Capítulo 7 #3
—Rodrigo es un puto manipulador de mierda, Maca… no soy nadie para decírtelo… pero fíjate bien lo que haces. Evaristo es un chico fabuloso, que te ama, que te adora… no lo vayas a perder… por… por una simple calentura con Rodrigo.
Maca me miró con un deje de rechazo, y luego dejó su taza en la barra y se enderezó.
—Bueno, me tengo que ir. La Directora Bracamontes me pidió unos reportes para las doce. —Me guiñó un ojo—. Nos vemos, Marco.
Caminó hacia la salida, contoneando las caderas con ese ritmo nuevo que había aprendido. Antes de salir, se giró un segundo.
—Ah, y Marco... —su sonrisa se volvió más amplia— ... gracias por no decirle nada a Evaristo… aunque no lo creas, yo lo amo… pero a mi manera.
Salió.
Me quedé solo en la cocineta, con mi café enfriándose en las manos y una sensación de náusea subiéndome por la garganta.
Esa tarde, a las tres, Evaristo me mandó un mensaje.
"¿Puedes salir a comer algo? Necesito hablar contigo."
Respondí que sí.
Nos encontramos en la misma taquería de la última vez. Evaristo estaba peor que antes. Mucho peor. Tenía los ojos hinchados, la barba crecida de varios días y una palidez que daba miedo.
—No sé qué hacer, Marco —dijo, sin preámbulos, apretando un vaso de refresco entre las manos—. Maca está... no sé. Es como si fuera otra persona.
—¿A qué te refieres?
—A todo. —Evaristo levantó la vista, y vi que sus ojos estaban húmedos—.
Se viste diferente. Se comporta diferente.
Ya no me habla como antes. Ya no me besa como antes.
Anoche... —se detuvo, tragando saliva— ...
anoche intenté abrazarla en la cama, y me apartó.
Me dijo que estaba cansada. Pero yo la escuché hablando por teléfono a las dos de la mañana.
Se reía. Se reía como nunca se ríe conmigo.
Sentí que el estómago se me caía a los pies.
—¿Con quién hablaba?
—No sé. No quise preguntar. Tenía miedo de lo que me fuera a decir. —Evaristo se pasó una mano por la cara—. Marco, dime la verdad. ¿Tú sabes algo? ¿Has visto algo?
El silencio entre nosotros se hizo eterno.
Yo sabía. Sabía que Rodrigo se la cogía cada vez que quería. Sabía que la tenía amenazada con fotos. Sabía que la estaba convirtiendo en su mascota, en su juguete, en una versión retorcida de lo que alguna vez fue. Sabía que Maca estaba tan metida en el juego que ya no sabía cómo salir.
Y no podía decir nada.
—No sé nada, Eva —mentí, y la palabra me supo a cenizas—. De verdad. Maca siempre ha sido un poco reservada. A lo mejor solo está estresada por la boda.
—¿Estresada? —Evaristo soltó una risa amarga—.
Marco, la boda es en tres semanas. Y ella ni siquiera ha querido ir a probarse el vestido.
Dice que no tiene tiempo. Dice que ya no le importa cómo salga todo.
—Se limpió los ojos con el dorso de la mano—.
A veces siento que se está alejando de mí. Y no sé qué hacer para detenerlo.
—Habla con ella —sugerí, sintiéndome el peor amigo del mundo—. Dile lo que sientes.
—Ya lo hice. Y me dijo que soy un exagerado. Que me estoy inventando cosas. —Evaristo me miró con una desesperación que me partió el alma—. Marco, ¿crees que me esté engañando?
La pregunta cayó como una bomba.
—No lo sé, Eva —respondí, y era la verdad a medias—. No lo sé.
Nos quedamos en silencio durante un largo rato. El ruido del tráfico y el olor a manteca quemada llenaban el espacio entre nosotros.
—Si algún día te enteras de algo —dijo Evaristo, finalmente— ...si ves algo... ¿me lo dirías?
Lo miré. Sus ojos estaban rojos, hinchados, suplicantes.
—Sí —dije—. Te lo diría.
Era la mentira más grande que había dicho en mi vida.
Esa noche, en la casa, Regina llegó temprano. Otra vez. Las ocho y media.
El Martes en la noche se había quedado en el penthouse de nuestro jefe. Me lo avisó con un mensaje a las nueve: “Hoy me quedaré con él. David quiere que duerma aquí. Pasa por mí mañana al corporativo.”
El miércoles en la mañana la recogí en la entrada, ya maquillada, como si no hubiera pasado nada. Por eso este miércoles sí llegó a cenar.
—¿Cenamos? —preguntó, dejando el bolso sobre la barra.
—Sí. Hay sopa de tortilla.
Cenamos en silencio. Regina revisaba su celular cada pocos minutos. Yo la miraba de reojo, sin saber qué decir.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunté, finalmente.
—Bien. Normal. —Regina levantó la vista—. ¿Y el tuyo?
—Normal.
—¿Viste a Maca?
Me tensé.
—Sí. La vi.
—¿Y qué te pareció?
—Diferente.
Regina sonrió. Una sonrisa pequeña, casi orgullosa.
—Le di instrucciones a Rubí para que la ayudara a cambiar su look. Ya era hora de que esa chica dejara de esconderse. Tiene un cuerpazo, ¿no crees?
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué te importa cómo se vista Maca?
Regina me miró largamente.
—Porque Maca es parte de mi departamento, Marco. Además… pues trabaja para mí directamente.
—Sabes que ella está por casarse con Evaristo, ¿verdad?
—Sí —me dijo.
—¿Y sabes también que Rodrigo se la está cogiendo?
—Sí…
—¿Y no dices nada al respecto?
—Que a lo mejor es un error que se case con alguien tan… aburrido como Evaristo.
—¿Tú qué carajos sabes de Evaristo, Regina? El chico está hasta las trancas de Maca, y me parece una verdadera perrada lo que le están haciendo. Si Maca ya no lo ama porque prefiero la verga de Rodrigo, pues entonces que se lo diga de frente a Evaristo y que no lo haga sufrir.
—Marco, mi amor… por favor… deja de meterte en asuntos que no te correspondas, o te meterás en un problema.
—¡Pero Regina!
—Por favor, mi amor… ya, basta.
Regina soltó un suspiro largo, como si la conversación la estuviera agotando más que una jornada completa en la oficina.
Se levantó de la mesa, llevó su plato al fregadero y lo dejó ahí, sin enjuagarlo siquiera.
Yo la observaba desde mi silla, con esa mezcla de amor y resentimiento que ya se me había vuelto costumbre.
—Marco... —empezó, dándome la espalda mientras se apoyaba en la barra de la cocina—. Hay algo que tengo que decirte.
Mi estómago se contrajo de inmediato. Esa frase nunca traía nada bueno.
—¿Qué pasa ahora?
—David quiere que el sábado por la noche vayamos a su penthouse. Los dos.
El silencio que siguió fue tan denso que pude escuchar el zumbido del refrigerador. Parpadeé un par de veces, procesando lo que acababa de escuchar.
—¿Los dos? —repetí, como un idiota—. ¿Tú y yo?
—Sí. Una cena. Nada más. —Regina se giró, cruzándose de brazos.
Llevaba una blusa de casa, holgada, de esas que usaba antes para dormir.
Pero incluso en esa prenda sencilla, sus tetas enormes se marcaban con una generosidad que ya no pasaba desapercibida para nadie, ni siquiera para mí, que llevaba cinco años viéndolas—.
Quiere conocerte mejor. Dice que ya es hora de que los tres... convivamos.
—¿Convivamos? —Solté una risa amarga—. Regina, ¿qué carajos significa eso?
—No significa nada raro. Es una cena. Comida, vino, conversación. Nada más.
—¿Por qué tiene que ser él quien organice una puta cena en su penthouse?
Regina bajó la vista. Por un segundo, vi un destello de lo que alguna vez fue mi esposa: la mujer que se sonrojaba cuando yo le decía algo bonito, la que me pedía que la abrazara cuando tenía un mal día.
—A ver, Marco, a lo mejor quiere que simplemente dejes de sentirte tan tenso…
—¡Regina, el tipo se la pasa metiéndote la verga en su oficina mientras yo lleno formularios de Recursos Humanos! ¿Y me dices que no quiere que esté tenso?
—Marco, no grites...
—¡No estoy gritando! —grité. Luego respiré hondo, intentando calmarme—. Perdón. Pero es que no entiendo. ¿Por qué quiere que yo vaya? ¿Para qué? ¿Para humillarme más? ¿Para que te vea comer de su mano como una mascota?
Regina se acercó a mí. Me tomó las manos, que yo tenía apretadas en puños. Sus dedos estaban fríos.
—No es para humillarte. Es para integrarte. David dice que en una empresa, todos los niveles deben estar alineados. Y tú eres parte de esto. Eres mi esposo. Él lo respeta.
—¿Lo respeta? —La miré a los ojos, buscando algo que me dijera que esto era una broma—. Regina, David me obligó a arrodillarme frente a él mientras se cogía a mi mujer... mientras tú se la chupabas a Rodrigo. ¿Eso es respeto?
Regina no respondió. Solo me miró con esa expresión que ya le conocía: la de la mujer que había aceptado su nueva vida y no pensaba pedir perdón por ello.
—Tendrás que acompañarme lo quieras o no, mi amor —me dijo ella.
—¿Es una orden? —pregunté, con un hilo de voz.
—Es una invitación. —Regina me soltó las manos—. Pero David no suele invitar dos veces. Y si no vas... bueno, ya sabes lo que puede pasar.
—¿Qué puede pasar? ¿Me va a correr?
—No. Pero puede empezar a verme a mí más seguido. Mucho más seguido. En su penthouse. Hasta tarde. Todos los días.
La amenaza era clara. Si no iba, me quitarían a Regina por completo. No solo en la oficina. También en la casa. En la cama. En mi vida.
—¿A qué hora? —pregunté, derrotado.
—A las nueve. El sábado. —Regina sonrió, una sonrisa pequeña, casi triste—. Gracias, Marco. De verdad.
No respondí. Me di la vuelta y caminé hacia la recámara. Necesitaba acostarme. Necesitaba dejar de pensar.
El sábado llegó con una ansiedad que me taladraba las sienes.
Me pasé todo el día en la casa, caminando de un lado a otro, sin poder comer, sin poder concentrarme en nada.
Regina había salido por la mañana a hacerse las uñas y el cabello.
Volvió a las cuatro de la tarde, radiante, con el cabello oscuro cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros y las uñas pintadas de un rojo sangre que me recordaba a las películas de vampiros.
—¿Ya elegiste qué te vas a poner? —me preguntó, entrando a la recámara con una bolsa de la tintorería en la mano.
—¿Ponerme? No sabía que tenía que vestirme de etiqueta.
—No es etiqueta. Pero David odia la ropa informal. Ponte el traje azul marino. El que te compré.