Capítulo 5 #3
—Pensaste que en la mesa todo era casualidad, ¿verdad? ¿No te diste cuenta de cómo se reía Rubí contigo? ¿No te pareció raro que de pronto se llevaran tan bien ella y Regina?
El corazón me dio un vuelco brutal.
—¿Qué...?
—Rubí ya hizo su jugada esta tarde, Marco —respondió David, clavándole la verga hasta el fondo a Regina, haciéndola aullar: ¡Aaahhh!—. Maca le pasó la clave del servidor a la hora de la comida. Rubí ya imprimió tu acta de matrimonio y la póliza de seguro médico donde Regina aparece como tu cónyuge.
Sentí que el piso se abría debajo de mis pies. El oxígeno desapareció del cuarto.
—¡No...! ¡Dios mío, no! —grité en un susurro desesperado, llevándome las manos a la cabeza—. ¡Ella ya sabe...! ¡Por eso las burlas en la mesa! ¡Por eso me preguntaba por mi esposa frente a todos!
—Exactamente —dijo David con una sonrisa siniestra—. Toda esa plática en la mesa, las bromitas sobre tu "esposa fantasma", era Rubí saboreando cómo te cocinabas en tu propia mierda. Ella ya sabe que la Directora que me estoy follando es la misma mujer que duerme en tu cama.
Regina soltó un suspiro intenso… me miró… me hizo un gesto con la mirada para que estuviera sereno, porque seguramente mi rostro estaba pálido.
—Tranquilo, cornudito, tranquilo —agregó David, apretando las nalgas de Regina con saña—. Rubí no va a decir ni una sola palabra fuera de nuestro círculo.
—¡Ella me odia!¡Me aborrece! ¡Incluso te lo dije a ti misma… Regina! ¿Cómo puedes estar tan tranquila? ¡Esto no está bien!¡Esto no debía de pasar!
Y en ese instante, la manija de la puerta del privado giró despacio.
Clic.
El terror me paralizó los huesos. La puerta se abrió.
Entró una persona, cerró con seguro tras de sí y se quedó parada en la penumbra del recibidor, con una carpeta beige en la mano y los ojos pelones del asombro y la calentura más cochina.
Era Rodrigo.
El rubio de sistemas se quedó mudo. Miró la escena: David empalando a la Directora de Finanzas vestida de cuero abierto, las tetas monumentales de Regina botando al aire, las nalgas rojas marcadas de azotes y sudor, y yo parado a un lado como un perro guardián con mi traje fino y la cara bañada en lágrimas.
—Puta... madre... —susurró Rodrigo, relamiéndose los labios, tragando saliva con un ruido seco.
—Pásale, Rodrigo —ordenó David, sin detener el ritmo de sus embestidas contra mi esposa—. No seas tímido. Traes el expediente, ¿verdad?
Rodrigo dio dos pasos al frente, sin poder apartar los ojos del culazo de Regina que recibía los embates de David. Levantó la carpeta beige con la mano temblorosa.
—Sí, jefe... aquí está la copia que Rubí dejó en la bandeja de impresión antes de salir. Ya borré el archivo del servidor de nóminas y cambié los accesos para que nadie más pueda descargarlo.
—Excelente trabajo —dijo David—. Rodrigo me avisó del movimiento de Rubí desde las cuatro de la tarde, Marco. Y Rubí aceptó quedarse calladita a cambio de conservar su empleo y divertirse viendo el espectáculo. Rodrigo es un tipo leal cuando se le sabe pagar.
Yo miraba a Rodrigo, y luego a David, sin entender nada. Mi cerebro era una lavadora triturando vidrios.
—¿Rodrigo... tú también sabías? —balbuceé con voz de muerto.
Rodrigo me clavó la mirada. Una sonrisa burlona, sádica y cargada de una superioridad aplastante se le dibujó en la jeta.
—¡Claro que sabía, Marquito! —soltó el rubio, soltando una risita por lo bajo—.
Vi el acta. Cuando leí que esta culona descomunal era tu esposa legal, casi me cago de la risa en mi cubículo.
Duré casi una hora cagándome de la risa.
¡No mames! ¿Tú casado con este perro monumento de mujer?
No le llegas ni al talón, cabrón. Con razón el jefe la tiene que atender como se debe.
Por eso me burlaba de ti en la mesa, güey...
¡todos sabemos que eres el hazmerreír del piso!
La humillación pública que tanto temía... ya era un hecho consumado. Mis dos peores acosadores de la oficina, Rubí y Rodrigo, tenían en sus manos el secreto de mi vida.
Me tenían agarrado de los huevos.
—Pero aquí viene lo mejor de la noche, Marco —continuó David, deteniendo el movimiento por un segundo, jadeando sobre la espalda de Regina—. El trato que cerré con Rodrigo para comprar su silencio definitivo no fue solo aumentarle el sueldo y darle la plaza corporativa.
Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral.
—¿Entonces…?
Regina levantó la cara. Sus ojos grises brillaban con un fuego demoniaco, cargados de una lujuria y una imponencia que me aniquilaron. Me miró fijamente y, con una voz arrastrada que destilaba un libertinaje venenoso, soltó la bomba:
—A Rodrigo le encantan las hembras de calidad, Marco... y David me propuso que para tener a sistemas completamente leal, había que premiar al muchacho con la boca de su Directora.
El mundo se me vino encima.
—¡No! ¡No, Regina, por favor! —supliqué, cayendo de rodillas en la alfombra frente al sillón, llorando como un desquiciado—. ¡A él no! ¡Te lo suplico por lo que más quieras en la vida! ¡Rodrigo no!
David soltó una carcajada que retumbó en las paredes de madera.
—Tú no estás en posición de suplicar nada, analista —sentenció mi jefe con una frialdad militar—. Tu papel aquí es quedarte de rodillas y aprender a servir a los hombres que de verdad mantienen a flote tu casa. Rodrigo... ven acá y cóbrate tu comisión.
Rodrigo no se hizo del rogar ni un microsegundo.
Dejó caer la carpeta con mi acta de matrimonio al suelo, se desabrochó el cinturón con una rapidez salvaje y se bajó el pantalón y los calzones.
Su verga, gruesa, blanca y venosa, saltó hacia afuera completamente erecta, palpitando de morbo a escasos centímetros de mi cara.
David, sin salirse de la vagina de Regina, le agarró la cabeza a mi esposa del cabello oscuro y la obligó a girar el torso hacia el frente, hacia donde Rodrigo se estaba acomodando.
—Ábrele la boca a tu analista de sistemas, Directora, y chúpasela como tú sabes —ordenó David, dándole una embestida seca y profunda por detrás que hizo jadear a mi mujer: ¡Aaaagh!
Regina miró la verga parada de Rodrigo.
No hubo asco. No hubo la menor resistencia.
La imponencia de mi esposa, empoderada por el alcohol, el vestido de cuero abierto y la adrenalina de tener a su esposo llorando de rodillas a sus pies, la convirtió en una bestia insaciable.
Abrió sus labios gruesos pintados de rojo carmín, sacó la lengua larga y rosada, y se tragó la cabeza de la verga de Rodrigo de un solo golpe fluido.
¡Slurp... glup!
—¡Puuuuta madre...! —bramó Rodrigo, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras las uñas largas de Regina se le clavaban en los muslos para acercarlo más—. ¡Qué perra! ¡Miren cómo mama la jefa! ¡Dios santo bendito!
El reservado se convirtió en el matadero definitivo de mi dignidad.
David la follaba brutalmente por el coño, con los charcos de su rajita escupiendo una y otra vez, haciendo rebotar sus nalgas blancas y colosales contra su pelvis al ritmo de plaf, plaf, plaf, mientras Rodrigo le atascaba la verga hasta la garganta por enfrente, haciéndola atragantar entre sonidos húmedos y obscenos:
Glup, glup, squish, slurp.
Y yo estaba ahí. De rodillas sobre la alfombra, en medio de los dos, viendo cómo el vestido de cuero negro de mi esposa se empapaba de saliva por delante y de sudor por detrás.
Las tetas de Regina botaban como dos melones pesados fuera del escote abierto, con los pezones erectos rozando la bragueta de Rodrigo mientras él le jalaba el cabello para bombearle la boca.
—¡Mira a tu maridito, preciosa! —le gritó David a Regina, dándole nalgadas sonoras a su culo abierto—. ¡Míralo cómo disfruta verte desde el suelo mientras le mamas la verga a su compañero de sistemas!
Regina sacó la verga de Rodrigo por un segundo, con un puente grueso y viscoso de saliva colgándole del labio inferior hasta el glande del rubio. Con los ojos desorbitados por el éxtasis más sucio, me miró hacia abajo y jadeó con la voz completamente rota:
—¡Perdón…, Marco...! ¡Pero lo estoy disfrutando...! ¡Jálatela, mi amor... jálatela viendo cómo me usan tus compañeros de oficina!
Y volvió a meterse la polla de Rodrigo hasta las amígdalas con un ruido sordo: ¡Gluck!
De pronto David sacó su falo de la concha de mi mujer con un sonido húmedo y se dejó caer en el sillón. La verga le quedó parada, oscura de los jugos de Regina, latiéndole contra el vientre.
—Ahora quiero que te me montes, putita —le dijo David a mi esposa, sin alzar la voz—. Quiero que tu marido lo vea bien.
Regina suspiró. Se sacó el pene de Rodri de la boca, se puso de pie y se subió a horcajadas sobre mi jefe, se afirmó en el respaldo y se la metió toda de un solo sentón. El aire se le escapó en un gemido largo, quebrado, cuando tocó fondo.
—Aaaagh…
Y empezó a moverse, con ese ritmo pesado de quien ya no finge.
Subía hasta casi sacársela y se dejaba caer con todo el peso de sus nalgas.
Cada sentón hacía que el coño le escupiera un hilo brillante que le resbalaba a David por los huevos y se le quedaba temblando entre las bolas, espeso, caliente.
—Acércate más, cornudito, para que veas bien —me dijo David, y me agarró la cabeza como si yo también formara parte del mueble—. Ahí. No cierres los ojos.
Me arrodillé pegado al sillón. La vagina de mi esposa tragándose el pollón de mi jefe la tenía a un palmo.
Veía el borde de ella estirarse, blanquearse un segundo alrededor de esa verga y volver a tragársela.
Veía su clítoris hinchado, el vello oscuro pegado de baba, la forma en que el agujero le palpitaba cada vez que ella tocaba el tronco. El olor era de ella y de él mezclados.
Entonces Rodrigo se subió al asiento, de rodillas frente a su cara. No le dijo nada a mi mujer, simplemente le pasó el glande por los labios pintados y se la metió. Regina abrió la boca y se la recibió hasta donde pudo.
Cuando él empujó de más, se le humedecieron los ojos y un hilo le cayó por la comisura.