Dueño de tu mujer Libro 3 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

En los segundos que sacaba la polla para respirar, a mi esposa le salía voz destrozada, alta, sin pudor:

—¡Aaahh! ¡Más! ¡Empáchame de verga! ¡Quiero lechita! ¡Aaaaagggg!

Y luego se la volvía a chupar. Eran chupadas obscenas. Yo podía ver su lengua de fuera, la babaza que escapaba cuando tremendo pollón se hundía dentro de su boca.

—¡También los huevos, preciosa, también mis bolas! —le dijo de pronto Rodrigo.

Y entonces, cuando éste se la sacaba un poco, ella le buscaba los huevos con la lengua, se los metía en la boca, los chupaba con un ruido sordo mientras el culo no dejaba de caer sobre David. El rubio tenía la mandíbula apretada, los ojos en blanco. Ya no hablaba. Solo le temblaban los muslos.

Yo no podía apartarme. Cada sentón de ella me dejaba ver cómo la verga de mi jefe desaparecía y reaparecía, más brillante, más gruesa y mojada de tanto jugo.

Un chorro le resbaló por la raja, le recorrió el perineo y se le derramó a David encima de las pelotas.

Se le quedó colgando un hilo hasta que el siguiente sentón lo rompió.

De pronto Regina se incorporó un instante, con la boca brillante, el rímel corrido, y me buscó la cara.

No era la Directora. No era tampoco la mujer que se iba a dormir a mi lado.

Tenía esa expresión de puta… de ninfómana, de perra que amaba sentirse así, justo así…

siendo la esclava de su jefe, mi jefe, y de mi peor enemigo.

Y entonces me lo dijo sin más… me lo dijo con aquél descaro, con aquella insolencia que yo no sabía que ella podía albergar.

—Te amo, Marco…

Y sentí que mi corazón explotaba.

Y ella se dejó caer otra vez, hasta el fondo, y el golpe de sus nalgas contra los muslos de David le arrancó un gemido que le vibró en el pecho.

—¿Me amas?

La pregunta me llegó con el chapoteo de fondo, con la verga de Rodrigo rozándole otra vez los labios.

Asentí. No supe hacer otra cosa. Ella sonrió un segundo ,pequeña, sucia, y se tragó la verga del rubio de nuevo.

David le sujetó las caderas y empezó a embestirla desde abajo.

Ya no era ella sola. La alzaba y la clavaba.

El sonido cambió: más corto, más hondo. Regina se le fue hacia adelante, con las tetas fuera del cuero, le botaban descontroladamente, y entre embestida y embestida todavía alcanzó a soltar, con la voz hecha pedazos:

—¡Más… así… empáchame de verga…!

Rodrigo se corrió primero.

No avisó.

Le sujetó la cabeza y se la vació en la lengua de mi esposa, en el paladar, en el borde de los labios.

Ella se atragantó un segundo, tragó, y lo que no pudo bajar le chorreó por el mentón hasta el escote, hasta pasar por sus propias tetas.

Ni siquiera se detuvo de moverse. Se pasó la lengua por la comisura, como quien no quiere desperdiciar nada, y me miró otra vez mientras David la seguía clavando desde abajo.

—Te amo, Marco… aunque no lo creas… te amo —insistió, y todo era casi maniaco, porque mientras me lo día, el semen de Rodrigo le escurría en su boca, en sus tetas, y en ese preciso momento mi jefe la tenía ensartada con su verga.

Y ya no pude más. Mi mente se quebró en mil pedazos.

La vergüenza era tanta que quemaba como ácido, pero mi mano derecha se movía frenética sobre mi verga dura, bombeando con desesperación, llorando a gritos, ahogado en mis propios sollozos mientras veía cómo la mujer con la que me casé por la iglesia era devorada por dos hombres de mi propia oficina al mismo tiempo.

Porque Rodrigo se la volvió a meter, pero sólo para que mi esposa le limpiara el resto de sus semen.

Y el clímax fue una explosión caótica de fluidos y perversión.

David soltó un rugido animal, hundió su verga hasta el tope en el coño de Regina y se vino a chorros hirvientes dentro de su matriz, llenándola por completo de leche fresca.

Y yo me corrí al mismo tiempo sobre la alfombra, encorvado, humillado, cual cornudo, manchando el suelo del reservado como un animal castrado.

El silencio que siguió fue denso, roto solo por los jadeos pesados de los cuatro en medio del olor a sexo crudo, sudor, semen y perfume caro.

David se salió despacio de las nalgas de Regina con un sonido hueco: plop. La leche comenzó a escurrirle a borbotones por la entrepierna, resbalando por los muslos hacia sus tacones.

Rodrigo, casi muerto en vida, procedió, pálido, a bajarse del sillón y a subirse el pantalón con las manos temblorosas, mirando a Regina con una adoración lasciva.

—Jefe... me cae que esto no se paga con nada —soltó el rubio, pasándose la mano por la frente sudada—.

El expediente de Recursos Humanos queda enterrado para siempre.

Y tú, Marquito... mis respetos. Menudo monumento de mujer te cargas.

Perdón por haber dudado de que tenías esposa...

ahora entiendo por qué la tenías tan escondida.

David se echó a reír con crueldad, abrochándose el pantalón.

—Ya ves, Rodrigo. Hay hombres que solo sirven para poner la casa y el apellido, y otros que servimos para darles el mantenimiento necesario a sus mujeres.

Regina se quedó tirada en el sillón de terciopelo un momento, exhausta, con el vestido de cuero desabrochado, las tetas cubiertas de la leche de Rodrigo y el coño escurriendo el semen de David.

Lentamente, se incorporó. Se sentó en la orilla del mueble, con los muslos abiertos, mirándome desde arriba con esa mezcla de superioridad y cariño enfermizo.

—Marco... —me llamó con esa voz ronca, acariciándose un pezón manchado de semen.

Levanté la vista desde el suelo, temblando, con la ropa interior pegostiosa.

—Sí... Regi...

—Ve por unas toallas húmedas al baño —dijo, acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Y apúrate, mi amor. Me tengo que limpiar bien antes de que los de la mesa sospechen. Eres mi asistente, ¿no? Pues cumple tu chamba y cuida a tu mujer.

Me puse de pie arrastrando los zapatos, con la cabeza gacha, recogiendo la carpeta con mi acta de matrimonio del suelo para guardarla bajo el brazo.

Ahora Rubí y Rodrigo sabían toda la verdad.

Mis dos peores acosadores sabían que la Directora que idolatraban era la puta de nuestro jefe y mi esposa legal.

El secreto estaba a salvo del resto de la empresa gracias a la boca de Regina, pero mi dignidad había sido ejecutada para siempre en ese sillón de terciopelo.