Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 7
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Capítulo 7

Había pasado ya una semana, y ahora era lunes otra vez.

El espejo del baño me devolvía un reflejo que ya no reconocía.

No era solo el cansancio acumulado en las ojeras violáceas ni la palidez de alguien que no duerme más de cuatro horas seguidas.

Era algo más profundo, una especie de opacidad en la mirada que antes no estaba ahí.

Como si la luz se hubiera apagado detrás de mis pupilas y ya no hubiera forma de encenderla.

Me ajusté la corbata gris que Regina me había regalado. El nudo me apretaba como una soga.

—¿Ya estás listo? —la voz de mi esposa llegó desde la recámara.

—Sí, ya voy.

Salí del baño y la encontré sentada frente al tocador, terminando de aplicarse el labial rojo carmín.

Llevaba un vestido de punto color vino que le marcaba cada curva de su cuerpo abundante: las tetas enormes tensando la tela, la cintura que se estrechaba apenas antes de explotar en esas caderas monumentales.

El escote era redondo, profundo, dejando a la vista el nacimiento de sus pechos pálidos.

Se le veía el brasier negro por el borde. Se inclinó un poco más hacia el espejo y se le abrió el canalillo. No era para mí. Eso ya lo había entendido.

—¿Te gusta? —preguntó, mirándome por el espejo con una sonrisa pequeña—. David dijo que quería verme de vino hoy.

Asentí sin responder. Era mejor no hablar. Cada palabra que salía de mi boca últimamente sonaba a disculpa o a súplica, y ya estaba harto de escucharme a mí mismo.

—Te queda bien —dije al fin, porque el silencio también pesaba—. El vino.

Ella asintió, como si le hubiera dicho que el clima estaba bien.

Regina se levantó, agarró su bolso de diseñador y caminó hacia la puerta. Sus tacones de aguja repicaron sobre el piso de madera como campanas de funeral.

—¿Vienes? —preguntó desde el umbral.

La seguí.

El trayecto al corporativo transcurrió en el silencio habitual. Yo manejaba, ella iba en el asiento del copiloto revisando algo en su celular. De vez en cuando sonreía ante algo en la pantalla. No pregunté qué era. Sabía que era él.

En un alto le vi el preview. Un mensaje de David: “Ese vestido te lo voy a quitar yo. Pasa a mi oficina a las 10.” Ella lo bloqueó rápido, como si yo no hubiera visto.

Llegamos al estacionamiento subterráneo a las 8:15. Regina se bajó antes de que yo apagara el motor. Se inclinó sobre la ventanilla, mostrando un escote que invitaba a pecar.

—Nos vemos adentro —dijo—. Recuerda: hoy tienes que llevar los reportes de riesgos a la oficina de David antes del mediodía.

—Lo sé.

—Y Marco... —hizo una pausa, mordiéndose el labio— ...gracias por esto. Por todo.

No respondí. Ella se enderezó y caminó hacia el elevador de directivos, contoneando esas nalgas colosales que yo ya no tenía derecho a tocar.

La vi desaparecer detrás de las puertas de acero inoxidable y me quedé sentado en el auto, con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Se iba con él. No conmigo. El elevador de directivos subía derecho al piso de David. Yo iba por el de servicio. Esa era la división de la casa, puesta en dos botones.

Subí por el elevador de servicio. Cuando las puertas se abrieron en el quinto piso, el murmullo habitual de la oficina me golpeó como una ola. Teclados, teléfonos, todo. Todo normal. Todo igual. Como si mi vida no se hubiera desmoronado hacía semanas.

Caminé hacia mi nueva oficina. La puerta de cristal con mi nombre en letras doradas seguía ahí: Marco Antonio Herrera — Análisis de Riesgos Corporativos. Un título que sonaba importante y que no significaba nada.

Abrí la puerta y me detuve en seco.

Sobre mi escritorio, había una caja de cartón. Pequeña, rectangular, envuelta en papel de regalo rojo con un moño negro. No recordaba haber dejado nada ahí el viernes.

Me acerqué lentamente. No había tarjeta. Solo la caja.

La abrí con dedos temblorosos.

Adentro había una tanga de encaje negro. Usada. Manchada con lo que solo podía ser semen seco. Y encima, una nota escrita a mano con letra picuda:

"Para que no olvides a quién le pertenece tu esposa. —R."

Sentí que la bilis me subía por la garganta. Rodrigo. Otra vez Rodrigo.

El encaje estaba tieso en el centro, amarillento… La reconocí. Era de las que yo le había comprado el año pasado, para un aniversario.

Cerré la caja de golpe y la tiré al cajón más profundo de mi escritorio. Me senté en la silla ergonómica, respirando hondo, intentando controlar el temblor de mis manos.

—Buenos días, gerentecito.

Levanté la vista. Rodrigo estaba recargado en el marco de mi puerta, con una taza de café en la mano y esa sonrisa torcida que me sacaba de quicio.

—¿Qué quieres? —pregunté, forzando un tono neutro.

—Nada, nada. Solo pasar a saludar. —Entró a mi oficina sin invitación, cerró la puerta y se sentó en la silla de visitas frente a mi escritorio—. ¿Ya viste mi regalito?

—Rodrigo...

—Es de la sesión del viernes, ¿sabes? —continuó el rubio, ignorando mi tono—.

David me invitó al penthouse. Estuvimos los tres: él, tu esposa y yo.

Fue una noche... intensa. —Soltó una risita—.

Regina se puso esa tanga al principio, pero al final ya no la necesitaba.

La dejó tirada en el piso del baño. Pensé que sería un bonito recuerdo para ti.

Nos la turnamos, Marquito. Primero David.

Después yo. A veces los dos. Tu mujer aguanta.

Se le salía la leche por las comisuras y pedía más.

Apreté los puños bajo el escritorio.

—¿Qué quieres, Rodrigo?

—Ya te dije. Saludar. —Se recargó en el respaldo, cruzando las piernas con una calma insolente—.

Oye, Marquito, tengo curiosidad. ¿Cómo se siente?

Digo, ser el chofer de tu propia esposa.

Llevarla al penthouse de otro hombre. Esperar afuera mientras se la cogen.

¿Es humillante? ¿Es excitante? ¿Las dos cosas?

—No es asunto tuyo.

—Ay, pero si ya somos como familia. —Rodrigo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en mi escritorio—. David nos hizo un equipo, ¿no? Tú, yo, Regina, Maca. Todos trabajamos para el mismo jefe. Todos compartimos... ciertas cosas.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir con eso?

Rodrigo sonrió. Una sonrisa lenta, cargada de malicia.

—Nada. Solo que me da gusto tenerte cerca. Vas a aprender mucho de mí, Marquito. Muchísimo.

Se levantó, dejó la taza de café sobre mi escritorio —dejando un aro húmedo sobre un reporte— y caminó hacia la puerta.

—Ah, y una cosa más —dijo, girándose antes de salir—. Maca te manda saludos. Dice que le caes bien. Que eres un buen tipo. —Soltó una carcajada—. Pobre Evaristo, ¿no? Tan ciego. Tan confiado. Le va a doler cuando se entere de que su princesita es la mascota de sistemas.

Cerró la puerta detrás de él.

—¡Hijo de puta!

Me quedé mirando el aro de café sobre el reporte, sintiendo que el mundo se cerraba sobre mí como un puño.

A las diez, por el pasillo de directivos, vi de reojo a Regina entrar a la oficina de David con el vestido vino. La puerta se cerró. No salió hasta casi las once. Bajó por el otro elevador, retocándose el labial. No pasó por mi oficina.

Las horas siguientes transcurrieron en una especie de piloto automático. Revisé números, contesté correos, asistí a una junta de riesgos que duró cuarenta minutos y de la que no recordaba absolutamente nada.

A las doce, como me había ordenado Regina, llevé los reportes a la oficina de David.

Toqué dos veces.

—Adelante.

Entré. David estaba detrás de su escritorio de caoba, revisando algo en su computadora. No había nadie más en la oficina. Las persianas estaban abiertas, dejando entrar la luz gris del mediodía.

En el respaldo de una silla había un saco. En el aire, un resto de perfume de Regina. El mismo de la mañana.

—Ah, Marco. —David levantó la vista y sonrió—. Justo a tiempo. Deja los reportes ahí.

Los dejé sobre el escritorio. Me quedé parado, esperando instrucciones.

—Siéntate —dijo David, señalando la silla frente a él.

Me senté.

David se recargó en su sillón, entrelazando los dedos sobre el estómago.

—¿Cómo vas a una semana de tu nuevo puesto?

—Bien. Tranquilo.

—Me alegra. —Hizo una pausa, estudiándome con esos ojos verdes que parecían leer cada pensamiento—. ¿Rodrigo ya pasó a verte?

Sentí que la sangre me subía a las orejas.

—Sí. Pasó. Y me dejó… tu recuerdito.

David se echó a reír, como si fuera cosa del otro mundo.

—Es un buen chico. Un poco impulsivo, pero leal. —David sonrió—. Me contó lo de la tanga. Le dije que era un detalle de mal gusto, pero... bueno, los chicos son chicos.

Tragué saliva. No dije nada.

—Marco, quiero ser honesto contigo —continuó David, inclinándose hacia adelante—. Sé que esto no es fácil para ti. Nunca lo es. Pero quiero que sepas que valoro lo que haces. No cualquiera aceptaría... las circunstancias.

—¿Las circunstancias? —repetí, con un hilo de voz.

—Sí. —David se levantó y caminó hacia la ventana. Miró la ciudad durante unos segundos antes de girarse hacia mí—. Tu esposa es una mujer extraordinaria. Tiene un potencial enorme. Y yo puedo darle cosas que tú no puedes. No hablo solo de dinero. Hablo de experiencias. De crecimiento. De poder.

—Me deja tranquilo el hecho de saber que ella me ama —dije, y la frase sonó patética incluso para mis propios oídos.

David no se rio. Al contrario, su expresión se volvió casi compasiva.

—Lo sé. Y eso es precisamente lo que hace esto tan... interesante. —Caminó de vuelta a su escritorio—. Regina te ama, Marco. Pero también me ama a mí. De una forma distinta, claro. Tú eres su hogar. Su refugio. Yo soy su tormenta. Y ella necesita las dos cosas.

—¿Y yo? —pregunté—. ¿Qué se supone que soy yo en todo esto?

David me miró largamente.

—Tú eres el pegamento —dijo finalmente—. El que mantiene todo unido. Sin ti, Regina no tendría dónde volver. Y sin ella... bueno, tú no tendrías nada.

El silencio entre nosotros se hizo denso.

—Ahora vete —dijo David, volviendo a su computadora—. Tienes trabajo que hacer. Y Marco... —levantó la vista una vez más— ...esta noche la necesito. A las nueve. Pasarás por ella a su oficina.