Capítulo 7 #5
Pero lo que más me impactó fue su expresión. Tenía los ojos como platos, la boca entreabierta, y una palidez que contrastaba con el maquillaje. Me miró. Luego miró a Regina. Luego me volvió a mirar a mí.
Macarena no tenía idea de que Regina era mi esposa.
Y entonces, lentamente, el engranaje hizo clic en su cabeza.
—¿Marco...? —dijo, con un hilo de voz—. ¿Y ella...?
David apareció en ese momento, saliendo de lo que supuse era la cocina. Llevaba un traje gris marengo, sin corbata, con la camisa blanca desabrochada en el cuello. En la mano traía una botella de whisky y una sonrisa que me erizó la piel.
—Ah, ya llegaron —dijo, con una alegría que sonaba genuina—. Pásenle, pásenle. Están en su casa.
Regina entró primero. Yo la seguí, con las piernas temblando. David le dio un beso en la mejilla a mi esposa, un beso casto, casi fraternal. Luego me miró a mí.
—Marco. Me alegra que hayas venido. De verdad.
—Gracias por la invitación —dije, con la voz más firme que pude lograr.
Aunque esto no se parecía en nada a lo que supuestamente Regina me había dicho que sería la cena.
David sirvió whisky en dos vasos y me extendió uno.
—Siéntate. Estás en casa.
Me senté en el único sillón que quedaba libre, frente a Maca. Ella me miraba con una expresión que no lograba descifrar: ¿confusión? ¿traición? ¿miedo?
—Bien —dijo David, sentándose en el brazo del sofá, junto a Regina—. Antes de que empecemos con la cena, hay algo que Maca necesita saber.
Maca parpadeó.
—¿Yo?
—Sí. —David sonrió, y su mirada se paseó entre Regina y yo—. Verás, Maca, hay una razón por la que Marco y Regina se conocen más de lo que aparentan.
Maca frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
David se giró hacia Regina. Le acarició el hombro con una familiaridad que me hizo apretar los dientes.
—¿Quieres decírselo tú, o se lo digo yo?
Regina respiró hondo. Me miró. Luego miró a Maca.
—Maca... Marco y yo estamos casados.
El silencio que siguió fue tan pastoso que pude escuchar el tintineo del hielo en mi vaso. Maca abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—¿Qué...? —dijo, con un hilo de voz—. ¿Casados?
—Desde hace cinco años —añadió David, con una calma que me revolvió el estómago—. Regina es la esposa de Marco. Y también es mi amante. Y a partir de esta noche... bueno, digamos que todos vamos a conocernos mucho mejor.
Maca se giró hacia mí. Sus ojos estaban húmedos.
—¿Marco...? —su voz se quebró—. ¿Es verdad?
Asentí, sin poder hablar.
—¿Y todo este tiempo...? —Maca se pasó una mano por el cabello, despeinándolo—. ¿Todo este tiempo estuviste casado con la mujer que... que...
—Sí —dije, finalmente—. Todo este tiempo.
Maca se levantó de golpe. Su copa de vino se tambaleó sobre la mesa, derramando un poco de líquido rojo sobre la alfombra.
—¡No puedo...! —jadeó, llevándose una mano al pecho—. ¡No puedo creer que me hayas ocultado algo así!
—Maca... —empecé, pero ella me cortó con un gesto.
—¡No! ¡No me hables! —Se giró hacia David—. ¿Y tú? ¿Tú lo sabías?
—Por supuesto —dijo David, con una sonrisa—. Yo lo sé todo, Maca. Absolutamente todo. Como sé que Rodrigo te ha estado cogiendo en el sótano. Como sé que tienes fotos que no quieres que Evaristo vea. Como sé que estás aquí esta noche porque Rodrigo te lo pidió.
Maca se quedó blanca. Sus labios temblaban.
—¿Rodrigo...?
El rubio se levantó del sillón y se acercó a ella. Le puso una mano en el hombro.
—Tranquila, princesita. Aquí nadie te va a juzgar. —Le guiñó un ojo—. Al contrario. Aquí todos estamos en la misma situación.
—¿Qué situación? —preguntó Maca, con un hilo de voz.
David se levantó. Caminó hacia el centro de la sala, con las manos en los bolsillos.
—La situación de que todos pertenecemos a alguien —dijo—. Regina me pertenece a mí. Tú le perteneces a Rodrigo. Y Marco... —me miró, con esa sonrisa sádica que ya le conocía— ...Marco pertenece a Regina. Es una cadena perfecta. Una jerarquía. Y esta noche, vamos a celebrar esa jerarquía.
Se giró hacia Rubí, que había estado en silencio todo este tiempo, observando con una sonrisa maliciosa.
—Rubí, por su parte, ha decidido unirse a nosotros. No como sumisa, sino como... observadora. ¿No es así, Rubí?
Rubí se levantó del sofá. Caminó hacia David y se colgó de su brazo con una familiaridad que me heló la sangre.
—Así es —dijo, con una voz ronca—. Aunque después de ver lo que vi en el Blackwood... tal vez me anime a participar.
—Excelente —dijo David. Luego se giró hacia mí—. Marco, ¿tú qué opinas? ¿Estás listo para una noche... deliciosa?
Miré a Regina. Ella me sonrió. Una sonrisa pequeña, cómplice, casi tierna.
Miré a Maca. Estaba pálida, temblando, pero no se movía. No huía.
Miré a Rodrigo. El rubio me miraba con una expectativa lasciva, como si ya estuviera saboreando lo que vendría.
Y entonces, David habló de nuevo.
—Esta noche —dijo, con una voz que retumbó en todo el penthouse— será una noche deliciosa. Y sexualmente fascinante. Para todos.
Levantó su vaso de whisky.
—Salud.
Nadie respondió. Pero nadie se fue.
Y yo, con el corazón hecho pedazos y la verga dura, me quedé sentado en ese sillón, esperando lo que vendría.