Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Bajé la vista al suelo. La carpeta temblaba en mis manos.

—¿Y qué va a pasar con nosotros? —pregunté, con un hilo de voz.

Regina se levantó. Caminó alrededor del escritorio. Se paró frente a mí, muy cerca. Su perfume floral me envolvió.

—Vamos a seguir casados —dijo, y su voz se suavizó—. Vamos a seguir viviendo juntos. Yo te amo, Marco. Te amo de verdad. Pero esto... esto es parte de mí ahora. Y si quieres seguir a mi lado, tienes que aceptarlo.

Levantó una mano y me acarició la mejilla. Sus dedos estaban fríos.

—¿Puedes hacer eso por mí? —preguntó—. ¿Puedes aceptar quién soy ahora?

La miré. Sus ojos grises brillaban con una intensidad que me dolía.

—Sí —dije, y la palabra me supo a cenizas—. Puedo.

Regina sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.

—Gracias —susurró. Y luego se puso de puntillas y me besó. Un beso suave, casto, casi fraternal—. Ahora vuelve a tu escritorio. Y mándame esos reportes por correo.

Me di la vuelta. Caminé hacia la puerta. Cuando la abrí, Rodrigo estaba pasando por el pasillo. Me vio salir de la oficina de Regina. Me guiñó un ojo.

—¿Todo bien, Marquito? —preguntó, con una sonrisa torcida.

—Todo bien —respondí, y cerré la puerta detrás de mí.

Esa tarde, a las seis, David convocó una junta de emergencia en la sala de juntas.

Todos los analistas del área financiera estábamos citados.

Cuando entré, la mesa ya estaba ocupada: Rubí en una esquina, masticando chicle con expresión neutra; Rodrigo al otro lado, con una sonrisa que no me gustó nada; Evaristo y Maca juntos, ella con la cara lavada y los ojos hinchados; Claudia tomando notas en su tablet.

David estaba en la cabecera, con el saco desabotonado y una carpeta roja frente a él. A su derecha, el asiento estaba vacío.

—Siéntate, Marco —dijo David, señalando el asiento vacío frente a él.

Me senté. El corazón me latía con fuerza.

La puerta se abrió y Regina entró. Llevaba el mismo vestido camel de la mañana, pero se había recogido el cabello en una coleta. Caminó hacia la cabecera y se sentó en el asiento vacío, a la derecha de David.

David se aclaró la garganta.

—Bien, equipo. Los he reunido porque hay cambios importantes en la estructura del departamento. A partir de hoy, la Dirección de Finanzas Corporativas —señaló a Regina con la barbilla— va a tener una nueva asistente ejecutiva.

Todos nos miramos.

—La persona que ocupará ese puesto —continuó David— es Macarena López.

El silencio en la sala fue absoluto. Maca levantó la cabeza de golpe, con los ojos como platos. Evaristo se giró hacia ella, confundido.

—¿Yo? —preguntó Maca, con un hilo de voz—. Pero... pero yo estoy en nóminas...

—Y ahora estarás en Finanzas —dijo David, con una sonrisa—. La Directora Bracamontes necesita a alguien de confianza. Alguien que conozca los procesos internos. Y tú eres la persona indicada.

Maca miró a Regina. Regina le sonrió. Una sonrisa cálida, casi maternal.

—Trabajaremos muy de cerca —dijo Regina—. Estoy segura de que vamos a llevarnos bien.

Rodrigo soltó una risita por lo bajo. Maca se puso roja. Evaristo apretó los puños bajo la mesa.

Y entonces, David se giró hacia mí.

—Y tú, Marco... —dijo, y su voz adquirió un tono más grave—. Tú vas a seguir como analista, pero con una nueva función. A partir de hoy, vas a ser el enlace directo entre la Dirección de Finanzas y el equipo de sistemas. Trabajarás codo a codo con Rodrigo.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Con... con Rodrigo?

—Exacto. —David sonrió—. Ya vieron que el equipo necesita más comunicación. Y tú eres el más indicado para... facilitar esa comunicación.

Rodrigo me miró. Su sonrisa era un cuchillo.

—Va a ser un placer, Marquito —dijo—. Un verdadero placer.

La junta terminó diez minutos después. Todos salimos en silencio. Maca se fue directo al baño. Evaristo la siguió con la mirada, con el ceño fruncido.

Yo caminé hacia mi módulo. Me senté. Apoyé la cabeza en las manos.

Y entonces, mi celular vibró. Un mensaje de WhatsApp. De Regina.

"Todo va a estar bien. Confía en mí. Te amo."

Miré la pantalla durante un minuto entero. Luego guardé el celular en el bolsillo.

Y me puse a trabajar.

-

Los días siguientes fueron una coreografía perversa que aprendí a bailar sin que nadie me enseñara los pasos.

La nueva dinámica en el quinto piso se asentó con una naturalidad que me habría resultado insultante si no fuera porque yo mismo era parte del engranaje.

Maca se instaló en un escritorio auxiliar justo afuera de la oficina de Regina, con una pantalla nueva y un teléfono de dos líneas.

Desde ahí, administraba la agenda de mi esposa, filtraba llamadas y —esto lo supe después, por una confidencia de Claudia— llevaba un registro minucioso de todas las visitas que David hacía al despacho de la Directora.

Rodrigo, por su parte, se mudó de cubículo.

Ahora estaba a dos metros del mío, con una vista privilegiada a mi pantalla y a mi cara.

Cada vez que Regina salía de su oficina —siempre con esos vestidos que David le indicaba, siempre con el escote profundo y la falda corta—, Rodrigo silbaba bajito y me miraba con una sonrisa cargada de complicidad.

—Qué bonita se ve tu esposa hoy, Marquito —me decía, sin bajar la voz lo suficiente para que los demás no escucharan—. ¿Tú también crees que ese vestido rojo le hace justicia a esas tetas?

Yo apretaba los dientes y seguía tecleando.

Rubí, para mi sorpresa, se había convertido en una aliada silenciosa.

Ya no me lanzaba indirectas ni se burlaba de mi "esposa fantasma".

Al contrario: en las juntas, cuando alguien hacía un comentario fuera de lugar, ella intervenía con una frialdad quirúrgica que desviaba la atención.

Una vez, Rodrigo hizo un chiste sobre "los cuernos corporativos" y Rubí le clavó una mirada tan gélida que el rubio se calló por el resto de la reunión.

—No tienes que defenderme —le dije una vez, en la cocineta, mientras ella se servía un café.

Rubí me miró por encima de la taza.

—No te estoy defendiendo a ti, Marco. Me estoy defendiendo a mí. Si esto explota, explotamos todos. Y yo no pienso perder mi trabajo por un chiste pendejo de Rodrigo.

No era cariño. Era cálculo. Pero se agradecía.

Maca, en cambio, era otro asunto. Desde su ascenso a asistente de Regina, la pobre chica vivía en un estado de nervios permanente.

Llegaba temprano, se iba tarde, y en las pocas ocasiones en que coincidíamos en el pasillo, me miraba con una expresión que no lograba descifrar: ¿culpa? ¿miedo? ¿comprensión?

Una tarde, mientras esperábamos el elevador, se atrevió a hablarme.

—Marco... —empezó, con la voz baja, mirando hacia todos lados—. Quería decirte algo.

—¿Qué cosa?

—Lo que vi... lo del sótano. —Tragó saliva—. No voy a decir nada. Nunca. Lo juro.

La miré. Sus ojos estaban húmedos.

—Gracias, Maca.

—Es que... —se mordió el labio—. Yo sé lo que es estar en una situación así. Saber que no puedes salir. Saber que si hablas, pierdes todo. Y no quiero que te pase lo mismo que a mí.

Sentí un nudo en la garganta. Por primera vez en semanas, alguien me hablaba sin doble fondo.

—¿Estás bien? —pregunté—. ¿Con Rodrigo...?

Maca negó con la cabeza. El elevador llegó. Se metió sin responder.

Esa noche, en la casa, Regina llegó temprano. Las nueve de la noche. Casi un milagro. Yo estaba en la cocina, preparando unos tacos de guisado, cuando escuché la puerta abrirse.

—¿Marco? —su voz sonó desde la entrada.

—En la cocina.

Entró. Llevaba un vestido azul marino, de esos que David adoraba, con el escote en V y la falda ajustada. Se veía cansada, pero había algo distinto en sus ojos. Una suavidad que no le había visto en semanas.

—Huele rico —dijo, dejando el bolso sobre la barra.

—Son de picadillo. Como a ti te gustan.

Regina sonrió. Una sonrisa pequeña, genuina. Se acercó a la estufa, se puso de puntillas y me dio un beso en la mejilla.

—Gracias.

Cenamos juntos. Hablamos de cosas triviales: el clima, una serie que ella quería ver, un problema con el vecino de al lado. Nada de David. Nada de la oficina. Nada de lo que pasaba cuando la puerta de su despacho se cerraba.

Cuando terminamos, Regina se levantó y me miró.

—Ven —dijo, tendiéndome la mano.

La seguí a la recámara. Ella cerró la puerta. Luego, sin decir palabra, se desabrochó el vestido y lo dejó caer al suelo.

Estaba desnuda. Sin tanga, sin sostén. Sus tetas pesadas colgaban libres, con los pezones rosados ya erectos. Su vientre blanco, sus caderas anchas, el coño depilado que brillaba bajo la luz del buró.

—¿Qué...? —balbuceé.

—Hoy no hay David —dijo ella, acercándose—. Hoy solo somos tú y yo.

Me quitó la camisa. Me desabrochó el pantalón. Me empujó hacia la cama.

—Siéntate.

Me senté en el borde del colchón. Regina se arrodilló frente a mí. Me bajó los calzones. Mi verga saltó, dura, palpitante.

Y entonces, sin preámbulo, se la metió en la boca.

—¡Regi...! —jadeé, echando la cabeza hacia atrás.

Era una sensación que no sentía desde hacía meses. Su lengua húmeda, sus labios suaves, la forma en que succionaba con una lentitud deliberada. No era la mamada mecánica y sumisa que le hacía a David. Era algo más lento, más íntimo. Como si estuviera redescubriendo mi cuerpo.

—¿Te gusta? —preguntó, sacándosela de la boca por un segundo.

—Sí... sí...

—¿Me extrañaste?

—Todos los días.

Regina sonrió. Una sonrisa húmeda, con la verga todavía apoyada en su labio inferior.

—Yo también te extrañé.

Volvió a chupar. Más profundo. Más lento. Sus manos me agarraban los muslos, las uñas clavándose suavemente. Yo le acariciaba el cabello, incapaz de creer lo que estaba pasando.

Cuando estuvo a punto de hacerme venir, se detuvo.

—Todavía no —dijo, y se levantó.

Se subió a la cama. Se puso a cuatro patas, con el culazo apuntando hacia mí.

—Ven —ordenó—. Y hazlo despacio.

Me arrodillé detrás de ella. Le agarré las caderas. Y la penetré.

—¡Aaahhh...! —gemimos los dos al mismo tiempo.