La primera vez de todo, Marco. La primera vez que este equipo comparte en serio. Sin correos ocultos, sin inventar juntas a deshoras, sin andar fingiendo que no sabemos qué hace cada quien cuando se apagan las luces.

David se puso de pie con una lentitud que imponía. Caminó hacia el centro de la sala, donde la alfombra persa se abría frente a los ventanales inmensos que daban a las luces de la ciudad. Se metió las manos a los bolsillos del pantalón y nos recorrió con la mirada.

—Antes de entrar en materia —anunció—, quiero poner una regla. Una dinámica para romper el hielo.

—¿Qué clase de dinámica, patrón? —preguntó Rodrigo, acomodándose en el respaldo con los ojos encendidos de morbo.

—Música. Queremos ver cómo se mueven nuestras hembras. —David miró a Regina, luego a Maca y al final a Rubí—. Las tres. Una por una. Sin pretextos.

Rubí fue la primera en saltar del mueble. Se le notaba la urgencia de robarse la atención. Se estiró el vestido rojo, se sacudió la melena teñida y caminó hacia la alfombra con un contoneo pesado de caderas.

—A mí me parece perfecto —dijo ella, lanzándome una mirada venenosa de reojo—. Pon música, algo que valga la pena, David.

David sacó el celular y tocó la pantalla. Por las bocinas empotradas en el techo empezó a salir una base lenta, pesada, con un bajeo denso que hacía vibrar el cristal del ventanal.

—Eso mero —dijo Rubí. Cerró los ojos y empezó a balancearse al compás del ritmo.

No era un baile elegante; era un espectáculo directo, carnal.

Se pasó las dos manos por los pechos, apretándose los melones a través de la tela del vestido, bajó por el vientre plano y se clavó los dedos en las caderas.

Luego se dio la vuelta. Se agachó despacio, quebrando la cintura y empujando las nalgas directamente hacia donde estaba parado David, ignorándome como si yo fuera una sombra en la pared.

El vestido se le subió de golpe. Quedó expuesta la tanga de encaje negro hundida entre sus nalgas redondas.

Rubí se enderezó mordiéndose el labio inferior, miró a David y soltó una risita burlona.

Rodrigo soltó un chiflido largo. A su lado, Maca tragó saliva, mirando el suelo como si quisiera que la tierra se la tragara.

—Macarena —llamó David, y el tono seco de su voz no daba pie a dudas—. Tu turno.

La muchacha se quedó paralizada. Los ojos se le abrieron desorbitados y por un segundo creí que iba a levantarse a correr hacia la puerta. Pero Rodrigo le puso una mano pesada en la nuca y la empujó hacia el frente.

—Vamos, mamacita. Enséñales lo que haces en la oficina cuando nadie nos ve. Muévete.

Maca caminó hacia el centro con pasos torpes, temblorosos. Se paró frente a Rubí, que la midió de arriba abajo con una ceja levantada y una mueca de burla.

—Afloja el cuerpo, niña —le soltó Rubí en un susurro que todos alcanzamos a oír—. No estás en misa.

Maca respiró hondo, cerró los ojos y empezó a mover los pies.

Al principio parecía un muñeco de trapo, tiesa, avergonzada.

Pero el bajeo de la música y el calor de las miradas empezaron a hacerle efecto.

Fue soltando los hombros. Se pasó una mano por el cuello, acariciándose la piel sudada, y fue bajando hasta la cintura con una cadencia que me heló la sangre.

De pronto abrió los ojos. Y me clavó la mirada.

Había algo enfermo en sus pupilas. No era la Maca que lloraba en los pasillos de nóminas ni la chica asustada que Evaristo juraba proteger.

Había un desafío directo, una burla descarada.

Era como si me estuviera diciendo a la cara: «Mírame bien, pendejo.

Yo también sé ser una puta como tu mujer. ¿Y tú qué vas a hacer al respecto?».

Se dio la vuelta y sacudió las nalgas con un ritmo violento que le sacó un gruñido a Rodrigo. La seda del vestido se le pegaba a la espalda, marcándole cada pliegue del cuerpo. Esa mujer ya no tenía salvación; había probado la humillación y le había gustado el sabor.

—Eso es todo, princesita —festejó Rodrigo desde el sofá, dándole un trago a su cerveza—. Vas aprendiendo rápido.

David dio dos pasos hacia el sillón donde seguía mi esposa. Regina lo esperaba con las manos descansando en el regazo y una sonrisita diminuta, calculadora. David le ofreció la mano abierta.

—Venga, mi reina. Enséñales cómo se mueve una hembra de verdad.

Regina se levantó y el ambiente de la sala cambió de golpe.

Se volvió insoportable. Mi esposa caminó hacia la alfombra con una calma aplastante.

No tenía el escándalo ordinario de Rubí ni la torpeza de Maca.

Caminaba con la soberbia de una hembra que sabe perfectamente que todos los hombres en esa habitación estaban respirando por ella.

Antes de tocar a David, me buscó con la mirada. Me encontró. No había un solo rastro de culpa en sus facciones. Me sostuvo los ojos durante tres segundos eternos, retándome a bajar la cabeza.

Luego se plantó frente a mi jefe. Le puso las dos palmas sobre el pecho y empezó a mecerse.