Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 6 #4
53%

Capítulo 6 #4

"Bienvenido al equipo directivo. Te espero en mi oficina a las 10:00. —D."

Miré la tarjeta durante un minuto entero. Luego la guardé en el cajón.

A las diez en punto, toqué la puerta de David.

—Adelante.

Entré. David estaba sentado en su sillón, con el saco desabotonado y una taza de café en la mano.

Frente a él, en una de las sillas de visitas, estaba Regina.

Llevaba un vestido de punto color crema, ajustado, con un escote redondo que le dejaba los hombros desnudos.

El cabello suelto. Los labios pintados de rojo.

—Siéntate, Marco —dijo David, señalando la silla vacía al lado de Regina.

Me senté.

—Bien. —David dejó la taza sobre el escritorio—. Como sabes, tu nuevo puesto implica ciertas... responsabilidades adicionales.

—¿Como cuáles?

David miró a Regina. Ella asintió.

—Como asegurarte de que la Directora de Finanzas esté... disponible —dijo David, con una sonrisa—. Cuando yo la necesite.

Sentí que la sangre me hervía.

—¿Disponible?

—Sí. —David se recargó—. Verás, Marco, tengo una agenda muy apretada. Reuniones, viajes, compromisos. Y a veces necesito ver a Regina en momentos... inesperados. Tu trabajo será facilitar esos encuentros.

—¿Facilitar?

—Exacto. —David abrió un cajón y sacó una tarjeta de plástico—. Esta es una llave de acceso a mi penthouse. A partir de hoy, tú vas a encargarte de llevar a Regina cuando yo te lo pida.

Miré la tarjeta. Luego a Regina. Luego a David.

—¿Y si me niego?

—Entonces renuncias a tu nuevo puesto —dijo David, sin perder la sonrisa—. Y Regina... bueno, Regina tendría que buscarse otro trabajo. Porque yo no puedo tener a mi amante en la misma empresa que su marido. Sería muy poco profesional.

El silencio en la oficina era sepulcral.

Regina me miró.

—Acepta, Marco —dijo, con una voz suave—. Por favor.

—¿Por qué? —pregunté, y mi voz sonó más rota de lo que quería.

—Porque te amo —respondió ella, y por primera vez en semanas, sus ojos se humedecieron—. Y porque quiero que sigas en mi vida. Aunque sea así. Aunque sea complicado.

La miré. La miré de verdad. Y en sus ojos vi algo que no esperaba: miedo. Miedo de perderme. Miedo de que yo dijera no.

—Está bien —dije—. Acepto.

David sonrió. Me entregó la tarjeta.

—Excelente. Ahora, si me disculpas... —se giró hacia Regina— ...tengo unos asuntos que discutir con la Directora. A solas.

Me levanté. Caminé hacia la puerta.

—Marco —me detuvo la voz de Regina.

Me giré.

—Gracias —dijo ella.

Asentí. Salí. Cerré la puerta.

Y me quedé en el pasillo, con la tarjeta de acceso al penthouse de mi jefe en la mano, mientras las persianas de la oficina se cerraban detrás de mí.

Esa tarde, a las seis, recibí un mensaje de David.

"Ven a mi oficina. Trae el auto. Vamos al penthouse."

Me levanté. Agarré mis llaves. Caminé hacia la oficina de David.

Cuando entré, Regina estaba sentada en el sillón de cuero, con el vestido crema subido hasta la cadera y las piernas cruzadas. David estaba de pie, con el saco puesto.

—Listo —dijo David—. Vámonos.

Salimos los tres juntos. Caminamos por el pasillo central, con Regina en medio, del brazo de David. Los analistas nos miraban. Rodrigo me guiñó un ojo. Rubí desvió la mirada. Maca se quedó pálida.

Llegamos al estacionamiento. David abrió la puerta de su Audi y ayudó a Regina a subir. Luego me miró.

—Tú vienes detrás —dijo—. En tu auto. Nos vemos allá.

Asentí. Caminé hacia mi auto.

Manejé detrás del Audi todo el camino. Vi cómo David le ponía la mano en el muslo a Regina en cada semáforo. Vi cómo ella se reía de algo que él decía. Vi cómo el mundo seguía girando mientras mi vida se desmoronaba en silencio.

Llegamos al penthouse. Subimos por el elevador privado. David abrió la puerta. Regina entró. David me miró.

—Espérate aquí —dijo—. Te llamo cuando te necesite.

La puerta se cerró.

Me quedé en el pasillo, con la espalda contra la pared, escuchando los sonidos que venían de adentro. Risas. Gemidos. El golpeteo de un cinturón contra el suelo.

Y entonces, mi celular vibró. Un mensaje de Regina.

"Te amo. No olvides eso."

Miré la pantalla. Luego la guardé.

Y esperé.

Una hora. Dos horas. Tres.

A las once de la noche, la puerta se abrió. Regina salió, despeinada, con el vestido arrugado y un brillo en los ojos que no le había visto nunca. David salió detrás, en bata, con una sonrisa satisfecha.

—Puedes llevártela —dijo David—. Mañana la necesito a las ocho. Aquí.

Asentí.

Regina caminó hacia mí. Me tomó del brazo.

—Vámonos a casa —dijo.

Caminamos hacia el elevador en silencio. Bajamos al estacionamiento. Subimos al auto.

Manejé hacia la casa sin decir palabra. Regina se recargó en mi hombro.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No.

—¿Vas a estar bien?

—No lo sé.

Ella suspiró. Me acarició el brazo.

—Gracias por esperarme.

No respondí.

Llegamos a la casa. Regina se metió a bañar. Yo me quedé en la sala, con la televisión apagada, mirando la pared.

Y entonces, mi celular vibró otra vez. Un mensaje de Rodrigo.

"¿Cómo va la noche, Marquito? ¿Ya te acostumbraste a ser el chofer de tu esposa? Jajaja. Nos vemos mañana."

Apagué el celular.

Miré el techo.

Y esperé a que amaneciera.