Capítulo 6
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El Blackwood Bar quedó atrás como una pesadilla que se disuelve en la bruma del amanecer, pero las secuelas de esa noche me acompañaron durante todo el trayecto de regreso a casa.
No recuerdo haber manejado. No recuerdo haber subido al auto.
Solo tengo retazos: el ruido de la música apagándose cuando empujé la puerta de cristal del antro, el aire frío de la madrugada golpeándome la cara sudada, y el silencio insoportable de Regina a mi lado en el asiento del copiloto.
No hablamos.
Ella iba recargada contra la ventanilla, con el vestido de cuero todavía abierto por la parte de abajo —se había puesto el saco de David encima, un saco azul marino que le quedaba enorme y que apestaba a él—, y las piernas desnudas, brillantes todavía por una mezcla de fluidos que no se había molestado en limpiar del todo.
De su muslo izquierdo colgaba una costra blanquecina que se iba secando con el aire del aire acondicionado.
Yo la miraba de reojo cada dos segundos. Mis manos apretaban el volante con una fuerza que me dolía en los tendones. La verga me palpitaba todavía, adolorida, manchada de mi propio semen seco dentro del pantalón.
—¿Qué miras? —soltó ella de pronto, sin voltear, con una voz ronca y apagada.
—Nada... nada, Regi.
—Pues deja de mirarme como si me estuvieras acusando de algo. Ya te dije que todo iba a estar bien.
—¿Bien? —solté una risa amarga, casi un graznido—. Regina, Rodrigo me vio la cara mientras tú le mamabas la verga. Rubí sabe que estamos casados. Todo el puto piso lo va a saber mañana.
Regina volteó apenas la cabeza. Su perfil estaba iluminado por los postes de luz que pasaban como relámpagos. Tenía el rímel corrido y los labios hinchados, pero en sus ojos grises había una calma que me heló más que cualquier grito.
—Rodrigo no va a decir nada. David lo tiene comprado.
Y Rubí... —hizo una pausa, y una sonrisa mínima se le dibujó en la boca—.
Rubí ya entendió cuál es su lugar. ¿No la viste en el bar?
Se rió conmigo, me pasó el brazo por el hombro, me preguntó que de dónde había sacado el vestido.
Es una puta sumisa cuando le conviene. Siempre lo ha sido.
—¿Y eso te parece normal?
—Marco... —Regina suspiró, y por primera vez en toda la noche su voz tuvo un dejo de cansancio genuino—. Estoy agotada. Me duele todo el cuerpo. No quiero pelear. Solo llévame a la casa, prepárame un té y déjame dormir. Mañana hay que trabajar.
Tragué saliva. Cinco años de matrimonio y era la primera vez que sentía que estaba sentado al lado de una perfecta desconocida.
Llegamos a la casa poco antes de las tres de la mañana.
Regina se bajó del auto con dificultad, sosteniéndose del marco de la puerta.
El saco de David le colgaba hasta las rodillas.
Caminó descalza —se había quitado los tacones en el bar y los traía colgando de los dedos— hacia la entrada, y yo la seguí como un perro faldero con las llaves en la mano.
Abrí la puerta. Ella entró directo a la recámara. Yo me quedé en la cocina, poniendo la tetera al fuego, con la cabeza apoyada contra la alacena de madera.
Cuando el agua hirvió, serví dos tazas. Llevé una a la recámara.
Regina estaba sentada en el borde de la cama, con el saco de David ya en el suelo y el vestido de cuero a medio quitar. Se le había atorado en las caderas. Forcejeaba con la cremallera, tirando de la tela con movimientos torpes.
—Ayúdame —me ordenó, sin mirarme.
Dejé la taza en el buró. Me arrodillé frente a ella y, con dedos temblorosos, le bajé la cremallera hasta el final.
El vestido se abrió como una vaina. Su cuerpo desnudo emergió en capas: primero las tetas, pesadas y todavía manchadas de semen seco en el escote; luego el vientre, suave y blanco; después las caderas anchas, marcadas con las huellas rojas de los dedos de David; y al final el coño, hinchado, rojo, con los labios vaginales todavía separados y brillantes.
—Gracias —murmuró ella. Se levantó, dejó caer el vestido al suelo y caminó desnuda hacia el baño.
La puerta se cerró. Escuché la regadera abrirse. Y entonces, solo entonces, me dejé caer de espaldas sobre la alfombra y me cubrí la cara con las manos.
No lloré. Ya no me quedaban lágrimas. Solo sentí un vacío enorme, un agujero negro en el pecho que me tragaba por dentro. Mi verga, traidora, seguía dura. Me la agarré por encima del pantalón y me apreté con fuerza, buscando un alivio que no llegaba.
Regina salió del baño veinte minutos después, envuelta en una toalla. Olía a jabón de rosas y a champú. Se metió a la cama sin decir palabra, se tapó hasta el cuello y se giró hacia la pared.
Yo me quedé en la alfombra, mirando el techo.
Amaneció.
Y con el amanecer llegó la certeza de que ese día, en la oficina, todo sería distinto.
Llegué al corporativo a las ocho y media, como siempre. El estacionamiento subterráneo estaba casi vacío. Subí por el elevador de servicio con el corazón en la garganta. Cuando las puertas se abrieron en el quinto piso, yo iba muerto de miedo y de vergüenza.
El piso estaba en silencio. Los cubículos vacíos. Las pantallas apagadas.
Caminé hacia mi módulo. Dejé el maletín sobre el escritorio. Encendí la computadora.
Y entonces lo vi.
Sobre mi teclado, doblada con esmero, había una hoja de papel. La desdoblé con dedos temblorosos.
Era una copia del acta de matrimonio. Mi nombre y el de Regina, en letras negras, con el sello del Registro Civil. Y encima, escrito a mano con una letra picuda y burlona, alguien había garabateado:
"Buenos días, cornudo. Que tengas un excelente día de trabajo. —R."
Sentí que la sangre se me helaba en las venas.
Miré hacia el cubículo de Rodrigo, al otro lado del pasillo.
Estaba vacío. Pero sobre su silla, colgado del respaldo, había una corbata negra.
La misma corbata que yo llevaba puesta la noche anterior.
La había dejado en el reservado del Blackwood cuando me la quité, sudada, antes de arrodillarme.
Rodrigo la había recogido.
La había traído a la oficina.
La había puesto ahí, a la vista de cualquiera que pasara, como un trofeo.
Me levanté de la silla y caminé hacia el baño de hombres. Entré al primer cubículo, cerré la puerta con pestillo, me senté en el inodoro y me cubrí la cara con las manos.
Respiré. Una vez. Dos veces. Tres.
Cuando salí, Claudia estaba en la recepción, revisando unos papeles. Me miró por encima de las gafas.
—Buenos días, Marco. Tempranito hoy, ¿no?
—Sí... no podía dormir.
—Oye, ¿viste a Rodrigo? Llegó hace rato, subió a la azotea a fumar y no ha bajado. Dice que tiene resaca.
—No, no lo he visto.
Claudia asintió y volvió a sus papeles. Yo caminé hacia mi módulo, me senté y me puse los audífonos. Abrí el Excel. Los números me miraban como jeroglíficos.
A las nueve en punto, la puerta de cristal del elevador se abrió.
Rubí entró.
Llevaba una blusa de seda color vino, falda de tubo gris y el cabello pelirrojo recogido en un chongo apretado. Caminaba con la barbilla en alto, pero había algo distinto en su paso. Algo más suave. Menos agresivo.
Pasó junto a mi módulo. Se detuvo.
—Buenos días, Marco —dijo, y su voz no tenía el filo habitual. Era casi... cordial.
—Buenos días, Rubí.
Se quedó un momento más, mirándome. Luego bajó la voz.
—Oye... lo de anoche. —Hizo una pausa, mordiéndose el labio—. No sé qué pasó entre ustedes, y la verdad no me importa. Pero quería decirte que... que no voy a decir nada. Ni a Claudia, ni a nadie. Lo que vi, lo vi. Y ya.
La miré, incrédulo.
—¿Por qué?
Rubí se encogió de hombros. Una sonrisa pequeña, casi triste, le cruzó la cara.
—Porque David me pidió que no lo hiciera. Y porque... —volvió a bajar la voz, casi hasta un susurro— ...porque tú no me caes mal, Marco. Nunca me caíste mal. Solo me caía mal la situación. Pero ya entendí cómo funcionan las cosas aquí. Y no quiero problemas.
Se enderezó, se alisó la falda y siguió caminando hacia su módulo.
Me quedé mirándola, con la boca abierta.
A las nueve y cuarto, la puerta de cristal se abrió de nuevo.
Regina entró.
Llevaba un vestido de punto color camel, ajustado, con un escote redondo que le dejaba los hombros al descubierto. El cabello suelto, las gafas de armazón delgado, los labios pintados de un rosa discreto. Se veía... normal. Ejecutiva. Como si la noche anterior no hubiera existido.
Caminó por el pasillo central sin mirar a nadie. Pasó junto a mi módulo sin detenerse. Entró a su oficina y cerró la puerta.
Cinco minutos después, el interfono de mi escritorio timbró.
—Marco —era la voz de Regina, neutra, profesional—. Necesito los reportes de la zona sur en mi oficina. Ahora.
Me levanté. Agarré la carpeta. Caminé hacia su puerta.
Toqué dos veces.
—Adelante.
Entré.
Regina estaba sentada en su sillón ejecutivo, con las piernas cruzadas, revisando algo en su monitor. No levantó la vista cuando entré.
—Cierra la puerta —dijo.
Cerré. Me quedé parado frente a su escritorio, con la carpeta apretada contra el pecho.
Regina siguió tecleando durante unos segundos. Luego, lentamente, levantó la vista. Sus ojos grises me escudriñaron de arriba abajo.
—¿Cómo estás? —preguntó, con un tono que no logré descifrar.
—Bien... bien, licenciada.
—No me llames licenciada cuando estamos solos, Marco. Soy tu esposa.
—Perdón... Regi.
Ella asintió. Se recargó en el respaldo. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.
—Anoche... —empezó, y luego se detuvo. Suspiró—. Anoche fue mucho. Lo sé. Pero necesito que entiendas algo.
—¿Qué cosa?
—Que nada de esto es personal. —Me miró fijamente—. David me da cosas que tú no puedes darme. No hablo de dinero. Hablo de... poder. De sentirme vista. De sentirme deseada de una forma que tú nunca supiste darme.
Sentí que un nudo se me formaba en la garganta.
—Yo te deseo, Regina. Siempre te he deseado.
—No de la misma forma. —Negó con la cabeza—. Tú me deseas como se desea una casa. Un lugar seguro. David me desea como se desea una tormenta. Y yo... yo necesito la tormenta, Marco. Necesito sentir que me puede partir en dos.