Capítulo 7 #2
Asentí. Me levanté. Caminé hacia la puerta.
—Marco.
Me detuve.
—Buen trabajo. De verdad.
Salí de la oficina con la sensación de haber firmado un pacto con el diablo.
Regina esa tarde no me habló. Me mandó un mensaje a las seis: “Pasa a las 8:45. Voy con David. Tú me dejas y te esperas. Como la otra vez.”
Ni siquiera ponía un emoji. Ya no hacía falta.
Esa noche, a las ocho cuarenta y cinco, estacioné el auto frente al corporativo. Regina salió a las nueve en punto, con el mismo vestido vino de la mañana pero ahora con el cabello recogido en una coleta alta y los labios retocados. Se subió al auto sin decir palabra.
El escote se le había abierto un poco más. O se lo había abierto ella.
—¿A dónde? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Al penthouse. Pensé que David ya te lo había dicho..
—Claro… okey.
Manejé en silencio. Regina iba recargada contra la ventanilla, mirando las luces de la ciudad pasar. En un semáforo en rojo, estiré la mano y le toqué el muslo. No sé por qué lo hice. Tal vez buscaba un gesto de ternura. Tal vez buscaba confirmar que todavía era mía de alguna forma.
Regina no apartó mi mano. Pero tampoco la tomó. Simplemente se quedó ahí, inerte, hasta que el semáforo cambió a verde.
La tela del vestido estaba caliente. Más arriba, casi en la ingle, sentí que no llevaba calzón. O llevaba uno tan mínimo que era lo mismo. Retiré la mano antes de que el semáforo cambiara.
Llegamos al edificio. Subimos por el elevador privado hasta el piso 32. David abrió la puerta antes de que tocáramos.
—Puntual como siempre —dijo, sonriéndole a Regina. Luego me miró a mí—. Espérate aquí. Te llamo cuando termine.
La puerta se cerró.
Me quedé en el pasillo, con la espalda contra la pared, escuchando.
Los sonidos comenzaron casi de inmediato: risas, susurros, el crujido de un sofá. Luego vinieron los gemidos. Bajos al principio, casi imperceptibles. Pero pronto se hicieron más fuertes, más lujuriosos.
—¡Ay, David...!
La voz de mi esposa atravesaba la puerta como un cuchillo. Cerré los ojos. Mi verga se endureció contra mi pantalón.
—¡Más... más fuerte...!
Escuché el sonido de un azote. Las nalgas de Regina seguramente vibrando bajo la mano de David. Ella gritó. No de dolor. De placer.
—¡Sí, papi! ¡Así!
Me deslicé por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con las rodillas dobladas y la cabeza entre las manos.
Mi respiración era entrecortada. Podía imaginarlo todo con una claridad que me torturaba: Regina de rodillas, con la boca abierta, recibiendo la verga de David hasta la garganta.
O doblada sobre el sofá, con esas nalgas enormes rebotando con cada embestida.
O montada sobre él, moviéndose con ese ritmo pesado que yo conocía tan bien.
Se oía el golpe húmedo.
Pah. Pah. Pah.
El sofá.
Un slurp, como de saliva. Ella jadeaba con esa voz grave que solo le salía cuando ya estaba bien mojada.
—Qué rico te la tragas, Regi… cómo aprietas… —La reconocí hasta en el silencio de él.
Y yo, del otro lado, con la verga palpitándome contra la tela, sacándomela con la mano temblorosa, humedeciéndome los dedos con lo que se me salía de la punta.
—¡Me voy a venir...! —gritó Regina.
—Aguanta —ordenó David—. Todavía no.
—¡Por favor...!
—Dije que aguantes.
Otro azote. Otro grito.
—¡Ahhh, papi, no pares… métemela toda…!
Se oyó un gemido largo, roto, y después la voz de él, más baja:
—En la cara no. Adentro. Quiero que tu marido te huela.
Y yo ahí, en el pasillo, con la mano metida en el pantalón, masturbándome con una desesperación que me daba asco y placer a partes iguales.
Me vine en la palma, callado, mordiéndome el labio, con la leche caliente escurriéndome entre los dedos. Me limpié con una servilleta del auto que traía en la bolsa. La guardé como un asco más.
A las once y media, la puerta se abrió.
Regina salió primero. Tenía el vestido arrugado, el cabello suelto y una capa de sudor brillándole en el escote. Detrás de ella, David apareció en bata, con una sonrisa satisfecha.
A Regina se le veía un hilo brillante en la parte interna del muslo, bajando. El vestido vino se le había quedado pegado a las tetas. No traía el brasier. Se lo había dejado adentro.
—Que tal, Marquito… listo por hoy —dijo—. Buenas noches.
Asentí sin mirarlo.
Regina caminó hacia mí y me tomó del brazo.
—Vámonos a casa —dijo. Bajó la voz—. Hoy me voy contigo. Con David me quedo cuando él lo pida. Hoy ya acabó.
Bajamos en silencio. Subimos al auto. Manejé de vuelta a la casa con una sola mano, porque la otra la tenía Regina entrelazada con la suya sobre el asiento.
El auto se llenó del aroma a sexo que venía con ella… No hablamos. En un alto ella se acomodó en el asiento y apretó las piernas, como si todavía se le estuviera saliendo algo.
Llegamos a la casa. Regina se metió a bañar. Yo me quedé en la sala, con la televisión apagada, mirando la pared. El agua corrió un buen rato. Cuando salió, olía a su jabón otra vez. Se acostó de espaldas. No me buscó. Yo tampoco. En la oscuridad, igual se me paró. No hice nada.
Miércoles, 10:30 de la mañana.
La oficina estaba en uno de esos momentos de calma tensa que preceden a las tormentas. Los teclados sonaban con un ritmo constante, las impresoras zumbaban, y el murmullo de las conversaciones era lo suficientemente bajo para que cada palabra fuera audible si uno prestaba atención.
Yo estaba en mi oficina, revisando un informe de riesgos que debía entregar antes del mediodía, cuando escuché los tacones.
No eran los tacones de Regina. Eran más ligeros, más rápidos. Pero había algo en el ritmo que me hizo levantar la vista.
Por la puerta de cristal de mi oficina, vi pasar a Maca.
Me quedé petrificado.
No era la Maca de siempre. No era la chica tímida de nóminas que se escondía detrás de blusas holgadas y faldas hasta la rodilla. No era la prometida de Evaristo sumisa que agachaba la cabeza cada vez que Rodrigo pasaba cerca.
Esta Maca caminaba con la barbilla en alto. Llevaba una blusa de seda color champán, sin mangas, con un escote en V que dejaba a la vista un canalillo generoso que yo nunca había notado que tenía, salvo por la ocasión en casa de Rodrigo en que miré cómo se la follaba el muy cabrón.
La tela era fina, casi transparente bajo la luz fluorescente, y se le pegaba al cuerpo de una forma que no dejaba nada a la imaginación: los pechos pequeños pero firmes, la cintura estrecha, las caderas que se balanceaban con un ritmo nuevo, más seguro.
La falda era de tubo, gris perla, y le llegaba justo a la mitad de los muslos. No era obscena. No era vulgar. Pero era... diferente. Era la ropa de una mujer que había descubierto que su cuerpo era un arma.
Maca caminó hacia el escritorio auxiliar que tenía frente a la oficina de Regina.
Se sentó con una elegancia que no le había visto nunca, cruzó las piernas con cuidado y comenzó a revisar unos papeles.
Regina, detrás del cristal de su oficina, levantó la vista un segundo y le sonrió.
Como si el cambio fuera... producto de ella.
Sentí un nudo en el estómago.
No era solo el cambio físico. Era el aura. Maca irradiaba algo que antes no tenía: confianza. Una confianza tranquila, casi felina, como si supiera un secreto que nadie más conocía.
—Buenos días, Maca.
La voz de Evaristo llegó desde el pasillo. Mi amigo de logística se acercó al escritorio de su prometida con una sonrisa nerviosa, sosteniendo una botella de jugo natural.
—Buenos días —respondió Maca, sin levantar la vista de sus papeles.
Evaristo se quedó parado frente a ella, con la botella extendida, esperando. Maca tardó unos segundos en notarlo. Cuando finalmente levantó la vista, su expresión fue... neutra. No había calor en sus ojos. No había esa chispa de amor que yo le había visto antes.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando la botella.
—Jugo de naranja. Como te gusta.
—Ah. Gracias.
Maca tomó la botella, la dejó sobre el escritorio sin abrirla y volvió a sus papeles.
Evaristo se quedó ahí, parado, con las manos vacías y una expresión de desconcierto que me partió el alma.
—¿Todo bien? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Te sientes bien?
—Sí. ¿Por qué?
—No sé. Te veo... diferente.
Maca levantó la vista. Y por un segundo, vi algo en sus ojos: un destello de culpa, rápido, fugaz. Pero se desvaneció casi de inmediato, reemplazado por una calma que era casi cruel.
—Estoy bien, Evaristo. Solo tengo mucho trabajo. ¿Puedes dejarme?
Evaristo asintió lentamente. Se giró y caminó de vuelta hacia su módulo, arrastrando los pies. Yo lo vi pasar frente a mi oficina, con los hombros caídos y la mirada perdida en el suelo.
Sentí una opresión en el pecho.
Una hora después, salí a la cocineta a servirme un café. Y ahí estaba Maca, sola, revolviendo azúcar en una taza.
—Hola —dije, intentando sonar casual.
Maca me miró. Y sonrió.
—Hola, Marco. ¿Cómo va tu nuevo puesto?
—Bien. Tranquilo. —Me acerqué a la cafetera, sirviéndome una taza—. Oye... ¿estás bien? Te veo... diferente.
Maca soltó una risita baja. No era la risa nerviosa de antes. Era una risa cargada de algo que no logré identificar.
—¿Diferente cómo?
—No sé. Más... segura.
Maca se recargó contra la barra, sosteniendo su taza con ambas manos. La blusa de seda se tensó sobre sus pechos, y por un segundo, sus pezones se marcaron contra la tela.
—He estado pensando mucho, Marco —dijo, con una voz más suave—. Sobre mi vida. Sobre lo que quiero. Sobre lo que merezco.
—¿Y qué mereces?
Maca me miró a los ojos. Los suyos brillaban con una intensidad que me incomodó.
—Mereces ser feliz, Marco. Todos merecemos ser felices. Aunque a veces la felicidad venga en formas que otros no entienden.
No supe qué responder.
—Rodrigo me ha enseñado eso —continuó Maca, y su voz adquirió un tono casi soñador—. Me ha enseñado que no tengo que conformarme con lo que otros esperan de mí. Que puedo ser quien quiera ser.
Sentí que el café se me atragantaba.
—¿Rodrigo? —repetí, incrédulo.
—Sí. —Maca sonrió—. Es un buen maestro. Aunque tú no lo creas.