Capítulo 6 #3
Estaba caliente. Mojada. Apretada. No era el coño destrozado que David dejaba después de sus sesiones. Era el coño de mi esposa. El que yo conocía. El que había besado y lamido durante cinco años.
—Más... —jadeó ella—. Pero despacio... quiero sentirlo todo...
Empecé a moverme. Despacio. Sintiendo cada centímetro. Regina gemía bajito, con la cara hundida en la almohada, y sus nalgas temblaban con cada embestida.
—Así... así... no pares...
No paré. La follé durante lo que parecieron horas. Cambiamos de posición tres veces: primero a cuatro patas, luego ella encima de mí, luego de lado. En cada una, Regina me miraba a los ojos. Me acariciaba la cara. Me decía cosas que no me decía desde antes de David.
—Eres mío... —susurró, cuando estaba encima de mí, moviéndose con un ritmo lento y circular—. Aunque no lo creas... eres mío...
—Tuyo... —respondí, con la voz rota—. Siempre tuyo...
Cuando terminamos —ella primero, con un orgasmo silencioso que le hizo cerrar los ojos y temblar de pies a cabeza; yo después, vaciándome dentro de ella con un gemido que me salió del alma—, nos quedamos abrazados en la cama. Su cabeza en mi pecho. Mi mano en su cabello.
—¿Por qué? —pregunté, cuando recuperé el aliento—. ¿Por qué hoy?
Regina tardó en responder.
—Porque quería recordarte cómo se sentía —dijo, finalmente—. Quería recordar que, además de todo lo otro... todavía podemos ser nosotros.
No pregunté más. No quería romper el hechizo.
Pero en el fondo, sabía que esa noche era una tregua, no una rendición.
Al día siguiente, en la oficina, la tregua se rompió a las once de la mañana.
Estaba en mi módulo, revisando unos estados financieros, cuando el interfono de Regina timbró.
—Marco —su voz sonaba tensa—. Ven a mi oficina. Ahora.
Me levanté. Caminé hacia su puerta. Toqué dos veces.
—Adelante.
Entré. Regina estaba de pie frente a su escritorio, con los brazos cruzados. David estaba sentado en su sillón, con una pierna cruzada y una sonrisa que no me gustó nada.
—Cierra la puerta —ordenó David.
Cerré. Me quedé parado junto a la puerta.
—Acércate —dijo Regina.
Caminé hasta quedar frente a ellos.
David se levantó. Caminó hacia mí. Se paró a un metro de distancia.
—Marco —dijo, con un tono casi amable—. Quiero proponerte algo.
—¿Qué cosa?
—Un ascenso.
Parpadeé.
—¿Un... ascenso?
—Sí. —David se metió las manos en los bolsillos—. Estoy pensando en abrir una nueva área: Análisis de Riesgos Corporativos. Un puesto de confianza. Con un sueldo bastante mejor que el tuyo actual. Y quiero ofrecértelo a ti.
Miré a Regina. Ella me miraba con una expresión neutra, ilegible.
—¿Por qué a mí? —pregunté.
—Porque eres bueno —dijo David—. Y porque quiero tenerte cerca.
—¿Cerca?
David sonrió. Se acercó un paso más. Ahora estaba tan cerca que podía oler su loción maderada.
—Marco, seamos honestos. Tú y yo tenemos una... relación especial. Tú me entregaste a tu mujer. Yo la tomé. Y ahora los tres formamos parte de algo más grande. Un equipo. Una familia, si quieres verlo así.
Sentí que la bilis me subía por la garganta.
—¿Una familia?
—Exacto. —David extendió una mano y me la puso en el hombro—. Y en una familia, todos se ayudan. Tú me ayudas a mí. Yo te ayudo a ti. Y Regina... —miró a mi esposa— ...Regina nos ayuda a los dos.
Regina se acercó. Se paró al lado de David. Me miró.
—Acepta, Marco —dijo, con una voz suave—. Es lo mejor para todos.
—¿Lo mejor para todos? —solté una risa amarga—. ¿O lo mejor para ustedes dos?
—Para todos —insistió ella—. Piénsalo. Un sueldo mejor. Un puesto más alto. Más respeto en la oficina. Ya no serías el analista subalterno. Serías alguien.
—¿Y qué tendría que hacer a cambio?
David y Regina se miraron. Luego David habló.
—Nada que no hayas hecho ya —dijo—. Ser el marido de Regina. Nada más.
El silencio en la oficina se hizo denso.
—¿Y si digo que no? —pregunté.
David se encogió de hombros.
—Entonces seguirías como analista. Con tu sueldo actual. Con tu horario actual. Y con Regina... —hizo una pausa— ...bueno, Regina tendría que empezar a llegar más tarde a casa. Mucho más tarde. Y tú sabes por qué.
La amenaza era clara. Si no aceptaba, me quitarían a Regina por completo. No solo en la oficina. También en la casa.
Miré a mi esposa. Ella me miraba con esos ojos grises que yo conocía desde hacía cinco años. Y en ellos vi algo que me heló la sangre: complicidad.
—Acepto —dije.
David sonrió. Me dio una palmada en el hombro.
—Excelente decisión, Marquito. Empiezas el lunes.
Y luego, ante mis ojos, se giró hacia Regina, le agarró la cara con las dos manos y le plantó un beso en la boca. Un beso largo, profundo, con lengua. Regina cerró los ojos y se dejó hacer.
Y yo me quedé ahí, parado a un metro de distancia, con mi ascenso en el bolsillo y los cuernos en la frente.
Esa noche, en la casa, Regina me buscó otra vez.
—¿Estás enojado? —preguntó, mientras me desabrochaba la camisa.
—No.
—Mientes.
—Sí.
Ella suspiró. Me acarició el pecho.
—No estoy enojada contigo, Marco. Solo estoy... cansada. Cansada de fingir que no me gusta. Cansada de sentirme culpable. David me hace sentir cosas que no sabía que podía sentir. Y eso no significa que no te ame.
—¿Entonces qué significa?
Regina se detuvo. Me miró a los ojos.
—Significa que soy una mujer distinta a la que conociste. Y que tú tienes que decidir si puedes vivir con eso.
Bajé la vista.
—No sé si puedo.
—Yo tampoco sé si puedes. —Me acarició la mejilla—. Pero quiero intentarlo. Contigo. Aunque sea complicado. Aunque duela. Quiero intentarlo.
La besé. La besé con todo lo que tenía. Y ella me besó de vuelta.
Esa noche, mientras dormíamos abrazados, escuché mi celular vibrar. Un mensaje. Lo abrí con cuidado, sin despertar a Regina.
Era de Rodrigo.
"Feliz ascenso, Marquito. Nos vemos el lunes. Tengo unos proyectos muy interesantes para ti. —R."
Apagué el celular. Lo dejé en el buró.
Y me quedé mirando el techo hasta que amaneció.
-
El lunes llegó con una resaca emocional que no se me quitaba con café.
Llegué al corporativo a las ocho en punto.
Subí por el elevador principal, como los ejecutivos, no por el de servicio.
Llevaba un traje azul marino que Regina me había comprado el fin de semana —"para que te veas como alguien importante", había dicho, sin ironía—, y una corbata gris que combinaba con mis ojos.
Cuando las puertas se abrieron en el quinto piso, Claudia me recibió con una sonrisa que no le había visto antes.
—¡Marco! Qué guapo vienes hoy. ¿Ya te enteraste de tu nuevo puesto?
—Sí... me lo comentaron el viernes.
—¡Felicidades! Ya te habilitaron la oficina. Está al fondo del pasillo, junto a la de la Directora Bracamontes.
Asentí. Caminé por el pasillo central, sintiendo las miradas de mis compañeros. Rodrigo estaba en su módulo, con los pies sobre el escritorio, y me saludó con un movimiento de cabeza.
—Ahí va el nuevo gerente —dijo, con una sonrisa torcida—. Míralo, todo un ejecutivo.
No respondí. Seguí caminando.
La oficina estaba al final del pasillo, justo al lado de la de Regina. Una puerta de cristal templado con mi nombre grabado en letras doradas: Marco Antonio Herrera — Análisis de Riesgos Corporativos.
Abrí la puerta. El interior era más grande que mi antiguo cubículo. Un escritorio de madera clara, una silla ergonómica, una computadora nueva. En la pared, un cuadro abstracto que no significaba nada pero que costaba una fortuna.
Y sobre el escritorio, un sobre blanco con mi nombre.
Lo abrí. Adentro había una tarjeta.