Capítulo 5 #2
Rodrigo se inclinó hacia mí, con el aliento apestando a cerveza, para susurrarme al oído con voz ronca:
—No mames, Marquito... mira cómo se la está sobando el jefe.
Ese vestido de cuero me tiene la verga como barrote desde que se bajaron del Audi.
Si me la pusieran enfrente cinco minutos a solas, le arranco el cuero a mordidas.
Mírale las ubres, cabrón... parecen dos melones a punto de reventar.
Imagínate qué clase de marido pendejo la dejaría salir vestida así...
pobre cornudo, si existe, apuesto a que no sabe las tremendas revolcadas que le pone David.
Apreté los puños debajo de la mesa de cristal hasta que se me clavaron las uñas. Rodrigo estaba babeando por el cuerpo de mi mujer, hablándome de su verga parada a veinte centímetros de mi cara, llamándome cornudo sin saber que me lo decía a mí... o tal vez sabiéndolo.
Me tragué el tequila de golpe. El alcohol me quemó el esófago como lumbre líquida.
La plática siguió entre risas y tragos, pero el ambiente era un polvorín. A eso de las diez de la noche, el alcohol ya le había soltado la lengua a todos. Evaristo, borracho y con los ojos vidriosos, se me acercó para seguir desahogándose sobre Maca, pero yo no podía ponerle atención.
Mi cerebro estaba secuestrado por lo que pasaba enfrente de mí.
Por debajo de la mesa, alcancé a ver cómo la mano de David ya no estaba en el muslo; se había metido descaradamente por debajo de la falda de cuero.
Los dedos de mi jefe se hundían en la piel de mi esposa, acariciándole las nalgas desnudas.
Regina tenía las mejillas rojas por el alcohol y el calor, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos.
Cada vez que David le apretaba la entrepierna, ella soltaba un suspiro entrecortado, mordiéndose el labio inferior.
Y de pronto, Regina me miró.
En medio de su calentura, levantó los ojos grises y me clavó la mirada a través de la mesa de cristal. Se llevó una mano al cierre frontal de su vestido de cuero y, con un movimiento milimétrico, bajó el jalador un centímetro más.
El escote se abrió todavía más. Sus pezones hinchados, tiesos bajo la piel blanca, quedaron al borde mismo de salirse de la estructura de cuero.
Me estaba retando. Me estaba restregando en la cara que se estaba prendiendo como fuego con otro hombre enfrente de mis ojos.
A las diez y media, Regina se inclinó hacia el oído de David y le susurró algo. David sonrió con malicia, asintiendo.
Regina se puso de pie, alisándose el vestido de cuero con las dos palmas sobre las caderas.
—Voy al tocador a retocarme el labial —anunció con voz pastosa, arrastrando las palabras.
Caminó por el pasillo hacia la zona privada del fondo, contoneando ese culazo descomunal sobre los tacones de aguja. Rodrigo no le quitó los ojos de encima hasta que dio la vuelta en la esquina.
Apenas pasaron dos minutos, David dejó su vaso de whisky en la mesa, se sacó un billete de quinientos pesos de la cartera y lo aventó sobre el cristal.
—Pidan otra ronda para todos —dijo David, parándose con calma—. Ahorita regreso.
Caminó exactamente en la misma dirección que mi mujer.
El pánico y el morbo me taladraron la cabeza. Sabía a qué iban. No iban al baño común; iban a los pasillos del fondo, al área de los reservados VIP que tenían cortinas de terciopelo y baños individuales con chapa.
Me quedé sentado dos minutos eternos. Las manos me temblaban tanto que tiré unas gotas de refresco. No podía más. La adicción al dolor me arrastró fuera del taburete.
—Ahorita vengo, Eva... voy a tomar aire —le mentí al de logística, que apenas me registró con la mirada.
Me escabullí entre la penumbra, siguiendo el pasillo oscuro alfombrado que llevaba a los reservados exclusivos del fondo.
El ruido de la música aquí se escuchaba apagado, sordo, como si viniera de debajo del agua. El pasillo terminaba en una puerta de madera maciza entreabierta que daba a un pequeño salón privado, un área de descanso VIP con sillones de terciopelo rojo.
Me pegué a la pared, con el corazón queriéndoseme salir por la garganta.
Y entonces, el sonido me congeló la sangre.
¡Plaf... plaf... plaf!
Eran golpes mojados. El choque rítmico, pesado y húmedo de carne contra carne. Y por encima de eso, el jadeo sofocado y agudo de mi esposa:
—¡Aaaahhh...! ¡Sí, mi amor... métemela toda, cabrón! —la voz de Regina sonaba quebrada, rasposa, ahogada en puro placer animal—. ¡Qué rico, qué rico, David... así, papi, papi!
Me asomé por la rendija de la puerta con las piernas temblorosas.
El espectáculo me destruyó la cordura.
Regina estaba doblada sobre uno de los sillones de terciopelo rojo, a cuatro patas, con los tacones de quince centímetros clavados en la alfombra. David estaba parado detrás de ella, sin quitarse el saco azul ni la camisa; solo se había bajado el pantalón de vestir y los bóxers hasta las rodillas.
El vestido de cuero negro de mi esposa estaba completamente arremangado hasta la cintura, hecho un acordeón apretado sobre su espalda baja. Sus inmensas nalgas blancas, redondas y colosales, estaban expuestas al aire frío del salón, completamente rojas por los azotes de David.
Y entre sus piernas... Dios mío.
La tanga negra estaba rota, colgada de un solo hilo en su muslo izquierdo. La panocha de mi mujer estaba monstruosamente hinchada, abierta y empapada en un charco brillante de fluidos que goteaba directamente sobre el terciopelo del mueble.
La verga gigantesca, gruesa y venosa de David entraba y salía de sus entrañas a una velocidad salvaje.
¡Plaf... squish... plaf... squish!
El ruido de los fluidos era obsceno, un chapoteo espeso y baboso. David la agarraba con ambas manos de las caderas desnudas, clavándole los dedos en la piel blanca, hundiéndole su pollón hasta la base en cada embestida.
—¡Toma, perra! ¿Te gusta cómo te desbarato en el bar donde están tus empleados? —gruñía David con voz ronca, azotándole una nalga con la mano abierta—. ¡Dime quién es tu dueño!
¡PLAS!
La nalgada resonó como un balazo en el privado. La carne blanca vibró como gelatina.
—¡Tú! ¡Tú eres mi dueño, mi amor! —aullaba Regina con la cara hundida en el cojín de terciopelo, con la saliva escurriéndole por la barbilla, retorciendo el torso—. ¡Ahhh... me estás partiendo la concha, David! ¡Qué rica verga tienes, carajo! ¡Métemela más fuerte!
Desde mi ángulo, vi cómo David estiró una mano hacia adelante. Agarró la cremallera del vestido de cuero de Regina y la bajó de un jalón hasta el final.
La prenda se abrió por completo al frente.
Las tetas colosales de mi esposa cayeron pesadas, libres, colgando hacia abajo. Los pezones oscuros estaban del tamaño de dos corchos, apuntando hacia el piso, balanceándose de un lado a otro con cada embestida que David le acomodaba por detrás.
Yo estaba pegado a la pared, hiperventilando, con lágrimas de humillación rodándome por la cara.
Pero mi mano derecha, cobarde y adicta, ya estaba adentro de mi pantalón de vestir, jalándome la verga durísima con una desesperación enferma, respirando el aroma denso a semen fresco, cuero caliente y coño lubricado que inundaba el pasillo.
David bajó el ritmo de golpe. Dejó su verga ensartada hasta el fondo del sexo de mi mujer, sacándole un gemido largo y gutural:
—Uuuufff... ahhh...
David se inclinó sobre la espalda de Regina, pegando su pecho a la nuca de ella. Le acarició el cabello sudado y luego levantó la mirada hacia la puerta.
Clavó sus ojos verdes directamente en la rendija donde yo estaba escondido.
Me había visto. Sabía perfectamente que yo estaba ahí.
Y en lugar de asustarse o frenar, David sonrió con esa superioridad aplastante.
—Preciosa... —susurró David contra la oreja de mi mujer, en un tono que retumbó en la habitación—. Creo que tenemos público en la puerta. Tu maridito fiel vino a checar que no te pasara nada.
Regina soltó una risita lánguida, jadeando sobre el terciopelo. No intentó taparse. No intentó bajarse el vestido. Al contrario: arqueó la espalda aún más hacia abajo, parando el culazo contra la pelvis de David, apretando la verga enterrada dentro de ella con pequeños espasmos.
—Que pase mi maridito... —arrastró las palabras Regina, con una voz cargada de cinismo y placer—. Que pase a ver cómo me desbarata mi verdadero macho... ven, mi amor... entra...
—Ya la oíste, Marquito —dijo David en voz alta, sin soltarla—. Entra y cierra la puerta. No seas maleducado.
Sentí que las piernas se me derretían. Empujé la pesada puerta de madera y entré al privado con la cabeza gacha, cerrando a mis espaldas. Me quedé parado a dos metros de ellos, con el corazón saltándome en la boca y la verga en la mano por dentro del bolsillo.
Regina giró la cara hacia atrás por encima de su hombro sudado.
Tenía el labial rojo carmín completamente batido por las comisuras, el cabello hecho un nudo desastroso y los ojos vidriosos, hundidos en una borrachera de lujuria absoluta. El vestido de cuero abierto dejaba ver sus ubres inmensas balanceándose, empapadas en sudor.
—Mírame bien, Marco... —me siseó ella, jadeando, mirándome a los ojos mientras David empezaba a bombearla despacio, centímetro a centímetro—. ¿Te gusta mi vestido? ¿Te gusta cómo me lo está llenando de semen tu jefe?
—Sí… —dije casi en un susurro.
—Tranquilo, mi amor…Te dije que todo iba a estar bien, mi amor... solo aprende a mirar...
Squish... squish... squish...
—Regina... por Dios... —sollocé, sintiéndome la escoria más miserable del planeta.
—Hiciste bien en entrar, Marquito —dijo David, agarrando el cabello de Regina y jalándoselo hacia atrás para obligarla a erguir el torso, exponiendo sus tetas blancas directamente frente a mis ojos—.
Porque esta noche no se trata solo de que mi perra se divierta.
Esta noche se cierra un ciclo en este departamento.
Tragué saliva, con un mal presentimiento taladrándome las sienes.
—¿De... de qué hablas, David?
David soltó una risita seca, mientras seguía ensartando a mi mujer con un ritmo constante que hacía retumbar el sillón.