Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Asentí. Abrí el clóset y saqué el traje. Mientras me vestía, Regina se metió al baño. Escuché el agua correr, el secador de pelo, el ruido de frascos de perfume. Cuando salió, envuelta en una toalla, el corazón me dio un vuelco.

—Marco —dijo, con una voz suave, casi dulce—. ¿Me ayudas a vestirme?

La miré, incrédulo.

—¿Que yo te ayude?

—Sí. Quiero que me ayudes. —Regina dejó caer la toalla al suelo.

Su cuerpo desnudo, abundante, se impuso en la habitación.

Las tetas enormes, pesadas, con los pezones rosados ya erectos por el aire frío.

El vientre suave, las caderas anchas, el coño depilado que brillaba bajo la luz del buró—.

Quiero que seas tú quien me ponga la ropa esta noche.

—¿Por qué?

—Porque eres mi esposo. Y porque quiero sentir tus manos en mí antes de que él me toque.

Tragué saliva. Mi verga, comenzó a endurecerse contra la tela del pantalón de vestir. Me acerqué a ella, con las manos temblando.

—¿Qué te pongo primero?

—Las medias. —Regina señaló una bolsa de seda sobre la cama—. Las negras. Y la tanga. La de encaje.

Abrí la bolsa. Adentro había un par de medias de nylon negro, ultra finas, y una tanga minúscula de encaje negro que no cubría nada. Me arrodillé frente a ella, como tantas veces lo había hecho antes de que todo esto empezara.

—Dame el pie —murmuré.

Regina levantó un pie. Lo apoyé en mi muslo y empecé a deslizar la media por su pantorrilla. La tela era suave, fría, y se adhería a su piel como una segunda capa. Subí la media por su muslo grueso, sintiendo el calor de su cuerpo a través del nylon. Luego hice lo mismo con la otra.

—Ahora la tanga —dijo Regina, con una voz más ronca.

Tomé la prenda de encaje. Era pequeña, casi insignificante.

Le pedí que levantara los pies, uno por uno, y se la deslicé por las piernas.

Al ajustarla en sus caderas, la tira de tela se perdió por completo entre la inmensidad de sus glúteos.

El encaje se hundió en la raya de su culo, y el puente apenas cubría lo esencial.

—¿Te gusta? —preguntó Regina, girándose para mostrarme el frente. La tanga se veía aún más pequeña desde ese ángulo, con sus labios vaginales asomando ligeramente por los bordes.

—Sí —respondí, con la voz rota.

—Ahora el brasier.

Le puse el brasier negro, de encaje, con copas que apenas contenían sus pechos monumentales. Al abrocharle el broche trasero, mis dedos rozaron su espalda desnuda. Regina soltó un suspiro.

—El vestido —dijo, señalando una funda de plástico colgada en el clóset.

Lo abrí. Era un vestido negro, de seda, con un escote profundo y una falda que caía hasta la rodilla. Nada extravagante. Nada vulgar. Pero en el cuerpo de Regina, cualquier prenda se convertía en un arma de seducción.

La ayudé a meterse en él. Le subí la cremallera. Le acomodé el escote, que dejaba a la vista un canalillo profundo y carnoso. Luego le puse los tacones de aguja, negros, de quince centímetros.

Y me sentí como un idiota… vistiendo a mi mujer para que otro hombre se la follara.

Cuando terminé, Regina se miró en el espejo de cuerpo entero. Se veía... imponente. Elegante. Poderosa.

—¿Estoy bien? —preguntó, girándose hacia mí.

—Estás... —Tragué saliva—. Estás hermosa.

Regina sonrió. Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

—Gracias, Marco. Por esto. Por todo.

No respondí. Solo la miré, con el corazón hecho pedazos y la verga dura, y me pregunté cómo había llegado hasta aquí.

Llegamos al penthouse de David a las nueve en punto. El edificio era un rascacielos de lujo en la zona más cara de la ciudad, con un lobby de mármol y un elevador privado que subía directo al piso 32. Regina marcó el código en el panel y las puertas se abrieron sin hacer ruido.

—¿Listo? —me preguntó, tomándome de la mano.

—No.

—Yo tampoco. Pero ya estamos aquí.

El elevador se detuvo. Las puertas se abrieron. Y lo que vi me heló la sangre.

El penthouse era un espacio abierto, enorme, con ventanales que daban a toda la ciudad. Muebles de diseñador, alfombras persas, arte abstracto en las paredes. Pero lo que me dejó sin aliento no fue la decoración. Fue la gente.

En el sofá de cuero negro, con una copa de vino en la mano, estaba Rubí.

Llevaba un vestido rojo, ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación.

Su cabello pelirrojo caía en ondas sobre sus hombros, y sus labios estaban pintados de un rojo intenso.

Al verme, sonrió. Una sonrisa lenta, maliciosa, cargada de un significado que no logré descifrar.

Junto a ella, en un sillón individual, estaba Rodrigo. El rubio de sistemas llevaba una camisa negra, desabrochada en el cuello, y un pantalón de vestir gris. Tenía una cerveza en la mano y una sonrisa torcida en la cara. Al verme entrar, levantó la botella en un brindis silencioso.

Y en el otro extremo del sofá, sentada con las piernas cruzadas y una expresión de absoluta incredulidad, estaba Maca.

Maca. La prometida de Evaristo. La chica de nóminas que hacía apenas unos días se escondía detrás de blusas holgadas y faldas hasta la rodilla.

Ahora llevaba un vestido de seda color champán, corto, con un escote en V que dejaba a la vista un canalillo generoso.

Su cabello estaba suelto, con ondas suaves, y sus labios brillaban con un gloss transparente.